Por Galán Madruga

The Totalitarian Enemy apareció cuando Europa descubría que las ideologías, después de prometer al hombre una morada racional en la historia, podían levantar alrededor de él una prisión más vasta que cualquiera de las antiguas. El pacto germano-soviético de agosto de 1939 no fue para Borkenau un accidente diplomático ni el descanso táctico de dos enemigos irreconciliables, sino la súbita transparencia de una afinidad estructural que los emblemas contrarios habían ocultado; nazismo y estalinismo procedían de genealogías distintas, invocaban mitos incompatibles y revestían con colores enemigos sus respectivas liturgias, pero ambos sometían la sociedad a una concentración inédita del poder, destruían la autonomía de las clases y las instituciones, convertían el partido en aparato de mando y sustituían la conversación política por la movilización permanente, como si el Estado, incapaz de tolerar una vida que no proviniera de él, necesitara ocupar hasta el último retiro del individuo.
Por consiguiente, como intervención política y como ensayo de sociología histórica, Borkenau no se limita a enumerar semejanzas policiales entre Hitler y Stalin. Busca explicar por qué dos revoluciones que se proclamaban enemigas avanzaban hacia una forma común de dominación, a la que George Orwell, al reseñar la obra, condensó mediante la expresión “colectivismo oligárquico”. La pregunta decisiva no era si los nazis podían llamarse socialistas en el sentido emancipador del término, sino qué transformación social permitía a una minoría burocrática apropiarse de la economía, la propaganda y la violencia en nombre de una colectividad abstracta.
Ninguna idea verdadera llega sola; trae consigo la biografía del hombre que se atrevió a sostenerla contra su propio pasado.
Borkenau hablaba desde una experiencia que le otorgaba una perspectiva poco común. Había militado en el comunismo, había estudiado la Internacional Comunista y había presenciado la guerra civil española, donde la represión estalinista contra revolucionarios no subordinados a Moscú le mostró que el terror soviético no constituía una desviación ocasional. Su ruptura con la ortodoxia marxista no lo llevó a restaurar una confianza ingenua en el capitalismo. Conservó categorías procedentes de Marx, Pareto y la sociología de las élites, aunque las volvió contra la idea de que la propiedad jurídica de los medios de producción bastaba para determinar la naturaleza de un régimen.
El autor intenta comprender el totalitarismo como resultado de la crisis de la sociedad liberal, de la concentración económica, de la descomposición de las clases tradicionales y del ascenso de grupos desclasados disponibles para la movilización. El análisis no nace del conservadurismo satisfecho consigo mismo. Se forma dentro del marxismo disidente y conserva su sensibilidad hacia los procesos económicos, aunque rechaza que el Estado totalitario pueda describirse como simple instrumento de una burguesía que gobierna desde las sombras.
Antes de que el siglo aprendiera a pronunciar con seguridad la palabra totalitarismo, Borkenau había percibido que una nueva soberanía se levantaba detrás de los nombres rivales de la época.
En 1936, Franz Borkenau había esbozado ya un paisaje de la formación del poder totalitario en Modern Sociologists: Pareto. Del pensador italiano Vilfredo Pareto tomó el concepto de “circulación de las élites”, que interpretó desde una perspectiva marxista para explicar cómo, durante el tránsito hacia formas estatizadas de socialismo, una nueva clase política, aquella “burguesía roja” formada por funcionarios, administradores y dirigentes partidistas, podía desplazar del mando a la antigua clase económica. Cuatro años después publicaría The Totalitarian Enemy, uno de los primeros libros del siglo XX que intentaron construir una interpretación sistemática y comparada del totalitarismo.
Preguntar por el pensador conduce necesariamente al hombre, pues una doctrina política adquiere su temperatura en las pruebas que atravesó quien la formula.
