El arte de mentir

Por La Máscara Negra

«Ignoramos todavía de dónde proviene el impulso a la verdad; pues hasta aquí solo nos
hemos enterado de la obligación que establece la sociedad para existir: ser veraz, esto es, usar las
metáforas corrientes; o moralmente hablando: mentir con arreglo a un esquema convencional,
mentir colectivamente en un estilo obligatorio para todos. Por cierto que el hombre, se olvida de este
estado de cosas; quiere esto decir que miente del modo apuntado, inconscientemente, en virtud de
secular habituación; y precisamente por esta inconsciencia, este olvido, llega al sentido de la verdad»

Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

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Por fin, se dio cuenta de cuál ha sido su error más persistente. Hubo de esperar a cumplir cuarenta años para que se les abrieran los ojos. Desde la infancia había vivido con el prejuicio de que había que decir la verdad en toda circunstancia. Solo la veracidad, se le dijo, hace posible una vida aceptable. La «verdad os hará libres», decían unos; la «verdad os hará felices», afirmaban otros.

Tuvo presente su consejo. Su vida avanzó por la senda de una disimulada infelicidad. Nadie le explicó que una buena persona no sobresale de la media. Siguió el camino de la gris mayoría, que nada tiene que reprocharse y todo lo acepta.

Luego vino el viraje que supuso para su vida un nuevo comienzo. La verdad sobre la verdad se le reveló en un catastrófico fin de semana. Ahora, nadie lo convencerá de que debía ser sincero a toda costa. Se lo revelo a todos: un buen día empiezo con una gran mentira. Su propio caso es bien instructivo.

Entró tambaleándome en el cuarto de baño y vio por el espejo la sombra de una masa pálida que provoca malestar. Si lo hubieran visto obligado a mirar más de cerca, se habría desencadenado una crisis. El enemigo está en ese espacio y quiere compartir con él la esfera.

Una vez más, el «yo nocturno» se acerca sigiloso por detrás y quiere poseer la mitad de su vida. Desde hace años le importuna con la intención de hablar con él sobre lo que ve como sus problemas. Pero ya no se trata con espectros. La cosa en el espejo es irreal. En el futuro será él mismo el único que decida quién es. Sacó el espray del armario y se envolvió en una nube de buena voluntad; se echó unas gotas de colirio en los ojos y recordó la afirmación: «Es una suerte que sea como soy».

Ahora está preparado para encontrarse con su otro yo. Sonrió a su imagen reflejada como si ese otro tipo fuese alguien humanamente próximo a él. Olvidó los mil motivos que tenía para escupirse a la cara, para olvidarlo, y hace tiempo admitió que, en el fondo, el tipo le gustaba. Rara vez conoció tan pronto a una persona tan interesante, y lo digo sin exagerar. Fue el primer reconocimiento; una temprana victoria, un buen augurio. Hoy ya puedo decir también cosas muy buenas de otros. ¿No es pensar positivamente la regla básica de la nueva ética? Positividad y dureza: la aleación de los vencedores.

Sonrió a sí mismo tres veces antes del desayuno, es el stretching mental. Enérgicamente, entrenó los músculos de la mentira, soy yo. Fue el primer reconocimiento; una temprana victoria, un buen augurio. Hoy ya puedo decir también cosas muy buenas de otros. ¿No es pensar positivamente la regla básica de la nueva ética? Positividad y dureza: la aleación de los vencedores. Ningún sentimentalismo, ni un minuto de reflexión antes de empezar la gran juerga. Mirar, relajarse, reflexionar: eso es solamente para los perdedores después de la carrera, algo que hacen con ayuda de los terceros programas de televisión, que han sido remodelados para asistir a los perdedores. Su programa es de rearme.

Sonreírse a sí mismo tres veces antes del desayuno es su stretching mental. Enérgicamente, entrenó los músculos de la mentira duda-, nada le impedirá convertirme en identity-counsellor para ganadores: personas, empresas, Estados; tienen fórmulas para clientes de todos los formatos. Como ven, de nuevo se atrevió a alimentar grandes sueños.

Desde que empezó a jugar este venturoso juego, contempló sus años de ingenuidad con la frialdad del experto. Era un hijo de la vieja cultura occidental, y esto quiere decir un primitivo en cuestiones relacionadas con la verdad, educado en un concepto de la verdad propio de flatlanders, de seres que viven en una realidad bidimensional y ven en una tercera o cuarta dimensión de la verdad algo diabólico. La virtud de estos viejos veraces consiste en allanarse.

Ellos creen seriamente que es posible orientarse en el laberinto del mundo, simplemente distinguiendo entre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo apropiado y lo inapropiado. En su cosmos plano no hay espacio para los juegos complejos; nada saben de situaciones inciertas, apenas sospechan adónde pueden conducir los experimentos con verdades anticipadas. Sí y no, sic et non, o una cosa o la otra: tal es la anodina cotidianidad de los viejos sistemas 2D. Ya con un simple «quizá» le dejaba en sus años de flatlander sin recursos lógicos; le hacía caer en la pasividad y lo admitía todo.

Era la buena persona en la cola de espera, atrapado en una melancólica honorabilidad de la que se sentía tan orgulloso como de los viejos recuerdos familiares. Entonces acumulaba derrotas y trofeos que ornaban su dignidad. Era un necio, un buen hombre. Cuanto más fracasaba, más clara brillaba su alma bella; su yo era una joya neurótica, ineficaz y santo, acurrucado y malhumorado en una esquina del mundo, un perfecto creído que negaba y despreciaba todo.

Había interiorizado el principio agustiniano de que las mentiras son reprensibles en cualquier circunstancia; incluso si la humanidad entera pudiera ser salvada gracias a una sola mentira, el faltar a la verdad sería un recurso condenable.

