Por Spartacus
La casa donde Ouspensky pasaba sus últimos días estaba en penumbras. Era una vivienda victoriana, fría y silenciosa, perdida en las calles húmedas de Londres. Afuera, la niebla cubría las ventanas como un velo. Adentro, el aire estaba cargado de un silencio espeso que parecía anunciar lo inevitable.
Los discípulos se habían reunido en torno a él. Apenas eran diez, hombres y mujeres que habían entregado años de su vida a sus enseñanzas. Lo miraban con mezcla de devoción y miedo, porque el maestro había anunciado algo que los desbordaba.
—No quiero engañarlos más —dijo Ouspensky con voz temblorosa—. He hablado de la verdad, del recuerdo de sí, del milagro de la conciencia… y sin embargo, sigo sin saber qué es la muerte.
Los discípulos intercambiaron miradas inquietas. Uno de ellos, Sergei, se adelantó con torpeza.
—Maestro, usted nos ha guiado por el camino del despertar. No tiene que probar nada más.
Ouspensky negó con la cabeza.
—¿No entiendes, Sergei? Toda enseñanza que no se mide con la muerte se vuelve ilusión. Quiero ir más allá. Quiero saber si la muerte existe realmente o si es solo una máscara.
Una mujer de rostro pálido y ojos ardientes, Marya, rompió el silencio.
—¿Y si no hay nada del otro lado?
El maestro la miró con ternura.
—Entonces sabremos que el vacío es la última enseñanza.
Durante los días siguientes, Ouspensky rechazó todo alimento y toda bebida. Se quedaba sentado, inmóvil, como una estatua viviente. Sus discípulos lo rodeaban, incapaces de intervenir.
—Mírenme bien —les ordenaba—. No aparten la vista. Yo me marchito, pero quiero que vean en mis ojos el tránsito.
Al caer la noche, en la penumbra de la sala, hablaba consigo mismo.
—Gurdjieff decía que la muerte es el único hecho real. Pero yo nunca le creí del todo. Siempre sospeché que jugaba con mis sombras, que sus enseñanzas eran trampas para mantenernos atados.
Los discípulos escuchaban, sin saber si aquellas palabras eran revelaciones o delirios.
Una madrugada, el silencio se quebró con un murmullo. Ouspensky abrió los ojos y, con un gesto febril, dijo:
—Él me habla. Lo escucho. Gurdjieff me susurra desde la distancia. Me dice que la muerte ya está aquí.
—Maestro, son solo imaginaciones —dijo Sergei, tratando de calmarlo.
—No —replicó con firmeza—. Es real. La muerte ha entrado en mí.
El tiempo se volvió lento. Cada día era un descenso más profundo. Su cuerpo se consumía, sus manos parecían de cera, su voz un eco.
—¿Por qué nos hace pasar por esto? —preguntó Marya una noche, mientras el maestro respiraba con dificultad.
—Porque quiero morir consciente —respondió él—. Quiero ver lo que nadie ha visto jamás.
Los discípulos rompieron en llanto. Uno de ellos, con voz quebrada, imploró:
—Deténgase, maestro, no queremos perderlo.
Ouspensky los miró con dureza.
—No me detendré. No me ayuden. No interfieran. Solo observen.
La tensión se hizo insoportable. Afuera llovía, como si la ciudad misma acompañara aquel drama. Dentro, el cuerpo del maestro se volvía cada vez más frágil, como si el alma hubiera comenzado a retirarse.
Y entonces, en un momento de claridad feroz, se incorporó con un esfuerzo descomunal.
—Ahora lo sé —dijo—. No hay escapatoria. La muerte no es teoría, no es metáfora, no es símbolo. La muerte… es esto.
Justo en el momento preciso, cuando las fuerzas vitales de Ouspensky se desvanecieron hasta su límite, sus ojos se nublaron, pero su ego se endureció y comenzó a pronunciar palabras. «La muerte ha alcanzado mis piernas», «la muerte se ha apoderado de mi cuerpo», y sus últimas palabras, un grito desesperado de vida o muerte, antes de desplomarse, imploró a sus discípulos.
Sus ojos se nublaron. El aire le faltaba. En un último gesto, con voz quebrada, exclamó:
—¡No me dejen morir! ¡No quiero morir!
El grito desgarró la sala como un rayo. Después vino el silencio, un silencio absoluto, como si el mundo entero hubiera dejado de respirar.
Los discípulos permanecieron inmóviles. Nadie se atrevió a tocarlo. Nadie pronunció palabra.
Al amanecer, su cuerpo yacía quieto, vencido por el tiempo. Uno de ellos, con manos temblorosas, escribió en un papel las últimas palabras del maestro. Más tarde, en la lápida, solo quedó una inscripción sencilla:
“El hombre que desafió a la muerte y murió.”
Desde entonces, quienes se acercan a su tumba dicen sentir un aire distinto, una melancolía que parece hablar en silencio. Tal vez Ouspensky siga aguardando, en la otra orilla, una respuesta que ni siquiera la muerte quiso darle.