Nacido en Viena el 15 de diciembre de 1900 y fallecido en Zúrich el 22 de mayo de 1957, Borkenau fue ensayista, periodista, sociólogo y profesor austriaco. Estudió en Leipzig, donde concentró su atención en el marxismo y el psicoanálisis, y en 1921 ingresó en el Partido Comunista de Alemania, dentro del cual trabajó también para la Internacional Comunista. Después de graduarse se estableció en Berlín; sin embargo, la orientación adoptada por el movimiento comunista y su sometimiento progresivo a los intereses soviéticos lo llevaron a romper con el partido y el Komintern en 1929.
La ruptura no significó su abandono de la izquierda. Borkenau trabajó en el Instituto de Investigación Social de Fráncfort y concentró sus estudios en las relaciones entre capitalismo, ideología, burocracia y transformación estatal. El ascenso de Hitler en 1933, unido a su ascendencia judía, lo obligó a abandonar Alemania. Vivió en Viena, París y Londres, y durante un breve periodo enseñó sociología en la Universidad de Panamá, experiencia interrumpida por el deterioro de su salud en el clima tropical.
Entre agosto y septiembre de 1936 visitó España y observó la Guerra Civil en Madrid, Barcelona y Valencia. La actuación de los agentes de la policía política soviética y del Partido Comunista de España contra los anarquistas y los militantes del POUM profundizó su desencanto. Regresó en enero de 1937 y fue arrestado por la policía republicana a causa de sus críticas a la política comunista, después de ser denunciado como simpatizante de Trotski. Aquellas experiencias dieron origen a The Spanish Cockpit, traducido como El reñidero español, diario y análisis político que se convertiría en su libro más conocido y que George Orwell consideró uno de los testimonios fundamentales sobre la revolución y la guerra españolas.
Durante la Segunda Guerra Mundial residió principalmente en Londres, colaboró con la revista Horizon y trabajó posteriormente en emisiones de la BBC dirigidas a Alemania. En 1947 regresó al continente y enseñó en la Universidad de Marburgo. Participó en 1950 en el Congreso por la Libertad de la Cultura y durante sus últimos años fue reconocido como especialista en el comunismo soviético. Mediante una forma temprana de kremlinología examinaba el orden de aparición de los dirigentes, las declaraciones oficiales, las omisiones y los rituales públicos del Kremlin para inferir los movimientos internos del poder.
Borkenau mantuvo asimismo una discusión intelectual con las teorías de Arnold J. Toynbee y Oswald Spengler acerca del nacimiento, transformación y decadencia de las civilizaciones. Su último trabajo amplio sobre el tema apareció póstumamente, editado por su amigo Richard Löwenthal. Esta preocupación civilizatoria no era ajena a su estudio del totalitarismo, pues le permitía observarlo como una mutación histórica de la modernidad occidental y no únicamente como una sucesión de dictadores particularmente crueles.
Las intuiciones dispersas de 1936 encontraron cuatro años después una figura más severa, porque el Estado europeo había comenzado a mostrar el rostro que antes ocultaba bajo sus consignas.
En la obra de 1940, reseñada ese mismo año por Orwell, Borkenau no pasó por alto la situación creada en Europa por el bolchevismo y el fascismo. La problemática política, social y cultural respondía, en buena medida, a la circulación de las élites. Mientras el Estado asumía un control progresivo de las funciones económicas y sociales, la antigua élite económica cedía terreno ante una élite política capaz de apropiarse tanto de la administración como de los instrumentos de coerción. La nacionalización dejaba entonces de equivaler a socialización, pues la desaparición del propietario privado no entregaba el poder a la sociedad, sino a una burocracia que podía gobernar en su nombre.
Orwell reconoció la importancia de aquella interpretación, aunque no ocultó las deficiencias formales del volumen:
«Aunque este no es uno de los mejores libros del doctor Borkenau, contiene un estudio de la naturaleza del totalitarismo que merece, y en realidad necesita, ser ampliamente leído en este momento. No podemos luchar contra el fascismo a menos que estemos dispuestos a comprenderlo, cosa que tanto los izquierdistas como los derechistas han dejado de hacer de manera conspicua, fundamentalmente, desde luego, porque no se han atrevido».¹
Al final de la reseña, Orwell manifestó su esperanza de que Borkenau escribiera un libro más extenso y mejor organizado sobre el mismo asunto, pues el volumen de 1940, pese a contener pasajes brillantes, daba la impresión de haber sido compuesto con premura y presentaba fallas de organización. La observación resulta justa si se juzga el libro como tratado acabado; pierde parte de su fuerza cuando se recuerda que fue escrito bajo la urgencia del pacto germano-soviético y de una guerra cuya forma definitiva todavía no podía conocerse.
