De «plantación esclavista» y «hacienda patriarcal»

Por Victoriano el Bruto

En los albores de la lucha por la independencia, los cultivadores de caña de azúcar en el occidente de la isla, así como sus contrapartes en Santiago de Cuba y Cienfuegos, desempeñaron un papel vital en el sostenimiento del yugo colonial que se cernía sobre la tierra cubana. Los señores de las plantaciones y los influyentes mercaderes, tanto de origen catalán como francés, que mantenían lazos estrechos con los concejos municipales de Santiago y Cienfuegos, jugaron un papel crucial en la lealtad de estas regiones hacia la corona española en tiempos de guerra. En un principio, los propietarios de las plantaciones en la subregión de Maraguán y Caonao, en Puerto Príncipe, se unieron al fervor revolucionario, pero con el tiempo, bajo la dirección de Napoleón Arango, abandonaron la causa.

Carlos Manuel de Céspedes, con perspicacia, examinó las razones que llevaron a la traición de los plantadores de Puerto Príncipe a la causa revolucionaria. Los testimonios y crónicas locales, como los relatos de Enrique Edo, Emilio Bacardi, los diarios de Wenceslao de Villaurrutia y Francisco Vicente Aguilera en Europa, arrojan luz sobre las posturas adoptadas por los plantadores en medio del conflicto.

De hecho, los comerciantes y plantadores más influyentes que residían en La Habana, Santiago, Cienfuegos, Cárdenas y Matanzas tomaron las riendas de los cuerpos de voluntarios españoles que se destacaron por su brutal represión de la población criolla. Entre los miembros del Consejo Administrativo de Bienes Embargados, encargado de incautar las propiedades de los terratenientes criollos que se habían levantado en armas o se habían vuelto desafectos en otras partes de la isla, se hallaban los nombres destacados de los principales comerciantes, traficantes de esclavos y plantadores españoles. Entre ellos, figuras notables como Julián Zulueta, Joaquín Pedroso, Juan Poey, Manuel Ajuria (conde de Casa Lombillo), conde de San Fernando y Mamerto Pulido (marqués de Almendares), hasta un total de 18 destacados miembros del sector plantacionista occidental.

Al considerar las distintas perspectivas de los historiadores económicos, como Le Riverend y Moreno, por un lado, y los historiadores sociales, culturales y económicos desde diversas perspectivas, por otro, en relación con la resistencia y adaptación de las plantaciones esclavistas occidentales, surgen nuevas interrogantes. Los pioneros de la nueva historiografía económica desenterraron minuciosamente las deficiencias y anomalías que hallaron, lo que arroja luz sobre algunas de las dificultades que los plantadores enfrentaron con respecto a la mano de obra. No obstante, en la década de 1870, no se exploró en profundidad la base de sustentación y los fundamentos de la plantación esclavista.

La nueva generación de historiadores ha aportado nuevos datos, formulado enfoques diversos y cuestionado algunos de los supuestos de los maestros de la historiografía económica, aunque esto no implica que hayan resuelto completamente los nuevos desafíos que plantearon ni que sus enfoques carezcan de errores.

Cuando Moreno y Le Riverend intentaron interpretar las discrepancias que observaron en la plantación occidental como una crisis total de la sociedad esclavista, pasaron por alto la solidez y resistencia de la plantación. Aunque describieron con precisión los problemas relacionados con la fuerza laboral, estos problemas explican las preocupaciones de los plantadores occidentales a mediados del siglo XIX, pero no los llevaron a renunciar a sus esclavos ni a rebelarse contra el régimen colonial español.

No afirmamos haber resuelto los desafíos más complejos relacionados con el estudio de la crisis que condujo a la revolución de 1868. A partir de los últimos avances en la historiografía cubana, hemos cuestionado la idea de vincular directamente las variaciones y adaptaciones en el funcionamiento de las plantaciones esclavistas occidentales con la revolución que comenzó en la Demajagua. Aunque se han esclarecido parcialmente algunos de los eventos que llevaron a la crisis de las haciendas en la región centro-oriental, no se ha investigado de manera integral la situación en toda la Isla, es decir, los intercambios recíprocos entre las regiones occidentales y centro-orientales.

En realidad, el veredicto final de la historia no se centrará en el debate historiográfico entre los enfoques gradualistas de los historiadores económicos y las perspectivas globales de los historiadores sociales. Por lo tanto, las preguntas formuladas y las respuestas proporcionadas por ambos grupos se debatieron en un contexto que fue superado por la trayectoria histórica en última instancia.

