Por Galán Madruga
Siempre he sentido que Nietzsche llegó a Cuba no en barco ni en traducción, sino como una especie de fiebre. Un calor espectral. Desde que me topé con los primeros rastros de su figura en la literatura cubana —y sobre todo en esa visión desbordada de José Manuel Poveda— supe que estábamos ante algo más que una influencia; se trataba de una herida abierta, de una presencia que respiraba con nosotros. La figura del filósofo alemán no se manifiesta, al menos en nuestra tradición, como simple dato biográfico o herencia filosófica. Es un temblor. Un crujido en el aire.
Yo no puedo leer a Nietzsche en Cuba —no puedo sentirlo— sin esa sensación de intromisión. Es como si no viniera del pasado, sino de un tiempo que todavía no ha llegado. Como si irrumpiera por una grieta en el tejido de la conciencia cultural. A veces pienso que su aparición no se dio en bibliotecas, sino en estados alterados, en el delirio, en la escritura casi automática de los poetas, como si su pensamiento hubiera descendido sobre nosotros en forma de espectro.
En este sentido, confieso que me cuesta desligar su presencia de lo que Jacques Derrida llama lo espectral. Derrida no solo pensó a los fantasmas, los escuchó[1]. Y creo que en la literatura cubana, sobre todo en la modernidad atormentada de figuras como Poveda, Nietzsche aparece como ese tipo de espectro, es decir, una figura que no pertenece ni al pasado ni al presente, sino a un pliegue del tiempo, una torsión de la linealidad donde el yo se encuentra con su doble[2].
El testimonio de Poveda, recogido por Rafael Estenger —el relato donde confiesa haber dialogado con el espíritu de Nietzsche bajo los efectos de la morfina y la cocaína[3]—, me golpea como una confesión propia. Yo también he sentido que algunas ideas no llegan por la lectura, sino por un temblor interior, una aparición, algo que interrumpe y fragmenta. Lo de Poveda no fue una alucinación. Fue un espejo[4].
En esa visión, Nietzsche no solo le habla de la guerra. Le habla desde la guerra. Desde una violencia que no es solo europea, sino íntima, antillana, estructural. La guerra en Cuba —nuestra historia entera— resuena en ese diálogo espectral, como si el filósofo se hubiera convertido en médium de lo que nosotros no podíamos decir. Poveda lo escucha. Y nosotros, al leerlo, también quedamos poseídos[5].
He llegado a pensar que toda la obra de Poveda, su obsesión por fundar revistas, su impulso gráfico, su fuga en seudónimos, fue su forma de conjurar ese espectro[6]. O de vivir con él. Porque yo también lo he hecho. Porque todo escritor, en esta isla atravesada por voces no redimidas, termina escribiendo con fantasmas. En mi caso, con el de Poveda, con el de Nietzsche, con el mío propio.
Los seudónimos que usó —Mirval de Eteocles, Alma Rubens— no son máscaras, sino fracturas. Ventanas. Y en cada uno, yo leo una voluntad de desdoblamiento, una necesidad de escapar de un yo cerrado para dar lugar a algo más grande, más desestabilizador[7]. Ahí está Nietzsche, claro, no en las frases citadas, sino en el gesto de romperse, de transfigurarse[8].
Cuando pienso en eso, cuando escribo, siento que la literatura cubana moderna no nació solo de un movimiento estético. Nació de una visita. De una irrupción perturbadora que, aún hoy, sigue cruzando habitaciones oscuras y cuerpos febriles. Y quizás por eso seguimos escribiendo: para no olvidar que fuimos poseídos. Para darle forma a lo que insiste en venir, incluso cuando ya no lo llamamos.
