La ira de Dios (tercera entrega)

Por Mirko Mistral

Ciertamente, surgió una fascinación, no solo, por la singularidad que envuelve las ceremonias fastuosas de Roma, arraigadas en los vestigios del mito cesarista e imperial. En un trasfondo que pocos comprendían por completo, tanto las multitudes como los medios de comunicación experimentaban, en ocasiones señaladas, cómo el carisma oficial del cesarismo aún perduraba en el aura personal del Papa. Aquellos que escudriñaron con minuciosidad el pontificado de Juan Pablo II no pudieron pasar por alto que su culto al cesarismo mediático, astutamente renovado, dejó una marca profunda.

A pesar de las afirmaciones de misticismo, resultaba evidente que el mensaje cristiano confería una dimensión religiosa al contenido cesarista. Solo debido a esta conexión, la Roma eterna se convirtió, por un tiempo, en el proveedor principal de contenidos para las redes mundiales.

Pero, ¿qué nos revela todo esto, si no que la Iglesia solo triunfa en la lucha por la atención cuando presenta un programa propenso a una interpretación global, trágica y espectacular? ¿Acaso se trata simplemente de un malentendido si los «actores de Dios» recuperan terreno? En última instancia, el catolicismo, en su calidad de romano, se asemeja más a un imperium, o para ser más preciso, a una copia del Imperio, que a una Iglesia. Así, la dificultad del discurso religioso, en sus acciones centrales y de Estado, podría ceder espacio a su aparato señorial.

Insisto: después de describir este ambiente postilustrado, «Dios» se convierte en un tema que no puede ser debatido, excepto en revistas culturales elitistas. Más aún, resulta impensable abordar públicamente las «propiedades» de un asunto aparentemente inalcanzable. Y aún más inalcanzable, si el adjetivo lo permite, sería abogar por la representación de un Dios iracundo o vengativo en una época en la que la existencia de un Dios convivencial es apenas una hipótesis frágil.

No obstante, debemos adentrarnos en esta figura de pensamiento impopular, al menos por ahora, para entender el origen de la economía moderna de la ira en su fase previa a consolidarse como entidad bancaria formal. El debate más reciente que fusionó los conceptos «Dios» y «venganza» en su forma actual ocurrió en torno al nuevo fundamentalismo religioso-político, que ganó visibilidad a fines de los años ochenta del siglo XX.

El evocador título de un libro de esa época rezaba La venganza de Dios. Musulmanes, cristianos y judíos radicales en avance, publicado en 1991. Su versión original en francés había visto la luz dos años antes bajo el título La revanche de Dieu. El subtítulo no se limitaba a hablar de una ofensiva militar, sino aludía directamente a una reconquête du monde, evocando el antiguo modelo de la Reconquista.

El autor del libro, Gilles Kepel, una de las voces más influyentes en cuestiones culturales y políticas del Oriente Próximo desde entonces, analiza las estrategias de las movilizaciones radicales monoteístas en diversas partes del mundo. A pesar del trasfondo orientalista, su perspectiva abarca los fanatismos, antiguos y modernos, en un contexto ecuménico. El tono irónico de la expresión «revanche de Dieu» no pasa desapercibido.

El autor es claro al enunciar que aborda estos temas desde la perspectiva de un observador de la época y un erudito en cultura. Al mencionar la «venganza de Dios,» no se sumerge en la teología del Dios iracundo. El meollo del estudio radica en el renacimiento de grupos religiosos militantes en la esfera política global, cuyas manifestaciones suelen ser interpretadas como «reacciones fundamentalistas,» o, si se prefiere, como represalias de medios religiosos irritados por la preponderancia del mundo secular.

En términos cronológicos, la eclosión de los fundamentalismos inicia con los fundamentalistas «evangélicos» en Estados Unidos, quienes con tenacidad denuncian la visión del mundo propuesta por las ciencias naturales modernas, tildándola de obra diabólica y ejerciendo su influencia en la sociedad estadounidense durante décadas. Luego, se extiende a los judíos ultraortodoxos de Israel, quienes anhelan la transformación de su Estado secular en una rabinocracia, una agitación que ningún gobierno puede pasar por alto. Finalmente, culmina en los fenómenos islamistas más recientes.

Tanto los islamistas como sus homólogos cristianos presentan nuevos rasgos de devoción militante. En este contexto, es innegable la evocación de las reminiscencias lejanas de la lucha y la obstinación del catolicismo romano a finales del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, aportan un nuevo matiz a su participación política. Los islamistas emplean el Islam tradicional como un producto listo para ser adaptado a su voluntad en una campaña de propaganda terrorista que llega a todo el mundo.

Lo que Marcel Duchamp introdujo en el arte a principios del siglo XX, Osama Bin Laden lo reinventa a finales del siglo XX, con el respaldo de sus expertos religiosos. Boris Groys ha subrayado la relevancia del concepto del ready-made en la economía cultural moderna, un análisis que se halla en sus primeras etapas de aplicación mediante las ciencias culturales actuales. En el Islam, este concepto surge de la subversión de la tradición sagrada, socavando la autoridad tradicional del ulema, el consejo de imanes y juristas islámicos, gracias al encanto subversivo de los corsarios religiosos que utilizan, sobre todo, Internet.

No obstante, esta venganza de Dios, urdida por surrealistas políticos, terroristas y fanáticos de todas las índoles para satisfacer a los medios, ávidos de sucesos, en las sociedades occidentales, constituye, como mencionaremos, un epílogo entre lo cómico y lo macabro de las milenarias tradiciones teológicas. En ellas, con la seriedad deliberada que caracteriza una disciplina que se refleja en todas partes, se exploraba la ira de Dios, sus intervenciones en los asuntos humanos e históricos, y el fin de los tiempos.

Nuestro descenso a las catacumbas de la historia de las ideas empieza con la evocación de estas tradiciones. En las páginas que siguen, navegaremos a través de ellas, con la constante impresión de que las calaveras irónicas encajadas en las paredes se asemejan sorprendentemente a las figuras históricas de la época.

Es comprensible que las numerosas referencias del Antiguo Testamento a la figura del Dios iracundo solo puedan interesarnos desde una perspectiva limitada en este contexto. Del mismo modo, las fuentes del Nuevo Testamento y la posterior dogmática católica son selectivas y deben ser examinadas desde una perspectiva restringida.

Continúa…

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