La «ira» como energía (ideológica) revolucionaria

Por Angelazo Goicochea

En el ámbito de la exploración literaria y cultural, Fina García Marruz, con su ensayo El amor como energía revolucionaria en José Martí, se adentra en una dimensión poco explorada de la interpretación. Su análisis propone, de manera inadvertida, una reconceptualización sorprendente del amor. Lo que Fina no logró percibir en este sentimiento, tradicionalmente entendido en sus formas más pueriles y puras, es que podría estar en realidad encubriendo una energía mucho más volátil y disruptiva: la «ira como energía revolucionaria». Esta perspectiva audaz descubre cómo José Martí, con aguda percepción de esta transfiguración emocional, comprendía que la ira, germinada en los suelos de la nobleza y la virtud —tal como se refleja en la ira de Aquiles en la mitología helénica—, se había transformado en un elemento cardinal para el bien de la era moderna de la democracia liberal en los procesos revolucionarios políticos.

Sin embargo, Alberto Lamar en su novela Vendaval de los cañaverales, sugiere cómo a través de la historia, y particularmente desde los albores de la Revolución Francesa, esta pasión iracunda ha jugado un papel fundamental, aunque a menudo inadvertido, en el nacimiento y desarrollo de numerosas revoluciones, agitaciones políticas, movimiento políticos, erigiéndose así la ira, desprovista de su lado noble, como un emblema tácito de estos movimientos justicieros.

Para comprender mejor este fenómeno en el contexto específico de Cuba, podemos trazar un esquema evolutivo de la ira en la identidad nacional. Un punto de inflexión en esta trayectoria emocional se encuentra en Espejo de Paciencia, obra épica del año 1604 escrita por Silvestre de Balboa. Este poema, en uno de sus sonetos, relata con elocuencia el episodio en que Gregorio Ramos, acompañado por un grupo de veinte valientes, consigue rescatar a Juan de las Cabezas Altamirano, Obispo de Cuba, de las garras del capitán Gilberto Girón en la bahía de Manzanillo. Este momento, capturado con maestría en el texto, representa una de las primeras manifestaciones auténticas de la ira en la historia cultural cubana, un preludio de lo que sería una larga y compleja relación entre la ira y la revolución en el alma cubana.

Acométense entrambos escuadrones
Con tanta furia, ímpetu y braveza,
Cual suelen los fortísimos leones
Cuando se embisten por llevar la presa.
Tienen nuestros isleños los herrones;
Muestra el francés su mucha fortaleza,
Con tanto estruendo, grita y vocería
Que pareció que el mundo se hundía.

Andaba Miguel López de Herrera
Con más furor que el iracundo Marte,
Matando y deshaciendo de manera
Que sólo a él se rindió la mayor parte.
Miguel Baptista andaba de carrera
Mostrando su valor, esfuerzo y arte,
Con Gonzalo de Lagos el valiente
Honor y gloria de su ilustre gente.

Otro momento crucial en el que se manifestó la nobleza de la ira en Cuba, ajena a la energía ideológica revolucionaria, fue durante la «Guerra de la Oreja de Jenkins». En 1741, los ingleses ocuparon por la fuerza la bahía de Guantánamo con el objetivo de establecer una base militar denominada Cumberland. En su libro Una derrota británica en Cuba, Olga Portuondo relata cómo los ingleses ocuparon y fortificaron las alturas de Playa del Este, en Guantánamo. En el momento en que los pies extranjeros tocaron la tierra de Tiguabos, un torrente de desafío brotó de sus habitantes criollos. Bajo el mando audaz de Pedro Guerra, se formó una amalgama de guerrilleros: indios, blancos, negros, e incluso esclavos que rompían sus cadenas. Frente al imponente poderío militar de los invasores, estos valientes se inclinaron por la astucia de la guerra de guerrillas. Con una furia que emanaba de sus almas, se enfrentaron a sus adversarios. Y así, los invasores, ante esta inesperada y feroz resistencia, encontraron su derrota.

En el albor del siglo XIX, asistimos a un fenómeno de metamorfosis emocional en la esfera pública: la transfiguración de la ira de linaje noble en una ira impregnada de ideología. Este cambio no es un evento aislado, sino más bien un proceso orquestado sutilmente por los medios de comunicación de la época, vehículos de esta nueva expresión del enojo colectivo.

Es durante la Guerra de los Diez Años, iniciada en 1868, cuando la ira ideológica se infiltra en el tejido del discurso político, adoptando el rol de catalizador revolucionario. En este contexto, Cuba se ve envuelta en una dinámica singular: la gestación de las primeras «hipotecas» de su patrimonio colérico. El escenario rural cubano, habitado por campesinos, arrendatarios y subarrendatarios, se convierte en el crisol donde esta ira fermenta y madura.

