Sobre Joel James y la apuesta de pensar el Ser desde la historia

Por Galán Madruga

Si nos adentramos en el campo de la antropología histórica, nos encontramos con uno de los textos más inquietantes dentro del ensayo cubano: El ser y la historia: a partir de la experiencia cubana. Este escrito, catalogado entre los trabajos que merecen el título de ensayo filosófico, no se limita a construir un entramado conceptual abstracto, desligado de la realidad o de las fuentes de conocimiento almacenadas en la memoria. Por el contrario, surge directamente de la rica telaraña de la historia cubana. Joel James ha forjado un tratado breve que trasciende la esfera de la filosofía pura, alcanzando las profundidades de la literatura esencial. Con su exploración sobre el ser y la historia, James ha cuestionado gran parte del corpus de la filosofía académica cubana. Aunque aún sigue aferrado a la máxima marxista: s la historia determina la conciencia de clase. El ser en la historia emerge de la Torre de Babel en busca de la conquista del ‘saber aquí’, estableciendo al narrador y constructor de historias como protagonista en esta empresa.

Cuando leo el ensayo de Joel James El ser y la historia no tengo la impresión de estar ante un tratado filosófico en el sentido universitario del término, ni ante una pieza de mera historia de las ideas, ni tampoco ante una glosa culta levantada sobre nombres mayores para adornar una meditación local, sino ante algo mucho más inquietante y, por eso mismo, más interesante, que es el esfuerzo de una conciencia situada, histórica, cubana y a la vez desbordada de cubanía, por construir un pensamiento de totalidad con materiales heterogéneos, a veces contradictorios, a veces genialmente ensamblados, en el que se cruzan la ontología, la ética, la antropología, la historia, la psicología y la política, no como disciplinas separadas por tabiques académicos, sino como nervaduras de una sola obsesión, que yo formularía así, con palabras mías pero creo que no infieles a su respiración: qué significa ser hombre cuando ese ser no puede pensarse fuera de la conciencia, ni fuera de la historia, ni fuera del otro, ni fuera del misterio, ni fuera de la obligación ética que surge de saberse parte de una totalidad mayor que el individuo, mayor incluso que la nación, aunque la nación sea uno de los grandes laboratorios donde esa totalidad se vuelve experiencia visible, sacrificio, memoria, y a veces tragedia.

Lo primero que me impresiona de Joel James es su negativa a aceptar la filosofía como juego autosuficiente del concepto, como una danza de abstracciones soberanas suspendidas por encima de la vida, porque él sospecha, y yo creo que con razón, que toda filosofía que se divorcia del drama concreto de la existencia humana termina o bien convertida en teología seca del argumento, o bien en escolástica ideológica, o bien en un género de prestidigitación intelectual que se complace en nombrar lo que no toca y en tocar lo que no transforma, de modo que su ensayo, aun cuando está poblado de términos como ser, esencia, fenómeno, interioridad, exterioridad, historia, conciencia, misterio, no se mueve jamás en la serenidad de un sistema cerrado, sino en la inquietud de una búsqueda que a cada paso parece decirme que el pensamiento vale si me devuelve al temblor de la vida y si me obliga a decidir cómo debo vivir frente a los otros, frente a mi tiempo, frente a la muerte, frente a la nación, frente al poder y frente a ese resto inagotable de lo real que ninguna lógica termina de domesticar.

Yo diría, por eso, que el gran problema que Joel James coloca en el centro de su reflexión no es simplemente el del ser en abstracto, ni siquiera el del hombre en abstracto, sino el de la relación entre interioridad y exterioridad, y me parece que ahí reside una de las claves más fecundas de su ensayo, porque en vez de tomar como eje la vieja oposición entre materia y espíritu, o entre sujeto y objeto en su formulación escolar, o entre individuo y sociedad en su versión sociológica, él se atreve a proponer una fórmula más móvil, más dramática y más fértil, que no anula esas oposiciones sino que las reagrupa, las reconduce y casi las dramatiza en una tensión más radical, la tensión entre lo que soy por dentro, como conciencia, como memoria, como voluntad, como deseo, como herida, como intuición de mí mismo, y lo que me rodea y me constituye por fuera, como mundo, como ley, como historia, como lengua, como costumbre, como institución, como comunidad y como límite.

