El caso Defoe

Por Waldo González López

Cuando nació Daniel Defoe en la parroquia de Saint Giles en el adusto Cripplegate de 1660, solo unos meses atrás había finalizado la revolución burguesa inglesa que, en su tercera etapa (1649-1660), lograra entronizar la clase emergente que había sufrido hasta entonces un status feudal, pues tal cariz tenía aquella sociedad, como sus leyes e instituciones, dirigida por la monarquía absoluta, aliada a la Iglesia Anglicana. [1]

De tal suerte, la naciente burguesía ansiaba abrirse paso sobre la retrógrada senda feudal que dificultaba su desarrollo. Mas, la revolución, guiada por los poderosos, impidió la necesaria participación de elementos populares en su dirección. El pueblo     —sin cuyo apoyo la burguesía no habría alcanzado el poder— no obtuvo mejoras: de explotado por los señores feudales pasó a expoliado por los petulantes burgueses, quienes sí lograron el poder político que requerían para su despliegue económico. [2] La revolución burguesa inglesa, pues, señalaría el final del tránsito de la Edad Media a la Moderna y el cambio del régimen feudal al capitalista.

   En este marco histórico, viene al mundo el pequeño Daniel. Su padre era carnicero, y su familia, del partido de los Whigs (Liberales) o disidentes, que pretendían un Parlamento carente de monarquía y de los privilegios de la nobleza. Los Whigs odiaban a los Tories (Conservadores), sus enemigos irreconciliables que ansiaban una vida monárquica donde no existiese el peso del severo Parlamento.

El pequeño Defoe es educado en los estrictos principios de la religión anglicana; luego, ya joven y a instancias de su padre, inicia la carrera eclesiástica que pronto debe abandonar por falta de recursos («fue el primer desastre de mi vida», diría más tarde de esta tentativa). En la escuela estudia lenguas vivas y su predilecta geografía, así como historia, redacción y una necesaria materia en este tiempo racionalista: matemáticas.

Hacia 1685 se dedicará al comercio como agente de negocios (telas y otras mercancías). Se cuenta que alguna vez llegó a obtener una ganancia de ochenta y cinco mil libras esterlinas. Esto —unido a que once años después continúa negociando, ahora con ladrillos y tejas— muestra su innata condición de emprendedor. Por ello se le ha llamado «el perfecto comerciante inglés», tal titulara una de sus primeras publicaciones.

Durante esta época viaja por Italia, Francia, España, Alemania y Holanda, países donde vive breves temporadas y sus negocios quiebran no pocas veces por ser «dispendioso y derrochador». Cuando abandonan los Orange el poder, comienza su vida política y, publicista de su partido, inicia la publicación de sus primeros trabajos políticos. En consecuencia, concibe en 1868 el ensayo «Cuestiones sociales», estudio sociológico donde formula sugerencias para la creación de un banco nacional, asociaciones, asilos, enmiendas a las leyes sobre quiebras y planes para organizar centros de estudio. También escribe entonces a favor de la instauración de un ejército permanente. Es además, por esta época (1700), cuando añade el «De» a su apellido, con evidentes ínfulas aristocratizantes, el ahora Consejero Real en asuntos comerciales.

Sus biógrafos coinciden en afirmar que participó activamente en las luchas políticas y religiosas de su tiempo. Gozó del favor de los poderosos, pero a veces estos le fallaron, pues fue encarcelado en dos ocasiones y, en otra, fue llevado a la picota pública, tras haber sido condenado a perder las orejas y a pagar doscientos marcos de multa. De alguna manera, este susto le valió lo que buscaba: La Fama, porque su partido lo defendió de los insultos de los Tories y le llenó el cadalso de flores. La causa de esta condena fueron sus «Procedimientos expeditivos contra los disidentes» (1702), artículo anónimo donde simulaba —aparente apología: burla, burlando— apoyar la política del contrario partido Tory. Recomendaba allí fantásticas penas para los componentes de su propio grupo político. La engañifa duró el tiempo necesario para provocar la suficiente burla contra los Tories, quienes al fin se percataron de la sátira e hicieron arrestar a Defoe, tras llevar a la hoguera su panfleto. El retórico lenguaje del tribunal de peluca y toga perfiló entonces al mordaz reo como a «un hombre de estatura mediana, flaco, de unos cuarenta años de edad, de cabello negro […], nariz ganchuda, barbilla aguda, ojos grises y un gran lunar cerca de la boca».

