Por: Lorenzo Reina

Había llegado retrasado, y en vez de entrar por la puerta principal, se escurrió por la del patio. Buscó un taburete bajo la luz tenue de varias lámparas y lo arrimó a una pared, alejado de la sala donde comenzaban ya los preparativos para el rito.  El acompasado toque de un bongó y un pungente olor a albahaca inundaba el espacio. Reconoció en un grupo a su amigo Melecio, quien tomado de la mano con dos mujeres, musitaba unas plegarias   alrededor de una divinidad africana.

¨Demasiado tarde para escapar” Pensó, al percatarse de que alguien cerraba todas las puertas que daban al salón. A su alrededor, soperas de porcelanas con incrustaciones de peces, estrellas y caballitos marinos;  pulseras y collares de abalorios; cirios, y atributos variopintos ofrecidos a los orishas. Una sopera en particular le llamó la atención: pintada en rojo y negro y  orlada con las  bocas abiertas de  cientos de  caracoles.  Un tufo de aguardiente mezclado con humo se le metió de súbito  por la nariz y lo hizo estornudar. Después sintió un intenso escozor en las axilas y las verijas. Disimuló lo mejor que pudo, calmando la picazón  con discreción, sin apartar los ojos de Melecio quien parecía estar entretenido en sus alabanzas. 

-Por favor mueva  la silla hacia aquel rincón– alguien le susurró al oído. Al volverse, se encontró con un escaparate de mujer, vestida de blanco, con varios collares multicolores alrededor del cuello y un  turbante. 

– ¿Cuánto tiempo dura esto?-  aprovechó para preguntar mientras desplazaba la silla.

La mujer  pareció sorprendida. Luego le dio una mirada de pies a cabeza como si lo estudiara.

-¿A usted no le han explicado  que cuando se entra en estas ceremonias no se sale hasta que se termina la misma? 

Hizo un gesto afirmativo porque el escrutinio de la mujer lo desconcertó por unos segundos. La sintió metida bajo su piel,  indagando la verdadera razón porque la que estaba allí. En realidad había venido por curiosidad y por invitación de Melecio,  pero ya estaba aburrido  y necesitaba un cigarro, irse a un bar y darse varios  tragos. 

Observó a Melecio acomodarse  en un rincón en el otro extremo del salón. Había unas veinte personas congregadas; todos vestidos de blanco. Las mujeres con blusas y  faldas largas de algodón que le llegaban a los tobillos; los hombres con guayaberas y pantalones de hilo.   Las flores, las plantas exóticas y un perfume de agua de verbena  enrarecían  el ambiente. 

La mujer se alejó y llegó otra,  minutos más tarde. Tenía el rostro afable, y era muy vieja y  encorvada y sin mediar introducción alguna le tomó una mano.

– Me han dicho que se quiere ir, ¿por qué?

En ese momento el deseo de fumar y el escozor cesaron al unísono.

¿Algo le  aqueja? ¿Por qué está tan preocupado?- le preguntó la anciana con familiaridad, como si lo conociera.

– A mí no me ocurre nada, gracias.- se apresuró a decir. -Solo acompaño a mi amigo Melecio, aquel que está allí. Llegué  retrasado y él ahora parece ignorarme.

La sacerdotisa   lo miró detenidamente.

-¿Está seguro?- insistió ella.

La observó incrédulo. ¿De dónde habría sacado la  vieja  que él tenía un problema? Cualquier cosa que ella supiera sobre él, de seguro sería de la boca de Melecio.

-Su amigo Melecio me ha hablado muy bien de usted. Melecio es un buen hombre y lleva con nosotros muchos años… Somos como familia. Mi nombre es Emelina.

Emelina se inclinó y con una mano sacó de un cubo un ramillete de hojas, luego fue hasta un altar y extrajo de una gaveta soterrada un tabaco y lo prendió, e inhalando y exhalando varias volutas de humo se acercó.

 ¨Yo no quiero meterme en su vida y sé que usted no cree en religiones.  Celedonio  -continuó ella. – Solo quisiera aconsejarle que regrese cuando de verdad sienta la necesidad de creer en algo.  El problema que tiene su hijo viene de atrás; no es culpa suya pero amárrelo fuerte que se lo llevan.

Celedonio sintió una gran asfixia, algo presionando su cogote. Emelina  había descubierto  la razón oculta de su visita, del terror que no había confesado aún a nadie. Sus ojos se nublaron.  El aire enrevesado se le metió de un golpe en la nariz, haciéndolo retorcerse con varios estornudos.  La santera  había dado justo donde dolía.

