Introducción (Egofitness)

El retorno antediluviliano: la ética fitness.

En las páginas que siguen, se abre ante ustedes un libro vivo, en constante proceso de actualización. Este peculiar atributo confiere a la obra un atractivo innegable y, al mismo tiempo, la dota de un carácter programático que cobra relevancia en el contexto literario actual. En el tapiz de la existencia, donde no existe un destino predefinido ni una meta absoluta, la noción de progreso se erige como faro guía. En este contexto, la teología narrativa que en el pasado podría haber enmarcado este libro pierde su interés y se desvanece, dejando espacio para un enfoque ascendente en la escritura.

Como una creación que busca estar en sintonía con el proceso evolutivo que rige la naturaleza y la cultura, el texto que tienen ante sí representa un primer logro en la ardua tarea de redacción, investigación y reflexión. Nietzsche, considerado el padre de la ascetología del fitness, sostenía que cada práctica y nivel de esfuerzo humano alcanzaba una cierta cumbre, contribuyendo así a erigir nuevas bases que habrían de propulsarnos hacia cotas y formas de vida inexploradas.

En el tapiz de la existencia, aseguraba el autor de Aurora, el único camino ante las adversidades era elevar el nivel y la intensidad del ejercicio, abrazando la disciplina y el continuo entrenamiento. En esencia, el ser humano se encuentra en un perpetuo adiestramiento a lo largo de su vida, incluso en su preparación para el inevitable tránsito hacia la muerte.

En su obra póstuma, La voluntad de poder, Nietzsche delineó dos momentos cruciales de la ascética del ego. Por un lado, encontramos los rigurosos entrenamientos que promovía el cristianismo para elevar al hombre hacia la nobleza, y por otro, la potencia que cada individuo debería desplegar para enfrentar los desafíos de la vida. El primero de estos enfoques se tildaba de moral negativa, ya que conllevaba una lucha misionera contra el ego en aras del mejoramiento humano. En cambio, la segunda ascética presentaba al ego como el motor mismo del entrenamiento, una fuente de fuerza, potencia y voluntad de poder. Esta última perspectiva moral permea las páginas del presente libro.

La atención que la ingeniosidad humana dedica al ego se justifica por el hecho de que a través de él se ha tejido un entramado conceptual, genealógico y lingüístico complejo. El ego no solo constituye una parte de la representación del mundo, sino también de la representación de la existencia de los seres humanos en dicho mundo. Más allá de esto, el ego es un componente esencial del proceso de formación y entrenamiento de cada individuo.

En el ámbito de la filosofía trascendental, destaca la figura de Edmund Husserl como un genuino representante del egoísmo en el nivel más elevado de la vida filosófica, un dominio que se conoce como el panteísmo. ¿Cómo podemos comprender la epojé, un método que, mediante un riguroso ejercicio del pensamiento, crea una brecha entre la vida activa y la vida contemplativa? Fue solamente a mediados del siglo XIX, con la aparición del deporte en el escenario europeo, cuando surgieron los primeros signos existenciales visibles que permitieron a Nietzsche desarrollar sus intuiciones acerca de la voluntad de poder. Siglos de conocimiento sepultados en las profundidades del saber, ahora se revelan gracias a la ironía inherente al deporte.

El interés humano por la vida deportiva, los espectáculos circenses y la celebración de los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas, Grecia, en 1896, durante la segunda mitad del siglo XIX, crearon un terreno propicio en la ascetología para el cultivo del egoísmo como parte integral de la vida ligada al ejercicio y al trabajo independiente. Como exploraremos más adelante, sin profundizar en detalles acerca de la influyente obra Así habló Zaratustra, en la narrativa del siglo XX destacan tres novelas de «ascendencia ascetológica» que extraen su inspiración de la vida concebida como egoísmo: El hombre sin atributos de Robert Musil, La velada con Monsieur Teste de Paul Valéry y Atlas Shrugged de Ayn Rand. Las dos primeras obras investigan el «egoísmo negativo o de retirada», mientras que la tercera, la más influyente en el ámbito de la cultura estadounidense, se esfuerza, en concordancia con el dictado de Nietzsche, por «naturalizar el egoísmo», considerándolo como una forma de entrenamiento y manifestación de la voluntad de poder.