No me cuesta ver que en esa formulación resuenan muchas tradiciones a la vez, algunas asumidas y otras discutidas, porque hay en Joel James una cercanía obvia con el existencialismo cuando se toma en serio la conciencia de la finitud, la angustia de la existencia y la necesidad de preguntarse por el sentido, pero hay también una distancia muy marcada respecto de todo existencialismo que se encierre en la isla del individuo, que haga del hombre un Robinson Crusoe metafísico, despojado de historia, de vínculos, de sedimentaciones culturales, de clase, de nación, de pueblo y de conflicto, y precisamente ahí yo creo que Joel James introduce su corrección más vigorosa, porque no quiere un existencialismo de cámara, un existencialismo de alma aislada, un existencialismo del yo puro contemplándose a sí mismo en el espejo de su soledad, sino una filosofía del hombre en situación histórica, del ser humano que no puede pensarse si no es a la vez conciencia singular y conciencia atravesada por la especie, por la historia, por la cultura, por la memoria colectiva y por el otro.

Es aquí donde su meditación se vuelve especialmente cubana, no en el sentido folklórico del adjetivo, que sería mezquino y hasta ofensivo, sino en el sentido de que quiere producir pensamiento desde una experiencia histórica concreta, sin pedir permiso a las metrópolis filosóficas de turno, sin avergonzarse de la procedencia, sin repetir que la gran filosofía solo nace en Alemania, en Francia o en Grecia, como si la historia de un país atravesado por la esclavitud, por la colonia, por la guerra de independencia, por la república frustrada, por la revolución y por el exilio, no fuera bastante materia ardiente para una ontología del hombre, y en eso Joel James me interesa mucho, porque no se limita a citar a Martí o a mencionar a Céspedes o a Maceo como ejemplos patrióticos puestos allí para legitimarse ante el lector cubano, sino que intenta ver en la historia de Cuba una cantera conceptual, una zona de experiencia filosófica, casi una prueba de que los pueblos no solo producen hechos y héroes, sino también categorías, y una de esas categorías, quizá la más poderosa en su ensayo, es la del sacrificio consciente.

Me detengo en esto porque creo que ahí el texto alcanza una de sus intuiciones más originales, y también una de sus zonas más discutibles, lo cual no le quita fuerza sino que se la da, porque el pensamiento solo vale de veras cuando obliga a disentir desde dentro de su verdad. Joel James no presenta el sacrificio como un ornamento moral ni como una virtud romántica para alimentar panteones, sino como una clave de interpretación del vínculo entre individuo y comunidad, entre interioridad y exterioridad, entre vida personal y destino colectivo, y cuando piensa en Sócrates, en Giordano Bruno, en Cristo, en Céspedes, en Martí, en Maceo o en Frank País, no está armando una galería de mártires para el consumo sentimental, sino tratando de descifrar qué ocurre cuando un hombre decide que su propia vida, tomada en su desnudez biográfica, vale menos que la verdad que cree encarnar, o menos que la comunidad a la que se entrega, o menos que la libertad que defiende, y esa pregunta me parece capital, porque desarma cualquier antropología mediocre basada solo en el cálculo del interés personal.

Ahora bien, yo no leo ahí una simple glorificación del sacrificio, ni me interesa leerlo así, porque sería demasiado fácil y demasiado pobre, sino la intuición de que el hombre se vuelve plenamente inteligible cuando se comprueba que es capaz de poner su existencia al servicio de algo que lo excede, y al hacerlo no se niega necesariamente a sí mismo, sino que acaso se realiza en un nivel más alto, no ya como individuo encapsulado, sino como parte consciente de una totalidad, y esa totalidad para Joel James puede ser la nación, la humanidad, la historia o incluso el ser mismo cuando se manifiesta como obligación ética, y aquí me parece que su pensamiento toca algo muy antiguo y a la vez muy moderno, porque enlaza con la idea clásica de que la vida buena exige virtud, pero también con la idea moderna de que el sentido de la existencia no está dado de una vez y para siempre, sino que debe construirse en el acto, en la decisión, en la fidelidad, en la acción que arriesga algo real.