Su famoso «Himno a la picota» (1704), en el que reprochaba al gobierno su injusticia, no solo le ganó la simpatía de muchos, sino asimismo la libertad al año siguiente. Robert Harley, Speaker de la Cámara de los Comunes, influyó sobre este hecho, que muy bien pagó Defoe escribiendo artículos y «trabajando» para aquel como agente electoral y espía en Escocia.

En 1695, con la libertad de imprenta, se inicia en el país el periodismo. En la cárcel Defoe había fundado y publicado «el primer periódico regular inglés»: The Review (1704-1713), con gran cantidad de páginas, todas de su mano. A este tabloide, sustituto de las entonces populares hojas volantes y de los «semanarios morales», se lo considera el precursor de la prensa moderna y a Defoe, el primer periodista. [3]

Esta profesión le brindaría el «procedimiento periodístico» tan gustado y logrado por el autor en sus novelas. Por poseer además tan eminente don de observación en su prosa vivaz y sucinta, sería comparado con su posterior coterráneo Charles Dickens (1812-1870) por el ensayista G. Simpson en su Compendio de la historia de la literatura inglesa. Este estudioso de su vida y obra, del mismo modo, asegura allí con pasión que el también fundador de los sensacionalistas Mist’s Journal y Applebee’s «era el periodista perfecto». De lo que no cabe duda es que Defoe —junto a Jonathan Swift (1667-1745)— dio el primer gran impulso a dos «géneros» que en su patria resaltarían durante el siglo xviii: la novela y el ensayo.

Ahora Defoe seguiría escribiendo historias «verdaderas» sobre piratas, ladrones y aventureros. Publica por esta época, entre otras novelas, El capitán Singleton (1720), Cartouche (llevada al cine, en 1962, por el realizador francés Philippe de Broca, y protagonizada por Jean-Paul Belmondo y Claudia Cardinale) y El coronel Jack (1722). Y adelantándose casi siglo y medio al gran anticipador galo Julio Verne (1828-1905)        —quien diera a las prensas en 1872 La vuelta al mundo en ochenta días— publica Un nuevo viaje alrededor del mundo (1724), sin olvidar, por supuesto, su ya en el título deliciosa Historia política del diablo, desde su expulsión del cielo hasta la venida del Mesías. Con interesantes datos acerca de su origen y de los hechos que ha realizado y algunas consideraciones sobre los errores de ciertos autores respecto a las causas de su caída (1726), donde su habitual ironía —inglesa como el humour y, por ello, próxima a la de sus contemporáneos: el irlandés Jonathan Swift y el francés Francois Marie Arouet, Voltaire (1694-1778)—, deviene, por su causticidad, el arma más filosa contra algunas religiones. Sobre su famoso y luciferino personaje, al que nombra «Papa Diabolus», apunta con jocosa incredulidad ya en el primer capítulo: «[…] no creo que pareciera tan espantoso si se pudiera conversar con él cara a cara».

Prefería el narrador —decisivo periodista a fin de cuentas— los temas de la actualidad: no en balde conocía que el público inglés, tan práctico y racional desde entonces, no gustaba de la ficción porque prefería una literatura plena de verosimilitud que reflejara, apoyándolas, sus ideas y tabla de valores. Y porque, además, era un cronista de los hechos más importantes por ese espíritu de periodista señalado antes, Defoe —también el primero en crear una revista que estimulaba la fundación de cajas de ahorro y sociedades de seguro— dirigía su obra a una burguesía que cumpliría su necesario papel histórico. En consecuencia, tras la tormenta de 1703, escribe una Colección de los más notables desastres y pérdidas ocurridas… tanto en el mar como en la tierra y —al fabular la peste que cundiera en el país durante su infancia— testimonia aquellos horrores, enriqueciéndolos con no poca ficción, en el Diario del año de la peste (1722): la gran crónica sobre la peste bubónica (1665-1666), en la ciudad del Támesis que varias centurias más tarde (siglo xx) elogiaría un discípulo suyo contemporáneo: Gabriel García Márquez, del cual no transcribo sus palabras de elogio porque son harto conocidas. [4]      

Asimismo, su narración breve La aparición de Mrs. Veal (1706) parece obra de imaginación, si bien devino el resultado de sus investigaciones, por lo que puede decirse, igualmente, que fue Defoe el iniciador del periodismo de investigación, tan utilizado hoy en los diarios de todo el mundo.

