Restituir el mundo: Hofmannsthal, Husserl y Lezama

Por El poeta en actos

En los umbrales de la modernidad, cuando la certidumbre comenzaba a vacilar bajo el peso de la introspección estética y la ciencia se replegaba hacia sus fundamentos en busca de un nuevo suelo firme, emergieron dos figuras que, sin cruzarse del todo en el plano biográfico, habitaron una misma constelación espiritual. Se trata del poeta austríaco Hugo von Hofmannsthal y del filósofo Edmund Husserl. Ambos compartieron, desde sus respectivos territorios —el arte y la filosofía—, una inquietud central, la empresa de restituir el mundo, de devolverle al hombre moderno la posibilidad de una experiencia plena, significativa y no reducida a meros fragmentos. En un tiempo dominado por el avance de la técnica, la especialización del saber y la creciente alienación subjetiva, esta tarea se antojaba tanto heroica como desesperada.

Pero esta restitución no siguió el mismo camino. Para Hofmannsthal, el acceso al mundo pasaba por la intuición poética, por una sensibilidad abierta al estremecimiento de las cosas, a su fulgor y su ocaso. Para Husserl, en cambio, la vía era la reducción fenomenológica, la epojé, ese método radical de suspensión del juicio que prometía conducirnos al terreno puro de las esencias, a una ciencia rigurosa de la conciencia y sus objetos. Ambos buscaron una forma de volver a mirar lo que había quedado saturado de conceptos, de automatismos, de hábitos. Ambos quisieron fundar un nuevo modo de atención, pero los caminos que eligieron fueron divergentes, incluso opuestos.

Fue en la ciudad universitaria de Gotinga donde Hofmannsthal, ya reconocido y maduro en su oficio, pronunció su conferencia El poeta y nuestro tiempo, una pieza que es tanto una defensa de la poesía como un diagnóstico de su época. En ella, el poeta se presenta no como un productor de metáforas ni como un artífice del ornamento verbal, sino como un médium vibrátil, un ser pasivo en el sentido más profundo, alguien que sabe dejarse atravesar por la multiplicidad del mundo. Esa pasividad no es desidia, sino apertura radical, una disposición a acoger lo real en su forma más ambigua, más huidiza, más sobrecogedora.

Este ideario poético, en apariencia, lo aproxima al movimiento fenomenológico que por aquellos años Husserl estaba articulando con creciente sistematicidad. En efecto, no deja de ser significativo que el filósofo reconociera en una carta dirigida a Hofmannsthal la importancia que la obra de este había tenido en la gestación de su pensamiento. Al referirse a los Pequeños Dramas, Husserl afirma,

“Las ‘disposiciones interiores’ que su arte describe, o más bien, eleva a la esfera ideal de la belleza puramente estética, tienen para mí un interés especial en esa objetivación estética.”

Con esta frase, Husserl no se limita a hacer un cumplido, está reconociendo que el trabajo poético de Hofmannsthal toca zonas profundas de la experiencia subjetiva, zonas que la fenomenología también desea explorar, aunque lo haga con otras herramientas. Para Husserl, el poeta, como el filósofo, se enfrenta al misterio de la aparición, a la pregunta por cómo se da el mundo a la conciencia. Pero ahí donde el filósofo busca claridad, el poeta abraza la penumbra.

La comparación entre ambos pone de manifiesto una fisura epistemológica, la atención del poeta y la del fenomenólogo no son de la misma estofa. La epojé husserliana —la abstención metódica frente a la facticidad, ese acto de poner entre paréntesis el mundo natural para atender únicamente a su modo de aparecer— tiene como horizonte la ciencia, la fundamentación del saber. En cambio, el panimpresionismo sensualista de Hofmannsthal, aún impregnado del simbolismo francés y de los ecos de Mallarmé, no se interesa por el fundamento, sino por la irradiación, por la vibración secreta que une las cosas en una red de correspondencias. Es, si se quiere, un modo de atención sin objeto definido, una conciencia suspendida en lo indeterminado.

Mientras Husserl pretendía dotar a la contemplación de una arquitectura metódica, Hofmannsthal hallaba en la deriva del sentido su verdadera morada. Esta diferencia no es menor, revela dos formas antagónicas de acercarse al mundo. El poeta busca lo fugitivo, lo que apenas se deja nombrar, el filósofo, lo estable, lo que puede ser repetido y descrito con precisión conceptual. El uno escucha el murmullo de las cosas, el otro las somete a una reducción que permita distinguir lo esencial de lo accesorio. El primero celebra la polisemia, el segundo la claridad eidética.

