«Dios es una referencia, no una propiedad»
Ángel Velázquez Callejas (Editor)
La carta conocida como Der Brief des jungen Arbeiters (La carta de un joven trabajador), escrita por Rainer Maria Rilke entre el 12 y el 15 de febrero de 1922, puede ser leída, en términos hermenéuticos, como una suerte de «anticristo rilkeano». Publicada póstumamente en el volumen VI de sus Obras Completas (1955–1966), este texto inédito hasta entonces articula una crítica radical al cristianismo institucionalizado, al tiempo que expresa una profunda y persistente nostalgia por una forma de lo divino dotada de sentido existencial.
Dirigida al poeta belga Émile Verhaeren, la misiva se presenta como una meditación sobre la noción de Dios, no desde una perspectiva teológica tradicional, sino a través de una interrogación fenomenológica acerca de su presencia, su significación y su función como principio orientador. Rilke se distancia deliberadamente de la concepción de Dios como ente absoluto y propietario, y en su lugar propone una comprensión de la divinidad como referencia simbólica, como punto de apoyo interior al que se accede por medio del trabajo espiritual, la ejercitación de la sensibilidad y la fe entendida no como dogma, sino como experiencia formativa.
El Dios que emerge en esta carta no exige culto ni adhesión institucional, no impone moralidades ni requiere presencia ontológica. Es un Dios sin atributos, una figura que opera como horizonte interpretativo desde el cual el sujeto puede articular una forma de autocomprensión. En esta línea, la divinidad rilkeana no actúa ni intercede; más bien, se ofrece como una posibilidad de orientación que carece de voluntad posesiva. De ahí que Rilke afirme, de modo implícito, que Dios es una referencia, no una propiedad.
Leída desde esta perspectiva, Der Brief des jungen Arbeiters no constituye un mero fragmento epistolar, sino un documento fundamental para comprender la deriva espiritual del autor de las Elegías de Duino. En este texto se manifiesta, con singular claridad, el tránsito de Rilke hacia una concepción no teísta de la trascendencia, en la que lo sagrado deja de ser patrimonio de las religiones para devenir una instancia poética, subjetiva y radicalmente interior.
Ángel Velázquez Callejas
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