En el epicentro de esta transformación se sitúa el ingenio Demajagua, no solo una finca en el sentido tradicional, sino también el símbolo de una nueva era de resistencia y lucha. Su propietario, Carlos Manuel de Céspedes, abogado de profesión, asume un papel crucial en este drama histórico: se erige como el primer custodio y tesorero de esta incipiente ira revolucionaria en Cuba. Céspedes, en su actuar, no solo canaliza la ira de aquellos que se sienten agraviados y oprimidos, sino que también le imprime un carácter distintivo, una mezcla de nobleza y convicción ideológica. El Diario Perdido expresa mejor que nadie esta simbiosis iracunda desde una perspectiva masónica.

Es así que esta ira, reinventada, marca un punto de inflexión en la trama histórica de Cuba, redefiniendo la naturaleza misma de la ira como herramienta de transformación social. Esta metamorfosis, en efecto, encarna y desencadena debates en torno a fenómenos como el caudillismo y el regionalismo dentro de las filas de los mambises. En el diario del León de Las Tunas, Vicente García confunde la ira de Aquiles con su proceder caudillista. «El que intente mandar sobre mis órdenes en Las Tunas -expresa el León- recibirá como respuesta el peso de la ira troyana».

La figura de José Martí emerge en este contexto como un reformador visionario, cuya propuesta para la guerra de 1895 buscaba sublimar la ira en amor, convirtiéndola en una energía revolucionaria. Martí, entendiendo las complejidades y peligros inherentes al caudillismo y regionalismo, aspiraba a unificar los esfuerzos insurreccionales bajo un estandarte de amor fraternal y solidaridad nacional. Esta propuesta no era meramente retórica, sino una estrategia cuidadosamente elaborada para transformar la naturaleza de la lucha, elevándola de una rebelión impulsiva a un movimiento emancipador, cohesivo y sustentable bajo el lema la «guerra necesaria».

La reinterpretación martiana de la ira como amor revolucionario se convierte en un prisma a través del cual se pueden reexaminar los conflictos sociales y políticos de la época. En este sentido, la ira quiere dejar de ser un mero instrumento de reacción impulsiva para convertirse en un motor de construcción y unidad. Así, la figura de Martí y su ideario revolucionario no solo marcan una evolución en el curso de la lucha cubana por la independencia, sino que también ofrecen una perspectiva renovadora sobre cómo los sentimientos más ardientes, el pathos de los afectos y los estados de ánimo pueden ser canalizados hacia la consecución de un bien mayor.

Pero en su análisis y visión de futuro, José Martí, no logró prever completamente cómo el «Partido Revolucionario Cubano» (PRC), fundado por él durante su exilio neoyorquino, se erigiría como el principal depositario, tesorero y catalizador de la ira revolucionaria en Cuba. El PRC, bajo la aparente égida del amor patriótico, logró aglutinar y canalizar los intensos sentimientos colectivos de indignación y descontento, convirtiéndolos en un poderoso motor para la independencia de la nación. Su papel en la historia cubana, como epicentro emocional y organizativo de la lucha, evidencia una complejidad que va más allá de lo que Martí pudo haber imaginado, entrelazando afectos, ideales y un anhelo profundo de libertad.

En el contexto de la evolución política y social acaecida tras la guerra de 1895, cabe analizar con detenimiento el tránsito de una ira colectiva, intrínsecamente revolucionaria y alimentada por un fervor patriótico, hacia una forma más institucionalizada y burocratizada de expresión política. Esta metamorfosis es particularmente palpable en la emergente nación cubana, donde la conclusión de la contienda bélica marcó no solo un hito histórico, sino también un punto de inflexión en la canalización de las pasiones colectivas.

Al término de la guerra, es perceptible una suerte de depuración de la ira revolucionaria, la cual, alimentada por un amor a la patria y a la libertad, había sido el motor de un movimiento insurgente significativo. Este cambio no es meramente anecdótico, sino que revela una transición fundamental en la psicología colectiva y en los mecanismos de expresión política. Se asiste, pues, a un desplazamiento de una motivación visceral, íntimamente ligada a la lucha por la independencia, hacia una era en la que la ira, aunque no extinta, se ve recontextualizada dentro de los marcos emergentes de la política partidista.

El siglo XX emerge como testigo de esta evolución. La ira, que una vez se expresó a través de actos de rebelión y de lucha armada, se institucionaliza. Los partidos políticos, en sus albores, se convierten en receptáculos de esta pasión transformada. ¿Qué son, después de todo, estos partidos sino entidades donde los colectivos humanos depositan, de alguna manera, su ira y su descontento, esperando a cambio no solo representación, sino también una forma de redención cívica?

En este nuevo escenario, los partidos políticos, lejos de ser meras plataformas de debate ideológico, se erigen como verdaderas tesorerías de los afectos colectivos, administrando y, en cierta medida, regulando las pasiones y los descontentos de la ciudadanía. Esta noción lleva implícita una dimensión crítica respecto a cómo la ira, una vez un agente de cambio revolucionario, se ve ahora domesticada y canalizada a través de estructuras partidistas.

