«Darwinismo social», no; «darwinismo artístico-naturalista», sí.

Por ACDV

Yo renunciaría a seguir los pasos de Schopenhauer, quien representa la última corriente de pensamiento que aboga por la negación del mundo. En su lugar, optaría por adentrarme en el vasto campo de Darwin, cuya mente prodigiosa ha resaltado la importancia de la propiedad positiva de la adaptación. En la actualidad, se percibe una tendencia a alejarnos del mundo y a cuestionar la exitosa teoría darwiniana de la supervivencia del más apto y fuerte. No obstante, ¿dónde se encuentra el error con respecto a la concepción de Darwin?

Contemplemos el asunto desde una perspectiva distinguida. La biología evolutiva, en su esencia, únicamente tiene sentido si se la considera como una doctrina sobre la actividad artística de la naturaleza. Desde la óptica de Darwin, la propia naturaleza se convierte en un espectáculo circense, donde las especies ofrecen, mediante una repetición constante de los procedimientos más simples, una impresionante variedad de actuaciones. Este espectáculo ocurre generalmente de manera co-evolutiva y co-oportunista, en conjuntos que involucran a multitud de especies (basta con reflexionar acerca de las 900 variedades de higos que existen en todo el mundo: cada una de estas especies posee su propia especie de moscas de higos, las cuales viven en los frutos y sin las cuales ninguna de estas variedades podría reproducirse).

Dentro de las creaciones artísticas de la cultura, Nietzsche destaca aquellas que rivalizan con las maravillas naturales, como los «senos de la mujer». Estas obras maestras del arte evolutivo pre-humano son simultáneamente «útiles y agradables». Desde la perspectiva de la teoría evolutiva, la vida podría ser considerada como un espectáculo de una inmensa diversidad de formas, observado a través de los binoculares de la ópera. Cada departamento artístico, es decir, cada especie, se esfuerza por realizar la obra maestra definitiva: sobrevivir.

No existe ninguna especie que, al igual que el funámbulo nietzscheano, no haya adoptado el peligro como su profesión en cierta medida. Cuando los naturalistas nos informan que más del 90% de todas las especies que alguna vez han existido han desaparecido, incluyendo la desaparición de 150 especies de las 9,800 especies de aves conocidas sólo en los últimos siglos, el concepto de «riesgo profesional» adquiere una importancia significativa.

Contemplando tal situación, cabe afirmar que la biología se transmuta en una narrativa tanatocéntrica. No obstante, al abordar las manifestaciones vivas presentes, un naturalista debe ser capaz de relatar las hazañas de su prosperidad y dilucidar los fundamentos de su logro, señalándonos cómo han conseguido mantenerse vigentes hasta la fecha, del lado de los sobrevivientes.

La narrativa de la naturaleza se asemeja a una expedición de alpinistas que se aventuran en una montaña de improbabilidades. Sin embargo, este relato se transforma rápidamente en un tema que concierne al arte de la naturaleza. En este sentido, no se requiere tomar una decisión, lo cual es afortunado, acerca de si son las especies o el biólogo que investiga la naturaleza, los que realizan la ascensión a esta montaña improbable.

Quizás la imagen de trepar a las cumbres de lo improbable sea insuficiente en sí misma, puesto que el ascenso de las especies no puede ser comprendido como la conquista de una cima que ya existía previamente. En su propia evolución, el ascenso implica el despliegue de la montaña hasta alcanzar su altura actual. Detrás de la imagen de la ascensión a una montaña de improbabilidades, se esconde una figura más profunda: la emergencia de la propia cima, erigida por las triviales fuerzas de la evolución, desde lo más probable hasta lo más improbable. Ya sea que se conciba el camino hacia la cumbre como una escalada o como una elevación del macizo montañoso completo, la historia de la naturaleza adquiere una dimensión intrínsecamente artística. En este contexto, la palabra supervivencia se convierte en clave para designar la acrobacia artística de la naturaleza. Más que un proceso de transculturación, la cultura es un proceso de adaptación.

No obstante, la cuestión acerca de quién observa el majestuoso espectáculo natural mientras este despliega sus intrincados números artísticos permanece sin respuesta en el contexto de la experiencia humana. El único espectador cuya presencia podemos corroborar es el científico de la vida, no obstante, su ingreso al teatro evolutivo acontece con un retraso que se mide en centenares de millones de años.  Por ahora, traer de vuelta a Darwin, al naturalista, es una opción imperdible.

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