LA CARRERA DE LAS DIEZ MIL MILLAS*, Alfred Jarry

Capitulo I

El juego de los tres sietes

[…]

Se observa con frecuencia el hecho de que los seres más débiles son los que más se ocupan -en la imaginación- de las hazañas físicas.

Tan solo el doctor objetó, con sangre fría:

-Pero la repetición de un acto vital conduce a la muerte de los tejidos, o a su intoxicación, a la que llamamos fatiga.

-La repetición produce el hábito y la habi….lidad-replicó Marcueil con la misma gravedad.

-¡Hurra! Así que a entrenar -dijo Arthur Gough.

-Mitridatismo –dijo el químico.

-Ejercicio –dijo el general.

Y Henriette Cyne bromeó:

-¡Presenten… armas! Una, dos, tres.

-Sería perfecto, señorita -concluyó Marcueil-, que tuviera usted a bien continuar hasta agotar la serie indefinida de los números.

-Oh, para abreviar, hasta agotar la fuerza humana -deslizó con su hermoso acento ceceante la señorita Arabella Gough.

-Las fuerzas humanas no tienen límite, señora -afirmó con tranquili- dad André Marcueil.

Ya no hubo más sonrisas, pese a la nueva ocasión que ofrecía el orador: su seguridad al enunciar tal teoría permitía prever que Marcueil quería llegar a algo. Pero, ¿a qué? Todo en su aspecto anunciaba que era menos capaz que cualquier otro de lanzarse a la peligrosa vía de los ejemplos personales.

Pero la espera se vio decepcionada: se quedó ahí, como si hubiera cerrado la discusión de forma indiscutible con una verdad universal.

Fue de nuevo el doctor quien, irritado, rompió el silencio:

-¿Quiere usted decir que hay órganos que trabajan y descansan casi de forma simultánea, y crean la ilusión de no detenerse jamás…?

 -El corazón, seamos sentimentales –dio William Elson.

-…Hasta la muerte -concluyó Bathybius.

-Eso basta para representar un esfuerzo infinito -señaló Marcueil: el número de diástoles y sístoles de una vida humana o incluso de un solo día supera todas las cifras imaginables. 

-Pero el corazón es un sistema muy simple de músculos -corrigió el doctor.

-Pues mis motores se paran cuando no tienen combustible -dijo Art- hur Gough.

-Se podría concebir – aventuró el químico- un alimento del motor humano que retrasaría de modo indefinido, mediante la reparación progresiva, la fatiga muscular y nerviosa. Hace poco que he creado algo así…

-¿Otra vez -dijo el doctor- su Perpetual-Motion-Food? Usted no hace más que hablar de él y no lo hemos visto jamás. Creía que debía usted en- viarle a nuestro amigo.

-¿Qué? -preguntó Marcueil-. Olvida usted, querido amigo, que, entre otros defectos, poseo el de no entender inglés.

-El-Alimento-del-Movimiento-Perpetuo–tradujoelquímico.

-Es un nombre sugestivo -dijo Bathybius-. ¿Qué piensa usted, Mar- cueil?

-Ya sabe usted que yo nunca tomo medicinas… aunque mi mejor amigo sea médico -se apresuró a añadir al tiempo que se inclinaba ante Bathybius.

-Se toma realmente demasiadas molestias para recordarnos que no sabe ni quiere saber nada, y encima es anémico, este animal –rezongó el doctor

-Es una química poco necesaria, creo -continuaba Marcueil, dirigiéndose a William Elson. Hay sistemas de músculos y de nervios que gozan de un reposo absoluto, me parece, mientras que su «simétrico» trabaja. No ignoramos que cada pierna de un ciclista descansa e incluso disfruta de un masaje automático, y tan reparador como cualquier embrocación, mientras que la otra actúa…

-¡Vaya! ¿Dónde ha aprendido usted eso?  -dijo Bathybius-. Sin em- bargo, usted no ciclea.

-Los ejercicios físicos no me van, amigo, no soy lo bastante ágil –dijo Marcueil.

-Vamos, eso es un prejuicio -murmuró de nuevo el doctor-: no saber nada, ni en lo físico ni en lo moral… Pero ¿por qué? Es verdad que tiene un aspecto terrible.

-Puede usted juzgar los efectos del Perpetual-Motion-Food sin someterse a la molestia de probarlo, y mediante la mera contemplación de actuaciones físicas -le decía William Elson a Marcueil-. Pasado mañana comienza una carrera en la que un equipo de ciclistas se alimentará en exclusiva de él. Si no le disgusta hacerme el honor de asistir a la llegada…

-¿Contra qué corre ese equipo? -preguntó Marcueil.

 -Contra un tren –respondió Arthur Gough-. Y me atrevo a pretender que mi locomotora alcanzará velocidades jamás soñadas.

-Ah… ¿y será larga? –inquirió Marcueil.

-Diez mil millas. -Dieciséis mil noventa y tres kilómetros y doscientos metros -explicó William Elson.

-Semejantes números pierden su significado –constató Henriette.

-Es una distancia mayor que la que hay desde París hasta el mar de Japón -precisó Arthur Gough-. Como no tenemos, desde París a Vladi- vostok, el recorrido de diez mil millas exactamente, giramos en los dos tercios del itinerario, entre Irkutsk y Stryensk.

-En efecto –dijo Marcueil-, de ese modo veremos la llegada en París, es mejor. ¿Al cabo de cuántas horas?

-Prevemos cinco días de recorrido -respondió Arthur Gough.