De Immanuel Kant había aprendido que un derecho a mentir por amor a la humanidad solo podía existir como una suposición, y que la ley moral en su pecho exigía en toda circunstancia decir sin rodeos toda la verdad. Como la mayoría de las víctimas de la tradición, estaba adiestrado para vivir como en un permanente estrado de testigos, obligado por juramento a decir toda la verdad y nada más que la verdad. Hoy le resulta incomprensible que los clásicos ideólogos 2D hayan podido pasar por grandes espíritus. ¿Por qué no se rebeló mucho antes contra su implacable patraña?

Creo que ya lo había explicado: era para él una agridulce satisfacción ser más veraz que la mayoría de la gente. No le habrían faltado autoridades y autores de la Antigüedad conjurados para acabar con los estrictos sacerdotes de la verdad. Hoy pudo reconocer que nuestra nueva imagen 3D del mundo, por no mencionar las visiones 4D, ya existieron durante mucho tiempo de manera indirecta y discreta. Incluso entre los antiguos hubo mentes claras que, al menos parcialmente, concedían permisos para mentir. ¿No había aconsejado Ovidio en su Ars amatoria a las mujeres inteligentes que deseaban tener amantes, engañar a sus maridos fingiendo un deseo que no sentían?

También Aristóteles se refería a los casos en los que mentir es mejor que decir la verdad, como en las enfermedades, cuando hay que levantar el ánimo del que las padece, o en la guerra, para salvar la patria con nobles engaños. Posteriormente, los jesuitas ponderaron y desarrollaron el arte de la mentira, igual que, en sentido contrario, su archienemigo Lutero, que permitía todo, las peores artimañas incluidas, lo que contribuyera a perjudicar al papa, al Anticristo. Pero ¿qué es todo esto comparado con la sublime brutalidad con que el abuelo Maquiavelo enseñó por vez primera, en su obra El príncipe, la técnica perfecta para servirnos de la verdad y la mentira? Lo más sustancial del arte de mentir existe en el mundo desde la aparición de esta obra.

Los príncipes posmodernos de la mentira, recordamos orgullosos delante de nuestros monitores a este valiente precursor. Desde entonces, la palabra mentira ha sido desbancada. En vez de mentiras, deberíamos hoy hablar de hipótesis autoinductivas. La mentira no es más que un viejo concepto europeo, inapropiado para la ocupación de experimentar con enunciados contra fácticos -un arte, por cierto, que aprendemos antes de los profetas que de los filósofos. ¿Es casual que más de la mitad de los maestros de verdad-mentira fueran antes teólogos?

Un mentiroso es únicamente un profeta que ha tenido mala suerte debido probablemente a un manejo no profesional de los datos de que disponía. Una persona que no dice la pura verdad –esto lo sabe él hoy- no es mentirosa, como las mentes planas piensan, sino alguien que pide un crédito sobre algo que aún no es real. Mentir es vivir con deudas semánticas. Sería un milagro que las leyes del capital especulativo se detuvieran ante la verdad. La forma básica de la verdad especulativa de nuestro tiempo es el «proyecto», el juego de la voluntad que se proyecta en lo que pudiera venir, en lo que se desea o en lo que demandaría el futuro.

El mentiroso de ayer sería, desde esta perspectiva, el prototipo del empresario, un pionero de las realidades 3D, experimentado en el arte de hacer afirmaciones aún no fundadas en hechos hasta que la suma de ficciones coherentes llegue a ser una forma de realidad. Gente con este talento solía ser hasta ahora víctima de denuncias por parte del viejo Occidente. Pero la nueva situación, que él vivió personalmente, acabó con los prejuicios: con la dinámica verdad-mentira, el principio de los empresarios es interiorizado y aplicado al programa del yo del empresario. El arte consiste en ser tan contundente como un proyectil y no dejarse disuadir por ninguna instancia obstaculizadora -sea la moral o la honorabilidad burguesa- de lanzarse al gran escenario. Una de las afirmaciones matutinas dice: «quien lo frene, será su enemigo».

 La repetición de estas palabras con la unción propia de una oración o un juramento antes de sacar el coche del garaje ha llevado ya a algunos de ellos rápidamente a la cima. Otra frase es esta: «aprende a eliminar las inhibiciones interiores y exteriores». Elimina esas pequeñas y odiosas verdades fríamente, como un exterminador eléctrico de insectos. Comprendió que sus antepasados no tenían razón cuando decían que quizás un grano de mentira, una mínima dosis de mentira, podría tolerarse como si esta fuese un fármaco o una especia. No, la doctrina general 3D de la verdad-mentira para el nuevo milenio, insiste en que la mentira se entenderá falsamente mientras solamente se acepte su uso como un aditivo a una sustancia libre de toda falsedad.

El logro consiste en que ahora sirven la mentira como plato principal -o, mejor aún, como sistema o utensilio-. Los ontólogos estratégicos, como entendemos el mundo sobriamente: todo es teatro de competiciones y únicamente sobrevive quien mejor se escenifica. Por eso la mentira es el orden de marcha, el tónico, la dieta. La mentira lo ayudó a levantarse cuando las verdades del tipo superado lo dejaban postrado. En un mundo de performances importa combinar las mentiras particulares en una gran jugada; la visión lo es todo, con ella empiezan a producirse los milagros de la cuarta dimensión. Obviamente, esto lo condujo a un terreno del que aún no puede hablar. Dentro de seis meses estará maduro para el superarte de la mentira 4D.

Él espera grandes cosas; la transfiguración está cerca. Mentir sistemáticamente le dará el último toque de glamour a su vida. A veces luce ya como una lámpara halógena. Pronto se transformará en obra de arte total. Pronto dejará de ser el alter ego.

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