«Habitat», de Joaquín Gálvez

Por ARVC

«El espíritu de esta época es más filosófico que el de ninguna otra. La literatura aún está por escribir». – Emerson, Ética literaria. Ensayos y conferencias, 1838.

«Cuando las personas son desarraigadas, esas paredes se convierten en ventanas. La existencia misma del exiliado representa un desafío interminable a la inmensidad y la informidad. Una construcción y reconstrucción permanente de lo que se ha perdido, y al mismo tiempo una apropiación cautelosa y laboriosa de lo que se descubre, en otras palabras, lo que es diferente. Debido a las circunstancias mismas de este desarraigo, la necesidad apremiante de superar o sublimar la impotencia, la poesía del exilio podría asumir, y tal vez llevar a cabo plenamente, una tarea que Heidegger asignó a la poesía en su ensayo sobre Hölderlin: la creación de una morada poética.»

Octavio Armand

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Hay libros que no nacen para ser leídos con rapidez ni para satisfacer el apetito inmediato de una sensibilidad entrenada en lo efímero. Libros que, como animales nocturnos, huyen de la luz para moverse en el claroscuro de la conciencia. Uno de esos es Hábitat, de Joaquín Gálvez (Neo Club Ediciones, 2013), poemario que se aleja tanto de las fáciles iluminaciones del romanticismo como del malabarismo decadente del modernismo. No hay en él nostalgia del sentimiento ni ebriedad del estilo. Su rareza está en otro lugar: en una ética no predicada, sino encarnada; en una antropología lírica que no pretende explicar al hombre, sino oír su respiración cuando es arrojado al mundo sin amparo.

Estamos frente a un texto que se eleva, no porque aspire a lo sublime, sino porque rehúye lo inmediato. No busca efectos, sino causas. Y entre sus versos, a veces escuetos, a veces deliberadamente tensos, se instala un mandato ético: repensar la función de la poesía más allá de sus usos ornamentales, ideológicos o terapéuticos. Gálvez propone una poética del hábitat como espacio de inmunidad simbólica, como forma primera de resistencia frente a la intemperie de lo real.

A diferencia de quienes todavía creen que la poesía tiene una misión “transformadora” o una función “social”, Hábitat sugiere una tesis más radical: la poesía no mejora al hombre, sino que lo cuida. No lo redime, sino que lo acompaña en su fragilidad. Es anterior a la ética convencional, anterior al progreso y a la cultura; es, en cierto sentido, la primera forma de lenguaje que surge cuando el ser, recién nacido, se ve arrojado a un espacio hostil, y debe inventar un ritmo, un sonido, una respiración para sobrevivir.

Ese ritmo originario no es el de la métrica, sino el del corazón y el llanto. La poesía nace ahí, como inmunología de la existencia. El lenguaje poético aparece como una tecnología simbólica de defensa, como primer escudo contra el caos, la enfermedad y la soledad. No en vano los antiguos colocaban a los poetas cerca de los sacerdotes, como custodios de un saber que no redime, pero ampara. Gálvez lo entiende así: Hábitat no pretende conmover, ni elevar, ni instruir. Pretende, simplemente, permitir la existencia del ser en el mundo, darle un lugar, aunque sea precario, desde donde nombrar su intemperie.

Así entendido, el poemario no se sitúa en la tradición de la poesía como redención, ni como iluminación, ni como ornamento. Se sitúa en otra línea menos transitada, quizás la misma que intuía Rilke cuando escribía las Elegías de Duino: la poesía como una respuesta muda y temblorosa ante el abismo, no para cerrarlo, sino para mirarlo sin caer.

Esta dimensión se aleja también de la estética que busca “mejorar al hombre”. Esa idea, tan cara al pensamiento liberal, positivista o incluso revolucionario, se derrumba aquí con una frase seca, casi brutal: el hombre no puede ser mejorado. No porque esté condenado a su miseria, sino porque la idea misma de mejora está contaminada por un moralismo funcional, por un idealismo ciego a la densidad del ser.

La tesis de Hábitat, en cambio, es otra: el ser humano no debe ser mejorado, sino inmunizado. Y esa inmunidad no es médica, ni biológica, ni siquiera ideológica. Es una inmunidad simbólica. La poesía, entonces, no es un instrumento, ni una herramienta, ni un arma. Es una forma de existencia, una forma de estar en el mundo sin ser devorado por él.

Esta propuesta, por supuesto, tiene consecuencias. En primer lugar, desmantela la idea de la poesía como discurso de resistencia o emancipación. Aquí no hay denuncia, ni compromiso político, ni siquiera deseo de transformación. Hay, en cambio, una ética del cuidado: del lenguaje, del ritmo, de la imagen. Una ética que no predica, sino que actúa. Que no se proclama, sino que se encarna en cada verso.

Por eso, Hábitat no es un poemario “comprometido” en el sentido habitual del término. Es más bien un texto que se compromete con lo invisible, con lo que no tiene nombre ni rostro: el ser anónimo, el ser que apenas es, el ser que tiembla, que no habla, que respira. Este ser no es el sujeto lírico, ni el autor, ni el lector. Es una figura oscura, una sombra, una intuición. El poemario no busca describirlo ni definirlo, sino darle un ritmo, un espacio, un hábitat.

Esa es la verdadera apuesta del libro: no representar al ser, sino ofrecerle un lugar desde donde comenzar a decirse. En este sentido, el poemario es también una fenomenología del nacimiento. No en sentido biológico, sino simbólico. Nacer, en Hábitat, es ser arrojado a un espacio hostil y tener que aprender a habitarlo con el lenguaje. Es construir una morada verbal en medio del caos. Es sobrevivir, no con herramientas, sino con palabras.

De ahí que el poemario se articule en tres momentos. Primero, una balada al purgatorio: el espacio intermedio donde el alma espera, donde el cuerpo todavía no se resigna. Luego, un archivo del poeta: donde se registran, no las vivencias, sino las resistencias, los modos en que el lenguaje lucha contra el vacío. Y finalmente, un acto temerario: habitar el mundo, como un atleta que se lanza sin protección, confiando solo en su aliento.

El poeta no es aquí un visionario, ni un maestro, ni un guía. Es un habitante. Y el poema, lejos de ser una torre de marfil o una proclama, es una casa frágil, hecha de palabras, en medio de la tormenta. Una casa que no protege del todo, pero que permite vivir. Y en esa posibilidad mínima, en ese gesto humilde, radica la verdadera fuerza del poemario.

Como Apolo, que abre el camino pero no lo transita, Hábitat propone un mandato: ya no podemos seguir escribiendo como si el mundo tuviera sentido. Ya no podemos fingir que la poesía nos redime, ni que el arte nos salva. Lo único que podemos hacer es habitar el mundo poéticamente, es decir, con cuidado, con ritmo, con silencio.

En este horizonte, la poesía no es una función, ni un adorno, ni una forma de expresión. Es una forma de estar. Una forma de no ceder ante la barbarie del ruido, la prisa y la utilidad. Una forma de recordar que fuimos arrojados al mundo sin instrucciones, y que la única forma de no perderse del todo es aprender a respirar con palabras.

Hábitat, entonces, no es un libro más de poemas. Es, en el fondo, un tratado poético sobre la inmunidad del ser. Una meditación lírica sobre el lugar —precario, frágil, ambiguo— que la poesía puede ocupar en un mundo que ha dejado de creer en ella. Y sin embargo, ahí está. Como el primer aliento. Como el último refugio.

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