La Caperucita Roja en medio de un “asere” y un “tigre”

por Rogelio García

Ah, la literatura moderna, ese flamante bastión de originalidad donde las «obras maestras» brotan como setas después de la lluvia, aunque curiosamente, sean tan leídas como los términos y condiciones de una red social. Y ahí tenemos esa novela, con un título tan pegajoso como un número de seguro social, zambulléndose en Santiago de Cuba y la Española con la precisión de un GPS sin señal.

Con sus 300 páginas de glorioso texto, la obra es un monumento al insomnio, guiando al lector a través de un laberinto de coloquialismos tan auténticos que casi puedes escuchar el crujir de dientes del confundido lector. En efecto, es un desfile de palabras que dan vueltas como bailarines de break dance en una competición.

¡Ah! Y la trama, ese enigma embrollado que captura la atención del lector con la misma eficacia que un anuncio de teletienda a las tres de la madrugada. Nos presenta un duelo épico, no entre titanes o semidioses, sino entre dos personajes tan caribeños como el ron y el reguetón. Un choque de titanes: un artista y un empresario, un comunista y un capitalista, en una mezcla tan coherente como un cóctel de caviar y cola.

Esta novela, cuyo nombre se desvanece más rápido que la dignidad en un reality show, es un tesoro para aquellos con un paladar exquisito por lo incomprensible, un amor por los callejones sin salida narrativos, y una paciencia de santo. Un manjar para el lector audaz que se deleita perdiéndose en el enigma de la prosa moderna.

Prepárense para el plato fuerte de la trama: un festín de tensión donde los personajes (o lo que sea que se les pueda llamar) compiten por el afecto de una dama, una especie de Caperucita Roja con un toque tropical. Pero cuidado, no es una damisela cualquiera. Es una metáfora con piernas, un cebo para almas perdidas, arrastrándolas en un crucero por el Caribe, porque, ¿dónde mejor que en un crucero para narrar una historia de globalización y desidentificación?

Aquí está nuestra heroína, la musa del melodrama, portadora de una trama tan vibrante como un episodio de reality show. Esta dama, más influyente que un influencer en Instagram, aviva con su mera presencia esos sentimientos tan humanos como un culebrón de sobremesa: celos y codicia. Y nuestros protagonistas, el comunista, con una pereza que merece un Guinness, y el empresario, un modelo de humildad, como un pez globo en pleno hinchazón.

Pero la sorpresa viene cuando nos damos cuenta de que estas cualidades no son exclusivas de los personajes. El autor, en un giro digno de un guion de telenovela, parece haberles impregnado de su propio ser. ¡Qué destreza narrativa!

Y así llegamos al Caribe, ese escenario astuto, tan profundo y complejo como un episodio de «Dora la Exploradora». La comparación con un bazar de barrio es, por supuesto, el pináculo de la sutileza narrativa. ¿Para qué acudir a Proust cuando tienes un colmado caribeño?

Me pregunto, entre la admiración y un sutil dolor de cabeza, si la supuesta genialidad de esta obra podría alguna vez ser contenida en un vaso de plástico, mezclado con un refresco local. ¿Será esta la nueva tendencia en maridaje literario? Como diría un sommelier con resaca: «Bueno, ¿por qué no?»

Aquí tenemos al artista, ese camaleón de la creatividad, capaz de pintar un Monet con los colores del capitalismo. ¡Oh, esa astucia caribeña! Transformándose en un hombre de negocios tan respetable como un gato en una misión de caza. Y qué presa: la damisela, reducida al trofeo de una subasta silenciosa. ¡Que gane el mejor! Después de todo, ¿quién cuestionaría la sabiduría del libre mercado?

Luego, la transnacionalidad, esa palabra que suena a teoría conspirativa, pero que aquí significa un viaje místico de un lugar a otro, tan convincente como un episodio de «Lost«. ¿Geografía y cultura parecidas? El eterno juego de las sillas de la identidad cultural. Y en este vaivén, ¡sorpresa! El amor florece. Caperucita huye del cuento para encontrarse con el lobo en el Caribe, o ¿era al revés?

No podemos olvidar el «catauro de trigre«, esa colección de perlas lingüísticas que captura la esencia del habla caribeña. Porque, ¿qué sería de nosotros sin ese ingenio popular? ¡La ironía de pensar que, en medio de este embrollo de arte, negocios y amor transcontinental, lo que realmente nos engancha es el poder de unas palabras bien hiladas!

Pero la ironía final, esa que haría reír hasta al crítico más severo, es el éxito comercial de esta obra. Este coloso literario, con todas sus pretensiones y exotismo tropical, ha logrado la proeza de vender menos que un manual de instrucciones en una librería. En un mundo donde hasta los folletos publicitarios tienen su público, este logro es digno de un aplauso… o de una lágrima. Pero no desesperemos, siempre hay un rincón para lo incomprensible. Tal vez, en un futuro lejano, esta novela sea redescubierta y alabada como una obra maestra incomprendida. O quizás, y esto es solo una hipótesis, siga vagando en el olvido, como un crucero fantasma en el vasto mar del Caribe literario.

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