El tabaco literario

Por Idafecio Quebrado

Cuando se desea mantener correspondencia con allegados momentáneamente alejados, hay una superstición humana que consiste en arrojar en orificios ad hoc, análogos a las bocas de tormenta, la expresión escrita de la propia ternura, después de haber fomentado, por medio de algún donativo, por el demás funesto negocio del tabaco, adquiriendo en recompensa pequeñas imágenes, sin duda benditas, a las que se besa devotamente por detrás.

No es este el lugar para criticar la incoherencia de esas maniobras; es indiscutible que, por este medio, es posible establecer comunicaciones a distancia. Esta costumbre es seguramente antigua, ya que esas figuritas -los timbres, para llamarlos por su nombre- son muy conocidas. Por esta razón nos sentimos desagradablemente sorprendidos cuando, hace pocos días, un vendedor de tabaco nos entregó, a cambio de nuestros quince céntimos de buen cobre, una efigie inédita, lo que nos sumió en la misma perplejidad que si nos hubiera dado una pieza falsa.

De nada nos sirvió objetar ante el comerciante que su nuevo timbre de quince céntimos era poco agradable de ver y que no pensábamos que pudiera venderlo tanto como el anterior. En vano apelamos a su moralidad, ya que la viñeta representa una escena más bien lamentable: una dama ciega y con un brazo en cabestrillo, sentada en una silla de tijera, apiada a los transeúntes por medio de un cartel que promete al hombre todos los derechos sobre su persona; sobre su cabeza se balancea un farol con el número de su casa.

El precio se eleva, para los extranjeros, hasta veinticinco céntimos, aunque la dama es siempre la misma. Los timbres de 40 y 50 céntimos y de un franco tienen el formato de una cubierta de álbum y están suntuosamente impresos a dos colores, pero no hemos podido adivinar cuál puede ser su uso. Se dice que hay viejos pródigos que pagan los ejemplares de lujo hasta dos y cuatro francos. Los timbres de 1, 2 y 5 céntimos nos parece que satisfacen todas las exigencias: su marco en forma de herradura de caballo alado los hace apropiados, ora como marca para el herrero, ora como exlibris para el poeta, en el segundo caso a causa de Pegaso.

 No podemos menos que aconsejar encarecidamente el reemplazo, en toda ocasión, de los timbres de dos y cuatro pesos por la cantidad que sea necesaria de estos otros. Los contribuyentes, que mantienen a la policía para que persiga a los vendedores de cartas transparentes, compran y hacen circular este museo de horrores; los compran y – ¡siendo tan simple escupir sobre ellos! – los lamen.

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