Pero donde su ensayo se vuelve más ambicioso y más problemático es en la relación que establece entre conciencia y realidad, porque él insiste una y otra vez en que nada tiene sentido fuera de la conciencia humana, y aunque yo comprendo el impulso de esa afirmación, que no es trivial ni arbitrario, sino la voluntad de devolverle a la filosofía la categoría del sentido frente a los materialismos groseros que creen haber resuelto el mundo diciendo que la realidad objetiva está ahí, antes y fuera del hombre, también veo que esa tesis lo lleva a una vecindad muy próxima con el idealismo, aunque él quiera escapar de toda escuela única, de manera que el texto oscila, deliberadamente o no, entre una crítica al objetivismo materialista y una afirmación muy fuerte del papel constituyente de la conciencia, y esa oscilación me parece uno de sus núcleos más vivos.

Porque si digo que el mundo solo adquiere sentido dentro de la conciencia, no estoy diciendo simplemente que yo lo interpreto, sino que la significación misma del ser depende de su entrada en la esfera humana, y eso tiene consecuencias enormes, ya que desplaza el centro de gravedad de la ontología hacia la conciencia, hacia la experiencia, hacia el sujeto histórico, y aquí la lectura de Joel James me obliga a pensar que su verdadero adversario no es solo Lenin o el marxismo mecanicista, sino toda filosofía que crea poder hablar del ser sin pasar por el drama humano del sentido, como si existiera una ontología limpia de conciencia, una metafísica sin herida, una teoría del ser que no tuviera que responder por el hecho de que el ser, en cuanto pensable para nosotros, siempre aparece ya atravesado por la pregunta humana.

Sin embargo, y aquí está una de las tensiones más fecundas del ensayo, Joel James no cae en un subjetivismo banal, porque de inmediato recuerda que esa conciencia no es una mónada solitaria, no es una cámara privada sin historia ni vínculos, sino que está hecha de cultura, de lenguaje, de memoria, de relaciones sociales, de sedimentaciones históricas, de modo que la conciencia no es pura interioridad sin mundo, sino interioridad labrada por la exterioridad, y en esto su texto se vuelve extraordinariamente sugestivo, porque consigue, o al menos intenta, pensar la conciencia no como refugio contra la historia, sino como la forma más intensa de padecerla y de reelaborarla.

Yo leo en esto un esfuerzo claro por superar tanto el idealismo abstracto como el materialismo simplificador, y aunque a veces el texto se mueve con cierta impaciencia sistemática, como si quisiera fundar una gran síntesis donde todo encaje, lo cierto es que su riqueza está precisamente en no dejarse encerrar del todo por ninguna tradición, porque se alimenta de Hegel, pero desconfía del finalismo absoluto, toma cosas del marxismo, pero combate su versión dogmática, dialoga con Sartre, pero no acepta su individualismo radical, reconoce a Kierkegaard, pero no quiere remitir la totalidad a Dios, invoca a Husserl por la vía de la intencionalidad, pero no se queda en la descripción fenomenológica, recuerda a Freud y a Jung cuando necesita ampliar la idea de conciencia, valora a Ortega y a Unamuno porque percibe en ellos una intuición histórica y existencial que Europa a veces subestimó por venir desde la península ibérica, y al mismo tiempo rescata a Vico, a Gramsci, a Martí, a Varela, a Varona y a Fernando Ortiz para decir, en el fondo, que el pensamiento solo vive cuando se ensucia con la historia y se vuelve capaz de reconocer en la experiencia de los pueblos un archivo filosófico no menos válido que el de las grandes bibliotecas europeas.

En ese sentido, yo encuentro admirable su intento de someter la filosofía a la historia sin por ello abolir la aspiración de totalidad, porque uno de sus hallazgos, o de sus riesgos más altos, consiste en afirmar que toda filosofía nace de circunstancias concretas y que, sin embargo, no se limita a describirlas, sino que busca las razones de la totalidad desde un punto de vista circunstancial, y esa frase, aun cuando no siempre esté dicha así, me parece la bisagra profunda de todo su proyecto, porque evita dos errores simétricos, el de una filosofía ahistórica que se cree eterna desde el primer día, y el de un historicismo mezquino que reduce toda idea a simple producto de su coyuntura, incapaz de irradiar más allá de ella.