-Es mucho tiempo -señaló Marcueil.

El químico y el mecánico se reprimieron para no encogerse de hombros ante esta observación, que revelaba toda la incompetencia de su interlocutor.

 Marcueil continuó:

-Quiero decir que sería más interesante seguir la carrera que esperar la llegada.

-Llevamos dos coches cama –dijo William Elson-. A su disposición. No tenemos más pasajeros, sin contar a los mecánicos, que mi hija, yo mismo y Gough.

-Mi mujer no viene –dijo este-. Es demasiado nerviosa.

-No sé si yo también soy nervioso –dijo Marcueil-; pero lo que es seguro es que me mareo en ferrocarril y me dan miedo los accidentes. A falta de mi sedentaria persona, que mis mejores deseos les acompañen.

-Pero ¿verá al menos la llegada? –insistió Elson.

-Al menos en la llegada, lo intentaré -asintió Marcueil, que recalcó sus palabras de manera extraña.

-¿Qué es ese Motion-Food suyo? –preguntó Bathybius al químico.

Comprenderá usted que no puedo decírselo… solo que está hecho a base de estricnina y de alcohol -respondió Elson.

-La estricnina, en grandes dosis, es un tónico, eso es bien conocido; pero ¿alcohol? ¿Para estimular a los corredores? Se burla usted de mí, no voy a picar con sus teorías -exclamó el doctor.

[…] CAPÍTULO V

La carrera de las Diez Mil Millas

William Elson tenía más de cuarenta años cuando nació su hija Ellen. En aquel año, 1920, ya rebasaba los sesenta, pero la esbeltez de su cintura, el vigor de su salud y la lucidez de su cerebro desmentían las fechas y la blancura de su barba.

Sus descubrimientos toxicológicos habían hecho de él una eminencia, y había sido nombrado presidente de todas las nuevas sociedades de templanza a partir del día en que, gracias a un giro previsto de la moda científica, proclamó que la única bebida higiénica era el alcohol puro.

A William Elson se le debía asimismo la invención filantrópica de desnaturalizar el agua que llegaba por conductos a los domicilios de manera que no fuera potable, aunque seguía siendo adecuada para el uso higiénico.

A su llegada a Francia, sus teorías fueron discutidas por algunos médicos encariñados con las antiguas doctrinas. Su adversario más enconado fue el doctor Bathybius.

Este último, mientras cenaba con Elson, expuso como objeción principal que estaba seguro de reconocer en él el temblor de manos de los alcohólicos.

Por toda respuesta, el viejo Elson sacó su revólver y apuntó al timbre.

-Simple rapidez de vista, podría usted objetar -dijo al doctor-; así pues, le ruego que me sujete este menú ante la cara.

Su mano no se había movido después de que la pantalla fuera inter- puesta. Efectuó el tiro.

El arma disparaba balas dumdum. No quedó nada del botón, bastante poco del tabique, y algunos alaridos inconclusos de un apacible consumidor que estaba dedicado a sus entrantes en el gabinete vecino. Pero durante un segundo el botón eléctrico, golpeado en pleno centro, había transmitido corriente al timbre.

Apareció el camarero.

Otra botella de alcohol -pidió Elson.

Este era el hombre cuyos trabajos habían conducido a la invención del Perpetual-Motion-Food.

Que William Elson, tras haber fabricado por fin el Perpetual-Motion-Food, hubiera decidido, de acuerdo con Arthur Gough, «lanzar» su pro- ducto con la gran carrera de un equipo ciclista que se alimentara en exclusiva del producto contra un expreso no era un acontecimiento sin precedentes. No pocas veces, en América, en los últimos años del siglo XIX, algunas quintupletas y sextupletas habían vencido a los expresos por una distancia de una o dos millas; pero lo que era inédito era proclamar que el motor humano era superior a los motores mecánicos en largas distancias. La confianza que su éxito le inspiró a continuación a William Elson en su descubrimiento debió de hacerle compartir poco a poco las ideas de André Marcueil referentes a lo ilimitado de las fuerzas humanas. Pero, como hombre práctico que era, no quiso juzgarlas ilimitadas más que con la cooperación del Perpetual-Motion-Food. En cuanto a saber si André Marcueil tomó parte o no en la carrera, aunque la señorita Elson estaba convencida de haberlo reconocido en ella, lo dejamos a su juicio en este capítulo. Para ser más exactos, tomamos prestada la narración de la carrera llamada del Perpetual-Motion-Food o «de las Diez Mil Millas» de uno de los hombres de la quintupleta, Ted Oxborrow, tal y como lo recogió y publicó en el New York Herald.

-Tumbados horizontalmente sobre la quintupleta, modelo de carrera original de 1920, sin manillar, neumáticos de quince milímetros, desarrollo de cincuenta y siete metros treinta y cuatro, con la cara a menor altura que los sillines, cubierta por máscaras destinadas a protegernos del viento y el polvo; con las diez piernas, derechas e izquierdas, unidas por varas de aluminio, arrancamos en la interminable pista habilitada a lo largo de las diez mil millas, paralela a las vías del gran expreso; arrancamos, arrastra- dos por un automóvil en forma de obús, a la velocidad provisional de ciento veinte kilómetros por hora.