Las objeciones de Orwell no disminuyen la influencia de The Totalitarian Enemy sobre su pensamiento posterior y, de manera particular, sobre Nineteen Eighty-Four. Borkenau contribuyó a formular la idea de que el régimen alemán no necesitaba convertirse en un Estado bolchevique después de una eventual victoria, porque ya había desarrollado mecanismos comparables de concentración política, subordinación económica, movilización colectiva y producción burocrática de la verdad. Esa hipótesis, que Orwell expresaría mediante el “colectivismo oligárquico”, reaparece en muchas obras posteriores dedicadas a explicar la capacidad del Estado total para ocupar la sociedad y la cultura.
La política no gobierna únicamente mediante decretos; desciende hasta los hábitos, enseña posturas, distribuye sacrificios y fabrica, con la paciencia de una disciplina religiosa, el cuerpo que necesita para perpetuarse.
La novedad de The Totalitarian Enemy no se agota en su condición de obra precursora dentro de la literatura política sobre el totalitarismo. El libro admite también una lectura ascetológica, entendiendo por ella el examen de las prácticas, disciplinas y ejercicios mediante los cuales un régimen fabrica un tipo humano dispuesto a someter la vida entera a una misión colectiva. La consigna nietzscheana de la muerte de Dios no aparece como causa mecánica del totalitarismo, pero permite interpretar el vacío de trascendencia que las ideologías políticas intentan ocupar mediante promesas de redención histórica, sacrificio y supervivencia simbólica.
Desde esta perspectiva, el totalitarismo se sostiene en una teoría secularizada de la inmortalidad. El individuo acepta su desaparición dentro de una entidad proclamada imperecedera, ya sea la raza, la clase, la nación, el partido o la revolución. El jefe, convertido en encarnación del tiempo colectivo, administra la promesa de que la muerte personal adquirirá sentido dentro de una construcción destinada a durar para siempre. El fenómeno representa así una reaparición occidental y tecnológica del sarcófago faraónico, imagen que Ernst Bloch relacionó en El principio esperanza con los sueños de inmortalidad de los modernos señores faraónicos. El monumento, el mausoleo, el cuerpo embalsamado del dirigente y la ciudad transformada en escenario ritual intentan vencer la muerte mediante una eternidad política organizada desde el Estado.
Esta interpretación no sustituye la sociología de las élites desarrollada por Borkenau, sino que la prolonga. La nueva élite no se limita a distribuir recursos y cargos; organiza ejercicios de obediencia, ceremonias de unanimidad, confesiones, purgas, desfiles y sacrificios mediante los cuales el sujeto aprende a sobrevivir imaginariamente en el cuerpo inmortal del movimiento. El totalitarismo aparece entonces como economía del poder y, al mismo tiempo, como régimen de entrenamiento espiritual secularizado.
¹ Traducción al español de la reseña de George Orwell, “Review of The Totalitarian Enemy by F. Borkenau”, Time and Tide, 4 de mayo de 1940.
Todo partido conserva una zona de ceguera en la cual protege menos la verdad que la imagen favorable de sí mismo, y fue precisamente en esa oscuridad compartida donde el fascismo encontró sus mejores defensas involuntarias.
