CUBA - CIRCA 1963: Fidel Castro with bag and gun in the Sierra Maestra. Cuba, 1963. (Photo by Gilberto Ante/Roger Viollet via Getty Images)

Retorno de El Salvador*

*Fragmento del capítulo 6 del libro Totalitarismo en Cuba. Castrismo cultural y el último hombre

¿Qué es lo que ha perdurado a lo largo de la historia de Cuba, una y otra vez, desde los albores de su nacionalidad? He estudiado exhaustivamente las distintas formas de solidaridad, las construcciones simbólicas e imaginarias, así como las expresiones espirituales del pueblo cubano durante dos siglos, y no encuentro ninguna fuerza unificadora más sólida que la noción del «retorno a la salvación«. No se trata de la salvación como un simple lema ético o moral, sino como una práctica arraigada en medio de una lucha que trasciende las fronteras discursivas. Si consideramos que en Cuba realmente existe una historia simbólica en la que lo espiritual ocupa un lugar trascendental, esta sería la narrativa de la lucha por el control de un discurso mesiánico.

Este discurso se entrelaza con la vida misma del cubano, en sus enfrentamientos con la muerte, ya sea en términos de identidad, sociedad, política o individualidad. En un artículo previo titulado «La salvación«, establecimos que «la noción de salvación tiene su propia historia y su discurso particular, dependiendo del momento y del objeto de salvación». En este contexto, exploramos diversas entidades simbólicas y espirituales encarnadas en conceptos patria, pueblo, socialismo y Cuba. Además, sugerimos que: el concepto de salvación en Cuba tuvo sus raíces en las polémicas filosóficas de la década de 1840. Quienes examinen la refutación a Víctor Cousin encontrarán claramente el pragmatismo en torno a la noción de salvación. De ahí surgió el discurso teleológico que impulsó a Cuba hacia la independencia.

Aquellos que estudien los propósitos ideológicos de la élite regional en su defensa de la tierra natal y el terruño también encontrarán en el trasfondo el incentivo de la idea de salvación. Esta es una noción peculiar, ya que el objetivo de salvación es un «ideal«: cómo la mente colectiva cubana ha creído en la salvación de Cuba. De este análisis surgieron dos subcategorías simbólicas del imaginario cubano que destacaron durante las guerras de independencia y se expresaron en discursos éticos, y que se cristalizaron en los lemas «Cuba libre» y «libertad para Cuba«.

Como teorizó Hans Jonas en «El principio de la responsabilidad«, los cubanos se adhirieron a un principio ético basado en la responsabilidad hacia la libertad y la independencia, siempre y cuando, como señaló Martí, se actuara en concordancia con los actos de la vida auténtica. En relación con estos aspectos simbólicos, todas las fuerzas políticas en Cuba que posteriormente se movilizaron en la República y luego en la Revolución aceptaron estos lemas como su guía protectora. Si algo ha sido constante en Cuba, palpable en su expresión potencialmente activa, es precisamente la idea subyacente de salvación como un símbolo y una manifestación espiritual, como un medio de protección en lo individual y colectivo. Todo esto exige, en primer lugar, una explicación teórica.

Las acciones humanas no pueden concebirse en el pasado o en el futuro, sino que se forjan física y mentalmente en el presente, aquí y ahora. La acción y la práctica nunca pueden trascender este espacio y tiempo. Martí articuló esta noción de «retorno» cuando afirmó con perspicacia: «Haga, pues, esa es nuestra manera de pensar». El término «haga» infunde significado a la frase, como un ejercicio constante. En consecuencia, la acción en sí misma (más allá de su dimensión física y mental) constituye el eterno retorno de la vida. Cuando un individuo acude a la iglesia para orar a Dios, lo hace en este momento y lugar, al igual que cuando emite un comunicado político a la multitud, forja relaciones amorosas o escribe un libro. Todas estas son formas de acción.

Por lo tanto, la noción de salvación, en este contexto, no encierra un ideal, como se ha creído a lo largo del tiempo, sino que representa una práctica ritual y simbólica mediante la cual el cubano responde a las amenazas constantes contra su identidad y patria. En otras palabras, la salvación debe ser vista como la ejecución espiritual de algo que siempre ocurre en el presente. Nietzsche afirmaba que el hombre está limitado a actuar en un espacio material determinado, en el ámbito de su cultura y su propio ser. Por lo tanto, vivir solo es posible en el aquí y el ahora. La creencia de que el hombre puede predecir y controlar el futuro forma la base fenomenológica de todas las utopías y mesianismos.

