El terrorismo estético y el «método crítico-paranoico» de Dalí

Por Pedro Esloverdy

En la memoria de una de las escenas más icónicas de la ofensiva surrealista, se puede esclarecer el paralelismo entre las teorizaciones del terrorismo estético y los golpes «revolucionarios» culturales contra la mentalidad burguesa en el arte.

El 1 de julio de 1936, Salvador Dalí, quien en los albores de su carrera se autoproclamaba embajador del reino de lo superreal, llevó a cabo una conferencia-performance en las New Burlington Galleries de Londres, como parte de la International Surrealist Exhibition. En este evento, Dalí se propuso explicar los fundamentos del «método crítico-paranoico» que él mismo había desarrollado, en relación con sus propias obras expuestas.

Desde el principio, Dalí dejó claro al público que hablaba en nombre de otro y como representante de una perspectiva radicalmente diferente. Para ello, decidió presentarse con un atuendo peculiar: un traje de buzo. Según el informe del diario londinense Star del 2 de julio, sobre el casco de buzo se había colocado un radiador de coche, y el artista llevaba además un taco de billar en las manos, acompañado por dos grandes perros.

En su autoexposición Comment on devient Dalí, el artista relata una versión del incidente que inspiró esta idea. Con motivo de la exposición, había decidido pronunciar unas palabras para ofrecer un símbolo del subconsciente.

“Se me introdujo, pues, en mi armadura e incluso me colocaron suelas de plomo, con las que me resultaba imposible mover las piernas. Hubo que transportarme al estrado. Después se me colocó y atornilló el casco. Comencé mi discurso tras el cristal del casco, y ante un micrófono, que, obviamente, no podía captar nada. Pero mi mímica fascinó al público. Pronto comencé a abrir la boca, sin embargo, en busca de aire, mi cara se puso primero roja y luego azul, y mis ojos en blanco. Evidentemente, se habían olvidado [sic] de conectarme a un sistema de abastecimiento de aire y estaba a punto de asfixiarme. El especialista que me había equipado había desaparecido. Por gestos di a entender a mis amigos que mi situación se volvía crítica. Uno cogió unas tijeras e intentó en vano perforar el traje, otro quería desatornillar el casco. Como no lo conseguía comenzó a golpear con un martillo los tornillos… Dos hombres intentaron arrancarme el casco, un tercero daba tantos golpes al metal que casi perdí el sentido. En el estrado sólo reinaba ya una lucha salvaje a brazo partido, de la que yo emergía de vez en cuando como un pelele con miembros dislocados, y mi casco de cobre sonaba como un gong. El público aplaudía ese mimodrama daliniano conseguido, que a sus ojos representaba, sin duda, cómo el consciente intenta apoderarse del inconsciente. Pero yo por poco habría sucumbido ante ese triunfo. Cuando por fin se me arrancó el casco estaba tan pálido como Jesús cuando volvió del desierto tras cuarenta días de ayuno.”

El episodio deja en claro dos aspectos: primero, que el surrealismo se convierte en mera superficialidad cuando utiliza objetos técnicos no conforme a sus propiedades intrínsecas, sino de manera simbólica; y segundo, que simultáneamente forma parte del movimiento más explícito de la Modernidad, al presentarse decididamente como un proceso disruptivo de la latencia y disolvente del trasfondo.

La intención de desmantelar el consenso entre la producción y la recepción en asuntos de arte, con el propósito de liberar la radicalidad de las exhibiciones-eventos, constituye un elemento crucial en la disolución del trasfondo en el ámbito cultural. Esto subraya tanto la absoluta naturaleza de la producción como la arbitraria recepción de la misma.

Estas intervenciones tienen un valor de confrontación al ser contrarias a mentalidades provincianas y narcisistas en lo cultural. No es en vano que los surrealistas, en las etapas iniciales de su agresiva lucha, desarrollaran el arte de escandalizar a la burguesía como una forma de acción peculiar. Por un lado, esto ayudó a los innovadores a diferenciar entre el grupo interno y externo, y por otro lado, la protesta del público se consideraba un signo de éxito en la descomposición del sistema tradicional.

Quien escandaliza a la sociedad está practicando la iconoclastia progresiva. Está creando terror hacia símbolos con el objetivo de hacer estallar las posiciones latentes y mistificadas, y que estas aparezcan con mayor claridad gracias a técnicas más explícitas. La premisa legítima detrás de la agresión simbólica es la idea de que las culturas albergan demasiados tabúes y que es hora de romper las conexiones, que latentes, existen entre la estructura y el edificio cultural.

Sin embargo, si las primeras vanguardias cayeron en un razonamiento engañoso, fue porque la burguesía siempre aprendió más rápido de lo que los terroristas estéticos habían anticipado. Después de varios intercambios en el juego entre provocadores y provocados, la burguesía, culturalmente más relajada, tomó la iniciativa en la explicitación del arte, la cultura y el sentido, a través del marketing, el diseño y la autohipnosis.

Los artistas continuaron sus esfuerzos por aterrorizar, sin percatarse de que ese medio ya había quedado obsoleto. (El terrorismo semántico pierde eficacia cuando el público comprende su juego; lo mismo podría ocurrir, intencionalmente, con el terror criminal y militar si los medios de comunicación renunciaran a su papel de cómplices).

Estos diagnósticos se ven reflejados en la fallida, pero reveladora actuación de Dalí: por un lado, demuestra que la ruptura del consenso entre el artista y el público no se logra si este último comprende la regla según la cual la expansión de la obra hacia su entorno debe considerarse como parte de la obra misma.

El entusiasta aplauso recibido por Dalí en las New Burlington Galleries evidencia cuánta coherencia tenía el público informado al adherirse a los nuevos pactos de percepción del arte. Por otro lado, la escena presentaba al artista como un disruptor de la latencia, transmitiendo un mensaje desde el reino de lo otro al pueblo común.

La función de Dalí en este juego se caracterizaba por una ambigüedad que revelaba algo esencial sobre su fluctuación entre romanticismo y objetividad. Por un lado, se presentaba como un tecnólogo frío de lo otro, dado que, en el texto de su discurso no pronunciado, pero fácilmente imaginable bajo el título Auténticas fantasías paranoicas, tenía la intención de discutir un método preciso de acceso al subconsciente: el método crítico-paranoico con el cual Dalí formuló instrucciones para la «conquista de lo irracional».

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