Uno de los argumentos que Orwell destacó con mayor fuerza consiste en la doble ceguera producida por los vocabularios partidistas. Una parte de la derecha creyó que Hitler sería un administrador extremo del capitalismo, un escudo contra el bolchevismo que preservaría las jerarquías existentes. Para sostener esa esperanza redujo el nazismo a “capitalismo sin tapadera” y pasó por alto su impulso revolucionario, su capacidad para disciplinar a los propietarios y su voluntad de subordinar la empresa privada a los objetivos del Estado. La izquierda cometió el error inverso. Como resultaba moralmente intolerable reconocer cualquier parentesco entre el verdugo nazi y la tradición socialista, describió el régimen como mera dictadura de los monopolios y desatendió la transformación política que estaba ocurriendo.
La provocación de Borkenau no consiste en igualar sin matices todas las variantes del socialismo, sino en mostrar que el vocabulario de la propiedad puede ocultar la sede efectiva del mando. El industrial puede conservar formalmente la fábrica y, al mismo tiempo, haber perdido la capacidad de decidir qué produce, a qué precio, para qué mercado y bajo qué prioridades. Cuando el Estado monopoliza esas decisiones y una nueva élite política controla el Estado, la supervivencia del título privado no demuestra la continuidad del capitalismo liberal. La propiedad permanece como forma jurídica mientras el poder de disposición cambia de manos.
Cuando las asociaciones vivas se debilitan y el hombre deja de escuchar la voz de una comunidad próxima, el Estado descubre ante sí una multitud innumerable y, sin embargo, solitaria.
La explicación borkenauiana atribuye una importancia central a la erosión de las clases organizadas. La sociedad liberal del siglo XIX suponía la existencia de intereses reconocibles, asociaciones relativamente autónomas y partidos que, al menos idealmente, representaban principios capaces de trascender el beneficio inmediato. Borkenau elogia en particular la tradición parlamentaria británica, donde los partidos podían presentarse como portadores de principios y de un interés nacional, no únicamente como agencias de grupos económicos. El totalitarismo se hace posible cuando esa mediación se derrumba y los individuos dejan de pertenecer a cuerpos sociales capaces de limitar al Estado.
Las masas desclasadas no son simplemente los pobres. El término designa a sectores desprendidos de sus pertenencias anteriores, arruinados por la inflación, la guerra, el desempleo, la concentración monopolística o la pérdida de estatus, y por ello más receptivos a una identidad política total. La propaganda les ofrece una explicación absoluta; el partido les proporciona jerarquía, disciplina y pertenencia; el jefe encarna una voluntad colectiva que pretende cancelar las diferencias entre vida pública y vida privada. Investigaciones recientes han subrayado que este vocabulario de lo “desclasado”, visible en las páginas 164, 165 y 212 del libro, anticipa temas que Hannah Arendt desarrollaría al estudiar las masas totalitarias.
La tiranía moderna no se distingue de la antigua por poseer un corazón más cruel, sino por haber adquirido brazos capaces de llegar simultáneamente a la fábrica, la escuela, la casa y la conciencia.
Las fuentes secundarias permiten identificar el capítulo VI bajo el título The New Tyranny y lo sitúan a partir de la página 151. La novedad de la tiranía no radica únicamente en su crueldad. Las tiranías antiguas podían perseguir rivales, imponer tributos o castigar rebeliones, pero no disponían de los medios técnicos y organizativos necesarios para rehacer continuamente la sociedad. El régimen totalitario combina partido, policía, economía dirigida, propaganda y comunicaciones de masas. No se conforma con la obediencia exterior; exige adhesión visible, participación ritual y disponibilidad para aceptar la versión cambiante de la realidad decretada por el poder.
El rasgo decisivo es la destrucción de los espacios intermedios. Sindicato, asociación profesional, municipio, iglesia, prensa, universidad y empresa pierden su capacidad de producir criterios propios. La exclusión no necesita siempre expulsar al individuo del cuerpo político; puede alcanzarse mediante su inclusión obligatoria en organizaciones que transmiten una sola voluntad. El ciudadano queda rodeado de instituciones, pero ninguna le ofrece refugio frente al Estado. De ahí que la movilización total sea inseparable del aislamiento total. Cada persona aparece incorporada a la multitud y, simultáneamente, privada de relaciones independientes.