Lo que Joel James quiere, a mi juicio, es algo más difícil, que es pensar la totalidad desde una historia concreta, y en su caso desde la experiencia cubana, lo cual me parece no solo legítimo sino necesario, porque las naciones, sobre todo las naciones desgarradas, mal resueltas o heroicamente inconclusas, son espacios privilegiados para ver cómo se anudan conciencia y exterioridad, cómo se hacen y se deshacen los vínculos entre individuo y colectividad, cómo la historia talla subjetividades, cómo el sacrificio se vuelve norma implícita, cómo el poder fabrica formas de mala fe, cómo la libertad se predica más de lo que se practica, cómo la solidaridad se invoca mientras se la traiciona, y cómo aun así persiste una reserva moral, un nervio ético, una demanda de verdad que no deja descansar a las conciencias.

De ahí que su lectura de Martí me parezca central, no tanto porque Joel James convierta a Martí en filósofo de profesión, cosa que sería torpe, sino porque advierte en él una forma de pensamiento que no cabe del todo ni en la poesía ni en el periodismo ni en la política, una suerte de conciencia total en acto, un ser que se abre al todo y que justamente por no caber en una sola casilla ofrece una clave del ser cubano, no como esencia racial ni como psicología fija, sino como vocación de totalidad, de desborde, de anticipación, de responsabilidad frente a un nosotros todavía incompleto. Yo creo que Joel James lee en Martí la figura de una conciencia que no acepta la clausura y que por eso mismo enlaza, sin decirlo en esos términos, con su propia obsesión por la filosofía como previsión, como anuncio, como tarea de pensar no solo lo que es, sino lo que la historia exige que lleguemos a ser.

Ahora bien, si hay algo que le da espesor singular a este ensayo es la presencia insistente del misterio, palabra que en otras manos podría sonar como licencia retórica o refugio teológico para encubrir vacíos argumentales, pero que en Joel James cumple una función más seria, porque designa el límite de la razón y al mismo tiempo su estímulo, la frontera donde el pensamiento debe reconocer que no todo puede ser absorbido por la lógica sin que por ello deba renunciar a pensar, y yo diría que su noción de lo Increado creador apunta justamente a eso, a la necesidad de nombrar un origen, una fuente, una profundidad del ser que no puede ser reducida ni a concepto científico ni a demostración metafísica clásica, y que sin embargo pesa sobre toda nuestra experiencia como horizonte inevitable.

No me interesa leer esa noción en clave devota, ni creo que Joel James obligue a ello, porque más bien me parece que intenta sostener una metafísica del misterio sin recaer del todo en la religión positiva, una especie de reconocimiento de que el ser se nos da siempre bajo la forma de una opacidad irreductible, de una profundidad que la conciencia roza pero no posee, y en eso su pensamiento se me hace más humilde y más fuerte que tantos sistemas que pretenden resolver el universo con dos o tres ecuaciones conceptuales. La grandeza de su propuesta está en reconocer que la filosofía no fracasa cuando admite el misterio, sino cuando finge que no existe.

Y, sin embargo, esa apelación al misterio no lo conduce al quietismo, ni a la resignación contemplativa, porque su pensamiento desemboca siempre en la ética, y este es uno de los rasgos que más me convencen de su ensayo, que ninguna especulación ontológica le parece válida si no revierte en una orientación para la vida humana, si no toca la pregunta por el bien, por la justicia, por la solidaridad, por la supervivencia misma de la especie, y aquí su crítica a Sartre se vuelve reveladora, porque allí donde la mala fe sartreana describe los juegos del individuo en la sociedad, Joel James quiere llevar el análisis a un plano más amplio, donde las formas del autoengaño, de la doble moral, de la adaptación servil o de la mentira estructural no se entiendan solo como psicología individual, sino como modos históricos y sociales de vivir la fractura entre interioridad y exterioridad.

A mí me parece que en esta zona del ensayo Joel James toca un nervio especialmente cubano y especialmente universal, porque cuando habla de la mala fe, de las posturas aparentes, de la distancia entre la manifestación y la realización, está describiendo algo que trasciende a Cuba pero que en Cuba adquiere una densidad singular, esa costumbre de sobrevivir con máscaras, de pronunciar una verdad pública y habitar otra privada, de acomodar la interioridad al peso de las instituciones y de las liturgias del poder, y de esa observación surge, me parece, uno de sus reclamos éticos más hondos, el de una conciliación verdadera que no sea uniformidad ni unanimismo burocrático, sino coincidencia en lo esencial, búsqueda de una comunidad humana capaz de reconocerse en el otro sin anularlo.

