Gerardo Machado: «el país parece hecho con las aspas de un molino de viento».

Texto de Machado publicado en la revista Bohemia, Octubre de 1933

… Fui presidente y lo fui todo. Las más conspicuas sociedades me nombraron hijo adoptivo, y en todos los gremios obreros igual. Los ayuntamientos provincianos me nombraron Hijo Adoptivo, y en todos los pueblos de Cuba hubo una calle que llevara mi nombre. Fui árbitro de grandes y pequeñas disputas y le di grandes glorias a Cuba. Presidí la primera sección de la Asamblea Panamericana, y el poderoso Mr. Calvin Coolidge se sentó a mi derecha, y mi voz fue mejor escuchada que la de él. Construí obras monumentales que gozarán hasta la décima generación, pero no quiero hablar de ellas porque por sí solas serán el mejor vocero de mi farsa y posiblemente decidirán la verdad en la Historia. Todos eran a agasajarme.

Todos se esforzaban en adivinar mis deseos. Todos se rendían a mis deseos. Fui doctorado Honoris Causa en la Universidad. Mis cumpleaños eran apoteosis. Deseaba sinceramente el cese de regalos porque verdaderamente me abrumaban y molestaban.

El Congreso se doblegó y los periódicos, luego oposicionistas, publicaron día a día mi retrato.

Escultores famosos modelaron mil veces mi busto. Los fotógrafos de las más sólidas revistas captaban mis gestos y la «Guataca» fue el símbolo de aquellos años. Yo presidente, decidía los destinos de Cuba sin oposición. Todos eran acordes en que yo era el Nuevo Mesías

… Un día Pedro Martínez Fraga me llamó «Hombre montaña» desde las páginas del Heraldo de Cuba; ocho meses después alzó su voz en plena Cámara y me llamó «asesino». Fernando Ortiz editó un libro por su cuenta y en él se me elevó a las más altas regiones empíricas:

dijo que yo era «el hombre Dios y el Apóstol de una nueva religión»; un año más tarde me comparó con el tipo más bajo de sus estudios afro-cubanos. Santiago Verdeja me tituló el «Hombre antorcha»; meses después dijo que yo estaba loco debido a sífilis antiguas. Núñez Portuondo me comparó con Mahoma; tiempo más tarde aseguró que yo era «el mal hecho hombre». Loynaz del Castillo aseguró en un banquete que era «el faro de la nueva Cuba»; después dijo que yo era el Moloch retratado.

El general Mario G. Menocal, ilustre caudillo, sancionó con su presencia mi postulación para un nuevo período por el partido de que él fue ídolo, votó en el plebiscito y en mi reelección; un año más tarde fue el caudillo de la revolución, y su derrumbamiento en Río Verde me fue penoso. Ricardo Dolz aseguró una tarde que yo era digno de una estatua tan «grande como la que merecía Martí»; meses después era el líder del estudiantado rebelde. Ramón Zaydín aceptó la Prórroga, aunque la combatió, y dijo de mí una vez que era «el vaso donde se ligaban todas las ansias nacionales»; meses más tarde me combatió rudamente a tal extremo que conspiró en lejanos lares. Rosendo Collazo fue secretario de la mesa congresional de la prórroga y, al no tener acogida en la asamblea de su partido para un nuevo período, me criticó acerbamente.

Ramón Grau San Martín sudo emoción bajo el birrete el día que fui investido doctor Honoris Causa, y cuando me estrechó la mano celebró que un Presidente que había «tenido por Universidad las aulas de la manigua redentora fuera honrado con verdadera justicia»; tiempo más tarde aseguró que yo era un cefalópodo, un cuatrero y un logrista.

Recuerdo que el hoy jefe del ejército, sargento Fulgencio Batista, me abrazó un día en Columbia y fue el portavoz de los soldados a quienes obsequié con dinero y con carteras. El comandante Raimundo Ferrer, modeló mi busto y el de mi padre, afanándose en quedar bien.

Muchos, pero muchos hombres podía seguir citando, mas no quiero, y si lo he hecho ha sido para probar la volubilidad de los que se creen en Cuba más firmes, para que el pueblo sepa el carácter de sus dirigentes.

He probado que durante un tiempo fui el Hombre Dios, el Nuevo Mesías, el Hombre Antorcha, que todo lo podía y que tiempo después, por los mismos que antes me ensalzaron, fui Satán, Moloch, Marte redivivo.

Así toda es Cuba: el país que parece hecho con las aspas de un molino de viento.

Hoy tiene una opinión, mañana otra y seguirá así hasta que, por un fenómeno raro en el mundo, trueque los caracteres o hasta que, como yo espero, definitivamente desaparezca como nación soberana.

Esto último le hará mucho bien…