Esta tensión se hace aún más visible en la célebre Carta de Lord Chandos, donde Hofmannsthal encarna en su protagonista una suerte de confesión espiritual, la del escritor que ha perdido la fe en el lenguaje, que ya no puede escribir porque las palabras le parecen huecas, desvinculadas de la vivencia, traicioneras. En este texto, el poeta declara la imposibilidad de nombrar sin violencia, la ruptura del lazo entre el signo y la cosa, entre el verbo y el mundo. Es una crisis que anuncia muchos de los problemas que atravesarán el pensamiento del siglo XX, desde la filosofía del lenguaje hasta la deconstrucción.

Husserl, por su parte, nunca llegó a desconfiar del lenguaje en esa medida. Aunque reconocía sus limitaciones, creía aún en su capacidad de transparencia, siempre que se lo purificara de los sedimentos del uso cotidiano. Para él, el lenguaje era vehículo del pensamiento, no su obstáculo. Lo importante era liberarlo de presupuestos ingenuos, someterlo a la vigilancia fenomenológica, hacer de él una herramienta para la descripción precisa de la experiencia. En este sentido, la palabra filosófica aspiraba a una forma de apodicticidad que al poeta le resultaba simplemente inalcanzable, y tal vez indeseable.

La diferencia entre ambos, por tanto, no es solo de estilo o de método, sino estructural. Hofmannsthal, herido por la belleza de lo efímero, se instala en la fragilidad del sentido, en su constante deslizamiento. Su poética es la de lo inasible, lo apenas vislumbrado, lo que desaparece en el acto mismo de ser nombrado. Husserl, en cambio, se obstina en fundar, en estabilizar, en edificar un sistema capaz de sostener la posibilidad del conocimiento absoluto. Para uno, el mundo es un temblor, para el otro, una estructura.

Y sin embargo, hay algo que los une. Ambos responden, a su manera, al desarraigo del sujeto moderno. Ambos se rebelan contra la reducción positivista de la experiencia. Ambos quieren salvar algo de la relación original entre el hombre y el mundo, ya sea a través de la resonancia poética o de la intuición eidética. En esa empresa, quizá imposible, radica su parentesco secreto.

Así, en los inicios del siglo XX, cuando Europa comenzaba a descomponerse en guerras, crisis y revoluciones, un poeta y un filósofo, sin cruzarse del todo, sin hablar la misma lengua, encarnaron dos formas de resistencia frente al colapso del sentido. Uno trazó una poética de la disolución, el otro una ciencia de lo esencial. Entre ambos, el mundo se volvió más profundo, más extraño, más digno de ser mirado.

La aparente coincidencia entre el poeta Hugo von Hofmannsthal y el filósofo Edmund Husserl, en cuanto a la afirmación de una forma de indiferencia ante el mundo, se revela, al cabo, como una ilusión que el análisis cuidadoso deshace. Ambos adoptan una posición de retirada, de suspensión, frente a lo dado, pero sus motivos, sus métodos y sus fines divergen hasta hacer de esa similitud un espejismo. La indiferencia del poeta es una forma de receptividad gozosa, una disolución del yo en lo múltiple, un dejarse atravesar por los matices infinitos del mundo sin pretensión de fijarlos o explicarlos. En cambio, la del fenomenólogo es una decisión metódica, un acto voluntario e intencional, la epojé, esa suspensión del juicio natural que le permite al filósofo acceder al sentido profundo de las cosas, no como entidades externas, sino como fenómenos que se dan a la conciencia.

En este contexto, las nociones de “reducción estética” y “reducción fenomenológica” se bifurcan profundamente. La primera, en el ámbito del arte y la sensibilidad, obedece a las leyes de una significación simbólica donde los signos no remiten a una realidad objetiva sino a una red de otras significaciones. El lenguaje poético, tan central en Hofmannsthal, vive en esa tensión perpetua entre lo que nombra y lo que sugiere. Los signos poéticos son ecos, reverberaciones, alusiones, nunca definiciones. La segunda reducción, la fenomenológica, intenta depurar el sentido mismo de las cosas tal como se dan, en su inmediatez vivida, en su aparecer primero ante una conciencia que no los posee, sino que los constituye intencionalmente. Para Husserl, no se trata de resonancias, sino de estructuras.

Hofmannsthal nunca ejerció la epojé en el sentido husserliano. Su forma de “abstención” no era un método analítico ni una técnica del espíritu, sino una suerte de abandono místico, de embriaguez controlada, de comunión estética con la totalidad a través del desconcierto, la fragilidad y la belleza. Su sensibilidad simbolista, profundamente influida por la tradición francesa —por Mallarmé, por Verlaine, por Baudelaire— se inclina no hacia la claridad del concepto, sino hacia la opacidad sugerente del símbolo. En Hofmannsthal no hay método sino apertura, no hay rigor sino intensidad, no hay estructura sino ritmo.

