Por Galán Madruga

Escrita en 1905 y publicada diez años después, La extraña vida de Iván Osokin es considerada la primera noveleta sobre el «despertar de la conciencia» y el camino de la autorrealización. Una de las novelas más intensas y penetrantes sobre la matrix (la rueda dentada) a principios del siglo XX. Cien páginas son suficientes para que Ouspensky plasmara la dinámica absurda de la autorrealización humana.
Zinaida se marcha a Crimea y quiere que Osokin vaya con ella; él desea hacerlo, dice amarla, imagina todo lo que podría ocurrir entre ambos, pero permanece en Moscú. Zinaida formula entonces una oposición que recorrerá toda la obra: ella está interesada en el presente, mientras él vive proyectándose hacia el futuro. Osokin posee razones para quedarse, entre ellas su pobreza, pero la novela comienza a sugerir que las circunstancias exteriores son apenas una parte del problema. Hay algo en él que transforma continuamente las dificultades en justificaciones y las posibilidades en aplazamientos.
Ese detalle resulta decisivo, ya que Ouspensky podría haber escrito una novela vulgar acerca de las oportunidades perdidas, pero introduce muy pronto el déjà vu. Osokin siente que la escena de la estación ya ocurrió, que está recordando algo que no consigue localizar en el pasado. La vida cotidiana comienza así a adquirir una duplicidad inquietante. Cada acontecimiento pertenece al presente y, simultáneamente, parece proceder de un pasado que el personaje ha olvidado.
Osokin desea regresar al pasado, convencido de que, si conservara la experiencia adquirida, actuaría de otra manera. El mago acepta, aunque le advierte desde el principio que recuperar el pasado no le servirá de mucho. La escena está construida con una simbología deliberadamente visible: el reloj de arena, los objetos orientales, el globo celeste, el fuego, la figura de Kwan-Yin y el propio mago sentado frente a Osokin producen la impresión de que el protagonista ha salido provisionalmente del tiempo ordinario para contemplarlo desde afuera.
Osokin vuelve a ser estudiante y conserva, al principio, una parte considerable de su memoria adulta. Sabe lo que sucederá, reconoce personas, recuerda castigos, anticipa consecuencias y está incluso en condiciones de identificar los pequeños acontecimientos que, muchos años después, terminarán conduciéndolo a la ruina. Sin embargo, comienza inmediatamente a repetirlos. En el capítulo VII recuerda con sorprendente exactitud una cadena anterior de incidentes escolares y comprende incluso cómo esa secuencia acabará perjudicándolo; pero saberlo no impide que el mecanismo vuelva a ponerse en marcha.
Podríamos imaginar que un hombre capaz de recordar su futuro poseería una ventaja extraordinaria sobre los demás. Ouspensky muestra lo contrario. La memoria de Osokin se convierte en una conciencia impotente que contempla cómo el cuerpo, las emociones, el orgullo, el aburrimiento y las circunstancias vuelven a producir las mismas decisiones.
Por eso resulta especialmente significativo el capítulo XIV, cuando Osokin comienza a preguntarse qué sentido posee una existencia en la cual no consigue alterar nada y compara la vida con un reloj al que alguien ha dado cuerda. Además descubre algo todavía peor: los recuerdos de su otra existencia empiezan a borrarse. Aquello que parecía garantizarle una superioridad desaparece poco a poco y el muchacho vuelve a quedar absorbido por la edad, el ambiente y sus antiguos hábitos.
Ouspensky introduce de este modo una distinción que sostiene toda la novela. Una cosa es saber lo que va a ocurrir y otra completamente distinta poseer la capacidad de actuar contra aquello que va a ocurrir. Osokin puede tener información y continuar siendo esclavo. Puede comprender y continuar obedeciendo. Puede observarse haciendo una estupidez y, al mismo tiempo, seguir haciéndola.
The Devil’s Mechanics lleva esta cuestión a su formulación más precisa. Osokin sabe que debe regresar a la escuela militar, sabe que quedarse tendrá consecuencias graves y, aun así, continúa jugando, bebiendo y dejándose arrastrar por la situación hasta terminar expulsado. Más tarde explica a su amigo la verdadera naturaleza de esa mecánica. Las catástrofes no llegan de una sola vez; se producen mediante diminutas concesiones sucesivas. Cuando uno contempla la situación desde lejos ve el conjunto, pero, al estar dentro de ella, únicamente percibe pequeñas circunstancias aisladas y aparentemente inocentes.
El demonio de Ouspensky no necesita obligarnos a cometer grandes barbaridades. Le basta con fragmentar nuestra percepción. Osokin no decide conscientemente destruir su vida; decide permanecer cinco minutos más, aceptar una copa, jugar otra mano, aplazar una obligación, evitar una conversación incómoda. Cada decisión, considerada aisladamente, parece insignificante. La suma constituye su destino. Si Osokin estuviera sometido simplemente a un destino exterior, sería una víctima trágica. Pero Ouspensky hace algo mucho más incómodo: el destino está incorporado al carácter. Osokin lleva consigo las condiciones de su propia repetición.
Ella no representa simplemente a la mujer perdida. Es el personaje que una y otra vez obliga a Osokin a enfrentarse con el presente. Zinaida intenta que hable, que decida, que actúe, que explique qué pretende hacer con su vida. Él comprende perfectamente lo que ella espera. En un momento reconoce que su silencio procede de la cobardía y de una forma absurda de orgullo; sabe además que otras personas han querido ayudarlo antes y que él mismo las ha rechazado. Y, después de comprender todo eso, vuelve a callar.