– Ahora puede irse Celedonio.. El bembé a Elegguá va a empezar en unos minutos.

 Celedonio se levantó presto del taburete,   pero no fue muy lejos. Al principio pensó que era un ligero mareo, y a continuación experimentó  una gran desazón,  se vio arrastrado de inmediato hacia una corriente humana con flores y velas. Sintió el aguardiente empapar la camisa, seguido de un ardor  increíble en cada poro.

Unos brazos musculosos lo levantaron momentáneamente del suelo. Hojas, pétalos y agua perfumada le cayeron sobre la cabeza y corrieron a raudales desde  la entrepierna hasta la  planta de los pies. Se quedó absorto, con la vista fija en un crepitar de llamas de velas. Alguien lo tomó de los brazos y zarandeó. Entonces vio un espiral de humo salir de un incensario y pensó que se desmayaba. Comenzó a temblar, sin control. Celedonio había entrado en una especie de trance.

¨Se montó¨  Murmuró alguien.

Melecio  se acercó,  trató de apartarlo, llevárselo a un rincón pero ya Celedonio estaba transfigurado, balbuciendo  incoherencias. 

– Seis números veo, allí, con las burbujas – exclamó con ambos ojos abiertos de par en par, señalando el incensario –Anota Melecio.. Cucaracha…jutía…alacrán… totí…majá…jicotea

Ninguno de los presentes veía más que volutas de humo. Melecio, siguiendo el deseo de su amigo, sacó de su bolsillo un lápiz y tomó un papel del suelo, escribiendo lo que le dictaba su amigo recién salido del trance. Desafortunadamente, nada legible había escrito, sino garabatos.

Bastante enojado por haber hecho el ridículo, Celedonio dejó a su amigo y  salió a fumarse un cigarro al patio. Melecio   buscó un taburete  en un rincón y permaneció allí, sentado y pensativo. Emelina vino a buscarlo para continuar con el rito pero le pareció encontrarse con otro hombre.

-¿Por qué él y no yo?-  le preguntó Melecio con voz queda. Emelina le puso una mano en su hombro.

– Elleguá es travieso, juguetón.  Es tan simple como eso. Pero el santo no se montó. Si eso hubiese sido, su amigo hubiera limpiado el piso con la lengua, lamido las llagas del leproso que teníamos presente.

A Melecio sin embargo le dolía el desaire que le había hecho la deidad. Después de todo, era él quien llevaba las flores y velas, y participaba con devoción de los rituales en su honor. Celedonio, en cambio, jamás había puesto pie en una iglesia. Reía de todas las religiones.

– Recoge la bola de papel que escribiste hace un momento- le dijo Emelina- En esos  garabatos, que no son tales sino palabras yorubas,  hay una prueba para tu fe-

El bembé  continuó durante toda la noche. Celedonio desapareció en algún momento sin decir adiós, ni siquiera a la deidad. Melecio  volvió a su casa por la madrugada, dejó la bola de papel sobre una mesa junto con sus llaves y se fue a dormir. Toda la noche se le pasó con pesadillas, dando infinidad de vueltas sobre la cama preguntándose cuáles habían sido esos números que le había dictado su amigo. Al otro día, por curiosidad, compró un ticket  de la lotería, apostando por los números que creía recordar de la noche anterior. No logró acertar ni uno.

Unas semanas más tarde, se estacionó frente a su puerta  un coche nuevo. Melecio reconoció a su amigo Celedonio descendiendo. Salió a su encuentro, y fue recibido por una sonrisa.

– No me esperaba una noche como la de la última vez que nos vimos, amigo. – dijo Celedonio mientras golpeaba sus bolsillos. – Aquí están los números con los que gané,  por si acaso quieres probar tu suerte.

Melecio se sintió triste y deprimido tan pronto se fue Celedonio, quien no quiso siquiera tomar café como en los viejos tiempos. Miró el papel que le había dado. Aún conservaba el ticket de la apuesta que había hecho. Respiró aliviado al confirmar que no se trataba de los mismos números, pero en un segundo vistazo notó que se trataba de los mismos números, pero invertidos. Enfadado, sintiendo que se trataba de una mala broma, fue hasta el pequeño altar en su sala. Por un segundo pensó en bajar la imagen del santo, las velas y las ofrendas y en renunciar a su religión, pero no pudo hacerlo.