Aquí el ensayo se aleja de cualquier moralina y entra en una ética de especie, si se me permite decirlo así, porque lo que Joel James quiere afirmar es que nada que atente contra la existencia humana puede ser llamado bueno, por muy revestido de ideología, de religión, de patriotismo o de necesidad histórica que venga, y esa frase, pensada desde Hiroshima, desde Nagasaki, desde el hambre, desde las guerras, desde los totalitarismos, me parece de una lucidez moral incontestable, porque devuelve la filosofía al cuerpo herido de la humanidad, al lugar donde las abstracciones deben responder por sus muertos.

En este punto, y no en otro, es donde yo veo la apuesta más alta de El ser y la historia, que no es la construcción impecable de un sistema, aunque a veces sueñe con ello, sino la tentativa de fundar una filosofía de la totalidad humana que pase necesariamente por la conciencia, por la historia, por el sacrificio, por el misterio y por la ética, una filosofía donde el ser no pueda disociarse del sentido, el sentido no pueda disociarse de la conciencia, la conciencia no pueda disociarse de la historia, la historia no pueda disociarse del otro, y el otro no pueda disociarse de la obligación moral que me constituye. Esa cadena, aun con sus tensiones, aun con sus sobresaltos, aun con sus puntos discutibles, me parece extraordinariamente fecunda.

Si tuviera que decir dónde están sus fragilidades, no tendría reparo en admitir que a veces Joel James fuerza la síntesis y da la impresión de que desea reconciliar demasiadas cosas a la vez, de modo que idealismo, existencialismo, materialismo histórico, metafísica del misterio, antropología cultural y ética de la solidaridad terminan coexistiendo en un equilibrio precario, no siempre justificado con el mismo rigor. También podría decir que su apelación al Hombre con mayúscula, a la unanimidad o a la comunidad humana corre a veces el riesgo de desatender la irreductibilidad del conflicto y de la diferencia, o que su crítica del individualismo no siempre salva del todo la singularidad concreta del individuo. Pero yo no leería estas tensiones como defectos externos, sino como síntomas de la magnitud de su empresa, porque solo quien intenta pensar demasiado se expone a esas grietas, mientras que los pequeños especialistas, los que nunca arriesgan más allá del compartimento asignado, suelen parecer coherentes porque nunca se juegan nada.

Yo prefiero, en todo caso, un pensamiento arriesgado, incluso excesivo, a una prosa filosófica impecable y muerta, y por eso sigo creyendo que el ensayo de Joel James debe leerse como un acto de pensamiento vivo, no como un monumento terminado, como una provocación a pensar desde el borde, desde una tradición periférica que no se resigna a ser apéndice, desde una Cuba que no aparece allí como simple objeto histórico sino como sujeto de una interrogación ontológica, y quizá por eso mismo el texto conserva esa energía extraña, a ratos impaciente, a ratos visionaria, a ratos desigual, pero casi siempre fecunda, de quien no quiere comentar la filosofía, sino producirla desde la herida de la historia.

Yo me quedo, al final, con una impresión decisiva, que es la de haber leído a un autor que no acepta que el ser sea una pura abstracción desligada del dolor humano, ni que la historia sea una mera cronología sin ontología, ni que la ética sea un suplemento opcional de la filosofía, ni que la conciencia sea una burbuja privada ajena al mundo, ni que el misterio deba expulsarse del pensamiento para que este parezca serio, y en esa negativa múltiple, en esa resistencia a las mutilaciones de la experiencia, veo lo más valioso de su ensayo. Joel James me obliga a volver a preguntar, con una gravedad que no es académica sino vital, qué soy yo cuando pienso, qué es el mundo cuando lo pienso, qué queda de mí fuera de la historia, qué queda de la historia fuera de la conciencia, qué significa entregar la vida a una verdad, qué significa reconocer que toda ontología que no desemboca en responsabilidad moral es una ontología incompleta, y qué significa, en fin, tomar en serio la idea de que la razón de ser de cada uno estriba en el ser de los demás.