Pierre de Coubertin, en sus motivaciones para la creación de una nueva religión del músculo, abrió una ruptura con el pasado y trajo consigo la idea del olimpismo, marcando una nueva era en el mundo del esfuerzo, la competencia y la voluntad de poder en el siglo XX. Desde entonces, hemos vivido como egos en un espacio de existencia competitiva, donde la única realidad existente es el ego y su propiedad, sometiéndose a un constante proceso de entrenamiento, ejercicios y prácticas autoformativas.

Este entrenamiento no se orienta hacia la producción, sino hacia el consumo, ya sea parcial o total, de las experiencias y logros que el ser humano puede asimilar y asumir con orgullo. Ha llegado el momento de redimir la connotación despectiva que rodea a la palabra orgullo. En la Ilíada de Homero, el orgullo de Aquiles, inflamado por la ira, lo impulsa hacia el combate. Esta representación es el punto de partida de la ética egoísta en la literatura y marca el nacimiento de una ética genuina.

Es sorprendente que la ética griega, en contraste con su contemporánea preocupación por cuestiones religiosas, haya otorgado una primacía a la conducta moral del hombre y su relación consigo mismo y con los demás. Las interrogantes acerca de lo que ocurre después de la muerte o la naturaleza de los dioses se consideraban de escasa relevancia en su ética. Esta ética, desvinculada de un sistema legal rígido, era más una búsqueda de una estética de la existencia que un conjunto de normas restrictivas. Michel Foucault, al explorar estas ideas a través del prisma del psicoanálisis, destaca cómo las definiciones que en su origen compartían una semántica común se diversificaron, relegando al ego a una connotación peyorativa y negativa.

Antes de proseguir, es importante aclarar que este ejercicio narrativo no aspira a convertirse en un libro de autoayuda ni en una obra destinada al desarrollo motivacional. No busca ofrecer consejos espirituales ni sociales. En cambio, su propósito es, en términos generales, representar a través de un análisis de la historia de las culturas lo que Alphonse de Lamartine expresó con la frase: «sólo el egoísmo y el odio tienen patria». El objetivo aquí radica en explorar la fenomenología del ego, examinar cómo adquiere vida en el mundo, y ofrecer una hipótesis que arroje luz sobre por qué el ego, el orgullo y la ira se convierten en las palancas que impulsan la mecánica del yo.

En lo que respecta al ser humano, resulta curioso observar cómo la naturaleza corporal guarda una estrecha relación con la naturaleza cultural. A lo largo de la historia, hemos sido testigos de una encarnizada lucha en la que el espíritu ha buscado subyugar al cuerpo, generando un malentendido que perdura hasta nuestros días: la vida del hombre carece de sentido a menos que busque trascender, ir más allá de sí mismo. No obstante, el sentido de la vida se encuentra en la comprensión de que entre el cuerpo y la cultura existe una conexión intrínseca, mediada por el entrenamiento y el ejercicio vital.

Lo que tradicionalmente se ha denominado como vitalismo no es sino una manifestación de la forma ascética del devenir humano. La trascendencia no es necesaria, a menos que emprendamos la transvaloración de la ascesis espiritual del ego en un ego enfocado en el fitness. La historia atestigua que este proceso no solo se refiere a la fluidez del discurso y la persuasión retórica, sino también a la búsqueda constante de la excelencia y la preparación meticulosa.

En particular, en el ámbito de la subjetividad, donde los desafíos más apremiantes del ser humano encuentran su hogar, el ego se revela como la fuente de fortaleza y valor en el ejercicio mental. Las filosofías, como la Escuela de Kioto con su enfoque en el zen, el yoga y otros conocimientos antifilosóficos, no hacen sino ofrecer variantes de las genealogías morales y las prácticas ascéticas relacionadas con la trascendencia del tiempo y el espacio.

Aún se encuentra en la penumbra la medida en que la disrupción en relación con esos medios religiosos y metafísicos, un desarrollo programático que abrazaba al cristianismo, podría interpretarse como una forma de castigo y renuncia. Nuestra verdadera indagación, en última instancia, se dirige hacia el examen de hasta qué punto estos sistemas ascéticos dan paso a la amplificación de hábitos que nutren el resentimiento, convirtiéndolo en una antivida.

