De los «Versos libres» martianos, Dos Patrias (Fragmento del libro José Martí a la lumbre del zarzal)

Por José Raúl Vidal y Franco

Dos patrias es uno de los textos capitales de la colección Versos libres para comprender cabalmente la dimensión de la proscripción martiana. “En solo un verso, de los más bellos de la lengua, se identifican su amor de patriota y su ansiedad de artista: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Cuba está presente. La llegada de las sombras, la noche, anuncia el sueño que engendrará la creación libertada”. Asimismo, la recurrencia del fonema /o/ se convierte en la prolongación del yo para dar la noción del ser destrozado, acabado. Pero es curioso cómo después de la nominación de ambas patrias surge una interrogante que intensifica bruscamente la intimidad sombría del poeta: ¿O son una las dos?” Pregunta que  implica una duda momentánea. Es como si de repente reflexionara sobre el parentesco sémico de ambas patrias. El sema oscuridad es válido tanto para Cuba como para la noche. Recuérdese que  ya en este sentido, en Yugo y estrella, dirá: “Cuando nací sin sol”, para luego describir en detalles la situación por la cual es urgente que elija la estrella. O, en No, música tenaz me hables del cielo! al describir su estatus de desterrado:

¡Es morir, es temblar, es desgarrarme

Sin compasión el pecho! Si no vivo

Donde como una flor al aire puro

Abre su cáliz verde la palmera,

Si del día penoso a casa vuelvo….

¿Casa dije? No hay casa en tierra ajena!….

Roto vuelvo en pedazos encendidos!

Me recojo del suelo: alzo y amaso

Los restos de mí mismo; ávido y triste,

Como un estatuador un Cristo roto:

Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre,

Venid a ver, venid a ver por dentro!

Pero tomad a que Virgilio os guíe…

Si no, estáos afuera: el fuego rueda

Por la cueva humeante: como flores

De un jardín infernal se abren las llagas

Queman los pies los escaldados leños!

¡Toda fue flor la aterradora tumba!

No, música tenaz, me hables del cielo!

O, en Canto de otoño” al afirmar: “quien va a morir va muerto”. Como se evidencia el estado de penumbras en que vive el poeta se reitera semánticamente como motivo para contemporizar con su condición de proscripto. Claro está, en un poema como Dos patrias la explicites es mucho más concreta al identificar a través del destierro la nación subyugada donde falta la luz de la libertad con la oscuridad de la noche —condición que suele intensificarse por la lejanías de suelo patrio. El vocablo noche viene a ser una realización simbólica por sinonimia del color negro (que suele ser, por lo general, negativo; amén de estar integrado, en este contexto, por las notas del nihilismo y el pesimismo) pues Cuba y noche se integran mutuamente desde el punto de vista sémico.

Ahora bien, es preciso que nos detengamos en una de las vertientes más controvertidas de la vida y obra martiana. Y es su posición ante la idea de la muerte a quien constantemente personifica. La evocación de esta podría hacer pensar en cierta evasión de la vida a través de la idea del suicidio en Martí. Idea para la cual se encuentra en la vasta producción martiana materia que, epidérmicamente, pudieran justificarla.

Ejemplo de ello es apuntado en La Edad de Oro:

La Edad de Oro” no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe deshacerla sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer lo que no se puede volver a hacer. El que se mata es un ladrón.

En esencia, he aquí la condena del suicidio ante el deber que se impone. No obstante, el hecho de hablar al respecto evidencia que ya ha reflexionado sobre el particular. Y, por qué no, en algún momento lo justifica como es el caso del poema El padre suizo:

                                ¡Ve, bravo! Ve, gigante! Ve amoroso

Loco! Y las venenosas zarzas pisa

Que roen como tósigos las plantas

Del criminal, en el dominio lóbrego

Donde andan sin cesar los asesinos!

    ¡Ve! —que las seis estrellitas luminosas

Te seguirán, y te guiarán, y ayuda

A tus hombros darán cuantos hubieran

Bebido el vino amargo de la vida!

