«Fanny och Alexander» (1982)

Por Rafael Piñeiro López

“El mundo es una cueva de ladrones y la noche está cayendo. El mal rompe sus cadenas y corre por el mundo como un perro rabioso”.

Con FANNY OCH ALEXANDER (1982) Ingmar Bergman pretendía filmar su última película antes de retirarse. El guión, que contó de mil páginas escritas a mano, es semiautobiográfico. Esta pieza, en cierta forma, fue el epílogo artístico del maestro. La obra, sobre todo en la primera mitad, es estilísticamente rococó, colorida, cálida, nostálgica, con extrema atención a los detalles y se basa fundamentalmente en una fotografía pulcra, más bien minimalista, con planos de toda índole ejecutados con extrema paciencia, sin apuros.

Pero, ¿Bergman cuenta una historia? Por supuesto. Bergman utiliza a Alexander, que también es él mismo, para contar la historia de la familia Ekdahl, repleta de virtudes y pecados como casi cualquier otra. El tío mujeriego y alegre que esconde una gran tristeza tras la fachada de la juerga, el otro irresponsable e histérico que ha caído en las garras del judío esquilmador, la abuela segura de sí misma que teme a la vejez, la madre devota e indefensa tras la muerte de Oscar, el padre. Fanny Och Alexander”es también una narración memorable de fantasmas taciturnos y tristes que deambulan por la vida de los otros y que de alguna madera influyen y moldean la existencia cercana y terrenal.

La larguísima escena de la fiesta de Navidad, donde Bergman presenta brillantemente a los personajes, es el epílogo de los recuerdos felices del pequeño Alexander. El rococó colorido, cálido y nostálgico que hasta entonces había predominado desaparece tras la muerte del padre y termina por convertirse en una realidad gélida y tiránica donde la figura opresiva, oscura e intolerante de su padrastro clérigo reprime la imaginación y también la fantasía de Alexander, representándose tal narrativa con una austeridad avasallante y cruel. Es así como el rojo intenso se trastoca en un marfil sucio y frío y la elegancia es reemplazada por el infortunio de ropas ajadas y rostros sin alma. Bergman carga con fiereza contra la teoría cristina de la virtud de la miseria que reprime el amor por la vida y que predica la pobreza extrema como templanza y honradez a los ojos de Dios.

La tiranía eclesiástica, representada por la siniestra figura del obispo Edvard Vergérus es retada por el comerciante judío Isak Jacobi, quien rescata a los niños, a Fanny y a Alexander, de la asfixiante e inhumana reclusión a la que habían sido condenados por su padrastro. Y es tras la llegada de los niños al inmenso retablo judío de marionetas que Bergman se desparrama en un infinito desborde de filosofía y simbolismo que, por encima de cualquier otra consideración, trasmite y anuncia la extrema complejidad de la existencia. Indagar en profundidad en la naturaleza del mensaje elaborado por Bergman ya es materia de pensadores doctos y profundos y, quizás, de años de indagaciones insistentes.

Fanny Och Alexander” es una pieza grande y monumental en la que, sin embargo, Bergman no toma riesgos temporales. La historia es lineal e, incluso, simple. La complejidad de la obra está presenta fuera de la sala de edición, como ya es usual en el trabajo del maestro sueco. La dificultad, el rebuscamiento de este filme se encuentra precisamente en el discurso omnipresente, no solo oral sino también conceptual, que explora los misterios inaccesibles de la condición humana.

El padre protector, Oscar Ekdahl, en su discurso durante la celebración de Navidad, tras la cual fallece, reconoce en sí como único talento la capacidad de amar lo que hace y lo que ha construido. Su discurso es el discurso sempiterno de Bergman, el mismo que hemos contemplado a lo largo de toda su obra, la preocupación por las interrogantes esenciales de la existencia: ¿qué somos, adónde vamos, cuál es el misterio de la vida y de la muerte?

Estoy convencido de que no hay otro cineasta que haya plasmado las inquietudes vivenciales, que a muchos nos preocupan, de la manera en que lo hizo Bergman. Su profundidad de análisis, sus temores y sus miedos, sus dudas y sus certezas, muy shakesperianas pero también muy marcelianas (por Gabriel Marcel) adquieren una profundidad que yo jamás he visto en otro creador cualquiera. Por ello la grandeza de Bergman, de la cual su Fanny Och Alexander es un ejemplo simbólico.

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