Un año tuvo que pasar hasta que Celedonio volvió a su puerta, esta vez sin el carro nuevo y  solo. Parecía un hombre distinto, estremecido por un gran inquietud, extremadamente delgado  y con negras ojeras.

– He venido a pedirte un gran favor- dijo  Celedonio tan pronto Melecio le abrió la puerta. Melecio  no dudó en hacerlo pasar. Le sirvió una taza de café, esperando que le comunicara qué necesitaba un hombre con mejores medios económicos  de él.

– He perdido a mi hijo hace tres meses  por una sobredosis de cocaína.  Las mujeres van y vienen; nada duradero. Solo les interesa el dinero. Mi padre en cama, cada  día más enfermo. Mis amigos; todos huyen de mí como si tuviera lepra. Estoy más solo que la madre que me parió desde esa maldita noche. Dijo Celedonio y bebió un largo sorbo de su tazaCreo que ese dinero estaba destinado para ti y que nunca debió haber llegado a mis manos. 

Celedonio miraba las vigas en el techo, las esquinas de las paredes manchadas por la humedad. Finalmente rompió en lágrimas.

-No se acaba- sentenció. – Gasto mil hoy,  y días más tarde  los recupero, por las vías más extrañas que te puedas imaginar. Todavía tengo la misma cantidad que gané. Y con cada nuevo arribo de dinero,  viene otra calamidad. Y cada día me siento más débil; apenas como; duermo.

– ¿No has pensado en donarlo, en dárselo a los pobres y necesitados? –preguntó Melecio, adelantándose al pedido de su amigo.

Lo he regalado, tirado varios  dólares al mar, quemado, dado a los pobres y a la Iglesia. El dinero no se encoge, como si  fuera la  La piel de zapa; se reproduce más bien,  en la misma cantidad con que lo  gasto.  Al cabo de seis días, sin embargo, me llega una tragedia-, dijo Celedonio con una gran desesperación en la voz- Este dinero ha tenido que estar siempre contigo.

¨, ¿Para qué quiero yo complicame la vida ahora?  Solavaya¨ Musitó Melecio.

 Melecio  no obstante sintió un gran miedo. Se paró y caminó hasta el altar, hasta la figura del santo que lo había observado todo este tiempo. Cuando regresó a la sala, Celedonio había desaparecido. Esa misma noche Melecio fue a visitar a Emelina. Tras implorarle por una solución para su amigo, la respuesta fue rotunda después de consultar el caracol.

– Mejor que siga su curso. No se pide dinero durante un bembé a un santo porque lo concede, con un precio. 

-Pero acaba de perder a su hijo  -explicó Melecio.

-Yo le advertí sobre su hijo. Era inevitable. Con dinero o sin él

Abatido, Melecio regresó a su hogar, donde se estremeció al encontrar frente a su puerta una caja, junto a una nota de su amigo:

Mi gran amigo: te dejo toda la plata.  Desde hace una semana  vivo bajo un puente de la autopista y nunca he dormido tan bien en mi vida.  Haz lo que te  plazca con el dinero. Tal vez estaba destinado para ti.  Fui incrédulo, puse tu fe a prueba con la más prosaica de las peticiones: riqueza.. Siempre he creído que lo que está destinado para ti,  no hay quien te lo quite y esa noche del bembé, tú eras el escogido por la buena suerte. No sabes cuánto extraño a mi hijo, lo único de valor que tuve y no supe apreciar. Solo quiero morir ahora con su recuerdo. Deséame buena suerte; tu amigo Celedonio.”

Melecio  leyó la carta dos veces y concluyó que no era una broma. Al entreabrir  la caja,  descubrió que estaba abarrotada de billetes. Supersticioso como era, no deseaba nada de aquel regalo que había traído pesares  a su amigo. Entró en la casa y metió la caja con el dinero bajo la cama, convencido de que si tenía un hechizo, ni los ladrones la tocarían. Cargó con las pocas cosas de valor que tenía (incluido el altar), y cerrando bien las puertas, se montó en su coche y  se fue a pasar la noche en un hotel, dejando  el resto atrás.  

Pero una intensa curiosidad le aguijoneó  a la mañana  siguiente.  En la caja debía haber como medio millón de dólares, una suma respetable que le resolvería muchos   problemas. Quizás Celedonio había exagerado, había perdido la razón a consecuencia de la muerte de su hijo. Regresó a casa  y encontró la caja tal como la había dejado, bajo la cama.

¨Solo me queda una prueba por hacer,  gastar uno de estos billetes y esperar unos días,  ver qué coño pasa”    Dijo.

Marzo/2010