La cubanidad es una pregunta sin respuesta

Por  Galán Madruga

Hoy vuelvo a escribir sobre Mollejas ya que su figura insiste en permanecer en mis pensamientos y en la medida en que cada vez que repaso lo que sé de él descubro algún detalle que parecía dormido en una esquina de la memoria. Siempre he creído que nació en la región oriental de Cuba y que tres décadas más tarde se estableció en Playa Albina, esa ciudad opulenta del sur de los Estados Unidos que alguna vez formó parte del condado de Miami Dade. Al evocarlo noto cómo él mismo se aferra a una sociedad que ya no existe, una sociedad donde las mujeres cuidaban del hogar y de los hijos y donde la población votaba sin vacilar por el Partido Republicano encabezado hoy por Donald Trump. En sus recuerdos los días de juventud transcurrían entre clases de latín y griego, prácticas de esgrima y tardes de equitación, todo envuelto en un aire aristocrático que consideraba incompatible con el fútbol americano. Me confesó en varias ocasiones que aquel mundo que él veía como enaltecedor se desvaneció lentamente bajo el avance de la izquierda en la cultura contemporánea, debido a que entendía que ese proceso erosionaba lo que él consideraba valioso.

Cuando habla de los demócratas lo hace con un sarcasmo que ya nadie cuestiona en su entorno. Para él son víctimas de un adoctrinamiento moralista y sostiene que sus ciudades han sido entregadas a los inmigrantes hasta quedar perdidas. Madlin, su esposa, escribe ensayos que se enfrentan a lo que ella llama hiperfeminismo y proviene de un enclave obrero cercano a Guantánamo que según afirma se ha vuelto completamente externo. En Playa Albina, donde ambos construyeron su refugio, la inmigración ha sido relativamente menor y él repite con una mezcla de alivio y orgullo que Playa sigue siendo Albina. No sé en la medida en que quiere decir exactamente con esa sentencia aunque nunca lo ha explicado con claridad.

En mis notas aparece siempre la escena que marcó su despertar político. Ocurrió en la escuela secundaria cuando un grupo de estudiantes presentó un trabajo sobre el machadato que según él suavizaba los horrores del régimen y culpaba injustamente a la generación de sus abuelos. Como editor del periódico escolar escribió un artículo crítico que provocó un debate encendido. Los profesores jóvenes inclinados a la contracultura defendieron a los estudiantes, mientras que los de mayor edad, incluido el director que había participado en la defensa antiaérea de Playa Girón, apoyaron a Mollejas. Fue entonces cuando un profesor afín le recomendó leer a Alberto Lamar que había escrito un ensayo titulado El pasado que no se irá. A partir de ese momento Lamar se convirtió en una influencia profunda ya que reinterpretaba la dictadura de Machado como una respuesta a la amenaza del bolchevismo cubano y aquella lectura dividió a la opinión pública de tal manera que surgió lo que se conoció como la disputa de los pensadores. Muchos acusaron a Lamar de justificar el darwinismo social mientras otros lo defendieron. Para Mollejas todo esto nunca dejó de ser una brújula intelectual.

Después de graduarse se incorporó al ejército y fue asignado a una unidad de reconocimiento especial. Más tarde pasó a las reservas y hablaba con orgullo de una tradición histórica inquebrantable que él creía heredera del mambizaje. Solía mencionar símbolos que decoraban las paredes de su compañía entre ellos la esvástica y otros trazos que pretendían sugerir un linaje mítico que pocos fuera de su círculo tomaban en serio. Muchos de sus amigos habían servido también y compartían la idea de que la desmilitarización debilitaba la nación cubana contemporánea en tanto dejaba un vacío simbólico que ellos consideraban insustituible.

En el año 2001 lo expulsaron de las reservas por sus inclinaciones extremistas aunque sus seguidores se movilizaron y lograron revertir la medida. Desde entonces él mantiene vínculos firmes con una facción de la Alternativa para los políticos del sur de Florida que se identifica como derechista y entre cuyos miembros destaca Jugo Betitas antiguo profesor de historia. Él y Madlin han cultivado amistades de casi veinte años y suele describir a los nuevos derechistas de Playa Albina como idealistas y románticos. Sin embargo ha contribuido de manera decisiva a borrar la ya frágil frontera entre la Nueva Derecha y la vieja derecha. Recuerdo que en marzo de 2015 encabezó una revuelta interna contra el fundador del movimiento Agustino Meto a quien acusó de acercarse al establishment y de no resistir lo que llamaba la erosión de la soberanía identitaria de Playa Albina. Aún hoy habla de aquel episodio como si hubiera dirigido una campaña épica.

