Entrenar en la libertad

En lo que respecta al desarrollo del concepto de libertad, los antiguos griegos, quienes optaron por no someterse al yugo de los persas, una postura que se manifiesta en célebres batallas como Salamina y la maratón, ilustran de manera primordial la búsqueda de libertad y el anhelo de emancipación de poderes ajenos.

Resulta llamativo que la maratón encierre un significado más profundo en el contexto de la libertad. Correr un maratón trasciende el ámbito del mero logro físico; es una expresión de la libertad de elección y autonomía del individuo. Este deseo de autonomía choca con la inclinación a ser guiados por poderes superiores o ideologías, como aconteció con los persas. Pero en Atenas, los griegos entrenaban en su libertad. La libertad era un espacio para el entrenamiento.

No obstante, la frontera entre la libertad y la sumisión se torna difusa. Alcibíades, por ejemplo, asumió identidades diferentes en distintos contextos, convirtiéndose en la encarnación del «hombre posmoderno» que no se adhiere a una única identidad.

En el meollo de estas reflexiones yace la distinción entre dos modalidades de libertad: la libertad de «permanecer banal» y la libertad de evolucionar y superarse a través del entrenamiento y la práctica. La auténtica libertad no se limita a resistir influencias externas, sino que radica también en la capacidad de retarse a sí mismo y crecer.

Quienes se comprometen a un objetivo de entrenamiento, como músicos o deportistas, deben dedicar miles de horas para alcanzar la maestría. Esta noción del entrenamiento y la práctica tiene sus raíces en las tradiciones cristianas originales, donde los creyentes eran llamados «atletas de Cristo».

En síntesis, la libertad plantea un desafío a las interpretaciones modernas, resaltando la necesidad de resistir tanto el control externo como de maximizar el potencial individual a través del entrenamiento y la práctica. En una era en la que la libertad a menudo se reduce a la simple ausencia de restricciones, se vislumbra una visión más profunda y matizada de lo que realmente implica ser libre.

Arthur Koestler aborda la distinción entre el yogui y el comisario. Esta comprensión de que existen dos arquetipos principales de personas que influyen en la realidad sigue siendo tan pertinente hoy como en la década de 1940. Por un lado, están aquellos que buscan cambiar el mundo a través de la acción activa, y por otro, aquellos que se sumergen en una profunda autorreflexión y prácticas espirituales.

En la época actual, en la que el cambio climático, las tensiones geopolíticas y las injusticias sociales nos confrontan a diario, se podría argumentar que ambos enfoques, el del yogui y el del comisario, resultan indispensables. Existe una urgente necesidad de individuos que tomen acciones activas para catalizar transformaciones. Al mismo tiempo, la necesidad de personas que se dediquen a un profundo trabajo interno para sanar las heridas colectivas e individuales que atraviesan nuestras sociedades es igualmente apremiante.

Quizás el auténtico desafío de nuestra era radique en hallar un equilibrio entre estos dos extremos, forjando un camino que integre el compromiso con el mundo exterior y la preservación de un espacio interno de serenidad y claridad.

La distinción de Koestler entre el yogui y el comisario nos brinda una valiosa perspectiva a través de la cual abordar estos desafíos, invitándonos a mirar tanto hacia nuestro interior como hacia el mundo exterior en busca de respuestas.

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