El café de La Habana no sabe a nada

Por Héctor A. Rodríguez

Corrían los primeros años del inicio de la destrucción de Cuba. Su líder genio derrochaba todo lo que tenía y no era de su propiedad. Tan es así que su finca de Birán le resultaba pequeña y se apropió de toda la isla como si fuera de él. En ese contexto, dirigió el país durante 17 años sin constitución alguna y no rindió cuentas a nadie sobre los gastos de su gestión. Esto no quiere decir que con los años lo hiciera, pues nunca lo hizo.

Lo cierto es que, si se vio obligado a planificarse un poco, era porque la jerarquía rusa a la que estaba sometido, así se lo exigía. Se le ocurrió la idea de ahorrar el transporte del café de Oriente a Occidente, produciendo café en los alrededores de la ciudad capital. Inventó el plan que llamó El Cordón de La Habana, a lo largo del territorio que abarcaba desde el túnel de la bahía hasta Rancho Boyeros, ocupando una forma de cordón que circunvalaba la ciudad. De ahí su nombre.

Para llevar a cabo este plan, construyó pueblos para asentar a campesinos desplazados de las montañas del Escambray, con el objetivo de combatir a los contrarios a su régimen. Todos los días, movilizaba a centenares de habaneros en camiones para establecer los viveros, sembrar los árboles de sombra, limpiar los campos de malezas y realizar todo lo necesario para establecer 20 mil hectáreas de café o sembrar 100 millones de plantas a 5 mil por hectárea.

A los universitarios nos estableció un día a la semana como obligatorio ir al café y un domingo al mes asistir a la preparación combativa; de no participar no nos dejaban estudiar en la universidad. Así, todo el pueblo participaba en el nuevo plan, incluso los ancianos del parque central. Ellos llevaban semillas, tierra y bolsitas plásticas para ponerlas dentro. Como nadie controlaba esto, los ancianos no sembraban las semillitas de café en las bolsitas, sino que las sembraban en sus bolsillos. Al fin del día, llevaban a casa el café del día, lo tostaban, lo molían y lo colaban enseguida.

Muchas plantas no nacieron en los viveros por estos ancianos. Le echaban la culpa al imperialismo. La variedad escogida fue una mutación del Bourbon que ocurrió en Minas Gerais, Brasil, y se llamó Caturra. Esta era menos exigente en altura, pero no para estar al nivel del mar, ya que el clima cálido era muy propicio para la enfermedad Roya que en Cuba no existía. Por otro lado, la temperatura ideal era alrededor de 14 grados centígrados, y en Cuba la temperatura promedio es de 28 grados centígrados. Pero para nuestro gran líder no había obstáculos y nada de esto era limitante.

Nadie podía oponerse; de lo contrario, desaparecía. Se habían sembrado ya 900 mil árboles frutales; 100 millones de matas de café, 15 millones de matas de leguminosas, 2 millones de plantas forestales. El proyecto fracasó cuando se descubrió que las plantaciones no progresaban, debido a que estaba afectada por la roca madre caliza que daña el café. Era muy difícil saber eso antes de gastar más de 75 millones en aquellos años en plantas. Más de 11 millones en transporte, 50 millones en construcciones, 15 millones en salarios. Sumando todo más de 150 millones al año por gusto, para que al final el café de La Habana no supiera a nada.

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