Dos credos pueden maldecirse en público y obedecer en secreto a una misma arquitectura del mando.
Borkenau no afirma que Alemania y la Unión Soviética sean idénticas en origen, composición o lenguaje. El nazismo explota la nación, la raza y la revancha imperial; el estalinismo se legitima mediante la clase, la revolución universal y la propiedad estatal. La convergencia ocurre en el plano institucional. En ambos casos una élite política se emancipa de los controles sociales, dirige la producción, elimina la oposición, monopoliza la verdad y transforma la policía en instrumento de una guerra permanente contra enemigos objetivos o fabricados.
El pacto entre Hitler y Stalin adquiere así una significación teórica. No prueba por sí solo la identidad de ambos sistemas, pues los Estados de naturaleza distinta también celebran alianzas. Para Borkenau, sin embargo, revela que la hostilidad ideológica podía suspenderse cuando las necesidades expansionistas de los aparatos coincidían. Johann P. Arnason resume esta lectura señalando que Borkenau interpretó el pacto como desenlace lógico de una convergencia ideológica e institucional. El argumento resulta poderoso cuando describe la compatibilidad práctica de los regímenes, aunque se vuelve discutible si transforma una cooperación coyuntural en destino histórico inevitable.
Las palabras políticas, cuando se convierten en insignias, suelen ocultar aquello que una mirada dirigida hacia el poder efectivo descubre sin dificultad.
The Totalitarian Enemy ayudó a introducir en el debate la expresión “fascismo rojo”. Su eficacia polémica es evidente: obligaba a reconocer que el terror, el culto al jefe, el partido único y la mentira organizada no quedaban redimidos por declararse proletarios. Su debilidad también es visible: si se utiliza sin precisión, el término puede convertir el fascismo en mero sinónimo de dictadura y borrar las diferencias entre racismo biológico, internacionalismo comunista, corporativismo, planificación soviética y expansión imperial.
Más fecunda es la noción de colectivismo oligárquico destacada por Orwell. La economía deja de organizarse primariamente alrededor de propietarios privados que compiten en un mercado, pero tampoco pasa al control democrático de los trabajadores. Una minoría administrativa dispone colectivamente de los recursos y reproduce su dominio mediante el partido. No posee necesariamente cada bien como patrimonio individual; posee el derecho político de asignar empleos, viviendas, alimentos, honores y castigos. La abolición o subordinación del capital privado no elimina la desigualdad, sino que puede trasladarla desde la propiedad hacia el acceso burocrático al mando.
La propiedad escrita en un registro importa menos que la voluntad capaz de decidir el destino de las cosas y de los hombres.
La tesis sobre la nueva élite distingue a Borkenau de las interpretaciones instrumentales del fascismo. Los grandes empresarios colaboraron con Hitler y se beneficiaron del rearme, la destrucción sindical y la expansión, pero de ello no se deduce que controlaran soberanamente el régimen. El Estado nazi podía favorecerlos, disciplinarlos y sustituirlos según las prioridades políticas. En la Unión Soviética la eliminación de la burguesía privada hizo todavía más visible el problema: una sociedad sin capitalistas podía conservar explotación, privilegio y dominación, ahora administrados por una jerarquía que hablaba en nombre de la clase obrera.
Borkenau recurre implícita y explícitamente a la circulación de las élites. Una crisis prolongada debilita a los grupos económicos tradicionales; la intervención estatal se amplía; administradores, cuadros partidistas, técnicos y policías forman una élite política que termina subordinando tanto a trabajadores como a propietarios. Esta reconstrucción anticipa debates sobre la sociedad gerencial, aunque no debe confundirse con una teoría plenamente sistemática. La transición desde la concentración capitalista hasta el dominio totalitario no queda demostrada como una secuencia necesaria y universal. Países con monopolios poderosos preservaron instituciones democráticas, mientras sociedades menos industrializadas produjeron dictaduras de enorme alcance.