Es la justificación profunda a quien ante un destino adverso y doloroso “robó a la vida” sus tres hijos suicidándose con ellos. Y Martí lo llama: “Padre sublime, espíritu supremo” como quien ha pasado a la verdadera vida. Sin embargo, sustentar esta idea, pienso, sería hermetizar y simplificar contradictoriamente la dialéctica martiana que plantea la vida trascendental y un deber en sí misma, aunque haya afirmado en algún momento: “sí extremar la muerte es consumar y acelerar la vida”. A mi juicio lo que se vislumbra en Martí es la reverencia solemne ante la realidad humana que es la muerte. Su culto no es más que la aceptación dialéctica de la existencialidad del hombre. Observemos que en Dos patrias esa dialéctica es bien delimitada a través del contraste sombra – luz (noche – sol) al apuntar hacia un elemento natural:

                                                                          No bien retira

                          su majestad el sol, con largos velos

                          Y un clavel en la mano, silenciosa

                          Cuba cual viuda triste me aparece.

Aquí podemos ver en el vocablo silenciosa la explicites de un silencio absoluto que cobrará su máxima dimensión posteriormente en la ruptura  del endecasílabo (versos # 13 y 14). Además, la imagen sensible con que se presenta a Cuba como una “viuda triste” explicita intensamente la condición de alguien que ha perdido bruscamente su soporte esencial: la libertad. Se trata de un momento en que las penumbras de la “noche” cubren todo el espacio dejado por el sol en su retirada para presentarnos la imagen exacta de la patria enlutada. Y a Martí corresponde como misión profética asumir la responsabilidad ante tal pérdida. Es él el elegido para conquistarla. Ya en un texto tan temprano como El presidio político en Cuba se ha manifestado tal petición que ahora vuelvo a citar por considerarlo uno de los apuntes en prosa más sublimes escritos en nuestra lengua.

“Mi patria me había arrancado de los brazos de mi madre, y señalado un lugar en su banquete. Yo besé sus manos, y las moje con el llanto de mi orgullo, y ella partió, y me dejó abandonado a mi mismo.”

Martí establece una especie de relación nupcial con su patria que pudiéramos traducir en nupcias con la muerte, pues su perenne sacrificio sabe que no encontrará consumación hasta que entregue la vida por su amada Cuba.

También, otra arista que pudiéramos tratar al respecto, es que con el término “viuda” se ha designado simbólicamente a la masonería en la historia de esta confraternidad. Martí era masón, y en su poema presenta a Cuba como una “viuda” de la que sabemos es hijo por condición y en convicción. Los masones a si mismo se llaman hijos de la viuda, y esto tiene su origen en quien fue su fundador legendario, Hiram, del que se dice en las Sagradas Escrituras: “era hijo de una viuda”, lo que de hecho bastaría para precisar tal alusión.

En cuanto al “clavel” he de apuntar que el uso simbólico de la flor se ha presentado en diversas ocasiones para la literatura como una figura arquetípica del espíritu humano. Significación suele ser secundaria, y a pesar de que muchas veces logra particularizarse –como en este poema- la misma se precisa por el nombre o principalmente por el color según el estado anímico del poeta o escritor. Por supuesto, esto no es absoluto, pues el matiz psíquico es indefinido dado la heterogeneidad  que se opera en los seres humanos.

En el que analizamos persisten vivas sensaciones, y se manifiesta en toda su plenitud como símbolo de virilidad, aunque es sabido, se trata de una virilidad mancillada, aplastada:

                          “¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento

                          Que en la mano le tiembla! Está vacío

                          Mi pecho, destrozado está y vacío

                          En donde está el corazón”

Para comprender en su plenitud esta idea, así como el simbolismo que encierra el “clavel” en el poema es necesario detenernos momentáneamente en ciertos aspectos de orden histórico.

El texto data de 1880 según Hilario Gonzáles y posee como antecedente la última deportación de Martí a España (septiembre de 1879), además de la rendición de las armas cubanas el 10 de febrero de 1878 (Pacto del Zanjón). Pues a pesar de la contienda bélica, conocida como Guerra Chiquita, comenzada en agosto 24 – 25 del ’79, la lucha por la libertad ha sido frustrada, y el ideal de independencia se torna inalcanzable.