Mas, al igual que su contemporáneo galo Charles Perrault (1628-1703), el ansiado éxito le llegaría tarde: a los 58 años. Explotando dos temas que eran el interés del momento: el naufragio del escocés Alejandro Selkirk y el cautiverio de Robert Knok en Ceilán (1660-1680), publica en 1719 y, acorde con el gusto en moda ad usum de entonces: extensos títulos, su creación más celebre y la principal por la que pasaría a la posteridad: La vida y las singulares y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marino de York, que vivió sin compañía, durante veintiocho años, en una isla desierta de la costa americana, cerca de la desembocadura del gran Orinoco, tras haber sido arrojado a la orilla, a consecuencia del naufragio en que perecieron todos los tripulantes del navío, salvo él; con la narración del modo, no menos singular, cómo fue libertado por unos piratas. Obra escrita por él mismo.  

Sin embargo, el naufragio de Selkirk apenas duró cuatro años y cuatro meses (1704-1709), según el relato que le hiciera al novelista el «revoltoso y arisco» marino (a quien, además, se le atribuye la invención del paraguas); mas el talentoso y experimentado Defoe lo aumentaría con la suficiente ficción que alcanzara los «veintiocho años, dos meses y diecinueve días que le atribuyera a la estadía de Robinson en «su» Isla.         

La voluntad testimoniante de Defoe, aportada por la práctica periodística —que tantos escritores de diversas regiones del mundo ha ayudado a formar—, acrecentaría el realismo, al describir las reacciones de los indígenas ante las detonaciones de las para ellos desconocidas armas de fuego, tal si hubiese leído el autor las crónicas de las Indias, escritas por los colonizadores. Leamos un breve fragmento que muy bien ilustra lo que digo, por cuanto se emparienta a todas luces con las «cartas de relación cortesianas»      —estudiadas por Alfonso Reyes en sus señeras Letras de la Nueva España— y con otras obras del imperecedero género. Así, Defoe escribe en el capítulo XX «A rescatar otros blancos» que «los indígenas no entendían cómo era posible que unos hombres arrojasen fuego, tronasen y mataran a gran distancia sin levantar siquiera el brazo». Y añade, denotando los elementos que quiere destacar: «Creían que todos los que se acercasen a la isla encantada serían abrasados en el fuego celeste.»

Como en Aventuras del Capitán Singleton (1720), Moll Flanders (1722) y otras obras defoeanas —que facilitaron la llegada de la novela social y de caracteres—, en Robinson… también están presentes esa «audacia realista» como la original precisión en el detalle que asombraron al estudioso Paul Van Tieghem. [5] Tal realismo descriptivo resulta para Rene Wellek y Austin Warren «una documentación aparente que se brinda en aras de la ilusión». En fin, esas mentiras que parecían verdades, siempre destacadas en toda su obra, en esta novela lograron superar el auténtico testimonio del propio Selkirk en sus Memorias. De tal suerte, Robinson… prefiguraría no solo conceptualmente una buena parte de la posterior novela romántica de aventuras, sino además delineaba ya, de señalada manera, un arquetipo más real que de ficción en el héroe robinsoniano, trazado muy acorde con la propia personalidad de Defoe y las circunstancias y peculiaridades socioeconómicas de su época generadas en su clase y, por supuesto, en sí mismo.