El déspota antiguo pedía silencio; el poder total exige además que el ciudadano pronuncie la falsedad con su propia boca y la reconozca como memoria.
El totalitarismo necesita algo más que censura. Aspira a producir el mundo dentro del cual cada afirmación adquiere sentido. La propaganda no se limita a ocultar hechos desfavorables; organiza la memoria, inventa conspiraciones, modifica las biografías de los dirigentes y obliga a los individuos a repetir en público aquello que la experiencia privada contradice. La obediencia verbal se convierte en prueba de pertenencia. Quien acepta la falsedad oficial demuestra que ha renunciado a utilizar una medida independiente de verdad.
Este aspecto ayuda a comprender la influencia de Borkenau sobre Orwell. La reseña de 1940 contiene elementos que reaparecerán en Animal Farm y Nineteen Eighty-Four: convergencia de sistemas rivales, oligarquía que administra la igualdad como lenguaje de dominación, guerra permanente, mutabilidad del pasado y abolición práctica de la verdad objetiva. No se trata de afirmar que Orwell trasladó mecánicamente el libro a la ficción, sino de reconocer que Borkenau le ofreció una formulación histórica de problemas que su imaginación narrativa convertiría después en símbolos universales.
Ningún régimen fundado en la movilización puede permitirse la paz, porque la quietud devuelve al individuo la medida de su propia vida.
La denominación “enemigo totalitario” posee un doble alcance. Designa al adversario exterior de las democracias, pero también la lógica mediante la cual el régimen necesita enemigos para conservar su cohesión. La movilización permanente no puede admitir una normalidad política duradera. Requiere complots, saboteadores, traidores, desviacionistas y potencias cercadoras; cuando el enemigo real desaparece, el aparato debe fabricarlo, pues la paz social devolvería visibilidad a los conflictos entre gobernantes y gobernados.
En el caso nazi, la expansión territorial y la persecución racial no son accesorios propagandísticos, sino dimensiones constitutivas del proyecto. En el soviético, las purgas y la vigilancia de la ortodoxia convierten la revolución en proceso interminable. Borkenau comprendió tempranamente que la violencia totalitaria no se reduce a la defensa de un poder ya conquistado. El poder se reproduce mediante campañas que reorganizan sin cesar la población y distribuyen inseguridad incluso entre los fieles.
Una idea fecunda rara vez termina en el libro que la anuncia; atraviesa otras inteligencias, cambia de lenguaje y regresa engrandecida por las objeciones que ha suscitado.
La teoría clásica del totalitarismo suele asociarse con The Origins of Totalitarianism, publicada por Hannah Arendt en 1951. Los estudios de Nicholas Devlin han mostrado, sin embargo, que varias categorías de Arendt se inscriben en una genealogía marxista de entreguerras dentro de la cual Borkenau ocupa un lugar relevante. La importancia de las masas desclasadas, la desintegración de la sociedad de clases y la comparación entre nazismo y estalinismo aparecen ya en The Totalitarian Enemy. Arendt citó el libro y desarrolló algunos de estos problemas mediante una teoría más compleja de la ideología, el terror y la soledad.
Las diferencias son igualmente importantes. Borkenau conserva una explicación más sociológica y económico-política, atenta a la crisis del capitalismo, la formación de élites y el carácter de los partidos. Arendt desplaza el centro hacia la destrucción de la espontaneidad humana, el movimiento totalitario, el terror como realización de una supuesta ley histórica o natural y la soledad como condición de dominación. Leerlos juntos permite observar el tránsito desde una crítica marxista disidente hacia la teoría del totalitarismo que dominaría buena parte de la Guerra Fría.
La perduración de esta obra procede de varias intuiciones que, aun incompletas, abrieron un camino por el cual transitaría después buena parte del pensamiento político del siglo.
La obra reconoce muy pronto que la comparación entre nazismo y estalinismo puede ser analíticamente legítima sin negar sus diferencias históricas.
Desplaza la atención desde la propiedad formal hacia el poder efectivo de decisión, con lo cual explica por qué una economía puede conservar empresarios privados y haber dejado de ser liberal.
