LA LECTURA, ESE RESPLANDOR [1]

Por: Waldo González López

Así inició este breve serial que, no lo dudo, será del interés de los lectores de este concurrido blog del colegamigo Ángel Velázquez Callejas.

 

  Ante todo, el título de arriba es el del volumen que —con un amplio grupo de textos sobre la lectura y la literatura, y a propósito de la Campaña Nacional «Eugenio Espejo» por el Libro y la Lectura— publiqué, en la Ecuador de 2009, gracias a la gestión de mi colegamigo, el narrador y ex Consejero Cultural de Ecuador, Luis Zúñiga, aparecido en la Colección La Luna de Papel, a cargo del laureado narrador y poeta Iván Égüez, quien prologara mi homónimo volumen que él recepcionara con placer y yo, satisfecho, acogiera por su cuidada edición.

   Debí publicarlo en Ecuador, porque antes propuesto a una editorial habanera, lo rechazaría, ya que, según me informara su director, algunos nombres eran [y seguro son aún] tildados de “problemáticos”, como otras naderías comunes en la “¿cultura?” de nuestra Isla Gulag, dominada desde 1959 por el castrante castrismo que impide cualquier proyecto internacional sin la no menos castradora “autorización”, por salirse de sus férreos planes, tal conocen numerosos colegas del exilio cubano disperso por «el mundo ancho y [ya no tan] ajeno», ni siquiera imaginado ni soñado por el narrador peruano Ciro Alegría, quien publicara por la Editorial Ercilla su mejor novela en el Chile de 1941.

   Sin la amplia y agotadora tarea de pesquisaje de infinitas lecturas sobre el tema que realizara a lo largo de varios años, como la fatigosa tarea de pasar a máquina cientos de cuartillas, realizada por mi esposa, también escritora y editora Mayra del Carmen Hernández Menéndez, habría sido imposible la publicación de este apreciado volumen, muy bien acogido por lectores, escritores, profesoras y estudiantes ecuatorianos, tal me confesaran amigos cubanos allí residentes.

   Los poetas que escogí, figuras mundiales de primer nivel, son Goethe, Borges, Eliot; los Nobel Joseph Brodwsky; Neruda, Ezra Pound y Lezama Lima.

   Asimismo, incluí criterios de no pocos de los mejores narradores contemporeos: el Nobel Ernest Hemingway, William Faulkner, Henry Miller, E. M. Forster, Boris Pasternak, Lawrence Durrell, François Mauriac, Alberto Moravia, Stefan Zweig, Truman Capote, Agatha Christie, Katherine Ann Porter y Astrid Lindgren, Angus Wilson, James Thurber y Alejo Carpentier.

   La escena —que también amo— no podía quedarse atrás y, aunque la nómina es breve, aparecen los dramaturgos Thornton Wilder y el Premio Nacional de Literatura y Teatro Abelardo Estorino, como igualmente, anexé los nombres del gran ensayista Alfonso Reyes y de otros, especializados en el libro y la lectura: Ralph C. Steiger, Robert Escarpit, Emile Faguet y Alvin Keernan.     

   Tras el prólogo de Iván Égüez, se inicia la primera de las dos secciones: «Ese buen lector», a la que sigue «La lectura, soplo fresco». Entonces, el lector especializado o, simplemente, el interesado en la temática, emprenderán «el viaje mágico y misterioso» por las amenas 145 páginas, en las que conocerán los intríngulis de la lectura y el libro, suerte de Yin y Yang que ¿cohesionadas? muestran que las fuerzas opuestas son invaluables, porque la una necesita a la otra para coexistir.