¿Cómo puede ser libre el hombre en el futuro si la acción por la libertad se despliega en el presente, en este mismo lugar? Este «otro lugar» donde la acción no puede manifestarse es el espacio imaginario creado por la Ilustración, que da origen al término «cultura». Esta cultura busca protegerse de la incertidumbre del destino y la muerte. Bajo esta perspectiva ilustrada, lo que realmente se intenta liberar no es al hombre ni su acción cotidiana, sino el espacio simbólico en el que esa cultura existe. Y es en este espacio de «cultura» donde el hombre no reconoce la necesidad de llevar a cabo acciones aquí y ahora para vivir plenamente.

De esta manera, la libertad no es una dimensión estática y universal que pueda ser arrebatada y recuperada. La libertad se encuentra en la conciencia que acompaña cada acción y ejercicio realizados en el aquí y el ahora. Cuando un esclavo es golpeado y se le niega su libertad física (cuando se le encierra en un barracón y se le obliga a trabajar en la cosecha de caña bajo coacción), se le priva también de una libertad psicológica. Esta es la razón por la cual en Cuba actualmente encontramos, en ciertos sectores y fuerzas opuestas al régimen de Fidel Castro, una nueva forma de mesianismo encubierto bajo la consigna «libertad para Cuba«.

Esta es una forma de libertad psicológica que debe ser preservada. Incluso los esclavos buscan un líder. Esta ética tiene sus raíces en el antiguo lema de «Cuba libre». Este concepto ha sido y podría reaparecer en su forma original. Sin embargo, no se trata de un regreso a la libertad en sí misma, al lema, a la frase o al discurso, sino más bien a una práctica pasada, convertida en creencia, casi como una religión dentro del contexto cultural cubano. En esta creencia, la salvación se vive como una ejecución espiritual constante, arraigada en el presente. Por lo tanto, el retorno en Cuba se manifiesta como un sistema de prácticas mesiánicas que abarcan todo el espectro político.

En este espacio cultural, la sensación de orfandad ante la falta de un guía o salvador es constante. Debido a que no se comprende que la libertad es más que un ideal, que no existe una «libertad para Cuba» en un plano trascendental, los cubanos buscan instintivamente un protector, ya sea una entidad, institución o individuo. Esto se convierte en una especie de deporte, donde cada generación mejora sus métodos y técnicas para avanzar. El mesianismo que percibimos en la actualidad entre los cubanos ha evolucionado en sus métodos y técnicas, y trágicamente, Cuba es una cultura que entra en una fase de declive cuando carece de este protector. En respuesta a estas señales de declive, las masas recurren a estas prácticas en busca de otro salvador que pueda rescatar su cultura. Por esta razón, el mesianismo se ha convertido en una de las prácticas culturales más importantes en Cuba.

Por supuesto, sin ser conscientes de este patrón de retorno, varios prominentes disidentes cubanos están fomentando inadvertidamente el mesianismo bajo el estandarte de «Libertad para Cuba«. En el fondo, lo que está sucediendo es que no se puede hacer nada por la libertad de Cuba si la cultura sigue siendo un refugio para este mesianismo protector. Como resultado, algunos opositores no tienen más opción que reproducir el mismo esquema de prácticas.

El lema «libertad para Cuba» ya no se basa en el conocimiento y la reflexión, sino en una práctica derivada de ellos. Martí, por ejemplo, infundió conocimiento en el mesianismo cubano, las generaciones posteriores lo reflexionaron y meditaron, y las generaciones actuales lo han reinterpretado y disfrazado con un discurso atractivo, convirtiéndolo en una práctica implícita. Esto les permite permanecer a salvo en un espacio donde la libertad es una amenaza.

La respuesta a esta amenaza, como argumentamos en el pasado, radica en enfrentar el miedo a la plena libertad. Este miedo es el factor que ha paralizado la individualidad a lo largo de la historia de Cuba.

(Continuará)

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