Es de ahí que florece y persiste hasta nuestros días, con nuevos matices resplandecientes, el discurso del buenismo, una nueva ofrenda cibernética proveniente de la cultura de masas, enraizada en una orientación religiosa, humanista, mística y orientalista. No perdamos de vista que el Tantra y el Yoga son sendas de vida ascéticas, técnicas autoeugénicas de transformación psicológica que culminan en la autoimposición narrativa, cual si se tratara de una vendetta o un acto de animosidad.

En este libro, no pretendo proponer nada novedoso, sino más bien invertir la lógica de la voluntad de poder. La excentricidad nos coloca en el epicentro de un paisaje marcado por la ideología discursiva. Mi intención es persuadirlos e instarlos a reflexionar sobre la trascendencia de la vida como un ejercicio: mientras vivamos en este mundo abierto y asombroso, el ego y la voluntad de vivir se entrelazan, actuando como la palanca o artimaña que garantiza nuestra supervivencia en este planeta.

Como mencioné al comienzo, estas reflexiones están en constante evolución y seguirán creciendo en las futuras ediciones del fitness, como una parte inherente a la existencia de la vida. Les recuerdo, estimados lectores, que ustedes también forman una parte integral de este proyecto y pueden contribuir con críticas, debates y reflexiones que añadan valor al producto, siempre y cuando se apropien de él.

El libro se abre con un breve capítulo que busca arrojar luz sobre el malentendido, un malentendido que, de hecho, es bastante común. El ego cambia de misión, propósito y autoridad sin que sepamos exactamente cuándo o dónde. La verdad es que estas cuestiones genealógicas de ilegitimidad arrastran siglos de existencia. En la época del Teatro Isabelino, el astuto dramaturgo Shakespeare presentó un desafío al poder del egoísmo al revelar cómo la jerarquía de las ascendencias legales del reino sería reemplazada por recién llegados espurios. Edmundo, quien anhela conquistar el mundo, como se relata en El rey Lear, siente la urgencia impulsada por la fuerza y el orgullo de proclamarse tan legítimo como su hermano reconocido. Esta complacencia, que posteriormente observamos en políticos, estadistas, intelectuales, escritores y artistas ilustres, constituye el origen del egoísmo.

Desvincularse de la tradición en el ámbito genealógico ha sido un acto de egoísmo. Por supuesto, gran parte del desarrollo egoísta a lo largo de la historia ha sido ensombrecido por la irrupción de la filosofía transcendental, el marxismo y, sobre todo, el psicoanálisis, este último basado en una interpretación errónea del mito de Edipo. El mito narra la historia de un hijo que, aparentemente egoísta y cruel, mata a su padre en el momento en que este lo venera con la premonición de su propia muerte.

No estamos seguros de haber agotado la complejidad del malentendido que desencadenó la cruzada contra el ego. Sin embargo, en su esencia, creemos que hemos avanzado hacia nuestros objetivos e intereses. A partir de ahí, hemos desarrollado la narrativa del fitness, buscando esbozar la tragedia del ego, tanto en términos prácticos como intelectuales. Deberíamos tener presente, al hablar del ego, la correspondencia que generaba su definición y función en la sociedad.

La idea de estar en forma es tan antigua como la que llevaban consigo los primeros que se retiraron del mundo exterior al interior. Este fenómeno egoísta, con un impacto ascendente en la espiritualidad, se relaciona con la observación de unos pocos individuos que gozaban del absoluto privilegio de observar desde la distancia. En esa distancia, el ego podía vigilar con cierta eficacia a los demonios y las malas costumbres que azotaban a los pueblos, permitiendo que, por vez primera, emergiera la noción del espacio interior en el imaginario colectivo. Hace ya más de dos mil quinientos años, estos pioneros fueron los primeros en reconocer la existencia del Yo, sentando así las bases para el primer escenario ascético que daría voz al Yo.