Hasta la década de 1930, este proceso de control y gestión de la ira colectiva en Cuba estuvo predominantemente en manos de los partidos tradicionales, el Conservador y el Liberal. Estas entidades políticas no solo reflejaban las divisiones ideológicas y las aspiraciones de distintos segmentos de la sociedad, sino que también ilustran cómo la ira, un elemento tan crucial en la gesta independentista, se transforma en un instrumento de negociación política y de lucha por el poder en un contexto posrevolucionario.

En el análisis de los eventos políticos y sociales que desembocaron en la caída de Machado en 1933, emerge una figura central en la interpretación de estos sucesos: Alberto Lamar. Su trabajo aporta una visión crítica sobre el cambio en la gestión de los afectos colectivos del pueblo-nación. Es interesante notar cómo Lamar identifica una crisis en el patriotismo cubano de la época, una crisis que se entrelaza con la manifestación de la ira en el discurso político y una notable inclinación hacia un sentimiento anticlerical que se incrusta en el «revolucionarismo» colectivista, trascendiendo las barreras partidistas.

Este fenómeno no puede ser analizado sin considerar el contexto en el que se desarrolló. La huelga revolucionaria conocida como la Revolucion del 30 que desencadenó la caída de Machado no fue un simple acto de protesta; estaba impregnada de un fervor casi vandálico, curiosamente respaldado por el embajador norteamericano. Este apoyo extranjero es un elemento que no debe ser pasado por alto, ya que señala una complejidad en las dinámicas de poder y en la influencia internacional en la política cubana.

La consecuencia directa de este derrocamiento fue una etapa de incertidumbre, un periodo en el que la dirección de la ira popular parecía incierta y potencialmente caótica. En este escenario, actores políticos como el Partido Comunista, el Partido Socialista y el ABC cobraron una relevancia particular. Su activismo debe entenderse no solo en el contexto nacional, sino también en el internacional, donde la Internacional Comunista, o Komintern, jugaba un papel crucial. Este organismo, que se había transformado en una suerte de entidad bancaria para la tesoreria de ira revolucionaria a nivel global, influyó decisivamente en la dirección y forma que tomó esta ira en Cuba.

Respecto al desajuste de la sociedad cubana desde los años 30, en el cual el estrés cultural alcanzó su punto máximo en la vida intelectual e informática, enfocándose en lograr la unidad de la conciencia nacional, diversos movimientos y personalidades en el ámbito político supieron aprovechar esta situación. Entre ellos, Antonio Guiteras fue uno de los más destacados. En su manifiesto progresista, propuso estandarizar el control de los afectos y los estados de ánimo en beneficio de la nación. En este contexto, se produjeron conflictos políticos, un golpe de estado, movilizaciones y, en 1934, el primer intento de sovietización de la isla con el efímero «Soviet de Mabay», que duró solo tres meses. ¿Quién o quiénes controla la ira revolucionaria en el periodo que se extiende del 40 al 58?

Durante el periodo en cuestión, se destacan dos entidades políticas que ya habían preparado el terreno fértil para el control de la ira revolucionaria. Estas son la huelga contra Machado en 1930, organizada por el Partido Comunista y la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC). Posteriormente, la ira revolucionaria se manifiesta de manera temporal en las huelgas del pueblo trabajador. Dicho escenario se convierte en el ambiente ideal para las operaciones de tesorería del Komintern en Cuba, bajo la dirección de Fabio Globrar, un polaco de origen judío. La indignación nacional comienza a canalizarse a través de las huelgas laborales.

Todos los partidos políticos y movimientos revolucionarios, incluyendo el 26 de Julio liderado por Fidel Castro, ven en las huelgas un medio para controlar la ira. La huelga general de 1959, convocada por Fidel Castro, pone fin a dos décadas de incertidumbre respecto a la formación de una entidad bancaria que represente los sentimientos del pueblo. El éxito de la ira revolucionaria sobre el poder del estado burgués crea las condiciones para que, en poco más de cinco años, el estado revolucionario se convierta en el banco popular de los afectos nacionales.

En cuanto a castrismo y totalitarismo, este organismo político, dominado por un partido único, debe entenderse como un estado de desilusión, donde los depósitos de ira del pueblo ya no serán revolucionarios sino domesticados. Lo que sigue es la historia de una ideología controlada por los afectos, tal como se había anunciado. Desde José Martí hasta Fidel Castro, la ira revolucionaria mantuvo una constante en su propósito: forjar un reservorio de pasiones revolucionarias.Estos mismos sentimientos en el pueblo alemán, que estaba bajo el control del partido obrero y en un estado de aburrimiento, llevaron a Heidegger a concebir la idea de la temporalidad del estado nacionalsocialista. De ahí surge la frase «un pueblo aburrido, jamás será vencido».

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