El novelista señalaría que Robinson (su alter ego) era cualquier inglés que vive en una isla desierta, como… un inglés llamado Daniel Defoe, agrega este crítico. Porque Robinson (Daniel) Crusoe (Defoe) es el arquetipo del pionner inglés que se asentaría en alguna de las Trece Colonias norteamericanas y que hará todo lo posible por triunfar en su empeño. Robinson es «colono y negrero» (así titula Defoe el capítulo IV de la novela). Recordemos que salva al indígena Friday (en español se ha traducido Viernes y Domingo), con el fin de ser servido. Además, era necesario integrarlo a la Iglesia Anglicana: «civilizarlo».

Ya en el capítulo inicial, «Primeros viajes», Robinson confiesa que «el buen éxito despertó mi codicia». Luego en Brasil (capítulo IV) su ambición aumenta, tal lo revela cuando afirma que «[…] pronto noté la gran comodidad en que vivían aquellos colonos y la sorprendente rapidez con que hacían fortuna». Allí, en esa tierra inexplorada, «pude adquirir, a buen precio, una considerable extensión de terrenos incultos».

Nicolás Joseph de Ribera, contemporáneo de Defoe, corroboraba en su Descripción de la Isla de Cuba (1757?) la significación de la trata de esclavos en las colonias americanas para la metrópolis, «comercio [que] tan importante ha parecido en todos tiempos», sugería el españolizante Ribera a la Corona hispana en su obra antropogeográfica y económica.

Mas, lo que poseía no le bastaba a Robinson; con delectación soñaba con Guinea, de la que tanto le habían hablado sus amigos negociantes. De allá, le tentaba «el modo de comerciar con los negros, la facilidad con que se podía obtener de ellos polvo de oro, granos, colmillos de elefante y aun negros esclavos para los cultivos del campo brasileño». Añade asimismo: «[…] y todo a cambio de baratijas como collares, tijeras bolas de cristal y otras cosas de menos valor». El propio Ribera ilustra aún más las anteriores palabras de Robinson, cuando colige: 

Un Ynglés v.g. de Bristol ó de Londres con frioleras para las costas de Guinea, en ellas las permuta por marfil, oro ú negros. Y después navega a alguna de sus colonias de América, donde procura venderlos como se puede según las ocasiones. Recive azúcar, run, jengibre, añil, algodón, y otros frutos y vuelve a Inglaterra. En este giro hace quatro comercios y de ordinario adelanta mucho su principal. [He respetado la grafía del original. W.G.L]

Prohibida la venta pública de esclavos y las tierras necesitadas de cultivo, colige Robinson que «no quedaba otro remedio que ir a buscarlos a las costas de África, desembarcarlos a escondidas y repartirlos luego entre los colonos». Y detalla su «cargamento», constituido por «artículos de quincallería: cuentas de colores, espejos y otras menudencias casi infantiles, de las que tanto deslumbran al hombre salvaje», mostrando su sentido de superioridad, abundantes en la obra.

Mas, este matiz no solo estaba encaminado al comercio; en el capítulo XVIII, «Un compañero», tras encontrar a Viernes, de inmediato Robinson le enseña a decir: «Mi amo, indicándole claramente que ese era yo», para enseguida también llamarlo «mi sirviente». Robinson, quien ahora se pretende preceptor del indígena, confiesa también en el capítulo XVIII (cuyo título es obvio: «Instrucciones de Viernes») que «nunca hubo servidor más fiel y sumiso que mi pobre sirviente». Como el infeliz «se aplicaba a las tareas con muy buena voluntad», dice Robinson que «entonces trascurrieron los años más felices que pasé en la isla». Y es tal la fidelidad del indígena, que llega a exclamar: «Yo morir cuando me diga morir mi amo.»

Por supuesto, Defoe no podía conocer las posteriores ideas de civilización y barbarie ignoradas pero asumidas por Domingo Faustino Sarmiento y criticadas por José Martí en el siglo xix, si bien el concepto de «buen salvaje» surge en la literatura y el pensamiento europeos de la Edad Moderna, tras el encontronazo con las comunidades indígenas de América, redenominadas luego pueblos primitivos y civilizados.

