De Martí a Leonor García Vélez

Por José Raúl Vidal y Franco

 (Fragmento de  La cruz: símbolo y  desafío.)

De entre los versos de circunstancias citamos un fragmento del poema  dedicado A Leonor García Vélez, con motivo de la expedición que realizara a Cuba, su padre, el general Calixto García:  

                           Leonor:  —¿lo ves? Los pies ensangrentados,

                           Rota la frente, el alma en cruz, — pasea:

                           Rugen sus pensamientos agitados

                           Como la mar que contra el barco olea; —

                           Y con alas de sangre, el aire corta,

                           Pura, sombría, absorta,

                          Rumbo al cielo ¡oh dolor! la gran idea!

                                                                            E.C., t. II, p. 232

El 7 de mayo del 1880, el general Calixto García desembarca en las proximidades de Santiago de Cuba. Seis días después, el 13 del mismo mes, mediante la circular Cubanos, Martíconvoca a todos los compatriotas para celebrar la hazaña del general holguinero. Ese mismo día emite la proclama ¡A los cubanos!, en la que exalta la inminencia del triunfo, a la vez que el carácter popular del nuevo intento insurrecto. Pero la historia se escribe diferente. La expedición fracasa, entre otras cosas, por la incapacidad logística y  humanas tanto en el exilio como dentro de la Isla. Recién había concluido una guerra que dejó devastada  la infraestructura económica y el ánimo del país. Por tales circunstancias, a poco más de dos meses del desembarco —en agosto 1ro—, el general Calixto García se ve obligado a deponer las armas. El rápido desenlace de este singular episodio, provocó que a Martí  lo tildaran de exaltado e iluso por enardecer el ánimo patriótico entre las comunidades cubanas del exilio. El valor simbólico de cruz en este pasaje expresa, pues, la intensidad del sufrimiento que, vinculado al tema de Cuba, describe un estado de ánimo —absorto y silencioso—,  condicionado por la  distancia cada vez más difusa de un ideal  aún por alcanzar.

Y en esas tempestades, rebosadas de angustias, las fuerzas perecían desfallecer. Nuestro autor, embargado por la desilusión, siente un desgarramiento demoledor que exterioriza al compás  de una confesión rigurosa: “¡Oh! dejar la cruz para morir clavado en ella —¡es mejor que llevar, en  esta noche de las almas en que forcejamos vanamente, la grave cruz al hombro!” 29  Ahora la cruz adquiere un matiz esencialmente sinóptico en el sentido físico y bárbaro que reclama poner fin al martirio, no ya por el martirio mismo, sino por el desconsuelo que aflige al poeta ante tanta incomprensión.

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