Más aún, el vitalismo omnirrecolector de Hofmannsthal, esa sagrada prostitución del alma que Baudelaire celebra en Les Foules, lo aleja radicalmente del proyecto filosófico de Husserl. El primero se disuelve en la multitud, se confunde con los murmullos, los reflejos, los olores, las impresiones fugaces de la ciudad, del bosque, del tiempo. El segundo, en cambio, se retira de esa confusión para pensar su estructura, para aislar los actos de conciencia que hacen posible la constitución del mundo. El uno se abandona al canto de lo múltiple, el otro lo somete a análisis. El uno canta la disolución del yo, el otro lo refunda como polo de sentido.

El simbolismo que animaba a Hofmannsthal lo conducía hacia una estética del entrelazamiento, donde todo resuena con todo, donde las correspondencias son la cifra última del mundo. En este universo, la conciencia no es más que una caja de ecos, una sensibilidad agudizada hasta el temblor, una membrana vibrante. La fenomenología husserliana, en contraste, exige una conciencia que se constituye a sí misma como centro intencional, como fuente de actos dirigidos hacia objetos. Es una conciencia activa, que no se pierde en la multiplicidad, sino que organiza, discrimina, estructura.

De ahí que, aunque ambos compartieran una preocupación por la contemplación, esta se encarna en formas radicalmente distintas. Hofmannsthal contempla para fundirse con lo contemplado, para disolverse en el claroscuro de la experiencia. Husserl contempla para comprender, para captar la esencia de lo que se presenta. El primero quiere perderse, el segundo, fundamentar. El primero se deja llevar por las ondas de sentido, el segundo busca el lecho del río.

Y sin embargo, hay algo que los une de manera profunda y conmovedora, la voluntad de resistir la banalización del mundo. Ambos, desde sus respectivas trincheras del espíritu, buscan recuperar una forma de atención que se oponga a la distracción generalizada, al utilitarismo rampante, al olvido del sentido. Tanto el poeta como el filósofo son figuras anacrónicas, solitarias, desplazadas de un mundo que ya entonces se volcaba hacia la acción, el partidismo, la eficacia técnica. En sus gestos de atención radical hay algo de resistencia, algo de sagrada obstinación.

La carta de Husserl de 1934, donde confiesa haber alcanzado «la soledad filosófica total», es también un testimonio del ocaso de una era. Ya en los años veinte, el filósofo observaba con angustia cómo los trenes cargados de voluntarios se dirigían al frente de batalla, cómo el mundo de la técnica y de la política aniquilaba el espacio del pensar contemplativo. En ese mundo nuevo, la contemplación, tanto poética como filosófica, ya no tenía lugar. Era percibida como improductiva, o peor aún, como subversiva. El mundo entraba en su fase operativa.

Moravia, la tierra natal de Husserl, había sido anexada al Reich. Los teóricos contemplativos, los judíos, los poetas, los místicos, los marginales del alma, ya no eran bienvenidos. La sospecha los rodeaba. El orden nuevo los excluía por principio. El poeta muere vestido de monje, retirado del ruido, como si intuyera que la pureza de su voz sólo podía sobrevivir en el silencio. El filósofo fallece en Friburgo, exiliado del espíritu de su tiempo, incomprendido por quienes confundían la profundidad con la evasión.

Tal vez por ello, ambos puedan ser leídos hoy como mártires de una sensibilidad perdida, una sensibilidad que no aspiraba al dominio del mundo, sino a su comprensión; que no urgía a actuar, sino a mirar; que no buscaba transformar el mundo, sino recibirlo en su donación original. Frente al gesto conquistador del sujeto moderno, tanto Hofmannsthal como Husserl proponen una forma de espera, de atención, de reverencia. Uno a través del poema, el otro mediante la reducción. Pero ambos unidos por un mismo pathos, la convicción de que lo más verdadero no se impone, sino que se revela.

Es en esta espera silenciosa donde Hofmannsthal y Husserl se vuelven hermanos de un destino, dos solitarios ante la inmensidad de lo dado, dos figuras que, sin cruzarse del todo, habitaron una misma constelación espiritual, dos testigos de una época que, al cerrar los ojos a la contemplación, se precipitó en la ceguera activa de la historia.

