EL HOMBRE CON LA SOMBRA DE HUMO

Por Waldo González López

El poético/sugerente título escogido por José Hugo Fernández, para su novela El hombre con la sombra de humo [Premio de Narrativa Editorial Hipermedia 2020] me «sonaba» de lejos.    Tras pensar, rebuscar y, por fin, dar en mi mala memoria con una pariente, solo por el título, reaparecería: La sombra del humo en el espejo, novela escrita en la París de 1918 y publicada en la Madrid de 1924, por el chileno Augusto D’Halman, redenominado «El Pierre Loti hispanoamericano», quien aborda en su libro de viajes el tema homosexual, quizás empleado por primera vez en la patria de Gabriela Mistral; mas, aunque se aproxima por el rasgo mencionado, no tiene nada que ver con la novela del cubano.     

 D’Halman merecería en 1942 el Premio Nacional de Literatura, y moriría ocho años después. Aún recuerdo su epitafio: «Nada he visto sino el mundo y no me ha pasado nada sino la vida».  Asimismo, la lectura de la inquietante novela de José Hugo me evocó los versos —que nadie recuerda ni lee— de un antiquísimo poema, que este tozudo lector conocería ¿cuándo? El texto es «De rerum nature» [«De la naturaleza de las cosas»] y su autor es nadie menos que Tito Lucrecio Caro.   

 El primero de los seis cantos, dice: «Vagabundos, debaten por nobleza, / Se disputan la palma del ingenio, / Y de noche y de día no sosiegan / Por oro amontonar y ser tiranos. / ¡Oh, míseros humanos pensamientos! / ¡Oh, pechos ciegos! ¡Entre qué tinieblas / Y a qué peligros exponéis la vida / Tan rápida, tan tenue! ¿Por ventura / No oís el grito de naturaleza, / Que alejando del cuerpo los dolores, / De grata sensación el alma cerca, / Librándola de miedo y de cuidado?  

Cierto, tras esta novela no pocos narradores «se disputan la palma del ingenio» para ¿acaso edificar? algo cercano a este otro Jardín de los Milagros que ofrece el autor, acaso otro tríptico, esta vez narrativo de El Bosco, donde cabe toda la fauna carnavalesca que es posible hallar en La Habana de hoy, mucho más compleja y peligrosa que la amada y narrada por Guillermo Cabrera Infante, pues, a pesar de las fake news llegadas por las redes sociales, todos sabemos que, en la antes seductora capital cubana, hoy los asesinatos, el robo y el hambre, son tan comunes como la desesperanza de cada día en aquella capital que fue.  

Pieza poliédrica si las hay, la muy lograda narración se lee como una novela policial distinta, un nada omún testimonio, un haz de cuentos polimorfos, en fin, mélage que Cortazar nunca imaginaría cuando escribía sus hoy lejanas Rayuela o 62: modelo para armar.    En sus 32 capítulos —divididos en dos partes—, que rozan el breve ensayo, el reportaje, las memorias…— el lector reencontrará la imaginería señalada días atrás, en este mismo espacio, cuando subrayé varios méritos del narrador y agudo periodista, mostrados en su magnífica noveleta Mujer con rosa en el pubis.   

Y es tal su cauda invencionera, que llega al absurdo, lo surreal, sin echar a un lado ¿lo real?, vías que marcan a fondo la narrativa de José Hugo; mas, otros rasgos que distingo son el constante cambio de puntos de vista (de la sugerencia y el misterio de la primera parte, pasa a otros procedimientos y tonos de la segunda, en los que va atando los «cabos sueltos» de la primera), sin dejar de mostrar su ubicación en La Habana de ahora mismo.

En cuanto a las lecturas bien digeridas, ya dije días atrás que son muchas y muy bien asimiladas, pues las va deslizando entre las 157 páginas de esta inimitable novela que recomiendo, en especial, a quienes prefieren la mejor literatura cubana de hoy, al menos la que conozco —que no es poca— en esta Miami.   

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