Por Galan Madruga
La constatación de que el discurso literario cubano, tanto en la isla como en el exilio, permanece atrapado en una envoltura ideológica prenatal —una matriz todavía no desgarrada por el pensamiento libre— puede demostrarse mediante un examen riguroso de su gramática interna, no únicamente en términos de estructura sintáctica o de procedimientos estilísticos, sino también a través del análisis de sus borradores, sus vacilaciones, sus tachaduras, sus silencios y sus repeticiones; en otras palabras, mediante el estudio del propio gesto escritural. Tal observación, que podría parecer exagerada o provocadora para ciertos guardianes del canon nacional, constituye en realidad el centro reflexivo del ensayo Hígado de Alfredo Triff, texto cuya singularidad radica en colocar simultáneamente bajo observación la caída de la escritura y la experiencia concreta del descenso.
Lejos de conformarse con describir la superficie de los discursos culturales cubanos, Triff dirige su atención hacia aquello que generalmente permanece oculto bajo las capas de solemnidad patriótica, prestigio académico o legitimación institucional. Su escritura se orienta hacia los residuos, hacia los restos, hacia lo que ha sido descartado por la maquinaria simbólica de la nación. En este sentido, el ensayo recuerda ciertos movimientos de la filosofía tardía de Ludwig Wittgenstein, particularmente cuando este sugería que la gramática no debía entenderse solamente como un conjunto de reglas lingüísticas, sino como una forma de vida, une forme de vie, capaz de ordenar comportamientos, hábitos y maneras de comprender el mundo. La pregunta que parece recorrer silenciosamente las páginas de Hígado podría formularse así: ¿es posible utilizar la escritura como un ejercicio de desaprendizaje cultural?, ¿puede el lenguaje convertirse en una práctica de insubordinación frente a las gramáticas heredadas?
El autor no se limita a emitir diagnósticos ni a repetir las fórmulas habituales de la crítica cultural cubana. Lleva su escritura hacia una zona de fricción donde pensamiento filosófico, experiencia corporal y ensayo literario se encuentran en una misma superficie textual. Allí el cuerpo adquiere una centralidad inesperada. No el cuerpo heroico de la épica nacional ni el cuerpo sacrificial de la tradición revolucionaria, sino un cuerpo degradado, digestivo, fisiológico, un cuerpo que excreta. La elección del trasero como metáfora principal de la escritura no persigue el escándalo fácil ni la vulgaridad deliberada. Se trata, por el contrario, de una operación intelectual cuidadosamente calculada. Al presentar la escritura como una forma de digestión, como una excreción del pensamiento, Triff subvierte las jerarquías tradicionales que durante siglos han privilegiado la razón pura sobre los procesos materiales de la existencia. Lo que expulsamos también forma parte de nuestra verdad. Lo que arrojamos fuera continúa hablando de nosotros.
La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿a qué basurero histórico ha sido arrojado el discurso literario cubano? Triff sugiere que este discurso experimenta una descomposición previa incluso antes de llegar a sus lectores. No se trata únicamente de una degradación estética. La descomposición es simbólica, política e intelectual. La cubanidad, entendida como un conjunto de narraciones redentoras, mitologías patrióticas y relatos fundacionales, ha quedado encerrada dentro de una gramática escatológica que pretende explicar la totalidad de la experiencia nacional mediante categorías heredadas del sacrificio, la redención y el destino histórico. La nación aparece entonces como una construcción metafísica cuya función principal consiste en ocultar las complejidades concretas de la experiencia humana. Il faut nommer les choses par leur nom. Y el nombre que Triff otorga a esta condición es decadencia.
Uno de los aspectos más interesantes del ensayo reside precisamente en que no se limita a denunciar esa decadencia. La crítica cultural cubana ha producido abundantes diagnósticos durante las últimas décadas. Lo que escasea son las estrategias de salida. Triff intenta elaborar una. Su propuesta consiste en una separación deliberada respecto a la cultura ensayística dominante, una suerte de ruptura metodológica que no se presenta bajo la forma heroica de una revolución intelectual ni bajo la figura mesiánica de una salvación cultural. La operación es mucho más modesta y, precisamente por ello, más eficaz. Se trata de reapropiarse de los residuos culturales, de los fragmentos descartados, de aquello que ya ha sido consumido por la tradición y expulsado por ella. La basura deja de ser un depósito de desperdicios para convertirse en un archivo alternativo.
A partir de esta perspectiva aparecen tres grandes gramáticas que organizan el ensayo: la gramática del mito, la gramática de lo perdido y la gramática de lo superfluo. No son simples categorías estilísticas ni recursos clasificatorios. Funcionan como síntomas de una enfermedad más profunda que afecta al imaginario nacional. La gramática del mito corresponde a la tendencia permanente de la cultura cubana a convertir toda experiencia en leyenda fundacional. La gramática de lo perdido remite a la nostalgia como principio organizador de la memoria colectiva. La gramática de lo superfluo señala la proliferación de discursos ornamentales que terminan sustituyendo la experiencia real por simulacros retóricos. Las tres, tomadas en conjunto, revelan la dificultad del discurso nacional para reinventarse fuera del esquema sacrificial heredado del siglo XIX.