Identifica el ascenso de una élite político-burocrática cuya dominación no se deja reducir a la burguesía tradicional.
Relaciona la sociedad de masas con la destrucción de pertenencias, asociaciones y mediaciones capaces de limitar el poder estatal.
Comprende que el totalitarismo busca movilización y adhesión, no únicamente obediencia pasiva, y que necesita producir enemigos permanentes.
Anticipa cuestiones que serán decisivas en Orwell y Arendt, especialmente el colectivismo oligárquico, las masas desclasadas y la transformación política de la verdad.
Toda teoría que ilumina una extensión demasiado vasta proyecta también su propia sombra, y la de Borkenau aparece cuando la comparación amenaza con borrar las diferencias que hicieron singular cada catástrofe.
La primera dificultad reside en la amplitud del concepto. La comparación ilumina estructuras comunes, pero corre el riesgo de hacer equivalentes fenómenos cuyos fines, bases sociales y prácticas no coinciden plenamente. El exterminio racial nazi, la colectivización soviética, el corporativismo italiano y las dictaduras autoritarias conservadoras no deben fundirse en una categoría que lo explique todo y, por ello mismo, termine explicando poco.
La segunda dificultad afecta a la causalidad. La crisis del mercado, la concentración económica y la desclasificación favorecen soluciones autoritarias, pero no conducen automáticamente al totalitarismo. La cultura política, las instituciones, la guerra, el nacionalismo, el liderazgo y las decisiones contingentes intervienen de maneras que una teoría centrada en la sucesión de élites puede subestimar. Arnason observa, además, que Borkenau no desarrolla suficientemente el vínculo entre nacionalismo, Estado-nación y fantasía imperial, conexión indispensable para explicar la especificidad alemana.
La tercera objeción concierne a la palabra socialismo. Orwell aceptó buena parte del diagnóstico, aunque el debate sobre el carácter socialista del nazismo sigue abierto y depende de la definición adoptada. Si socialismo significa control estatal extenso y subordinación del capital privado, el parecido adquiere fuerza. Si designa propiedad social democrática, igualdad política y autogobierno de los trabajadores, el nazismo constituye su negación. La provocación de Borkenau es útil cuando impide confundir nacionalización con emancipación; resulta engañosa cuando una semejanza institucional se transforma en identidad doctrinal.
Las ideas adquieren una segunda vida cuando abandonan el paisaje que las vio nacer y permiten reconocer, bajo otros nombres y otras banderas, una estructura semejante del dominio.
La utilidad del libro para pensar Cuba no depende de trasladar mecánicamente la Alemania de Hitler o la Unión Soviética de Stalin a la historia insular. Su aporte consiste en enseñar a observar la sede efectiva del poder. La proclamación de la propiedad estatal como propiedad de todo el pueblo no entrega a los ciudadanos el derecho de decidir sobre empresas, salarios, inversiones o recursos. Cuando esas decisiones permanecen concentradas en una élite partidista, la colectivización jurídica puede encubrir una apropiación política.
También resulta pertinente la descripción de la sociedad organizada desde arriba. Sindicatos, asociaciones estudiantiles, organizaciones profesionales, medios de comunicación y entidades culturales existen abundantemente, pero su mera existencia no demuestra pluralismo si transmiten la orientación del mismo centro. La incorporación obligatoria sustituye la representación. El individuo aparece acompañado por organizaciones y, sin embargo, carece de una institución independiente que lo defienda frente al Estado.
El sector privado tolerado dentro de un sistema de partido único tampoco produce por sí mismo una sociedad civil autónoma. Licencias, importaciones, créditos, inspecciones y acceso a divisas pueden convertir al empresario en dependiente administrativo. Borkenau ayuda a comprender que la frontera decisiva no separa exclusivamente propiedad pública y propiedad privada, sino poder revocable y poder incontrolado. Un régimen puede permitir mercados parciales mientras conserva intacto el monopolio político que determina quién prospera, quién queda excluido y qué discurso puede acompañar la actividad económica.
