Tal como Robert Musil levantó en El hombre sin atributos un cosmos donde lo kafkiano se funde con el orden imperial austrohúngaro, en esta novela de 915 páginas el narrador se atreve a dibujar un mapa distinto, el universo kaskiano de la cultura cubana en las décadas de 1930 y 1940, un territorio donde las coordenadas no son históricas en sentido estricto, sino metáforas de una memoria siempre en disputa.
Sin el eslabón, que verá la luz en Amazon en octubre, no es simplemente una novela histórica, aunque así podría clasificarse en los anaqueles de la crítica más apurada. Su aspiración es convertirse en un dispositivo de memoria cultural, una máquina de evocación capaz de rescatar del polvo de la historia el pulso de una nación en tránsito. Confieso, no obstante, que no espero un recibimiento cálido; la élite intelectual positivista de Playa Albina la saludará con el desdén con que se mira a un loco iluminado o con la condescendencia que suele reservarse a los experimentos extravagantes. Y quizá no sea para menos. Quien llegue a estas páginas buscando una técnica narrativa reconocible o una estructura con principio, nudo y desenlace encontrará únicamente extravío. Esta novela, como diría Deleuze, se empeña en sacar a la lengua de los caminos trillados y hacerla delirar. Su forma es el delirio, su coherencia la ausencia de pies y de cabeza, y su ambición justamente esa, poner la literatura en el filo de lo inasible.
El relato comienza en 1930, tras la caída de Gerardo Machado, en ese hiato en que Cuba entra en un ciclo de mutaciones descendentes. Generaciones enteras, ávidas de protagonismo, terminan atrapadas en la democratización desbordada de sindicatos políticos y asociaciones culturales. Si la independencia había nacido marcada por la violencia fundacional, lo que sigue es la institucionalización del desgaste, agrupaciones que, en nombre de la cultura y la ciudadanía, terminan desangrando el espacio público hasta reducirlo a un campo minado de intereses y facciones.
Se trata de un retrato de la fractura, una sociedad empeñada en ejercer la política y la cultura, pero siempre bajo el ritmo insomne de la caída hacia adelante, esa manera tan cubana de caminar hacia el futuro como quien tropieza. De ahí surge la figura del “último hombre de la cubanidad”, un ser empeñado en transformar la obediencia en categoría de ciudadanía, en hacer del sometimiento una forma paradójica de acción política, como un insecto que en su giro circular cree estar inventando un nuevo horizonte.
Por sus páginas desfilan más de veinte personajes, cada uno en busca de un sentido para la Patria. Positivistas y naturalistas, nietzscheanos y plattistas, independentistas y anexionistas, nacionalistas y socialistas, son figuras en tránsito atrapadas entre desplomes y regresos, marcadas por frustraciones y desarraigos, habitantes de esa intelectualidad cubana del siglo XX que nunca dejó de interrogarse por su propio fracaso. La pregunta que late, obstinada, es una sola: cuál fue la verdadera causa de este desgaste colectivo, de esta lenta combustión de la esperanza.
La novela esquiva el psicologismo fácil de la narrativa histórica. En lugar de hurgar en conciencias, despliega un universo radical, el Kaska. En él, los personajes no son sujetos de introspección sino criaturas entrenadas, cuerpos disciplinados por la necesidad de sobrevivir. Funcionan como animales funambulescos, reducidos a la pura mecánica de la existencia, movidos por la urgencia del día que comienza y no por la interioridad de una conciencia.
En definitiva, Sin el eslabón no es una reconstrucción histórica en el sentido académico, sino una tentativa de imaginar cómo la cubanidad, bordeando el delirio, se reinventa en la tensión constante entre memoria y olvido, entre la violencia que la funda y el destino que siempre se le escapa. Una novela que no busca cerrar sino abrir la herida, no explicar sino insistir en la fragilidad de lo que somos, un relato en perpetua fuga.

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