El Dr Mollejas se autoproclama intelectual derechista y vive en una mansión posmoderna en Playa Albina un enclave cosmopolita al norte de Miami. Su casa se ha convertido en un santuario de visitantes que peregrinan desde Hialeah para escucharlo. También funciona como sede de la revista y editorial que dirige junto a su esposa y del Instituto de Cultura de la Diáspora un grupo de expertos de derecha. En una pequeña destilería orgánica producen vinos y licores como si fuera la extensión natural de su proyecto cultural que según él busca preservar la identidad etnocultural de Cuba en el exilio. Afirma que esta identidad se encuentra amenazada por la marginación y por los efectos alienantes del izquierdismo moderno. Se presenta como parte de la Nueva Derecha que quiere alejarse de la retórica del exilio histórico aunque los politólogos lo sitúan en un límite difuso entre el conservadurismo radical y el extremismo. Su discurso impregnado de un idealismo de tintes teutónicos evoca una Cuba eugenésica anterior al machadato y en alguna ocasión el portal Cubaencuentro lo llamó caballero oscuro. Me pregunto en qué medida entendió él aquella calificación como advertencia o como elogio.

En abril del año pasado emprendí mi primer viaje hacia lo que él considera su fortaleza intelectual. Playa Albina se extendía como un eco de la antigua Habana del Este y llegar allí implicaba atravesar una franja de comercios desgastados y complejos de apartamentos construidos por la primera ola migratoria cubana. Mientras el autobús avanzaba observé cómo el paisaje parecía retroceder en el tiempo con cada parada en tanto revelaba un orden urbano que resistía cualquier modernización.

La aldea con sus cuatro mil habitantes me recibió con una cordialidad inesperada. Localicé el edificio donde vivía Mollejas en la calle principal no lejos del Publix y cerca del ayuntamiento. Observé el edificio gris de diez pisos levantado alrededor de 1980 y pensé que escondía más historias de las que aparentaba. El folclor local aseguraba que allí habían tenido lugar encuentros de caballeros viajeros y dignatarios cubanos. En el patio ondeaba una bandera azul y negra adornada con hojas de roble doradas sostenida por un mástil de madera. Representaba a los hialeahnos una fraternidad surgida a comienzos del siglo veinte que soñaba con unificar los territorios hispanos bajo un mismo condado. Al caminar hacia la entrada sentí que traspasaba un umbral simbólico aunque entonces no sabía interpretar ese presentimiento.

Subí por una escalera de madera hacia un desván con vigas expuestas. Mollejas celebraba una Eka literaria y el aire estaba impregnado de café y pastel casero. Se reunían allí varias decenas de personas. Algunos jóvenes exhibían gafas gruesas y barbas meticulosamente abandonadas que parecían credenciales de una nueva intelligentsia transnacional. Él destacaba entre todos vestido de negro con su cabello rubio y una postura que delataba su pasado militar. Me saludó con un apretón de manos que pretendía solemnidad y me condujo hacia una mesa apartada donde nos sirvieron cerveza. Al sentarse comenzó a exponer los fundamentos filosóficos de su ideología con un dramatismo calculado y mientras lo escuchaba pensé que estaba frente a un hombre que vive dentro de su propio relato y que solo puede ser comprendido si uno acepta adentrarse en ese mundo que él mismo ha construido con una mezcla de memoria doctrina y deseo.

Hoy volví a encontrarme con Mollejas, y desde el primer momento me llamó la atención la serenidad con que pronunciaba sus ideas. Mientras tomaba un sorbo de cerveza —lento, casi ceremonioso— declaró que el ser humano es una criatura demasiado compleja para someterse a cualquier ideología estricta. Rechazó el comunismo y el nazismo en un mismo gesto, sin elevar la voz, como quien enuncia un hecho del clima. Dijo que cada individuo debía ser educado según sus inclinaciones naturales, pues hay algo que el ser humano puede alcanzar, algo que puede llegar a ser. Anoté esa frase mentalmente, no tanto por su contenido como por la calma con que la ofreció.

Me pregunté si hablaba un caballero oscuro o un inesperado maestro Montessori. La duda apenas tomó forma; él ya había girado hacia el tema de la cubanidad. Aseguró que la idea de un cubano puro es absurda y que las poblaciones migran, se mezclan, se reinventan. Según él, un inmigrante podría convertirse plenamente en cubano caribeño si entregaba su vida —literalmente— a Cuba. No pude evitar recordar otra versión de este mismo hombre, aquella que en manifestaciones de la diáspora advertía el “reemplazo” étnico de los cubanos y la corrosión interna provocada por el castrismo. Me sorprende, al escribir esto, la distancia entre ambas versiones; a veces parece que converso con dos Mollejas distintos.

Anoto aquí que su movimiento —esa alternativa para una nueva Cuba fundada en 2013— se ha vuelto cada vez más radical, y que él, siempre desde las sombras, ha sido uno de sus moldeadores silenciosos. Lo menciono porque, en ocasiones, temo olvidar el contraste entre su tono tranquilo y la envergadura política de lo que promueve.