La fabricación del enemigo posee una resonancia semejante. El “mercenario”, el “gusano”, el “anexionista” o el agente de una potencia extranjera no describen solamente adversarios concretos; integran una gramática que convierte el desacuerdo en contaminación moral y justifica la vigilancia. La revolución debe presentarse como plaza sitiada para que la emergencia no termine nunca. Desde esta perspectiva, la permanencia del enemigo exterior cumple una función interior: impide que los resultados del gobierno sean juzgados mediante criterios ordinarios.
El tiempo no conserva los libros por cortesía con sus autores, sino porque una pregunta no resuelta continúa respirando entre sus páginas.
The Totalitarian Enemy conserva valor porque fue escrito antes de que la teoría del totalitarismo se convirtiera en un paradigma consolidado de la Guerra Fría. Borkenau piensa todavía desde las ruinas del marxismo europeo, no desde una cómoda oposición retrospectiva entre democracia occidental y bloque soviético. Su lenguaje registra la sorpresa de descubrir que la abolición del capitalismo privado no garantiza libertad, que una revolución puede crear una nueva clase gobernante y que dos ideologías enemigas pueden compartir tecnologías de dominación.
Su diagnóstico más duradero afirma que el problema político central no se resuelve preguntando únicamente quién posee los bienes, sino quién decide, quién puede contradecir la decisión y qué instituciones protegen esa contradicción. El totalitarismo comienza a definirse cuando la respuesta a las tres preguntas conduce al mismo aparato. Partido, Estado, economía, policía y verdad pública dejan de operar como esferas diferenciadas y se convierten en manifestaciones de una sola voluntad.
Borkenau no produjo la teoría definitiva del totalitarismo, empresa acaso imposible para una inteligencia que trabajaba mientras el monstruo aún se movía y mudaba de piel. Algunas transiciones causales quedaron incompletas; la comparación exageró por momentos la convergencia y la expresión “fascismo rojo” llevó una potencia polémica superior a su precisión conceptual. Aun así, la obra constituye un eslabón indispensable entre la crítica marxista del fascismo, la sociología de las élites, el pensamiento político de Orwell y las elaboraciones posteriores de Arendt, porque obliga a abandonar dos consuelos simétricos, el que supone que toda propiedad estatal conduce a la emancipación y el que reduce todo fascismo a capitalismo armado. Después de esas simplificaciones aparece su verdadero objeto, la oligarquía moderna capaz de gobernar colectivamente la economía mientras atomiza políticamente a la sociedad; y aparece también una advertencia que ningún siglo debería olvidar, pues cuando una institución reclama para sí toda la virtud, toda la verdad y todo el porvenir, el hombre debe defender con mayor firmeza ese pequeño territorio interior donde la conciencia se niega a marchar al paso de la multitud.
Borkenau, Franz. The Totalitarian Enemy. Londres: Faber and Faber, 1940; reimpresión, Nueva York: AMS Press, 1982.
Arnason, Johann P. “Totalitarianism and Modernity: Franz Borkenau’s Totalitarian Enemy as a Source of Sociological Theorizing on Totalitarianism”. Poznan Studies in the Philosophy of the Sciences and the Humanities, vol. 65, 1998, pp. 151–180.
Devlin, Nicholas. “Hannah Arendt and Marxist Theories of Totalitarianism”. Modern Intellectual History, vol. 20, 2023, pp. 247–269. https://doi.org/10.1017/S1479244321000603
Jones, William David. “Toward a Theory of Totalitarianism: Franz Borkenau’s Pareto”. Journal of the History of Ideas, vol. 53, núm. 3, 1992, pp. 455–466.
Orwell, George. “Review of The Totalitarian Enemy by F. Borkenau”. Time and Tide, 4 de mayo de 1940; recogida posteriormente en sus ensayos.
The National Library of Israel. Registro bibliográfico de The Totalitarian Enemy, edición de Faber and Faber, 1940. Google Books. Registro