Encuadernación y márgenes en los libros

Extracto del libro «Una mañana de domingo en los «Encantes» de San Antonio» (ISBN: 978-84-7948-183-4; Llibres de l’Índex, 2020).

De la justificación de la tirada:
Una mañana de domingo en los «Encantes» de San Antonio editat per Llibres de l’Índex, amb una edició de 307 exemplars dels quals 250 són numerats i 57 numerats i signats a mà per Lluís Millà impresos sobre paper cent per cent de cotó natural de 150 grams.

Cubierta del libro Una mañana de domingo en los «Encantes» de San Antonio (Llibres de l’Índex, 2020)


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Francisco Vindel en el «Boletín de las Artes Gráficas de Madrid»:

«Los libros son los hijos espirituales de los hombres, y así como a los hijos humanos, cuando vienen al mundo, lo primero que se hace es dotarles de una envoltura que los preserve de las inclemencias del tiempo y los ponga en condiciones de vivir, los hombres antiguos tenían tal cariño por sus hijos espirituales —los libros— que procuraban desde el primer momento ponerlos en condiciones de que pudieran llegar a las generaciones venideras en el mejor estado de conservación posible, y para ello tenían en cuenta dos cosas principalísimas, que constituyen una severa lección para los hombres de ahora que no se preocupan de estos dos puntos esenciales, y por lo cual la mayoría de los libros de hoy no podrán tener la duración que han tenido y tendrán los antiguos.

Estas dos condiciones esenciales, aparte del papel y de la tinta, son las márgenes del libro y la encuadernación. Todos los libros antiguos se escribían o se imprimían dejando grandes márgenes blancas al texto; estas márgenes no tenían otro objeto que preservar lo escrito o impreso, bien para que al pasar las hojas no se ensuciase el texto con los dedos, o bien porque la humedad u otra cosa, incluso el fuego, en muchísimos casos, sólo destruyen las márgenes y se conserva el centro del libro; por esto cuantas más márgenes tiene un libro, mayores son las probabilidades que tiene de duración el texto, y nunca pensaron que estas márgenes fuesen cortadas, pues incluso ponían los rótulos de las obras en los cantos, como si con esto quisieran significar que el mutilar las márgenes era «tabú».

No era conveniente dejar márgenes a los libros; había que proteger éstas; y de ahí surge la encuadernación, que tenía principalmente este objeto, pues obsérvese que en las encuadernaciones antiguas, más que el arte, se tenía en cuenta la solidez de la protección, y por eso todas son sobre tablas de madera o cartones muy gordos y duros y en los extremos ponían hierros como cantoneras, y con este exclusivo objeto se dejaban las cejas a la encuadernación; y si no podían encuadernar de esta forma por escasez de medios, empleaban la encuadernación en pergamino, que con su flexibilidad y ceja correspondiente protegiese al libro, que nunca se dejaba desnudo como ahora, con lo que se llama encuadernación a la rústica.

Anteriormente al siglo XVI es muy difícil, por no decir imposible, encontrar un libro encuadernado de la época de su impresión que esté corto de márgenes; posteriormente empieza la decadencia, no sólo en la imprenta, con pocas márgenes, sino que los encuadernadores se preocupan más de su arte que de la protección al libro, y así no es difícil de hallar, en estas últimas centurias, tomos de papeles varios en que se ha tenido en cuenta, para encuadernarlos, el de tamaño más pequeño, y libros de gran mérito y con espléndidas encuadernaciones, pero degollados. El libro no se debe cortar nunca más que lo preciso, y esto cuando no hay otro remedio, lo mismo que el cirujano nunca debe abrir con el bisturí más que los milímetros necesarios para hacer una extirpación.

Pues bien, mis queridos amigos los encuadernadores: respetad siempre las márgenes de los libros, que son su mayor defensa; encuadernarlos con cariño, para que las generaciones venideras puedan admirarlos, pues el libro que hoy creemos que no tiene interés, dentro de quinientos o mil años será un objeto de museo y pensad que el encuadernador está obligado doblemente al libro: primero porque del libro vive, y segundo, que es el encargado de presentarlo al mundo en condiciones de ser leído, es decir, encuadernado, y cuanto mejor haga esto último más acreedor se hace a la gratitud de la Humanidad, que siempre verá en el encuadernador el mejor protector de los libros, que no son otra cosa que los escalones por donde sube la civilización.»