En esos momentos se abre para Martí una década especialmente difícil. Es 1880 la década en que preocupado por el futuro de la patria pronuncia el más extenso de sus discursos (enero 24, de1880) en el que realiza un gran análisis de conjunto sobre las razones que hicieron fracasar la Guerra de los Diez Años; pero es también la década en que comienza a ser objeto de espionaje por la Agencia Pinkerton (abril 21, de 1880), y donde por si fuera poco, se produce la ruptura con Gómez y Maceo por no apoyar los métodos tiránicos de estos (octubre 20, de 1884). Es también, por otra parte, la década en que se produce su descalabro matrimonial. Todo esto provoca, como se ha dicho anteriormente, que lo más importante: el ideal de independencia, se vea muy lejos. Ello explica el sentimiento de frustración de los versos: “Está vacío mi pecho, destrozado está y vacío/ en donde estaba el corazón”, que viene muy a tono con el absoluto silencio que se percibe en el poema.

El “clavel” en las manos de Cuba sería en esencia el mismo corazón de Martí (destrozado) tal y como está ella misma a causa del ideal independentista malogrado. Punto este que tanto preocupó  a Martí, y por lo que ahora cito sus Versos sencillos:

                          “Yo he puesto la mano osada,

                          De horror y júbilo yerta,

                          Sobre la estrella apagada

                          Que cayó frente a mi puerta”

Para concluir este aspecto he de apuntar que en la literatura, por lo general, se han presentado las disímiles virtudes humanas a través de flores; y en el que nos ocupa (el “clavel”) al observar su atributo (“sangriento”) podemos derivar el vínculo sanguíneo que se establece entre Martí y su patria. Y por ende, un nuevo sema es posible derivar en él: la verticalidad de la espiritualidad martiana. Schulman observa:

“…el símbolo sangre significa una contribución a  la lucha representada por el sufrimiento de quien la ofrece.” 

Como flor, el “clavel”, posee aquí una doble naturaleza:  el corazón de Martí, a la vez que el alma de Cuba, y se erige como vínculo espiritual entre ambos. Su simbolismo, según se ha apuntado, viene condicionado por el valor cromático, en que el atributo “sangriento” cobra una nota de lamento y tristeza con la cual se denota la intensidad de las desilusión sufrida. Ese simbolismo que sintetizado en estas palabras de Schulman:

“…su ardor y su naturaleza apasionada, quedan vivamente representados a través de las imágenes claveles y rosas, ambas usadas para retratar la ferviente dedicación de un alma a las actividades revolucionarias.”

El poeta nos presenta de inmediato una imagen totalmente desalentadora que culmina con la partición del endecasílabo. En estos momentos llega a su plenitud el silencio total de un alma en plenos lances con el desaliento:

                                                                          “Ya es hora

                          De empezar a morir. La noche es buena

                          Para decir adiós. La luz estorba

                          Y la palabra humana. El universo

                          Habla mejor que el hombre.”

El tono desalentador de estos versos pudiera hacer pensar en una especie de evasión al modo romántico a través del suicidio, lo cual ya hemos tratado con anterioridad. Lo importante a considerar aquí sería la plena convicción que posee acerca de la sabiduría de la naturaleza. Al punto de afirmar tácitamente: “El universo habla mejor que el hombre”. Que, como se ve, no es más que la esencia de su visión panteísta. Panteísmo que he preferido asumir en Martí, no como la vieja doctrina filosófica según la cual existe un dios encerrado en la naturaleza a la vez que es idéntico a ella, sino como el hombre que idéntico al ritmo cadencioso de esta establece un puente como vía a la perfección del espíritu, (pues sólo frente a ella queda anulada cualquier voz). Recuérdese que la doctrina panteísta centra su mayor desarrollo en la filosofía de Hegel. Y este, aparte de ser el filósofo de moda en XIX, Martí se permeó de todo su sistema al leerlo en su propia lengua. Ello explica, esa dialéctica martiana de hallar en la contradicción como ley natural la perfección del espíritu. Esto pues, expondría el panteísmo martiano como sinónimo de humanismo.

Al igual que en “Canto de otoño” podemos observar, in media res, que en “Dos patrias” es latente “un lúcido gesto de rebeldía frente a la tentación de entregarse al desaliento.”