Estábamos sujetos a la máquina de modo permanente en este orden: detrás, yo, Ted Oxborrow; delante de mí, Jewey Jacobs, Georges Webb, Sammy White (un negro) y el piloto de nuestro equipo, Bill Gilbey, a quien en broma llamábamos Corporal3 Gilbey, porque era el responsable de cuatro hombres. No cuento a un enano, Bob Rumble, que se bamboleaba en un remolque detrás de nosotros, y cuyo contrapeso servía para disminuir o aumentar la adherencia de nuestra rueda trasera.

Corporal Gilbey, a intervalos regulares, nos pasaba por encima de su hombro los cubitos incoloros y crujientes, de sabor agrio, de Perpetual- Motion-Food, que constituyeron nuestro único alimento durante cinco días; los tomaba, cinco a cinco, de una repisa colocada en la parte trasera de la máquina de arrastre. Bajo la repisa relucía el cuadrante blanco del indicador de velocidad; bajo el cuadrante, giraba un tambor suspendido cuyo objetivo era atenuar los posibles choques de la rueda delantera de la quintupleta.

La primera noche, sin que los ocupantes de la locomotora se dieran cuenta, el tambor embragó con las ruedas del automóvil de arrastre, de modo que giraba en sentido inverso a ellas. Corporal Gilbey nos hizo avanzar entonces hasta que nuestra rueda delantera se apoyara sobre el tambor, cuya rotación, como un engranaje, nos arrastró sin esfuerzo y de modo fraudulento durante las primeras horas nocturnas.

Al estar resguardados por la máquina de arrastre, por supuesto, no había ni un soplo de aire; a la derecha, la locomotora, como una buena bestia, pacía en el mismo lugar del «campo» visual, sin avanzar ni retroceder. Lo único que en su apariencia revelaba el movimiento era una parte algo temblorosa de su flanco –donde parece que oscilaba la biela-, y, en cuanto a la parte delantera, se podían contar los radios del parachoques, parecidos a la reja de una prisión o a los cierres de una presa de molino. Todo aquello formaba un paisaje de río de gran calma –el curso silencioso de la pista pulida era el río y los gorgoteos regulares de la gran bestia eran muy parecidos al ruido de una cascada.

Entreví, en diversas ocasiones, a través de los cristales del primer vagón, la larga barba blanca del señor Elson, que oscilaba de arriba abajo, como si su persona se balanceara con despreocupación en una mecedora.

Los grandes ojos curiosos de la señorita Elson aparecieron también por un instante en la primera puerta del segundo vagón, la única que podía distinguir y, aún así, a riesgo de coger una tortícolis.

La pequeña silueta afanosa de bigotes rubios del señor Gough no se movía de la plataforma de la locomotora. Pues, si bien William seguía la carrera desde el tren, sentía en cualquier caso el deseo de verlo derrotado; pero al señor Gough la gran apuesta le incitaba a desplegar todos los recursos de su competencia de conductor.

 Sammy White canturreaba, al ritmo de nuestras piernas, la canción infantil «Twinkle, twinkle, little star…».

 Y, en la noche desierta, la voz de falsete de Bob Rumble, que tenía el cerebro débil, berreaba tras de nosotros:

-¡Algo nos sigue! No obstante, ninguna cosa viva o mecánica habría podido seguirnos a tal velocidad; y además la gente del tren podía vigilar la pista lisa y vacía tras Bob Rumble. Es verdad que era imposible distinguir más allá de algunos metros de gravilla detrás de los vagones, que contaban tan solo con aberturas laterales; y nosotros no podíamos mirar hacia atrás. Pero habría sido bien poco verosímil que alguien estuviera marchando por la rugosa gravilla. Sin duda, el enano quería expresar el orgullo de sentir que su pueril persona era remolcada por nosotros.

Cuando llegó el alba del segundo día, un ronquido estridente y metálico, una vibración enorme en la que parecíamos sumergirnos, casi me hizo sangrar por las orejas. Me enteré de que habían «soltado» el último automóvil en forma de obús y lo habían reemplazado por una máquina volante en forma de trompeta. Giraba sobre sí misma y se enroscaba en el aire a ras del suelo ante nosotros, y un viento furioso nos aspiraba hacia su embudo. El hilo de seda del indicador seguía temblando con regularidad mientras dibujaba un huso vertical azul contra la mejilla de Corporal Gilbey, y leí sobre el cuadrante de marfil, como estaba previsto para aquel momento en cuanto al número de kilómetros por hora:

250

El tren conservaba su posición anterior, aquella misma inmovilidad aparente, prodigiosamente controlable por todos los sentidos e incluso por el tacto de mi mano derecha; pero el ruido de cascada se había vuelto demasiado agudo, y, a un milímetro de la caldera incandescente de la locomotora, por efecto de la velocidad, reinaba un frío mortal.

El Sr. W. Elson no estaba visible. Mi mirada atravesó sin obstáculo alguno su vagón, de un cristal a otro. Algo interceptó la ojeada que quería echar al interior del vagón de la señorita Elson. La primera ventana del largo compartimento de caoba, la única que estaba a mi alcance, estaba obstruida, para gran estupefacción mía, desde el exterior, con un espeso acolchado escarlata. Se habría dicho que, en el espacio de aquella noche, habían crecido champiñones sangrientos sobre el cristal…

Ahora era pleno día, no pude dudar de lo que vi: todo lo que distinguía del vagón desaparecía bajo rosas rojas, enormes, abiertas, frescas como si acabaran de recogerlas. Su perfume se dispersaba por el aire tranquilo, al abrigo del cortavientos.