Ahora bien, la relación entre imago, contemplación y donación del sentido —ya presente tanto en Hofmannsthal como en Husserl, aunque en registros diferentes— encuentra en Lezama Lima una síntesis poética, barroca y americana que subvierte toda lectura unívoca. Si seguimos la línea que une al poeta vienés y al fenomenólogo alemán, Lezama aparece como un tercer vértice que desborda ambos planteamientos, no es ni estrictamente un místico disolvente del yo, como Hofmannsthal, ni un filósofo de la reducción, como Husserl, pero recoge de ambos la tensión hacia la imagen como revelación, hacia lo que él mismo llamará acto de la imago.

Para Lezama Lima, la imagen —la imago— no es un simple signo referencial, ni un símbolo hermético cerrado sobre sí, es un acontecimiento, un acto generativo que tiene lugar en la conciencia poética. En este sentido, Lezama radicaliza la epoché husserliana al convertirla no en un método de suspensión de juicios, sino en una apertura barroca al exceso, a la proliferación de sentidos. Su imago no depura, sino que amplifica; no reduce, sino que fecunda.

Así como Husserl busca el sentido en lo dado originariamente a la conciencia, Lezama busca el misterio que se da en la imagen como exceso de sentido, como sobreabundancia. No es una imagen que represente, sino una imagen que hace irrupción. Es lo que en su ensayo La expresión americana denomina el milagro de la analogía, la posibilidad de que la imagen no refiera a un objeto, sino que constituya un universo.

Donde Husserl se retira del mundo natural para acceder a su constitución en la conciencia, Lezama se lanza a la totalidad barroca del mundo para convocar imágenes que, al unirse, revelen una epifanía americana. En este punto, se acerca más a Hofmannsthal, para quien la disolución del yo en la belleza y el desconcierto era una forma de acceder al misterio. Pero Lezama no se queda en la pasividad gozosa, para él, el poeta es un demiurgo, un constructor de universos posibles a partir del acto de la imagen.

En otras palabras, mientras Husserl practica una reducción, Lezama se entrega a una invocación. El mundo no es suspendido, sino invocado en su totalidad. Y en esa invocación, la imagen no aparece como resultado de una experiencia, sino como un acto creador que engendra la experiencia misma. Lo visible no antecede a la imagen, es la imagen la que da acceso a lo invisible.

En la visión de Lezama, la imagen no es un momento estético, sino una ontología. Ella crea mundos, inaugura genealogías, abre rutas de sentido. Por eso, el acto de la imago se convierte en una forma de conocer —una gnosis poética—, que no parte de la evidencia racional, sino del entrelazamiento simbólico. Es aquí donde su pensamiento se hermana con el simbolismo de Hofmannsthal, pero superándolo, como en un torbellino americano donde Grecia y lo indígena, lo cristiano y lo caribeño, lo chino y lo barroco español confluyen en una sola respiración.

Mientras Husserl quiere reducir la experiencia a su sentido fenomenológico esencial, Lezama multiplica el sentido hasta el delirio para dejar que la imagen revele lo que está más allá del concepto. Su famoso dictum lo expresa con claridad: “Sólo lo difícil es estimulante”. Esa dificultad no es abstracción racional, sino densidad imaginaria, una red de imágenes que no se disuelven en la linealidad, sino que vibran como constelaciones que el lector-poeta debe animar.

Como en Husserl y Hofmannsthal, en Lezama hay una voluntad de resistir la banalización del mundo. Pero esa resistencia no se hace por retirada o por éxtasis, sino por invención. El acto de la imago es la creación de un contramundo, una Cuba metafísica que desafía las categorías coloniales, modernistas o revolucionarias. Lezama convierte la imagen en una forma de salvación, en un modo de habitar el mundo sin entregarse a su literalidad.

Como Husserl, Lezama es un contemplativo. Y como Hofmannsthal, es un místico del símbolo. Pero los trasciende a ambos, porque su poética no se dirige al alma europea en crisis, sino a un cuerpo americano en formación. Si Hofmannsthal muere vestido de monje y Husserl exiliado del espíritu de su tiempo, Lezama, por el contrario, se convierte en profeta de un tiempo aún por venir, el de la imagen que redime.

Volviendo al punto inicial, la imago en Lezama es una forma de donación —como en Husserl—, pero sin purificación ni ascetismo, es un don barroco, excesivo, laberíntico. Como en Hofmannsthal, la imagen nace del desconcierto y de la belleza, pero en Lezama no hay rendición, sino conquista imaginaria. No hay método, sino ritmo, no hay claridad eidética, sino resplandor hermético.

En fin, Lezama retoma la preocupación fenomenológica por el sentido, y la sensibilidad poética por la resonancia simbólica, para fundar un tercer espacio: el de la imagen como acto creador, como fundación de mundo. Su imago no representa, ni reduce: transfigura. En ella no hay camino hacia el mundo: hay nacimiento del mundo.

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