                                                          “Cual bandera

                          Que invita a batallar, la llama roja

                          De la vela flamea. Las ventanas

                          Abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo

                          Las hojas del clavel, como una nube

                          Que enturbia el cielo, Cuba viuda pasa…”

Aquí aparece otro elemento que sustenta la idea del contraste ascender del espíritu martiano: “la vela”, cuyo simbolismo es complementado con “la llama” que arde. En esta última se encuentran sintetizado todos los elementos de la naturaleza que la misma en su unicidad presupone (oxígeno, materia combustible y fuego), por lo tanto, “la llama” llega a ser un elemento individual para cada ser humano, y, “la vela” encendida se yergue en símbolo de esa individualización. A esto añadimos la verticalidad de ambas. Tanto la “vela” como la “llama” siempre se encuentran enhiestas, y a pesar de que la segunda (“la llama”) puede ser perturbada por un soplo, pronto recuperará su esbeltez. En la unidad de ambas está simbolizada la vida ascensional, la búsqueda de la superioridad espiritual. Baste recordar que las velas encendidas constituyen  el alma de las  celebraciones personales. Según la cantidad expuestas en los aniversarios, así serán las etapas vencidas hacia la perfección humana y la felicidad. Asimismo, las que custodian a un difunto simbolizan la luz del alma que en todo su esplendor sube al cielo purificada:

“el fuego simboliza tradicionalmente un elemento sagrado al que se mantiene perpetuamente activo. En las antiguas civilizaciones eran los sumos sacerdotes los encargados de conservar viva la llama y, en ocasiones, el alma, fuente de espiritualidad, era identificada con el fuego. En el transcurso de los años y en consiguiente desarrollo de nuestra civilización hizo del fuego, en sus numerosas manifestaciones (luz, lámpara, antorcha, vela), un símbolo del espíritu humano, de todo lo divino y radiante que hay en el hombre, de amor y pasión.”

En Martí es evidente que estos significados son realzados de modo especial. En ellos se encuentra la verticalidad de sus principios éticos y la búsqueda de la supremacía espiritual; así como un tercero que es el de la luz que acompaña al solitario en esas tempestades de la soledad, que como se vio anteriormente, incidían la gran voluntad de hacer el bien y siembran la duda. La “llama” y la “vela” llegan a adquirir un carácter sagrado como fuente de inspiración. Además, es particularmente curioso cómo esa “vela” aparece en forma de “bandera que invita a batallar” con lo que se vierte la idea del levantarse, de imponerse a las contrariedades de la oscuridad en que vive. Es por ello, que un poema como “Yo sacaré lo que en el pecho tengo” hará un verso excepcionalmente sublime: “Padece mucho un cirio que ilumina”. La idea de la luminosidad es constante para la concepción; tanto ética como estética, en Martí. De hecho en el texto que analizamos, dice: “Las ventanas/ abro, ya estrecho en mi”, como si buscara la transparencia de la luz y la ventilación natural que tanto anhela.

Existe otro elemento (“la nube”) que es conveniente dilucidar. El simbolismo de esta es intrínsecamente confuso como indefinido. Según la milenaria tradición literaria universal la misma ha sido vehículo de exaltación y glorificación divina de la cual se ha tratado la relación de Dios con los hombres. En la legendaria China las nubes descendían sobre los montecillos de tierra que cubrían las sepulturas o sobre los sacrificios hechos a las divinidades; posteriormente se elevan llevándose consigo el alma de los héroes inmortales que subían al cielo sobre ellas. En el Corán se evoca la epifanía de Alláh en la sombra de una nube, con lo cual se expresa el estado incognoscible de este antes de la manifestación. Claro está, esto último no es nada original, pues en la historia bíblica del Éxodo, Dios se manifiesta constantemente al patriarca Moisés en una “espesa nube” que permanecía para guiarlo y ayudarlo en el desierto  en la misión de fundar la nación israelita. Pienso que el motivo sirve, en sentido general, de inspiración en Martí para patentizar una vez más su misión profética de fundar una patria libre. Al respecto apunta Schulman:                          

“Pero tanto si emplea en un contexto estético como político–social, nube expresa una forma de anhelo y un deseo de alcanzar un objetivo elevado”

Y, a pesar de tratarse de “una nube que enturbia el cielo”, creo que no deja de estar muy a tono, tanto con la naturaleza semántica que de ella se deriva (por ser un símbolo de altura) como por las propias circunstancias que nos revela el poema.

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