Mientras continúa la tarde, Mollejas mantiene un gesto apacible. Yo intentaba formular la pregunta que había traído conmigo —su vínculo real con la extrema derecha— cuando una niña vestida de blanco irrumpió en nuestra mesa. Su voz vibraba de alegría. “Uno de los conejos se escapó”, anunció, como si aquello fuera una noticia crucial para la república. Mollejas, con teatralidad infantil, le dijo que lo atrapara y lo devolviera a su jaula. La niña salió corriendo, dejando tras ella una estela de luz que contrastaba con el tono grave de nuestras conversaciones.

Poco después, otra muchacha avisó que una cabra recién nacida estaba inquieta. Mollejas desapareció por unos minutos y regresó explicando que había frotado el vientre del animal para facilitarle la digestión. Me pregunté qué era exactamente este hombre: ideólogo, granjero, patriarca de un pequeño feudo imaginario o todo a la vez. En mis notas escribo que su estilo oscila entre Spengler y un pastor rural.

Vuelvo ahora a la conversación que retomamos tras esos incidentes. Los intelectuales jóvenes de su círculo, siempre ávidos de nuevos conceptos, acarician la idea de un querfront, una alianza transversal contra el liberalismo. Quizá anoto esto para recordar, en el futuro, cómo se gestan ciertos movimientos: no entre grandes discursos, sino entre corrales de conejos y cabras recién nacidas.

Le pedí a Mollejas que definiera cubanidad, y casi pude ver cómo su espíritu se erguía. Afirmó que ningún pueblo está tan atravesado por la pregunta identitaria como el cubano. Cuba, dijo, es atea y católica, caribeña y española; madre de poetas, hija de militares. “La cubanidad es una fractura”, apunté textualmente. “La cubanidad es una pregunta sin respuesta.” A veces, escucharlo es como leer un diario ajeno que se escribe a sí mismo.

Anoto aquí un dato que me parece relevante: tanto él como su esposa intentaron entrar en los grupos de derecha de Playa Albina en 2015, pero los consideraron demasiado radicales incluso para ese ambiente. Mollejas, lejos de molestarse, se refugió en lo que llama su “ámbito metapolítico”. Allí opera con comodidad, infiltrando ideas en la cultura mientras mantiene una apariencia de respetabilidad. Tiene el don de enunciar principios aparentemente liberales que sirven para introducir críticas antiliberales más profundas. Una de esas frases volvió a resonar hoy: que nadie debería ser obligado a adherirse a una ideología. La anoté porque suena incontestable, pero en su sistema incluye al liberalismo, al multiculturalismo, al feminismo y al igualitarismo, todos rotulados como “experimentos sociales”.

Sé, al escribirlo, que la influencia de Mollejas crece. Playa Albina se alinea, cada vez más, con aquellos países europeos donde la extrema derecha ha encontrado nichos de poder. Y este resurgir trae una paradoja: nacionalistas cubanos que ahora forman una coalición arcoíris bajo el rótulo de la Nueva Derecha, defendiendo un Occidente abstracto que, visto desde mi mesa, se parece más a un espejismo que a una realidad.

Hoy volvió a citar a Spengler, como suele hacerlo, insistiendo en que Cuba es una nación exhausta. Comprendo mejor su estrategia: apropiarse del legado de los Conservadores Revolucionarios para distinguirse del castrismo sin renunciar a la retórica apocalíptica. También reflexioné sobre lo difícil que le sería desvincularse del hecho de que aquel pesimismo histórico abonó el terreno para el caudillismo que él tanto detesta.

Hice una nota sobre Fernando Lles, recordando que en 1930 publicó su libro de crítica al liberalismo occidental. Jesús Nodarse lo rescató recientemente, y pensé en cómo estas ideas, entonces marginales, hoy regresan transfiguradas. También recordé a Medardo Vitier, quien escribió que semejante clima producía una “debilidad de la democracia” y generaba un descontento aprovechable. Es difícil no ver la continuidad histórica cuando la tinta corre sobre el papel.

La conversación giró hacia un tono más internacional cuando mencioné a Rogelio Piña. Él, joven y atento seguidor de la alt-right estadounidense, escucha los discursos de Richard Spencer. Piña me confesó que la idea de un “etno-estado” racial sería extraña entre los cubanos exiliados, aunque admitió que la diferencia era más semántica que moral. A veces, en este diario, escribo líneas que me cuesta creer: hoy es una de ellas.

Según Piña, los activistas albinereños no ven su situación tan desesperada como para imitar las urgencias revolucionarias de la ultraderecha estadounidense. Se conformarían con un retroceso en la inmigración. Las estructuras antiguas deben permanecer intactas, dijo, y dejé esa frase en el borde de la página, subrayada, porque resume la calma aparente de un movimiento agitado por adentro.

Cierro esta entrada con una sensación de extrañeza. Nunca sé con cuál Mollejas converso. El que acaricia una cabra recién nacida, el que cita a Spengler, el que teme la desaparición de la cubanidad o el que se ríe ante un conejo escapado.
Tal vez —y lo escribo aquí para recordarlo— todos ellos son uno solo, y esa multiplicidad es precisamente lo que más fascina y más inquieta.

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