En varias ocasiones Defoe nombrará a Viernes: «salvaje» y «bruto», e incluso llega a conceptuar a los humildes habitantes de las islas de Juan Fernández (frente a las costas de Chile, donde viviera Selkirk), como «los peores salvajes del mundo». Hasta Nicolás Joseph de Ribera en su mencionada obra, suaviza su actitud sobre los «colonos y negreros» ingleses, quienes «no […] instruyen [a los esclavos] en la religión, y usan de ellos como bestias».

La condición eurocentrista defoeana de civilización, impone a Robinson su respuesta a uno de los «Inesperados visitantes» (capítulo XXI): «No temáis, señor. No soy más que un hombre, un inglés», tal si estas muestras de racista y chovinista superioridad eurocentristas ya lo dijeran todo. Y tal arista enlaza con el espíritu de Robinson ya visto, ese que en los contratiempos muestra su genuina faz. De tal suerte, en el capítulo II, «La esclavitud y la huida», queda prisionero del sultán marroquí y confiesa: «[…] sentí desesperación por esta brusca mudanza de mi suerte, al verme convertido de rico comerciante en mísero esclavo».         

La ambición colonialista y esclavista inglesa, seguiría incólume un siglo más tarde. Así, Edward Gibbom Wakefield (1796-1862), escritor en su país y terrateniente en Nueva Zelanda, sustentaba su teoría de la colonización protegida y controlada por el Estado en sus libros Inglaterra y América y El arte de colonizar, publicados en 1833 —época victoriana—, cuando hubo un éxodo de hombres que, ocultos tras un antifaz seudocientífico, codiciaban posesiones allende el mar, en tierras vírgenes y «de nadie»: América, África, Asia y Australia. [6]

Estos aspectos negativos antes analizados han convencido a pedagogos y críticos de disímiles épocas e ideologías recomendar la obra omitiendo los cuatro capítulos iniciales, cuando apenas exige su exclusión acaso el IV. No obstante tales aristas ¿deficientes? de la novela, Jean Jacques Rousseau (1712-1778) la estimó como una obra educativa de primer orden, y fue tal su admiración, que en las rigurosas selecciones de su Emilio o la Educación (1762), solo quedó Robinson. Como entendía que «la naturaleza no retrocede y los tiempos de inocencia y de igualdad no se recobran, una vez que se han abandonado», el filósofo ginebrino quería apartar a su hijo en aquel estado natural que él estimaba necesario para su Emilio, quien solo podría leer en su «vida retirada», esta novela impuesta por su severo y moralista progenitor.

Por otra parte, la narración sería considerada la primera novela moderna por el prestigioso especialista francés en las letras para niños y jóvenes Marc Soriano, quien la estimara la «más célebre de la literatura universal», pues posee indudables valores éticos y estéticos que la hacen merecedora de esa aceptación mundial subrayada por el ensayista galo. [7] En tal sentido, vale apuntar que fue tan leída en su tiempo, que podría denominarse como el primer best seller, solo comparable con el Quijote.

Escrita con una economía de recursos que aún hoy asombra, y llevada por un cautivante hilo narrativo en su prosa directa y fluida, la novela valoriza algunas de las mejores cualidades del ser humano. Y, entre estas, una de las más decisivas: la voluntad. Es justamente el tesón de Robinson el que le impulsa a crear las condiciones necesarias para subsistir en aquella isla deshabitada. Y tal afán por la subsistencia no solo beneficia a Robinson en cuanto a los conocimientos que va adquiriendo de orden geográfico, zoológico, botánico, náutico, etc., sino que, además y, sobre todo, le sirve para sopesar el auténtico valor de conceptos éticos que luego le ayudarán a soportar la soledad y el temor ante lo desconocido. Por ello dirá —en el capítulo VII, «Inquietudes y labores»—, tras comparar «lo bueno y lo malo» de su difícil situación: «[…] he aprendido el verdadero valor de muchas cosas, sobre todo, el de la necesidad que tiene el hombre de convivir entre sus semejantes». Al centro de la agreste soledad, también revela: «[…] he aprendido, y para siempre, cuánto vale el saludo, la sonrisa, el elogio o la crítica de mis semejantes». Mas, no conforme, algo después, afirmará resuelto: «[…] con reflexión y cálculo el hombre siempre es capaz de dominar cualquier arte mecánico». Ya pasado el suficiente tiempo en la isla, sabrá atesorar cuánto significan los «pacientes esfuerzos» tan necesarios en la vida.