A veces me descubro leyendo los Versos precursores como quien sostiene una carta que nunca le fue enviada, y sin embargo, escrita para uno. La producción lírica de José Manuel Poveda, tan contenida en número como desbordada en intensidad, ha sido para mí una de esas experiencias que no se leen: se reciben. Porque algo en ella —en esa voz temprana, desgarrada, expectante— no sólo anticipa una transformación estética en la poesía cubana del siglo XX, sino que abre, sin pedir permiso, una grieta: la del espectro, la figura que irrumpe cuando menos se la espera, que no se presenta del todo, pero tampoco se ausenta. Desde que encontré su Sol de los humildes, no he dejado de volver a él como quien vuelve a una cicatriz que no termina de cerrarse[9].
Derrida me dio las palabras para esa sensación que tenía y que no lograba decir. Él habla de la hauntología[10], de la lógica de lo que viene sin haber venido nunca del todo. Y entonces entendí: lo que leía en Poveda no era un poema de humildad como virtud ni como postura moral, sino como estado de espera —no pasiva, sino atenta, casi febril— ante lo que no cesa de insinuarse. El poema deja de ser forma, estructura, símbolo, y se convierte en umbral. En esa frontera incierta entre la página y el temblor.
Lo espectral, me repito, no se deja atrapar. No hay archivo posible que lo contenga. Se escurre entre los signos, como una respiración que no proviene de ningún cuerpo. En Poveda —y esto lo siento más que lo sé— el espectro no se tematiza: se experimenta. Está en la elección de una palabra, en una pausa, en la sintaxis que se desvía. En la manera en que algo parece venir desde más allá del poema. Como si lo hubiese dictado una sombra.
Y entonces miro su prosa, sus artículos, sus fundaciones, su fervor editorial. Todo ese impulso de fundar grupos, sociedades, revistas… No lo leo como afán de protagonismo, sino como deseo desesperado de convocar lo ausente. Como si intuyera que el arte podía ser una especie de ritual, un escenario donde lo invisible pudiera hablar. No con voz nítida, no con claridad, sino con un susurro. Pienso en esa frase de Lévinas que alguna vez anoté en un margen: el Otro me habla, incluso si no dice nada.
Y luego está su novela, Senderos de montaña, que su esposa destruyó. Ese gesto, esa pérdida, esa desaparición, se ha convertido para mí en una de las imágenes más fuertes del archivo spectral. Porque lo que no fue, lo que no llegó a ser texto, a veces resuena más que lo que sí fue escrito. Aquel manuscrito ausente, del que apenas quedan ecos, es ya, por eso mismo, una presencia inquietante. Una promesa rota, sí, pero también una llamada que no se puede ignorar.
El archivo de Poveda, si algo me ha enseñado, es que la literatura no es el lugar del saber ni del recuerdo, sino de la escucha. Y que escribir —como leer— es afinar el oído a lo que no tiene lugar todavía. A lo que quiere venir pero no encuentra cuerpo. Quizá por eso sigo regresando a él. Porque cada lectura es una pequeña invocación. Porque hay voces que no terminan de irse. Porque —y esto no me lo quito de encima— a veces siento que no fui yo quien encontró a Poveda, sino que fue él quien vino a buscarme.
Nunca he podido quitarme de encima la imagen de Nietzsche apareciendo en la alcoba de Poveda. No sé si fue un sueño, una fiebre, una epifanía o una broma del insomnio —pero desde que supe de ese episodio, lo sentí más verdadero que cualquier dato biográfico. Hay algo en su escritura que sigue ahí, suspendido en ese filo donde la vigilia roza alucinada el sueño, donde la vida cotidiana se abre de pronto como una grieta, y por ella entra la intensidad devastadora de la literatura[11].
Poveda no leyó a Nietzsche como se lee a un autor. Lo recibió. O mejor: lo alojó. Fue un médium —sí, me atrevo a decirlo así—, alguien que se dejó poseer por una voz intempestiva, por una energía que no buscaba sentido ni filiación. No se trataba de interpretar a Nietzsche, sino de abrirle la puerta. De dejarlo hablar desde dentro.
Yo no sé si habría tenido ese coraje.
