El hormiguero intelectual del exilio cubano

Por Angel Callejas

Texto publicado en el blog La otra esquina de las palabras, 2011

La crítica intelectual contemporánea que busca negar o minimizar los riesgos propios de nuestro tiempo proviene, en su mayoría, de sectores adscritos a la izquierda humanista. Esta tradición intelectual concentra sus esfuerzos en la aspiración al mejoramiento humano, promoviendo una visión del hombre que oculta o disimula su dimensión natural y animal, un aspecto inherente y primordial que ha sido sistemáticamente relegado. La humanidad moderna, sin embargo, se encuentra en un punto de inflexión donde ya no desea ser gobernada ni educada bajo las pedagogías tradicionales que se sustentan en una ontología del sujeto en relación al objeto, ni tampoco se interesa por las narrativas metafísicas de los grandes relatos, esos discursos totalizadores que han moldeado el pensamiento occidental desde hace siglos.

El deseo que domina hoy es radicalmente diferente. Los individuos aspiran a embellecer y, en cierto sentido, eternizar su cuerpo; a explotar al máximo la experiencia vital disponible. Este anhelo se sustenta en un contexto histórico marcado por avances tecnológicos de una naturaleza inédita. La biotecnología y la comunicación constante a través de medios digitales masivos propician una metamorfosis en las estructuras del pensamiento y en el espíritu humano. Se abre así una era en la que la transformación del ser no se configura a partir de ideales trascendentales, sino mediante la incorporación y aplicación de medios tecnológicos que habilitan la autooperación, la autotransformación y la superación de las limitaciones biológicas y cognitivas.

El hombre moderno no aspira ya a ser formado bajo la tutela de una autoridad histórica que le dicte sus límites, sino que busca herramientas tecnológicas que le permitan librar una batalla consigo mismo. Este hombre del presente y del futuro se proyecta hacia la elevación de su conciencia y la ampliación de sus capacidades no a través de manuales pedagógicos ni de doctrinas teológicas, ni mediante experimentos políticos nacionalistas, sino mediante el despliegue de la inteligencia artificial y los avances científicos que modulan y amplifican la condición humana.

Un elemento crucial para comprender esta transición desde el humanismo clásico al posthumanismo contemporáneo es la creciente integración del hombre en nuevos modos tecnológicos de comunicación, así como la consolidación de una ciencia del conocimiento corporal que, simultáneamente, impulsa el desarrollo de la capacidad cerebral y la estilización estética del cuerpo. Estas dos magnitudes —la inteligencia aumentada y la belleza corporal perfeccionada— constituyen el horizonte en el que el hombre contemporáneo se define como un ser dedicado a la vida activa, desconectado ya de ese pasado fetal al que Nietzsche aludía en las postrimerías del siglo XIX.

Una ilustración emblemática de esta problemática se encuentra en la parodia que Enrique José Varona realizó del capítulo «El convaleciente» del libro Así habló Zaratustra. Publicada en 1906 en la revista El Fígaro bajo el título «Algo que pudo haber contado Zaratustra», esta obra refleja con ironía el espíritu del siglo cubano y la crisis de su intelectualidad. La historia del león que intenta vivir en un hormiguero, solo para huir despavorido ante las cosquillas de las hormigas, es una metáfora audaz que plantea la tesis de que la cubanía solo funciona dentro de una estructura social cerrada y rígida, gobernada por una psicología de masas, una pedagogía fetal y una sumisión acrítica a las instituciones establecidas.

La interpretación que Varona hace de Nietzsche evidencia un malentendido fundamental. Su talento artístico y pedagógico —que ha sido emblemático en la cultura cubana— se ha sustentado, y aún se sostiene, en el miedo a abandonar la protección de la envoltura biológica, social y cultural que delimita y condiciona la identidad. En otras palabras, esa estructura de seguridad simbólica y material actúa como una coraza que protege de la exposición a lo desconocido o a la transformación radical.

Por su parte, Sloterdijk aporta una reflexión que esclarece este fenómeno cuando afirma que Nietzsche, al hablar del superhombre, se refiere a un estadio temporal muy distante y superior al presente. Para Nietzsche la producción humana se realizó gracias a un proceso milenario de crianza, domesticación y educación, un entramado íntimo que supo ocultar su proyecto bajo la apariencia inofensiva de la escuela, volviéndose invisible a la conciencia común.

Este tipo de dependencia a estructuras de protección se corresponde con lo planteado por la antropología de Gehlen en su obra El hombre, su naturaleza y su lugar en el mundo. Para Gehlen el ser humano nace con un déficit natural que le impide sobrevivir sin una creación sobrenatural o cultural. Esta sobrenaturaleza, concebida como técnica humana, define a un ser gregario por necesidad y limitada capacidad individual que se protege frente a los riesgos y contingencias existenciales.

El esquema pedagógico y filosófico reducido de Varona, que se deslumbra en la conversación de los animales con Zaratustra, representa la lógica que prevalece en gran parte del espíritu intelectual cubano actual. Esta figura de falso pensador, que invoca permanentemente términos como justicia social y mejoramiento humano, reduce la creatividad intelectual a la parodia del esquema positivista que Varona encarnaba. Observamos hoy una pedagogía de la crianza que se asemeja a la conducta de las hormigas, un mecanismo de autoprotección dentro de una envoltura fetal impuesta por la ideología nacionalista cubana.

Esta actitud retorna a la misma frase de Varona que defiende la psicología de masas en el ámbito intelectual, señalando que la lógica de los animales no es la lógica de los hombres ni menos aún la de los precursores del archihombre. El humanismo de estas hormigas no reside en la fuerza del archihombre, sino en la permanente aceptación de la dualidad inherente al ser humano, situado entre su animalidad y su humanidad.

Por esta razón cuando un intelectual residente en Cuba se instala en Miami, el hormiguero nacionalista se moviliza vigorosamente para proteger la estructura que lo sostiene. Esta dinámica es una manifestación de la práctica de la razón cultural que verifica la persistencia de una sobrenaturaleza deficitaria de tipo hormiguero, característica de una buena parte de la intelectualidad cubana en el exilio. Aunque esta realidad no sea sorprendente, resulta indispensable abordarla con rigor y reflexión crítica.

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