DISFRUTAR DE LOS NUEVOS RETOS LITERARIOS

Por José Prats Sariol

Mi objetivo es agitar y molestar a la gente. No estoy vendiendo pan; estoy vendiendo levadura.

Miguel de Unamuno

Una de las muletillas de Eliseo Diego, que heredamos su hijo Lichi y los amigos de la familia, aparece en el poema “Oda a la joven luz”, donde se lamenta de argüir con las olas. “Arguye con las olas” –dice el verso. Y así se nos quedó, para cada vez que alguien sugiere algo medio utópico, medio wishfull thinking. Ilusorio para morir de desengaño ante la indiferencia. Pero mejor desde las ironías versales de Eliseo, que tuvo la “maldad” –los puer senex hacen maldades–  de dejarnos “el tiempo, todo el tiempo”.

 Además de tales conversaciones con las olas, suelo repetir una popular frase: “Predica para conversos”. En el párrafo final daré cuenta de una tercera frase: “Descubre el agua tibia”, que suele  aludir –como ustedes saben–  a las pedanterías filosóficas y los ripios de periodistas y otros escritores poco precavidos ante el lugar común.

Sin embargo, suelo confesar haber cometido los tres errores. He argüido con las olas, he tratado de convencer a gente tan convencida como yo, he intentado descubrir el batido de guanábana… Quiero decir que me incluyo en los tres deslices, lo que quizás me permita compartir –tras las frases cómplices— varios retos literarios en 2023, desde los oleajes, las prédicas y sobre todo los pertinaces e insumergibles virus catastrofistas, antesalas no de la sabrosa molicie sino de la antipática negligencia, no del ocio creador sino de la burda justificación de la pereza con siniestros presagios sobre el supuesto fin de la literatura, gracias a los textos que comienzan a armar las inteligencias artificiales.

Limitaré mi exposición –según el breve tiempo concedido– a tres retos literarios que invito –con cierta picardía– a  disfrutar: Las novolatrías, los desbordamientos y los egocentrismos.

Las novolatrías están de moda desde que comenzó el nuevo milenio. No desesperarse ante ellas porque dan risa. Ni intentar argumentos que los novólatras no van a oír. Es más fácil posibilitar el disfrute festivo de la toxina, bajo la evidencia de que el paso del señor Cronos es inexorable: ¿Por cuánto tiempo será nuevo, joven, flamante novólatra? Y ahí empieza la fiesta, válida también para la bibliografía indirecta sobre cualquier tema, obra o autor. Enseñarle a alguno de estos especímenes lo que es andar en zigzags –como siempre han hecho las obras de arte– es perder algo que desconocen, es perder tiempo. Y el fenómeno gira alrededor, precisamente, del tiempo. ¿A ustedes no les da risa cuando leen acerca de la nueva novela, del nuevo cuento, de la nueva poesía? ¿Cuánto dura en derretirse? ¿Podríamos abrir las apuestas?

Las novolatrías, además, permiten otras burlas, fraguar sarcasmos que nos hacen cosquillas cuando les tiembla el labio inferior al autodenominarse “jóvenes promesas”. Casi ninguno de los adictos –como se disfruta ante los más bocones– suele saltar esa valla. Ahí permanecen para siempre, aferrados a sus almanaques junto a las hojas del otoño que revolotean, turban sus expectativas aunque expandan la fecha de caducidad del producto, traten desesperadamente de que ya no sea al cumplir los treinta y cinco sino los cuarenta o los cuarenta y cinco años, cuando la agrupación entre los jóvenes desaparece del tablero, se mueven  piezas con una lozanía que les hace sudar envidias tóxicas, hasta deletéreas. Sobre todo cuando provienen de novólatras recién estrenados, que sin saberlo ejercen una dulce venganza cronológica.

Los desbordamientos –segundo reto de este apunte— se disfrutan como un regalito para bibliotecarios empeñados en que uno haga la ficha bibliográfica de la cita según las últimas normas del último congreso último. Porque hay tal inundación de poemas, novelas, cuentos, ensayos, memorias, artículos, crónicas, recensiones…; que se ahogan hasta nadadores de fuertes brazadas, referencistas de prestigios exegéticos labrados con esmero de joyero judío de Amberes, con pedigríes en las más sólidas universidades del mundo…

Uno sonríe ante la imposibilidad de encontrarse autores inéditos. Los cáusticos juramentos de nunca descender a las obesas grasas y masas de obras publicadas, han quedado como rezagos de la Galaxia Gutenberg. Las ediciones digitales se suceden, casi sin versiones simultáneas sobre papel. La tableta de lectura abofetea hábitos que pronto, como va la electrónica, serán piezas museables. Para desgracia de Christie´s y de Sotheby`s,  no se podrán subastar manuscritos, porque sencillamente nadie escribirá  sobre papel.

Hay que montarse en esta nave hipersónica, sin calentamiento aerodinámico personal, porque lo que se escribe actualmente es de tal magnitud que es imposible reseñar ni siquiera un subgénero, mucho menos en lenguas como el inglés o el español, donde producción y acceso literarios son multitudinarios, futbolísticos.

No estoy seguro de que el tercer reto sólo nos corresponda a los que gozamos de Internet. Parece intemporal, según cuenta Aristófanes en Las ranas, Cicerón en alguna de sus cartas a Ático, Emil Ciorán en Breviario de podredumbre. Lo cierto es que hoy sigue asolando las huestes artísticas, para diversión de nosotros mismos y sórdida manipulación de las estructuras de Poder, en particular por regímenes que usan los elogios –premios, medallas, diplomas…– para desarmar disidentes.

El egocentrismo es bien pertinente para los arrogantes que no cesan de contemplarse el ombligo. Hay un raro placer cuando uno los ayuda, cuando la egoterapia despliega sus linimentos, masajes umbilicales, espejos cóncavos… Hay bromas espectaculares para vencer este risueño desafío, tan propenso a recibir trompetillas, toques con el codo al vecino, miradas al techo del aula magna. La más conocida fue concebida, desde luego, en Buenos Aires. Cuenta de un suicida porteño que no falló en su trágico afán cuando decidió encaramarse en su ego y lanzarse a una muerte segura desde ese escalofriante, turbador precipicio.

Cierro este apunte con una autoburla: La literatura cubana actual –como cualquier otra– también participa del desafío de nombrarse como escrita por cubanos, por supuesto que donde quiera que estén y sin que los venenos políticos hipotequen las recepciones. Pero nómbrese a la antigua o véase desde la globalización dentro de la escrita en español, su “espiritualidad” comprende los peligros de la incomunicación por exceso de comunicación, los neblinosos aluviones de obras y los derivados de que quizás haya más egos literarios que sencillos escritores, como el poeta de los Versos sencillos. Peligros que sugiero tomar con sorna, con sabrosa burla –como observó Jorge Mañach en su conferencia “Indagación del choteo”, de 1928—. Porque son parte de una evidencia que no debiera sorprender a nadie, aunque sobreviven “despiertos” –aun dentro de movimientos Woke— y “dormidos” ante lo obvio.

 Mientras tanto yo releo a Eliseo Diego, me desafío  a mí mismo mientras vigilo a las aguas tibias y trato de  seguir saboreando una champola de guanábana, degustando unas tajadas de mamey.

(Palabras leídas en la Sexta Convención de la Cubanidad, Miami, 27 de mayo y 2023)

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