De cómo se le inoculó el terror a Kato

Por: La Máscara Negra


Un caballero de avanzada edad, cuya vestimenta denotaba su nobleza, deambula apresurado y perturbado por una calle desierta de Playa Albina, ya entrada la tarde. Etiquetado como «viejo verde» por su apariencia, avanza con determinación aunque intranquilo. La lluvia, que había persistido durante todo el día, amortigua el sonido de sus pasos. De repente, Kato cree oír tras de sí los resonantes pasos de un hombre. Le parece reconocer ese sonido, como si no fuera la primera vez que lo escucha. En efecto, los pasos lo acompañan desde hace un rato. Sobrecogido por el miedo, se convence de que lo han estado siguiendo desde que abandonó una desafortunada cita con una mujer en el restaurante Versalles, en la calle 8, donde ella lo dejó en ridículo, como un gallo de Morón desplumado y cacareante.

Kato busca refugio en una tienda Navarro, que se encuentra cerca. Allí, con sus últimos cinco dólares, adquiere una caja de cigarros para disimular. El dependiente percibe su estado de preocupación y se ofrece a acompañarlo, pero pronto el miedo se apodera de él. Temeroso de llamar la atención como un «viejo verde» en busca de compañía, Kato decide continuar su camino por aquella calle desierta. Mientras tanto, el desconocido, posiblemente un espía, sigue sus pasos sin detenerse, a veces acelerando el paso, otras veces desacelerando, pero sin acercarse nunca.

Una hora entera transcurre en esa inusual persecución por las solitarias calles, hasta que Kato finalmente se detiene frente a una galería de arte aislada al final de una calle en la Pequeña Habana. Le abren la puerta y es recibido por dos personas que se encuentran visitando el lugar. Poco después, se escuchan pasos fuertes en la entrada de la galería. Llaman a la puerta tres veces. Los reunidos, paralizados por el miedo, no se atreven a abrir, pero el desconocido se otorga el permiso de entrar. Observa el interior de la sala y se sienta en una silla, asegurando a sus atemorizados anfitriones su total amistad.

Sí, incluso se ofrece a ayudarles en el futuro y de manera enigmática sugiere que podría serles útil pronto. Añade que ahora, que ya no quedan buenos artistas ni escritores en Playa Albina, solo él está por encima de la crítica. A continuación, manifiesta su deseo de realizar un taller de crítica literaria e investigaciones históricas. Uno de los visitantes, comprendiendo de inmediato el significado de la solicitud sin necesidad de más explicaciones, le pide al desconocido que regrese más tarde. Cuando el desconocido reaparece a la hora indicada, en un espacio contiguo a la sala de exposición se han preparado los elementos para el fatídico taller de crítica narrativa.

En el centro de ese espacio se encuentra una mesa sobre la cual reposan varios libros apenas distinguibles. Embargado por un recuerdo intenso, el desconocido se acerca a la mesa y toma uno de los libros. En ese momento, una voz interviene: «¡Qué portada tan fea, qué argumento tan endeble, qué pobre escritura!». El taller, patéticamente solemne, culmina en una polémica discusión.

Kato llama a varios amigos para quejarse de lo sucedido. Luego continúa su camino hacia casa, pero el temor continúa acosándolo. Los pasos del desconocido lo persiguen. Hasta que, en un momento, el paso del desconocido provoca que Kato tropiece y caiga al suelo. Atónito, Kato no puede creer lo que sus ojos ven. Se levanta apresuradamente, pero otro paso del desconocido le pone una zancadilla. Kato se desploma, abriendo sus brazos en un gesto de súplica. Con lágrimas en los ojos, murmura: «Perdóneme, jamás escribiré un panfleto mediocre, ni sobre La Rusa, ni sobre Nico Saquito, ni sobre el Doctor Faber, ni sobre nada por el estilo».

Al llegar a su hogar, Kato debe ser llevado al psiquiatra, pues durante todo el día ha estado alucinando con La Máscara Negra. Por ese motivo, Kato no ha participado en las últimas tertulias de «Tinta Verde». El solo hecho de encontrarse con La Máscara Negra le atemoriza profundamente.

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