Asimismo, acerca de la necesidad humana de conocimientos útiles, revela su azoro cuando exclama —capítulo X, «Granos, cazuelas y pan»—: «[…] es sorprendente la ignorancia que tiene todo el mundo del extraordinario número de cosas que hacen falta para producir ese alimento de consumo vulgar y diario llamado pan». Y añade con cierto orgullo: «Carente de recursos y abandonado a mí mismo, me di cuenta entonces de ello.»

En el capítulo XII, «Nueva zozobra en el mar», ante el peligro de ser arrastrado a las profundidades por la corriente y frente a la gravedad de tal instante, «comprendí entonces que la situación del hombre, por lamentable que sea, aún puede llegar a ser peor». Solo en ese momento se reprocha su «loca inquietud» anterior, que nos recuerda su juvenil y aventurero carácter sin desarrollo durante los primeros capítulos de la obra, para culminar: «Así somos de necios los hombres, que solo sabemos apreciar nuestros bienes cuando los perdemos.» Ya, evidentemente, no estamos ante aquel arrojado Robinson de las primeras páginas —carácter impetuoso que se fuga del hogar en un gesto similar al que tendría después el adolescente francés Julio Verne—, aquel joven inglés que nos confesaba su fascinación por el mar y sus sueños «con las aventuras llenas de peligros de los navegantes». Este Robinson madurado por las dificultades de una vida errabunda, confiesa en «Una huella espantosa» [capítulo XIV]: «Siempre que un hombre está poseído por el miedo, piensa y obra alocadamente.» Este lobo solitario afirma, seguro, en las líneas finales de la novela: «Fueron tantas y tan variadas mis aventuras, que ninguna historia verdadera podría competir con la mía. Ahora me parece una lección muy útil para los que quieran leerme», con lo que Defoe sugiere el carácter didáctico de su narración.

Son, en efecto, madurez y experiencia, a las que arriba yo aludía, las que puntualiza el narrador en el capítulo XX, «Inesperados visitantes», cuando ante la fugaz alegría por vislumbrar una nave inglesa que se aproxima, «ciertas dudas y recelos me aconsejaban obrar con prudencia».

En los instantes más difíciles y a punto de perder la vida, las cosas adquieren para Robinson su verdadero relieve. De tal suerte, el codiciado dinero no vale nada cuando, en la búsqueda apremiante de los necesarios implementos en el buque náufrago, encuentra algunas monedas que lo hacen exclamar: «¡Miserable metal! ¿De qué puedes servirme ahora? Uno solo de estos cuchillos vale más para mí que todos los tesoros del mundo.» Y su perro, que en la Inglaterra natal le resultaría una molestia, aquí en cambio se le presenta con su nítido valor: «Durante varios años fue mi fiel compañero. Me ayudaba en todo cuanto era capaz de hacer según su instinto; yo hallé siempre gran consuelo en su compañía.» Un rasgo de profunda sensibilidad en la novela es el pasaje cuando Viernes halla a su padre que, para Robinson, resulta «uno de los más emocionantes recuerdos de mi vida».

Acuñada como «la novela de la soledad» y «la más importante y hermosa de las de aventuras y viajes», y traducida centenares de ocasiones a infinidad de idiomas, Robinson tendría muchos seguidores; tanto influyó en la narrativa de la época, y posterior, de innumerables países. En consecuencia, el Dickens niño, estaría formándose en su lectura, y otros grandes escritores, si no la plagiaron, se sintieron deudores de esta novela de aprendizaje, por lo que a ella, como al también autor de Memorias de un caballero (1720), dedicarían sus libros como prueba de admiración. Por solo citar un caso, Robert Louis Stevenson (1850-1894), el intachable prosista e infalible justipreciado por el mexicano universal Alfonso Reyes.