Cuando la joven bajó la ventanilla, una parte de la cortina de flores se desgarró, pero no cayeron de inmediato: durante algunos segundos, viajaron por el espacio a la misma velocidad que las máquinas; la más gruesa fue engullida, gracias a la súbita corriente de aire, por el interior del vagón.

Me pareció que la señorita Elson dejaba escapar un gran grito y se llevaba la mano al pecho, y ya no volví a verla durante el resto de la monótona jornada. Las rosas se deshojaron poco a poco por la trepidación, se volaron de una en una, de tres en tres o de cuatro en cuatro, y la madera barnizada del coche cama apareció, inmaculada, reflejando con más pureza que un espejo el malcarado perfil de Bob Rumble.

Al día siguiente, la floración encarnada se había renovado. Me pregunté si me estaría volviendo loco y el rostro ansioso de la señorita Elson no abandonó desde entonces el cristal.

Pero un incidente más grave reclamó mi atención.

Aquella mañana del tercer día aconteció algo terrible, terrible sobre todo porque podría habernos hecho perder la carrera. Jewey Jacobs, que ocupaba el lugar inmediatamente anterior al mío, y cuyas rodillas se encontraban a una yarda de las mías, unidas por varas de aluminio; Jewey Jacobs, que daba muestra de un fantástico vigor desde la partida (tanto era así que sus sacudidas aceleraban intempestivamente el tren prescrito por nuestro cuadro de marcha, y tuve que pedalear en su contra varias veces); Jewey Jacobs pareció de repente complacerse en endurecer sus corvas, mandándome de modo muy desagradable las rodillas al mentón, y tuve que exigir un serio esfuerzo a mis piernas.

Ni Corporal Gilbey, ni, tras él, Sammy White, ni Georges Webb, a causa de sus ligaduras y mascarillas, eran capaces de girarse para ver qué le pasaba a Jewey Jacobs; pero pude inclinarme un poco para divisar su pierna derecha: con los dedos del pie aún enganchados en el toeclip4 de cuero, la pierna subía y bajaba con isocronismo, pero el tobillo parecía entumecido y ya no se producía ankle-play. Además –detalle quizás demasiado técnico-no había prestado atención a un olor particular, pues lo había atribuido a sus mallas de punto negras, en las que, como nosotros, los cuatro restantes, satisfacíamos una y otra necesidad me hizo estremecerme y miré de nuevo, a una yarda de mi pierna y ligada a ella, el pesado tobillo marmóreo, y respiré el hedor cadavérico de una des- composición incomprensiblemente acelerada.

A mi derecha, a media yarda, me impresionó otro tipo de cambio: en lugar del centro del ténder, advertí a mi altura la segunda portezuela del primer vagón.

 -¡Estamos gripando! -gritó en aquel instante Georges Webb.

 -¡Estamos gripando! –repitieron Sammy White y Georges Webb; y como el estupor moral corta brazos y piernas mejor que una fatiga física, la última puerta del segundo vagón apareció contra mi hombro, la última portezuela florida del segundo y último vagón; las voces de Arthur Gough y de los mecánicos profirieron hurras.

 -¡Jewey Jacobs está muerto!-grité yo en tono lastimero con toda mi fuerza.

El tercer y el segundo hombre del team& bramaron por dentro de las máscaras, en dirección a Bill Gilbey: -¡Jewey Jacobs está muerto! El sonido llegó en remolino a través de la corriente de aire hasta el fondo de los tabiques de la máquina volante en forma de trompeta, que repitió en tres ocasiones -pues era lo bastante enorme como para que hubiera dos ecos en su longitud-, que repitió y dejó caer desde lo alto del cielo sobre la fabulosa pista que dejábamos atrás, como una convocación al Juicio Final:

-¡Jewey Jacobs está muerto! ¡muerto! ¡muerto!

-¡Ah! ¿Está muerto? Me importa un c… -dijo Corporal Gilbey-. Atención: ¡ARRASTRAD A JACOBS!

Fue una misión demoledora, que espero no recibir nunca más en ninguna carrera. El hombre recalcitraba, contrapedaleaba, gripaba. Es extraordinario cómo ese término, que se aplica a la fricción entre máquinas, convenía de maravilla al cadáver. ¡Y seguía haciendo lo que tuviera que hacer bajo mis ojos, en su tierra de batán! Diez veces nos vimos tentados de aflojar las tuercas que unían los cinco pares de piernas solidarias, incluidas las del muerto. Pero estaba sujeto, encadenado, precintado y apostillado en su sillín, y además… habría sido un peso… muerto, no puedo dejar de decirlo, y para ganar aquella dura carrera, no podía haber peso muerto.

Corporal Gilbey era un hombre práctico, del mismo modo que William Elson y Arthur Gough eran gentlemen prácticos, y Corporal Gilbey nos ordenó lo que ellos hubieran asimismo ordenado. Jewey Jacobs se había comprometido a participar, en la cuarta posición, en la gran y honorable carrera del Perpetual-Motion-Food; había firmado una indemnización de veinticinco mil dólares, que podrían descontarse de sus futuras carreras. Muerto, ya no correría y no podría pagar su indemnización. Así que tenía que correr, vivo o muerto. Se duerme bien en la máquina, de modo que también se puede morir en la máquina sin que se presenten mayores inconvenientes. ¡Y además la carrera se llamaba la carrera del movimiento perpetuo!

William Elson nos explicó más tarde que la rigidez cadavérica -a la que llamaba rigor mortis– no significa absolutamente nada y cede al primer esfuerzo que la quiebra. En cuanto a la putrefacción súbita, confesaba que ni siquiera él sabía a qué atribuirla… quizás, dijo, a la excepcional abundancia de la secreción de toxinas musculares.