Cada una de estas gramáticas representa una etapa del descenso. El escritor se enfrenta a una lengua contaminada por décadas de ritualización ideológica. En ese encuentro con la podredumbre simbólica de la nación aparece el verdadero objetivo del ensayo: romper no con la tradición literaria cubana, sino con la manera específica en que esa tradición ha sido metabolizada por generaciones enteras de críticos, profesores, instituciones culturales y escritores. La operación de Triff no es iconoclasta en sentido estricto. No pretende destruir el archivo. Pretende modificar la manera en que el archivo es leído. Allí donde otros buscan monumentos, él busca restos. Allí donde otros encuentran próceres, él encuentra síntomas. Allí donde otros celebran herencias, él examina residuos.
Por esta razón resulta particularmente significativo el uso de la categoría de culología. Lo que inicialmente parece un chiste o una provocación humorística termina revelándose como una herramienta conceptual de considerable alcance. La culología podría definirse como la ciencia de aquello que las culturas empujan hacia sus márgenes, de aquello que expulsan pero nunca logran eliminar completamente. Desde esta perspectiva, la cultura cubana aparece como un gigantesco aparato de ocultamiento. Lo que la nación expulsa retorna constantemente bajo formas inesperadas. Los silencios regresan como síntomas. Las exclusiones regresan como fantasmas. Las censuras regresan como obsesiones. La basura, lejos de desaparecer, termina convirtiéndose en el verdadero depósito de la memoria colectiva.
En este punto la reflexión de Triff encuentra un antecedente notable en la obra de Alberto Lamar Schweyer. Ya en sus escritos sobre la crisis del patriotismo advertía que una nación incapaz de someterse a la crítica terminaba transformando sus mitos en dogmas. La observación mantiene hoy una vigencia extraordinaria. Gran parte de la producción intelectual cubana, tanto dentro como fuera de la isla, continúa girando alrededor de relatos redentores cuya autoridad rara vez es puesta en cuestión. La nación sigue siendo presentada como una entidad sagrada. La historia continúa funcionando como una fuente de legitimidad moral. El resultado es una cultura que, con frecuencia, confunde memoria con liturgia.
A partir de aquí el ensayo formula una interrogante decisiva: ¿qué es exactamente una orden cultural? ¿Quién determina los límites del sentido? ¿Qué instituciones poseen la autoridad para decidir qué puede ser dicho y qué debe permanecer excluido? Triff responde mediante una operación que denomina implícitamente sécession grammaticale, una secesión gramatical respecto de los grandes relatos legitimadores. La expresión resulta particularmente afortunada porque desplaza el problema desde el terreno político hacia el terreno lingüístico. Antes que cambiar gobiernos, doctrinas o ideologías, habría que transformar las gramáticas mediante las cuales interpretamos la realidad.
La influencia de Friedrich Nietzsche atraviesa silenciosamente esta operación. El martillo nietzscheano no aparece aquí como instrumento de demolición, sino como instrumento de diagnóstico. Se golpea una superficie para escuchar el sonido que produce. Se examinan las palabras para descubrir si contienen algo sólido o únicamente hueco. Triff practica precisamente esa auscultación. Sus ensayos son intempestivos porque llegan desde un lugar exterior a las convenciones dominantes. Son guerrilleros porque renuncian a la comodidad del consenso. Son irónicos porque desconfían de toda solemnidad.
Sin embargo, reducir Hígado a una simple crítica de la cultura cubana sería empobrecer notablemente su alcance. El ensayo también contiene una propuesta positiva. En algunos pasajes, particularmente en aquellos dedicados a Guía de turismo, se advierte la posibilidad de una secularización de la gramática patriótica. Allí desaparece el tono escatológico y surge una escritura más ligera, más respirable, menos dependiente de los grandes relatos nacionales. Es en esos momentos donde el libro deja de ser únicamente un ejercicio de demolición crítica para transformarse en una tentativa de reconstrucción intelectual. On peut encore espérer.
La propuesta de Triff es una nueva ética de la escritura. Una ética que no busca embellecer la realidad ni ennoblecer el lenguaje, sino enfrentarse a sus zonas degradadas. Una ética que no teme al ridículo ni al mal gusto. Una ética que entiende la escritura no como un acto de salvación, sino como una exploración de las ruinas. Allí donde otros escritores intentan elevar monumentos, Triff excava. Allí donde otros preservan reliquias, él examina escombros. Allí donde otros celebran la permanencia, él estudia la descomposición. Y precisamente en esa voluntad de descender hacia los residuos encuentra una forma singular de fidelidad: no una fidelidad al canon, sino a todo aquello que el canon ha decidido excluir.
La mayor virtud de Hígado reside en haber comprendido que la crisis de la cultura cubana no es únicamente política ni exclusivamente histórica. Es, ante todo, una crisis gramatical. Mientras las viejas estructuras lingüísticas continúen organizando nuestra percepción de la nación, los mismos mitos seguirán reproduciéndose bajo nuevas máscaras. La verdadera ruptura comienza en el lenguaje. Y es precisamente allí, en ese territorio donde filosofía, ironía y crítica cultural se encuentran, donde Alfredo Triff ha decidido levantar su laboratorio de residuos. Desde ese lugar, alejado de la solemnidad y próximo a la intemperie intelectual, su ensayo invita no a la redención, sino a una forma mucho más difícil de honestidad: la de mirar aquello que una cultura arroja fuera de sí misma y reconocer, sin nostalgias ni consuelos, que también allí habita una parte de su verdad.