Justamente por su popularidad, tendría adeptos y adictos en narradores de múltiples países: La isla de Felsenburg aparecería en 1743 de la mano de Schanabel; Campe escribiría en 1743 un Nuevo Robinson Crusoe en treinta y siete volúmenes, y J. R. Wyss daría a las prensas, en 1812, su Robinson suizo, mientras que Sthal Mulleer entregaría al público lector El nuevo Robinson suizo. En la Alemania del xix surgirían nada menos que setenta «robinsonadas». En 1857, Javier Saintine editaría ¡Solo! y Julio Verne, en 1882, La escuela de los Robinsones. Thomas Mayne concebiría Los Robinsones de Tierra Firme,y Roos Browne, para adultos, La Isla de Crusoe. Por último, también existe una versión brasileña —O Robinson da infancia— y una cubana, por lo demás harto moralizante y pedagógica que no didáctica: El Robinson Cubano, obra elemental de educación para los niños y para el pueblo, «versión» de la versión (¿reversión?) de Campe en traducción y adaptación de Iriarte, publicada por José María de la Torre, en La Habana de 1863.

El ensayista Pat Rogers valoró la obra de su coterráneo en el sustancioso trabajo Defoe: la herencia crítica, donde asedia con profundidadla personalidad del también poeta satírico de El inglés genuino (1801). Advierte Rogers aquí que la costumbre defoeana de publicar anónimamente muchas de sus obras, junto al puritanismo de la crítica decimonónica, conspirarían a favor del olvido a que fuera confinado el narrador hasta 1856, cuando de nuevo resultara aceptado y reconocido no solo como «el primer escritor notable de la nueva época», de acuerdo con Prampolini, en su vasta Historia universal de la literatura, donde igualmente exalta en aquel su sorprendente ingenio y su excepcional potencia creativa, peculiaridades obvias en cualquiera de sus piezas. Porque además, con justeza, se le valora como a uno de los más destacados prosistas de la literatura inglesa, por las características apuntadas, entre las que sobresale el realismo, tachado torpemente por el crítico y poeta francés Michel Butor de «superchería». 

Antonio Guardiola, apasionado traductor español de Robinson lo define como «el libro de todos los hombres, de todos los países y de todas las edades». Y es tan desmedida su admiración que, tras compararlo con el Quijote, Fausto, La Divina Comedia y Hamlet (¡!), entre otros monumentos de la literatura universal, llega a situarlo como «el verdadero libro inmortal». Por su parte, el británico Frank Leslie recuerda que es la obra con más venta en su idioma, exceptuando la Biblia.

Estos juicios impresionistas no son compartidos por este crítico y solo los añado como pruebas de la admiración generalizada sobre la novela.      

Daniel Defoe moriría en 1731 rodeado al fin de la fortuna que tanto había ambicionado y por la que había devenido un «caso» en la Inglaterra de finales del xvii e inicios del xviii. Solo que la felicidad anhelada y lograda ya en el ocaso de su polifacética existencia, se vería empañada por los rumbos de su hijo, quien se dedicaría como el padre a escribir artículos polémicos y panfletos sediciosos que volverían a desacompasar la burguesa paz de la establecida familia y no menos la del exhausto escritor.

(Publicado en el volumen Ejercitar el criterio. Crítica de narrativa, Editorial Primigenios, Miami, 2019.)


[1] Christopher Hill escribe en La revolución inglesa 1640 (La Habana, 1966): «La dependencia de la Iglesia en cuanto a la Corona tenía un siglo de edad por el año de 1640, y la alianza de ambas se basaba en la más estrecha comunidad de intereses.»

[2] Recalca Hill en su obra arriba citada: «Los partidos populares demostraron ser los opositores más militantes del Rey, mucho más vigorosos, despiadados y decididos que la misma burguesía.»