De modo que allí teníamos a Jewey Jacobs pedaleando, al principio a regañadientes, sin que pudiéramos ver si hacía muecas, pues la máscara permanecía sobre su nariz. Lo animábamos con cordiales insultos, del tipo de los que nuestros abuelos dirigían a Terront en la primera París-Brest: «Adelante, guarro». Poco a poco le coge gusto a la cosa y sus piernas siguen a las nuestras, vuelve el ankle-play, hasta que llegó a una velocidad frenética.

-Un volante –dijo Corporal-: está regularizando. Y creo que ahora se va a disparar.

En efecto, no solo regularizó, sino que se embaló y el sprint de Jacobs muerto fue un sprint que los vivos no pueden imaginar. Hasta tal punto, que el último vagón, que se había vuelto invisible durante el trabajo de maestro de escuela para difuntos, aumentó y aumentó de tamaño hasta volver a su lugar natural, que jamás habría debido abandonar, algo por detrás de mí, con el centro del ténder a media yarda a la derecha de mi hombro derecho. Todo esto, como es natural, se vio acompañado de hurras por nuestra parte que atronaron dentro de las máscaras:

-¡Hip, hip, hip, hurra por Jewey Jacobs!

Y la trompeta volante dejó caer del cielo:

-¡Hip, hip, hip, hurra por Jewey Jacobs!

Yo había perdido de vista la locomotora y sus dos vagones durante el tiempo en que enseñábamos a vivir al muerto; cuando pudo valérselas por sí solo, vi que la trasera del vagón se agrandaba como si fuera él quien viniera a pedirnos noticias. Una alucinación, sin duda, un reflejo deformado de la quintupleta en la caoba del gran vagón cama, más límpida que un espejo, una figura de ser humano jorobado -jorobado o cargado de un enorme fardo- pedaleaba tras el tren. Sus piernas se movían exactamente a la velocidad de las nuestras.

De repente la visión desapareció, enmascarada por el ángulo de la trasera del vagón, al que ya habíamos adelantado. Me pareció muy cómico escuchar al absurdo Bob Rumble, que, agitado, saltaba a diestra y siniestra sobre su asiento de mimbre, como un animal enjaulado:

-¡Hay algo que pedalea, hay algo que nos sigue!

La educación de Jewey Jacobs nos había llevado todo un día: era la mañana del cuarto día, tres minutos, siete segundos y dos quintos después de las nueve; y el indicador de velocidad se encontraba al máximo, que no se debía superar: 300 kilómetros por hora.

La máquina volante nos funcionaba bien; y sin saber si íbamos más allá de la velocidad anteriormente registrada, estoy seguro de que fue ella la que impidió aminorar la marcha, pues el indicador conservaba aún su aguja en el extremo del cuadrante. El tren mantenía la misma distancia, pero no debía de haber previsto tales velocidades al proveerse de combustible, pues los pasajeros -que no eran más que el Sr. Elson y su hija–atravesaron el pasillo para llegar hasta la plataforma de la locomotora, junto al mecánico, y llevaban con ellos las vituallas y bebidas. La joven, con un aire maravillosamente activo, llevaba un neceser. Todos estaban ocupados eran cinco o seis en total- en despiezar los vagones y en meter en el horno todo lo que era combustible.

La velocidad aumentó, me es imposible apreciar en qué proporción; pero el zumbido de la trompeta volante se incrementó en algunos semitonos, y me pareció que la resistencia bajo los pedales cesaba por completo, cosa absurda, pese a mi esfuerzo acentuado. ¿Habría avanzado en sus progresos aquel asombroso Jewey Jacobs?

Bajo mis pies no advertí ya el asfalto uniforme de la pista, sino… muy a lo lejos… ¡la parte superior de la locomotora! El humo del carbón y del petróleo cegó nuestras máscaras. La máquina volante pareció trepar.

-Vuelo de buitre –nos explicó Corporal Gilbey en una palabra, entre dos accesos de tos-. Cuidado con la caída.

Sabemos, y Arthur Gough lo explicaría mejor que yo, que un objeto móvil que rueda animado por una velocidad suficiente se eleva y planea, pues la velocidad suprime la adherencia al suelo. A riesgo de volver a caer si no está provisto de órganos capaces de propulsarlo sin un punto de apoyo sólido.

La quintupleta, al recaer, vibró como un diapasón

All right –dijo de repente Corporal, que había estallado en una gesticulación singular, con la nariz sobre la rueda delantera. La marcha se reanudó como antes.

-El neumático delantero ha pinchado -dio Bill con voz reconfortante.

A la derecha, no quedaba ni huella de los vagones: enormes pilas de leña y bidones de gasolina acumulados sobre el ténder; los trucks se habían desprendido y quedaban atrás: aunque hubieran continuado la marcha a causa de la inercia adquirida, debían de haberse ralentizado por la trepidación. En aquel momento, era posible seguir el movimiento de sus ruedas. La locomotora seguía a la misma altura.

-Nuevo vuelo de buitre -dijo Bill Gilbey-. No hay riesgo de caída. Pinchada la rueda trasera. All right.

Estupefacto, levanté la cabeza por encima de la máscara horizontal y miré hacia arriba: la máquina volante había desaparecido y se había que- dado atrás, sin duda, con los vagones abandonados.