Ahora bien, ¿cómo se transmuta el Yo en ego y, posteriormente, en propiedad? En una obra que escandalizó por su audacia erótica, Filosofía del tocador, el Marqués de Sade interpretó el espíritu de la época como un desafío al tradicionalismo moral en el sentido más antiguo de la propiedad. Planteaba que el goce del cuerpo era el disfrute de su propia posesión. Este acto resultó tan extravagante para su época que llevó al libertino a convertirse en un mito histórico, como un egoísta de proporciones bíblicas.

Resultaba imposible continuar con las investigaciones sobre la fenomenología del ego sin antes explorar su relación con la amistad, el alter ego. Lo que en la filosofía del psicoanálisis se denomina comúnmente la «otra personalidad» no era más que, en las antiguas civilizaciones sumeria y egipcia, una representación del propio yo, un competidor íntimo. En la Epopeya de Gilgamesh, la escritura sumeria más antigua, el yo se desdobla en la figura de la amistad. Juntos se embarcan en la ardua tarea de desafiar a la muerte. El alter ego desempeña un papel mundano, una narración dentro del lenguaje. La alteridad se origina en el propio lenguaje.

Lo que resta del texto será una serie de ejemplificaciones, aunque podríamos considerarlas arbitrarias, diseñadas para identificar la naturaleza del egoísmo. Un capítulo particularmente intrigante del libro relata la concepción del egoísmo como una fuerza creativa universal en la narrativa de John Galt, que se encuentra en la novela La Rebelión de Atlas. Al ahondar en la esencia del egoísmo, necesitábamos exponer cómo se materializa la ascética moral, cómo se lleva a cabo el entrenamiento y cuál es su rendimiento. A partir de ello, se despliega la necesidad de abrazar el concepto de un superhombre como entidad atlética reveladora.

Finalmente, deseé dedicar este libro al músico, cantante y camaleónico del escenario, Freddie Mercury. No es casualidad que este artista fuera uno de los pocos que comprendió y vislumbró el fenómeno ascético. Inspirado, compuso una canción que se hizo inmortal: We Are The Champions. Mercury convirtió la vida en un espectáculo artístico a través de la música, elevándola a una forma de vida basada en el egoísmo, la voluntad de poder y el fitness total.

Queridos lectores, cuando afirmo que se trata de una manifestación de la voluntad de poder, el ego, de manera paradójica, no existe como entidad autónoma, como sustancia o sujeto, sino que se manifiesta como una forma de vida que emerge del lenguaje. La voluntad es un modo de hablar y de actuar. La fuerza evocadora del lenguaje, la proyección, la animación y el crecimiento de los matices, los estilos discursivos, todo bajo el dominio y dirección de un yo que se afirma y desvanece para renacer transformado.

Imagínenlo de manera concreta y visual: cada vez que Freddie Mercury se alzaba en el escenario, presentaba un nuevo gesto transformado, y al final del espectáculo, el yo se desvanecía para renacer como una figura controvertida y extravagante. La fuerza evocadora en la música, los movimientos en el escenario y las posturas obsesivas constituían ejercicios, formas de vida, estilos y modelos para alcanzar la excelencia física y mental.

En fin, el psicoanálisis de Freud se detuvo en la fase primaria del ego, la del niño Edipo. Lacan avanzó un poco más allá en su exploración del psicoanálisis y trazó una segunda etapa, conocida como el espejo, pero ninguno de sus seguidores pudo anticipar lo que Nietzsche insinúa en su obra La voluntad de poder: una tercera fase, creativa y superior, que resulta extremadamente peligrosa y acrobática en su naturaleza. Nietzsche aborda el egoísmo como una forma superior de vida, a la que he nombrado egofitness.

Efectivamente, el ego reside en el mundo exterior; el ser en el mundo se somete a la voluntad de poder en un desarrollo constante y entrenamiento, en búsqueda de alcanzar la forma fit. La trascendencia no apunta a la extinción, sino a la consecución de nuevas formas de poder graduadas. La vida puede adquirir una forma buena o mala. El carácter ‘bueno‘ se deriva de las influencias del mundo helénico, estoico, la literatura nietzscheana, wittgensteiniana, heideggeriana y foucaultiana. Todas las variantes y sutilezas de la forma ‘buena’, estar en forma en la vida con pleno poder, han sido resumidas a través de la metáfora ‘EGOFITNESS’.

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