   Antes de ofrecerles algunos criterios extraídos de algunos ensayos y apuntes que fascinaron al autor de la laureada novela La Linares (1975) —Premio Nacional de Literatura “Aurelio Espinosa Pólit”—, como a otros colegas ecuatorianos y de otras geografías, trascribo las palabras con que inicia y concluye su elogioso prólogo:

Este libro recopilado (¿deconstruido?) por el escritor cubano Waldo González López no es algo a emprenderse por encargo ni proyecto, a cumplirse en un semestre o equis días de trabajo. Es una pasión resuelta en una atenta lectura durante un buen tramo de la vida. Todos los lectores profesionales o aun los que leen por placer, pero que sienten el improntus de volver memorable alguna frase o párrafo de un libro, suelen hacer marcas personales, a veces jeroglíficos, descifrables solo para ellos. Algo parecido es lo que ha perseguido en años quien, bajo un arco iris temático, ha ido agrupando textos acerca del libro, la lectura, la escritura, las influencias y estilos, en este caso, pertenecientes a un elenco de conspicuos escritores contemporáneos. Los textos provienen de singulares momentos o diversas manifestaciones de esos escritores: ensayos, reflexiones al margen de otros temas, entrevistas, proclamas o solipsismos estéticos si se quiere, autobiografías, prólogos a sus propios libros o a los de otros autores, opiniones y declaraciones en charlas o conversaciones.

   Ya en la cuarta página final, subraya:

Waldo González López quedará satisfecho con la circulación que tendrá este libro entre personas que ya han incorporado la lectura a su vida cotidiana, especialmente maestros, mediadores de lectura, miembros de clubes de lectura y, desde luego, ese agazapado lector que no tiene a veces tiempo para subirse al árbol y tomar todos los frutos, aquel que prefiere tomarlos de la cesta donde yacen los mejores.     

   Más, antes de la primera entrega del prometido serial —un fragmento extraído del valioso libro de ensayos Invitación a la lectura, de la recordada profesora de la universidad habanera Camila Henríquez Ureña, quien lo publicara en Cuba y otros países—, añado que hija de la prestigiosa pareja, conformada por el  escritor y figura política Francisco Henríquez Carvajal y Salomé Ureña: educadora y «poetisa vaticinadora en cuyos cantos épicos predomina la nota patriótica, con los que descollara internacionalmente», la pareja tuvo cuatro brillantes hijos, tres dedicados la ensayística y la enseñanza universitaria: Pedro, Max y Camila, de quien recibiríamos clases no pocos escritores cubanos, varios residentes en el exilio, entre los que estamos Mayra del Carmen Hernández Menéndez y quien escribe. Y ya añado el fragmento:

El lector común, es decir, el que no es ni crítico profesional, ni erudito, ni artista literario, es un personaje importante; porque la lectura no es un proceso pasivo, sino eminentemente activo si se realiza como es debido. «Leer —decía Francis Bacon— no para contradecir y refutar, ni para creer y aceptar, ni para hallar palabras o discurso, sino para pensar y considerar».

   El lector común, el simple aficionado, lee por placer personal, para obtener cierta experiencia. Su inclinacion lo guía a organizar y guardar en su acervo espiritual un todo coherente, sacando de la obra que lee una figura humana, el cuadro de una epoca, o una pura emoción expresada en sonidos y ritmos.

   ¿Cómo se debe leer un libro?, así intitula Virginia Woolf uno de sus ensayos y enseguida añade que lo primero que desea destacar en ese título son los signos de interrogación. Porque en materia de lectura a nadie se puede dar normas absolutas; solo se pueden ofrecer ideas y sugestiones. Esto debe ser así porque si se quiere que la lectura sea fructífera, se debe respetar en el lector la capacidad de apreciación.

   Cada lector debe llegar por sí mismo a sus propias conclusiones. Como la expresión del creador (el autor) y la comunicación que nos transmiten no guardan una relación fija, las repercusiones sicológicas y las sugestiones verbales serán distintas en cada caso. «No sé si puedo saber —dice Alfonso Reyes— si mi Quijote es exactamente igual al que Cervantes senta […] Cada ente literario tiene una vida eterna, siempre nueva y creciente. Sin embargo, toda libertad necesita disciplina para no constituir un libertinaje».

   En fin, me satisface la idea del presente serial, en el que podrán ir leyendo textos incluidos en mi mencionado volumen.

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