Sin embargo, todo iba bien, como decía Corporal; el indicador de velocidad seguía marcando, tembloroso contra su mejilla, una marcha uniformemente acelerada, superior desde hacía rato a los trescientos kilómetros por hora.

En el horizonte se erguía la curva.

Era una torre enorme a cielo abierto, con la forma del tronco de un cono, de doscientos metros de diámetro en la base y cien de altura, apuntalada por contrafuertes macizos de piedra y acero. Tanto la pista como las vías férreas se precipitaban en ella por una especie de puerta; y una vez en su interior, durante una fracción de minuto, remolineamos, tumbados sobre el costado y mantenidos por la inercia, sobre los tabiques que no solo eran verticales, sino inclinados, como el interior de un techo. Parecíamos moscas corriendo bajo un techado.

 La locomotora estaba suspendida sobre nosotros, sobre un flanco, como el anaquel de una estantería. Un zumbido llenaba el tronco del cono.

 No obstante, durante aquella fracción de minuto, todos oímos, en medio de esa vuelta aislada por la estepa del Transiberiano cuyo interior vacío acabábamos de recorrer, una fuerte voz que el eco hizo resonar y que parecía haber entrado justo después de la locomotora. Esa voz mascullaba, maldecía y blasfemaba.

Percibí con claridad esta insólita frase, proferida en buen inglés -sin duda para que no nos la perdiéramos-:

-¡Cabeza de cerdo, me estás cortando el hombro! Y después un choque sordo.

Ya estábamos saliendo de la curva, y, a través de aquella misma especie de puerta que habíamos encontrado unos segundos antes, un tonel de la capacidad denominada por los ingleses hogs-head-en efecto, «cabeza de cerdo», y que contiene cincuenta y cuatro galones–, con una gran abertura rectangular en la piquera, provista, en el centro, de dos correas parecidas a los tirantes de los soldados -como si un hombre la tuviera que llevar a la espalda, una barrica, digo, que se balanceaba a la manera de cualquier objeto redondo que se deja sobre el suelo con brutalidad-, como la cuna de un niño.

El parachoques de la locomotora la lanzó como si fuera un balón de fútbol: salpicó sobre la vía y la pista un poco de agua y ramilletes de rosas, algunas de las cuales rodaron cierto tiempo y se adherían con sus espinas a los neumáticos, ya pinchados, de nuestras ruedas.

Cayó la noche del cuarto día. Aunque nos había llevado tres días alcanzar la curva, debíamos, si nuestra velocidad presente se mantenía, estar a menos de veinticuatro horas de la meta de las Diez Mil Millas.

Según se hacía la oscuridad, eché un último vistazo al cuadrante indicador que ya no volvería a consultar hasta el alba; y, mientras lo miraba, el hilo de seda que giraba y vibraba sobre la ranura bloqueada del extremo del engranaje se inflamó en un gran huso azul, y luego todo quedó oscuro.

Entonces, nos lapidaron, como una lluvia de aerolitos, unos cuerpos duros y suaves a la vez, y agudos y aterciopelados y sangrantes y chillones y lúgubres, atrapados por nuestra velocidad como quien atrapa moscas; y la quintupleta dio un gran viraje y chocó contra la locomotora, que mantenía su apariencia inmóvil. Allí permaneció encajado, durante varios metros, sin que nuestras piernas maquinales se interrumpieran.

-Nada -dijo Corporal-. Pájaros.

Ya no nos protegía el cortavientos de la máquina de arrastre, y es extra- ordinario que este incidente no se hubiera producido antes, desde que se desprendió el embudo volante.

En aquel momento, sin siquiera recibir una orden de Corporal, el enano Bob Rumble reptó hacia mí por la vara de su remolque, con objeto de apoyar todo su peso sobre la rueda trasera y aumentar así su adherencia. Esta maniobra me permitió comprender que la velocidad seguía aumentando.

Oí que le castañeteaban los dientes y comprendí que Bob Rumble solo se había acercado a nosotros para huir de lo que él llamaba «algo que nos sigue».

Encendió tras mi espalda, algo a la izquierda, un farol de acetileno, que proyectó extrañamente ante nosotros, un poco a la derecha (pues la locomotora se encontraba ahora a nuestra izquierda) la quíntuple sombra del equipo sobre la pista blanca.

En la alegre claridad, el enano interrumpió sus quejidos. Y nosotros nos lanzamos SOBRE NUESTRA SOMBRA.

Ya no tenía idea alguna acerca de nuestra velocidad. Intentaba distinguir algunos fragmentos de las cancioncitas estúpidas que Sammy Wite tatareaba para sí con objeto de imprimir ritmo a su pedaleo. Un poco antes de que el hilo del indicador se inflamara, estaba balbuceando el estribillo, parecido a un redoble de granizo, de su sprint final, tan sonado a lo largo de sus récords de milla y de media milla efectuados sobre las pistas de cometa de Massachussets: «Poor papa paid Peter’s potatoes».

A partir de ahí habría tenido que inventarlo, pero sus piernas iban demasiado rápido para su cerebro.

El pensamiento, al menos el de Sammy White, no es tan rápido como se dice, y no lo veo haciendo una «exhibición» sobre cualquier pista.