A veces me pregunto qué clase de temblor hay que permitir en uno mismo para escribir como él escribió, con ese desgarro sereno, con esa contención que apenas oculta la tormenta. Porque lo que está en juego ahí no es sólo una poética, sino un tipo de entrega. Una forma de desposesión. Uno se vuelve canal de algo que no se explica, que no pertenece del todo al presente ni al pasado, como decía Derrida, sino que insiste desde otro tiempo —ese tiempo espectral que no cesa de rozarnos[12].
No sé si Poveda fundó una tradición. Tal vez sí. Pero sí sé que algo de él sobrevive en cada verso que se queda abierto como una herida, en cada poema que no termina de decir lo que dice. Hay palabras que no quieren obedecer, y cuando eso ocurre, siento que él está ahí, agazapado en la página, moviendo los labios con esa sonrisa casi triste que uno se imagina en los poetas que saben demasiado pronto lo que les va a pasar.
El espíritu del superhombre no murió en Europa. A veces tengo la certeza —irracional, lo admito— de que camina por las islas. Que aún recorre las bibliotecas vacías, las revistas polvorientas, los versos que quedaron inconclusos en los márgenes de un cuaderno. Como si no quisiera irse del todo. Como si nos estuviera esperando. O tal vez, llamando.
Y yo —como lector, como testigo— no hago más que acercar el oído.
[1] Jacques Derrida, Espectros de Marx (1993). En esta obra se desarrolla el concepto de hauntology, entendiendo el espectro como aquello que no pertenece ni al presente ni al pasado, sino que irrumpe desde un lugar otro que desestabiliza toda presencia.
[2] Rafael Estenger, “Nietzsche y Poveda”, en Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1943
[3] Relato del encuentro visionario del poeta con la figura del filósofo alemán. «Recuerdo claramente cómo Poveda me contó la historia de un ángel que tomó su mano para ayudarlo a escribir el último verso de un soneto, y el momento maravilloso en el que tuvo la oportunidad de discutir sobre la guerra con el espíritu de Federico Nietzsche. El poeta, buscando provocar un estado supraconsciente entre la exaltación de la vigilia y la languidez del sueño, había consumido una mezcla de morfina y cocaína. De repente, vio a Federico Nietzsche cruzar la puerta, vestido con una túnica blanca de apóstol que se deslizaba suavemente por el suelo. Deteniéndose junto a la cama donde el poeta yacía reclinado sobre almohadones, en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, el inesperado visitante inició un diálogo sobre la guerra que en ese momento asolaba Europa».
[4] Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana (1995). Derrida argumenta que todo archivo es una construcción de la memoria que se funda en la pérdida y en la repetición diferida.
[5] José Manuel Poveda, Prosa moderna, ed. Ciro Bianchi Ross, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986. Esta compilación permite reconstruir parte del archivo literario y cultural que el autor fundó y distribuyó en revistas como Letras, Revista de Avance y otras.
[6] José Manuel Poveda, “Los seudónimos y el doble en la literatura”, en Crónicas y ensayos, La Habana, Biblioteca Nacional, 1924, pp. 73–78.
[7] José Manuel Poveda, “Los seudónimos y el doble en la literatura”, en Crónicas y ensayos, La Habana, Biblioteca Nacional, 1924, pp. 73–78.
[8] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (1883–1885). En especial, el capítulo “De las tres transformaciones”, donde se menciona el devenir del espíritu como camello, león y niño, puede leerse en clave de espectralidad y tránsito de fuerzas.
[9] osé Manuel Poveda, Versos precursores, La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1917, p. 19. Véase la correspondencia recogida en Epistolario íntimo de José Manuel Poveda, ed. Salvador Arias, Santiago de Cuba, Ediciones Oriente, 1980, donde se documenta la creación y objetivos de estas agrupaciones.
[10] Jacques Derrida, Espectros de Marx
[11] Testimonio en Francisco Ichaso, “Notas para una biografía de Poveda”, en Revista Orígenes, núm. 8, La Habana, 1948, pp. 40–42.
[12] Derrida, Espectros de Marx, op. cit. “El porvenir es lo que viene del espectro. La justicia es lo que está por venir.”