Resumamos algunas de las preguntas planteadas por los estudiosos y los problemas y respuestas explorados: ¿Estaba destinada la plantación que empleaba trabajo esclavo a desaparecer en un futuro cercano debido a su evolución interna? ¿O podía la plantación occidental seguir existiendo indefinidamente mientras fuera rentable y la población de esclavos continuara creciendo naturalmente? Las diversas opciones históricas consideradas por los historiadores, aunque más o menos plausibles, no tuvieron un impacto decisivo; en cambio, las luchas de otras clases sociales contra el régimen colonial y la esclavitud llevaron finalmente a la abolición en la década de 1880.

La lucha por el poder, en contra del Estado colonial y la esclavitud, superó ampliamente cualquier evolución interna que pudiera haber conducido a la disolución gradual o consolidación histórica de la clase de plantadores. Los conflictos por la hegemonía siempre trascienden los dilemas históricos que los historiadores abordan, ya que estos se centran en aspectos parciales de la evolución interna de una clase o grupo social, o están limitados por circunstancias coyunturales que a menudo son superadas por eventos sociales globales en el curso del proceso histórico.

La abolición de la esclavitud, por lo tanto, no fue el resultado de una evolución interna gradual de los plantadores, ya sea hacia su disolución o consolidación, sino el resultado de una lucha de clases más amplia en el contexto histórico nacional o internacional. La plantación esclavista no colapsó ni se mantuvo solo debido a sus propias dinámicas internas, sino como resultado de la resistencia o el ataque de fuerzas emergentes que luchaban por el control del mercado y el poder político, o por parte de las luchas de las clases subalternas. Esto marcó la trayectoria de las sociedades esclavistas coloniales en América.

En este sentido, actores como Gran Bretaña, el capital industrial del norte de Estados Unidos, la burguesía liberal brasileña, los esclavos en Haití y los terratenientes ganaderos en la región centro-oriental de Cuba, adoptaron un proyecto abolicionista que aceleró el fin a corto o mediano plazo de la esclavitud en las plantaciones. Haití, por ejemplo, logró la abolición de la esclavitud a través de grandes revueltas de esclavos. En la colonia española de Santo Domingo, los ejércitos haitianos acordaron abolir la esclavitud patriarcal de las haciendas en la década de 1820. En el caso de Jamaica, las importantes revueltas y protestas de esclavos en 1831 forzaron a la city londinense a abandonar su proyecto gradualista de abolición y establecer una fecha de abolición radical, lo que volvió «una parte apreciable de las bases materiales de la esclavitud… y la convirtió en un sistema incosteable».

En ninguno de estos casos, la esclavitud se desmoronó debido únicamente a contradicciones internas en las plantaciones. Ni problemas de productividad ni escasez de mano de obra llevaron a los plantadores a abrazar el abolicionismo. En su lugar, los conflictos de poder por el mercado y la influencia política entre la plantación y las clases sociales en competencia impulsaron las fuerzas que finalmente pusieron fin a la esclavitud. En el caso cubano, los agudos conflictos entre los estratos subalternos «de color» libres y los esclavos contra el poder colonial se sumaron a las contradicciones entre los señores de hacienda centro-orientales y la clase media criolla, lo que contribuyó a la liquidación de la esclavitud y cambió el rumbo de la historia.

El estudio de los diferentes tipos de esclavitud colonial en el Caribe, Estados Unidos y Brasil ha revelado la existencia de un señor de hacienda criollo de carácter patriarcal, cuya producción se orientaba principalmente hacia el mercado interno, en contraste con los plantadores de origen comercial o terratenientes que se centraban en el comercio exterior. La dificultad para definir conceptualmente a los señores de hacienda y plantadores como capitalistas, esclavistas, feudales, burgueses esclavistas o burgueses-feudales en diferentes contextos históricos parece indicar la necesidad de que los estudios históricos se centren en describir las características y funciones de los actores históricos en función de hipótesis bien fundamentadas y aplicadas a casos específicos.

Por lo tanto, sería útil evaluar comparativamente los procesos históricos que experimentaron las haciendas y plantaciones en diferentes regiones geo-históricas. Quizás sea hora de superar el debate nominalista que ha obstaculizado el estudio de la esclavitud colonial en la historia. Las investigaciones más recientes han sugerido que la clase de plantación, en su papel asociado a las autoridades coloniales, nunca tuvo la intención de transformar las bases de la sociedad colonial y las relaciones de producción en respuesta a una crisis económica de realización del producto. En ninguna parte, la clase esclavista de plantación se propuso la abolición de la esclavitud o lideró luchas por la instauración del capitalismo o la emancipación de la metrópolis. La transformación hacia el capitalismo posterior al colonialismo en las regiones del Cauto, por ejemplo, es un ejemplo emblemático de esta transición.

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