Osokin insiste en considerarse un hombre excepcional, alguien apartado de los caminos ordinarios, mientras sus actos son de una monotonía absoluta. Su idea de singularidad constituye precisamente una de las máquinas que producen la repetición. Como se considera diferente, rechaza soluciones comunes; como rechaza soluciones comunes, conserva sus problemas; como conserva sus problemas, vuelve a encontrarse ante las mismas decisiones.
Durante su estancia en París, Osokin recuerda las ideas nietzscheanas del eterno retorno y las relaciona con la sensación de haber vivido anteriormente las mismas experiencias. Pero la novela no se limita a ilustrar a Nietzsche. Introduce una variación importante. El problema deja de ser solamente si el universo retorna y pasa a ser qué clase de criatura sería capaz de escapar de la repetición de sí misma. Ouspensky lo convierte en un experimento sobre la voluntad. No pregunta únicamente si aceptaríamos vivir otra vez nuestra vida, sino algo todavía más cruel: si tuviéramos la oportunidad de repetirla sabiendo cómo terminará, ¿seríamos capaces de modificarla?
El libro tiene algo de cinemadrama: aparecen indicaciones como «ON THE SCREEN», las escenas entran y desaparecen como imágenes proyectadas y los grandes saltos temporales poseen un carácter cinematográfico. Pero el procedimiento alcanza toda su fuerza en el capítulo XXVI, The Turn of the Wheel, cuando regresamos prácticamente a la misma escena de la estación de Kursk con que había comenzado la novela. Zinaida vuelve a marcharse, Osokin vuelve a quedarse y las palabras iniciales reaparecen casi como si alguien hubiese rebobinado la película.
La llegada final de Osokin a casa del mago, en el capítulo XXVII, constituye el momento en que el círculo adquiere verdadera conciencia de sí mismo. Osokin empieza a decir exactamente lo que había dicho anteriormente y, mientras habla, recuerda que aquella conversación también había ocurrido. Descubre entonces que incluso su deseo de regresar al pasado y corregirlo forma parte de la repetición. El supuesto acto mediante el cual pretendía escapar del destino pertenecía ya al destino.
Hasta ese instante Osokin había pensado que el problema estaba en El mago le demuestra que el problema está en Osokin. Cuando descubre que Zinaida finalmente no se casó con Minsky, el protagonista vuelve a entusiasmarse. Inmediatamente imagina nuevos planes y cree que ahora sí todo será diferente. El mago destruye esa ilusión distinguiendo dos proposiciones que parecen semejantes pero no lo son. No afirma que nada pueda cambiar. Afirma que nada cambiará por sí solo y que Osokin, siendo el mismo Osokin, tampoco podrá modificarlo. Para cambiar las circunstancias tendrá primero que transformarse él mismo.
Ahí la novela abandona progresivamente el terreno del fantástico y entra en una pedagogía de la transformación. El mago le explica que una persona puede saber muchísimas cosas y, sin embargo, carecer de aquello que le permitiría cambiar. El conocimiento intelectual resulta insuficiente. Osokin deberá admitir primero su incapacidad, buscar ayuda, aprender y aceptar un sacrificio sostenido. No significa un gesto espectacular, sino renunciar durante años a la soberanía imaginaria del yo. El mago le ofrece quince años de disciplina, durante los cuales Osokin deberá seguir sus indicaciones. La paradoja resulta evidente: para alcanzar algún grado de libertad, deberá comenzar reconociendo que todavía no es libre.
Por eso el final es mucho mejor de lo que parecería si la novela terminara sencillamente con la doctrina del mago. Ouspensky deja a Osokin fuera de la casa, pensando qué hará. Y ocurre algo extraordinariamente irónico: después de todo lo aprendido, vuelve a decir que decidirá mañana. Osokin siempre ha vivido así. Mañana trabajará. Mañana arreglará su situación. Más adelante irá con Zinaida. Después comenzará los estudios. En algún momento cambiará. Incluso después de descubrir la estructura de la repetición, reaparece el aplazamiento. Ouspensky se niega por ello a concedernos la seguridad de que Osokin haya salido del círculo. Está únicamente en el umbral, como indica el título del capítulo XXVII.
La última imagen todavía radicaliza el problema. Moscú despierta, los carruajes circulan, los barrenderos trabajan, dos gatos parecen conversar en la acera, y Osokin experimenta de pronto la sensación de que, si él no existiera, todo continuaría exactamente igual. La frase puede leerse de dos maneras. Desde una perspectiva pesimista, confirma la insignificancia del individuo dentro de una maquinaria cósmica indiferente. Pero existe otra lectura, más fértil: por primera vez Osokin comienza a sospechar que su yo, al que ha concedido durante toda la novela una importancia desmesurada, quizá no sea el centro del mundo. Y precisamente la destrucción de esa ilusión podría constituir el comienzo de una transformación.
La vida de Iván Osokin no es extraña por contener un mago ni porque el personaje viaje al pasado. Es extraña porque, después de contemplar su propia existencia desde fuera, descubre que aquello que llamaba voluntad era en buena medida repetición, aquello que llamaba destino estaba inscrito en sus hábitos y aquello que llamaba conocimiento carecía de fuerza para transformarlo.
La novela tiene, desde luego, un desequilibrio deliberado. Durante gran parte del libro Ouspensky trabaja con situaciones, conversaciones, humillaciones, amores, dinero, estudios y pequeños fracasos; en los capítulos finales, el mago habla extensamente y el relato se aproxima al tratado filosófico. Pero esa mutación no destruye la novela, ya que todo lo que explica el mago ha sido previamente dramatizado durante más de cien páginas. Antes de oír que el hombre no consigue cambiarse mediante el simple conocimiento, hemos observado a Osokin demostrarlo una y otra vez.
El infierno de Osokin no consiste en vivir eternamente la misma vida, sino en seguir siendo eternamente el mismo hombre. La repetición del mundo es secundaria; la verdadera rueda está dentro de él.