En realidad no hay más que un récord que ni Sammy White, campeón del mundo, ni yo, ni todo el equipo junto, batiremos de momento: el récord de la luz, y lo he visto batirlo con mis propios ojos: cuando el farol se encendió tras nosotros, barriendo la pista desde la trasera hacia la delantera de nuestra sombra, de nuestra sombra constituida por nuestras cinco sombras tan instantáneamente agrupadas y confundidas a cincuenta metros ante nosotros, que se habría dicho que era de veras un único corredor, de espaldas, quien nos precedía -nuestros pedaleos simultáneos completaban esta ilusión que desde entonces supe que no era una ilusión- cuando nuestra sombra se proyectó hacia delante, tuvimos todos la aguda sensación de que un adversario silencioso e irresistible, que hubiera estado acechándonos durante días, acababa de ponerse en marcha a nuestra derecha al mismo tiempo que nuestra sombra, escondido en ella mientras mantenía una distancia de cincuenta metros; nuestra emulación fue tan aguda que nuestras bielas empezaron a rodar con no menos impulso que el de un perro rabioso que corriera tras su cola si no tuviera nada mejor que morder.

No obstante, la locomotora, que iba quemando sus vagones, continuaba a la misma altura, y daba la impresión de una enorme calma cerca de un géiser… No parecía llevar a bordo a ningún ser animado a excepción de la señorita Elson, que seguía con una curiosidad sobreexcitada y poco explicable las contorsiones, bastante grotescas, todo hay que decirlo, de nuestra sombra al alejarse. William Elson, Arthur Gough y los mecánicos no se movían. Los demás, en fila bajo el desvaído haz de claridad de nuestro farol y tan agotados tras nuestras máscaras que, apenas nos acariciaba el gran huracán creado por nuestra velocidad, revivíamos, creo, a juzgar por mis sentimientos personales, nuestras veladas de la infancia, bajo la lámpara, inclinados sobre la mesa de los deberes escolares. Y parecíamos reconstruir una de mis visiones de aquellas noches: una gran esfinge de la muerte que entró por la ventana, no se preocupó -cosa extraña- de la lámpara, sino que fue a buscar al techo, en un arrebato de pasión guerrera, su propia sombra proyectada por la llama, y chocó contra ella, en golpes repetidos, con todos los arietes de su velludo cuerpo: toc, toc, toc…

Absorto en esos pensamientos o en ese sueño, no advertí que, a causa de la trepidación de nuestro empuje, y pese a ser bien visible porque la pista era muy blanca y la noche bastante clara, ¡la grotesca silueta nos llevaba una ventaja de cincuenta metros!

 No podía ser una figuración provocada por la luz de la locomotora: hasta el petróleo de los dos faros había pasado hacía tiempo a recalentar la oscura caldera.

Sin embargo, los fantasmas no existen… ¿qué era entonces aquella sombra?

Corporal Gilbey no se había dado cuenta de que nuestro farol se había apagado, de otro modo habría sermoneado con severidad a Bob Rumble: tan jovial y práctico como de costumbre, nos animaba mediante bromas:

-¡Vamos, niños, adelantadme eso! ¡No aguantará mucho! Nos acercamos. ¡Le falta aceite, no es una sombra, es un asador!

En el gran silencio de la noche, nos apresuramos más aún.

De repente… oí.…. creí oír como cantos de pájaro, pero de timbre singulamente metálico.

No me equivocaba: había un ruido en alguna parte, delante, un ruido de chatarra.

Seguro de cuál era su causa, quise gritar, llamar a Corporal, pero estaba demasiado aterrorizado ante mi descubrimiento.

¡La sombra chirriaba como una vieja veleta!

Ya no se podía albergar dudas acerca del único acontecimiento de veras un poco extraordinario durante la carrera: la aparición del CORREDOR.

Y, sin embargo, jamás creeré que ni hombre ni diablo nos hubiera seguido -y adelantado– durante las Diez Mil Millas.

¡Sobre todo si tenemos en cuenta el aspecto del personaje! He aquí lo que debió de ocurrir: el Corredor, que se había dejado adelantar, por supuesto, y se mantenía a la izquierda, casi delante de la locomotora, el Corredor, pues, reapareció en el momento en el que la sombra desapareció, y, confundiéndose un segundo con ella, atravesó la pista delante de la quintupleta, con una increíble torpeza, pero fue una oportunidad providencial para él y para nosotros. Vino a chocar con su máquina apocalíptica contra el primer raíl… Zigzagueaba tanto que se habría dicho, a fe mía, que hacía tres horas, y no más, que practicaba el ciclo. Así pues, atravesó el primer raíl de modo perpendicular, con peligro de sus huesos, compuso la expresión desesperada de quien sabe bien que jamás conseguirá atravesar el segundo; hipnotizado por la maniobra de su manillar y con los ojos puestos en la rueda delantera, no parecía sospechar que se entregaba a todas esas pequeñas evoluciones imbéciles ante un gran expreso que se abalanzaba sobre él a más de trescientos kilómetros por hora. De repente, pareció ocurrírsele una idea en extremo prudente e ingeniosa, giró por completo a la derecha y salió hacia la gravilla que estaba frente a él, evitando de ese modo la locomotora. En ese preciso instante, el espolón de la máquina alcanzó su rueda trasera.

 Durante el segundo en el que estuvo esperando que lo triturara, toda su jocosa silueta, hasta los detalles de los radios de su bicicleta, quedó fotografiada en mi retina. Después cerré los ojos; no deseaba contar sus diez mil pedazos.

Llevaba monóculo, y no tenía barba exactamente, sino que parecía ensuciarle una barba rala y algo rizada.

