Por: Rafael Piñeiro López

(Elizabeth es una película de 1998, ganadora de un Óscar y basada en los primeros años del reinado de  Isabel I de Inglaterra. Fue escrita por Michael Hirst y dirigida por Shekhar Kapur.)

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Cuando Earl of Sussex entrega el anillo del reino a Elizabeth y grita a voz en cuello, en medio de la campiña inglesa: La Reina ha muerto. Larga vida a la reina, no podemos hacer otra cosa que estremecernos. Por la historia, por el pasado, por el futuro que aún no llega, pero que se repetirá de alguna forma, tal y como siempre lo previeron los sabios griegos.

El cisma religioso en la Europa de la edad media terminó impulsando al mundo hacia una nueva era de tradiciones y grandezas. Elizabeth, reina de Inglaterra, ha sido uno de los bastiones de la modernidad. ¿Qué dirían las feministas peludas de estos tiempos? Y sí, la guerra también fue necesaria y los ríos teñidos de sangre, las conjuras y traiciones, los desaciertos y temores.

El reinado no era un capricho singular. El cuerpo de la soberana pertenecía al Estado. De hecho, los debates entre la Elizabeth y el claustro de los representantes de la fe no fue otra cosa que el antecedente directo de la manera de hacer política en los salones del parlamento inglés. Y es que la democracia, esa tan subestimada virtud de las naciones no ha dejado nunca de ser una pantomima, una representación teatral poco seria y juiciosa con que tupir a las masas.

El reino de Elizabeth representaba al nacionalismo inglés, en franco desafío a la Europa católica que ya se había tragado todo a lo largo de los siglos. A la imposibilidad práctica de sobrevivir ante la intriga y el poder absoluto, la realidad amarga del contrataque feroz. Pero no hay nobleza en la narración de Shekar Kapur. Por el contrario, hay estoicismo y sacrificio en Elizabeth (1998). También hay un dolor inmenso, que no es más que compasión y tristeza del realizador hacia su reina, hacia su majestad solitaria e impía. De allí que Blanchett, en la escena final, como una mujer kabuki, avanza pálida y escasamente atractiva hacia la historia perenne. Y es que la permanencia requiere de inmensos sacrificios.

Geoffrey Rush, brillante como la mano implacable de la venganza horrenda. La inmensa Cate Blanchett como la reina apasionada y sabía. El magnífico guion de Michael Hirst, un escritor enamorado de la historia, haciéndonos escuchar aquella frase de Sir Francis Walsingham cuando le dice al traidor Duque de Norfolk “La muerte no tiene títulos” … Hay mucho de sabiduría en esta pieza atemporal de Kapur. Nos toca a nosotros, testigos insolentes, apreciarla.

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