[3] En tal sentido, el colega Juan Gargurevich refiere: «[…] los estudiantes de periodismo […] que asumen seriamente la asignatura de “Nuevo periodismo”, son enviados a las páginas de Defoe por sus profesores. Porque nadie puede negar la enorme influencia que significó para la formación del periodismo de su tiempo el irreverente inglés y su igualmente indiscutible universalidad. Leer a Defoe, hoy, sigue siendo indispensable». Asimismo, y por su parte, Francisco José Suñer Iglesias refiere que el gran narrador describe en primera persona la epidemia que asoló Londres y sus alrededores entre 1665 y 1666. Y resalta que lo notable del libro es que fue publicado en 1722, mientras que Defoe había nacido en 1660, y con apenas cinco años, durante lo más virulento de la epidemia, poco podría recordar de lo sucedido entonces. De tal suerte, Diario del año de la peste deviene un minucioso trabajo de reconstrucción desde las primeras noticias de enfermos y fallecidos, hasta la desaparición total de la enfermedad. Narrada por un caballero (innominado) que se negó a abandonar la ciudad pese al evidente peligro que suponía simplemente pasear por sus calles, hace un recorrido exhaustivo por las diferentes fases de la expansión de la plaga.

[4] Este dato revela el halo testimonial que Defoe —tildado por un detractor… ¿o envidioso? como «el mayor embustero de su tiempo»— quiso conferir al «relato de un náufrago». Mucho después, García Márquez mostraría su admiración por Defoe, al emplear este título en su reportaje sobre el sobreviviente de otro naufragio, héroe de Colombia: Luis Alejandro Velasco.

[5] En Historia de la literatura universal, Edición Revolucionaria, La Habana, 1967.

[6]  En el comentario «Ser británico», de James Joyce (1882-1941) —incluido en sus Escritos críticos y afines (Eterna Cadencia, 2016, traducido por Pablo Ingberg)— el gran narrador irlandés expresaría con dureza sobre su cercana Inglaterra y el célebre autor: SEGUIR

La obra maestra de Daniel Defoe, Robinson Crusoe […] presenta estudios y esbozos para aquella gran figura solitaria que obtuvo más tarde, con el aplauso de tantos corazones […] de hombres y de chicos, la ciudadanía del mundo de las letras. El cuento del marinero náufrago que vivió cuatro años en la isla solitaria nos revela, como ningún otro libro quizás en toda la larga literatura inglesa, el instinto cauto y heroico del animal racional y la profecía del imperio. La crítica europea se afana desde hace varias generaciones y con una insistencia no del todo amigable por dilucidar el misterio de la inmensa conquista mundial llevada a cabo por aquella raza, que vive a duras penas en un islote del mar nórdico y no ha sido dotada por la naturaleza de la inteligencia del latino ni de la paciencia del semita ni del celo germánico ni de la sensibilidad del eslavo. La caricatura europea se divierte desde hace varios lustros en contemplar con alegría no exenta de desánimo a un hombre desmesurado de mandíbulas de macaco, de ropas a cuadros demasiado cortas y estrechas, de pies enormes o bien al tradicional John Bull, el pingüe granjero, de cara fatua y rubicunda como la luna llena y de sombrero de copa. Ninguno de estos dos fantoches habría conquistado en mil siglos un palmo de tierra. El verdadero símbolo de la conquista británica es Robinson Crusoe […], náufrago en una isla solitaria, con un cuchillo y una pipa en el bolsillo, se convierte en arquitecto, carpintero, afilador, astrónomo, tahonero, constructor naval, alfarero, bastero, agricultor, sastre, sombrerero y clérigo. Él es el verdadero prototipo del colonizador británico, como Viernes (el fiel salvaje que llega allí en un día infausto) es el símbolo de las razas sometidas. Toda el alma inglesa está en Crusoe: la independencia viril, la crueldad inconsciente, la persistencia, la inteligencia tarda pero eficaz, la apatía sexual, la religiosidad práctica y bien ponderada, la taciturnidad calculadora. Quien relea este libro simple y conmovedor a la luz de la historia subsiguiente no puede no experimentar su encanto fatídico. San Juan Evangelista vio en la isla de Patmos el derrumbe apocalíptico del universo y el erguirse de las murallas de la ciudad eterna rutilantes de berilo y esmeralda, de ónix y de jaspe, de zafiro y de rubí. Crusoe no vio más que una maravilla sola en toda la creación fecunda que lo circundaba, la huella de un pie desnudo sobre la arena virgen: ¿y quién sabe si esta no pesa más que aquella?

[7] Vid. Guide de la littérature enfantine, Flammarion Éditeur, Paris, 1959.

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