Tal vez ahí esté su formulación más honda, su verdad más desnuda y más difícil, porque en una época saturada de individualismos narcisistas, de tecnologías del yo, de competitividades salvajes y de tribus ideológicas que se creen universales mientras reducen el mundo a su reflejo, Joel James vuelve a colocar sobre la mesa una intuición antigua y futura a la vez, la de que el hombre no se salva solo, la de que la conciencia aislada se empobrece, la de que la historia no es simple escenario sino sustancia compartida, la de que el misterio no nos dispensa de la ética sino que la vuelve más urgente, y la de que pensar, cuando se piensa de veras, no es un lujo del intelecto sino una forma de responsabilidad frente a la comunidad humana.

Yo leo El ser y la historia desde ahí, desde esa obligación de no dejar que la filosofía se convierta en un salón de espejos ni en un laboratorio de conceptos sin mundo, sino en una tentativa de comprender el drama humano completo, con su interioridad desgarrada, su exterioridad opresiva, su deseo de sentido, su hambre de justicia, su inclinación al sacrificio, su vocación comunitaria y su límite irreductible ante el misterio, y por eso, aun cuando no suscriba cada una de sus tesis, aun cuando a veces me resista a algunos de sus impulsos totalizadores, salgo de su lectura con la certeza de que Joel James pensó desde un lugar donde las ideas todavía arden, y esa es quizá la única patria verdadera de la filosofía.

Añadiría, además, otra limitación de fondo que me parece decisiva y que no conviene pasar por alto, porque afecta la arquitectura misma del texto de Joel James, y es que, pese a su esfuerzo por historizar la filosofía y por subordinar la especulación ontológica al espesor de la experiencia humana concreta, su reflexión sigue respondiendo en buena medida a la vieja expectativa de la metafísica del ser, es decir, a la aspiración de fundar una instancia última, una clave de totalidad, un principio originario capaz de reunir conciencia, historia, ética y misterio bajo una formulación todavía tributaria de la tradición que piensa el ser como presencia, como fundamento y como centro, aunque ese centro se desplace hacia la conciencia humana, hacia lo Increado creador o hacia una suerte de totalidad antropohistórica.

Digo esto porque, aun cuando Joel James insiste en la historicidad del hombre y en la necesidad de leer toda filosofía desde sus circunstancias, en ningún momento alcanza a plantear con radicalidad el problema del ser de la historia en un sentido cercano al que Heidegger entrevió en Ser y tiempo, donde no se trataba simplemente de insertar al hombre dentro del curso temporal ni de reconocer que toda conciencia está situada, sino de interrogar la historicidad como modo de ser constitutivo del existir mismo, como temporalidad originaria del Dasein, como apertura en la que el ser se desoculta históricamente y no como simple escenario o contexto en el que una conciencia ya constituida se despliega. En Joel James, a mi juicio, la historia sigue siendo pensada sobre todo como campo, proceso, continuidad, experiencia acumulada, memoria de la especie o marco explicativo del hombre, pero no llega a convertirse plenamente en pregunta por el ser histórico en cuanto tal, de modo que persiste en su texto, aunque sea de manera desplazada y aun cuando quiera combatir la abstracción tradicional, un resto fuerte de la metafísica del ser, una nostalgia de fundamento, una necesidad de centro.

Por eso mismo también persiste una cierta forma del olvido del ser de la historia, no porque la historia esté ausente, sino porque no alcanza a ser interrogada ontológicamente en su radicalidad temporal, en su carácter de apertura, finitud, proyección y destino del existir. Dicho de otro modo, Joel James piensa mucho la historia, pero no termina de pensar el ser históricamente en el sentido fuerte; piensa la conciencia en la historia, piensa la especie en la historia, piensa la ética en la historia, piensa incluso la comunidad y el sacrificio en la historia, pero no logra romper del todo con la vieja gramática metafísica que sigue buscando detrás del acontecer un principio rector, una unidad fundante o una totalidad reconciliadora, y ahí es donde su ensayo, tan fértil en intuiciones, tan vivo en su impulso y tan legítimo en su voluntad de totalidad, deja ver también uno de sus límites más hondos.

Total Page Visits: 1545 - Today Page Visits: 2