Iba vestido con un redingote y una chistera que se había puesto gris del polvo. Tenía la pernera derecha del pantalón remangada, como si lo hubiera hecho a propósito para tener más posibilidades de enredarse con la cadena; llevaba la pernera izquierda recogida con la pinza de un bogavante. Los pies, sobre los pedales de plástico, estaban calzados de botines con elásticos. Su máquina era un cuerpo erecto con neumáticos de cámara, que no se encontraría ni por su peso en oro… ¡y debía de ser pesada! Estaba dotada de guardabarros delantero y trasero de hierro. Un gran número de sus radios -radios directos– habían sido sustituidos con destreza por ballenas de paraguas, cuyas horquillas, que no habían quitado, oscilaban al capricho de las ruedas, en forma de 8.

Sorprendido de oír el repiqueteo regular, al igual que el chirrido de los rodamientos gastados, medio minuto largo después de lo que yo suponía que debía de ser la catástrofe, volví a abrir los ojos y no pude creerlo, no pude siquiera creer que los tenía abiertos: el Corredor seguía cómodamente instalado a la izquierda, en la gravilla! La locomotora lo tocaba de lleno y él no parecía de ningún modo incómodo. Se me reveló la explicación del prodigio: la miserable bestia ignoraba sin duda la llegada por detrás del gran expreso, de otro modo no habría podido hacer prueba de tal sangre fría. La locomotora había topado con la bicicleta y la estaba empujando por el guardabarros de la rueda trasera! En cuanto a la cadena –ya que, por supuesto, el ridículo e insensato personaje no habría sido capaz de mover sus piernas a tal velocidad-, había tenido una rotura limpia en el choque, y el Corredor pedaleaba con júbilo en el vacío -además sin necesidad, pues la supresión de toda transmisión constituía para él una excelente «rueda libre» e incluso loca- ¡y se felicitaba de su actuación, que atribuía sin duda a sus capacidades naturales!

Una luz apoteósica apareció en el horizonte, y el Corredor recibió en primer lugar su aureola. ¡Eran las luces de la meta de las Diez Mil Millas!

Tuve la impresión de que era el fin de una pesadilla.

-¡Vamos! Un esfuerzo -decía Corporal-. ¡Los cinco juntos podemos quitarnos del medio al compañero!

Esa voz limpia -como un punto de referencia fijo acentúa las oscilaciones del barco para aquel que, mareado, yace en una litera suspendida en cardán-, la voz de Corporal, me hizo comprender que estaba ebrio, ebrio- muerto de cansancio o del alcohol del Perpetual-Motion-Food– ¡Jewey Jacobs había muerto de eso!– ,y me despejó al mismo tiempo.

No obstante, no estaba soñando: un extraño corredor precedía a la locomotora; ¡pero no montaba un cuerpo rígido de plástico con neumáticos de cámara! ¡Pero no llevaba botines con elásticos! @Pero su bicicleta no chirriaba, salvo en mis oídos, que zumbaban! ¡Pero no se le había roto la cadena, pues su bicicleta era una máquina sin cadena! ¡Los extremos de un cinturón ancho y negro flotaban tras él y acariciaban el espolón de la locomotora! ¡Eso era lo que yo había tomado por un guardabarros y los faldones de un redingote! ¡Sus calzones habían reventado en los laterales debido a la hinchazón de sus músculos extensores! Su bicicleta era un modelo de carreras como nunca había visto, de neumáticos microscópicos y un desarrollo superior al de la quintupleta; la accionaba con gran facilidad, como si en efecto pedaleara en el vacío. El hombre se encontraba ante nosotros: veía su nuca, con largos cabellos ondeantes; el viento de la carrera había echado hacia atrás el cordón de su monóculo -o un bucle negro de su cabellera- hasta sus hombros. Los músculos de sus pantorrillas palpitaban como dos corazones de albatros.

Hubo un movimiento sobre la plataforma de la locomotora, como si fuera a ocurrir algo grande. Arthur Gough rechazó con dulzura a la señorita Elson, que se inclinaba para contemplar, con amor, aparentemente, al corredor desconocido. El ingeniero pareció parlamentar de modo acerbo con el señor Elson para obtener de él alguna exorbitante concesión. La voz suplicante del viejo llegó hasta mí:

-¡No le va a dar a beber eso a la locomotora! ¡Le haría daño! ¡No es una criatura humana! ¡No va a desbaratar usted esta bestia!

Y, tras algunas frases rápidas e ininteligibles:

-¡Entonces deje que yo mismo haga el sacrificio! ¡Que no me separe de él hasta el último instante!

El químico de barba blanca sostenía entre sus manos, con infinita pre- caución, un frasco que contenía, según supe después, un ron admirable que habría podido ser su abuelo y que tenía reservado para beberse solo; vertió ese último combustible en la caldera de la locomotora… el alcohol era sin duda admirable: la máquina hizo pschh. y se apagó.

 Así fue como la quintupleta del Perpetual-Motion-Food ganó la carrera de las Diez Mil Millas; pero ni Corporal Gilbey, ni Sammy White, ni Georges Webb, ni Bob Rumble, ni, creo, Jewey Jacobs desde el otro mundo, ni yo, Ted Oxborrow, que firmo en nombre de todos esta relación, nos consolaremos jamás de haber encontrado, al llegar a la meta–donde nadie nos esperaba, pues nadie sospechaba tan pronta llegada-, aquella meta coronada de rosas rojas, las mismas obsesivas rosas rojas que habían jalonado toda la carrera.

Nadie pudo decirnos qué fue del corredor fantástico.

* En Le Surmâle, París, Éditions de la Revue Blanche, 1902.

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