Por ACDV

La cubanidad, ese concepto envolvente y enigmático, se alza como una poderosa fortaleza simbólica, jurídica y espiritual destinada a salvaguardar la vida colectiva del pueblo cubano. No se requiere de amplias cavilaciones para comprenderlo, pues la ciencia cultural inmunológica, guardiana de las esencias, nos confirma su irrefutable naturaleza. La cubanidad se revela como una suerte de estado metafísico, donde la sociedad cubana encuentra refugio ante la amenaza perpetua de la invasiva aculturación.

Esos cuatro signos vitales que definen la cultura inmunológica del espíritu cubano emergen como testimonio tangible de su identidad. La respiración y el ritmo de la transmisión hereditaria laten en cada esquina, inyectando vida a través de las generaciones. El mestizaje étnico, crisol de colores y matices, es el fuego que arde en las venas del ser cubano, amalgamando la diversidad en una sola esencia. Las tradiciones de la cultura popular, tejidas con hilos de historia y arraigo, conforman el tejido social que se niega a ser desgarrado. Y en la cosmovisión ritual del imaginario ante la trascendencia y la muerte, se vislumbra la dimensión profunda y mística que impulsa a este pueblo a enfrentar los misterios del universo con valentía.

Todos estos elementos entrelazados componen un intrincado sistema de comunidad artística, literaria y colectiva, cuya perdurabilidad trasciende los efímeros vaivenes del tiempo. La cubanidad no se limita, por ende, a ser un nacionalismo beligerante, sino que se presenta como una convocatoria cultural inequívoca y sin restricciones, donde la esencia de la nación se manifiesta en todo su esplendor.

El espíritu de la cubanidad, esa amalgama de tecno-idealización y defensa frente al mundo, trasciende los límites de una simple formulación. No puede ser contenido en meras palabras, pues escapa a cualquier enunciado limitante. Más bien, se erige como un medio de comunicación entre la enfermedad de la cultura y la cura anhelada. Aquellos que se aventuren por los terrenos esotéricos de la realidad y los confines del sueño, descubrirán que el espíritu es una forma de vida, un nexo entre los medios contemporáneos y la esencia misma de la existencia.

La cubanidad, ese fascinante tejido de identidad histórica, se ve inmersa en un juego cautivador, un juego que no conoce límites ni descanso. En la era de la omnipresencia de los medios y las redes sociales, los estímulos abruman y despiertan el sentido colectivo de aquellos que se preocupan por preservar la herencia de su pueblo.

En este escenario deslumbrante, se devela una nueva faceta: la postcubanidad. Un estado de ser que surge como resultado de los estímulos nerviosos generados por el perenne plebiscito de los medios de comunicación. Las voces se entrelazan, las opiniones se propagan y las emociones se agitan en una danza constante de perspectivas, un verdadero frenesí de ideas.

Es en este juego del estrés, en este constante ajetreo de estímulos, donde la cubanidad se ve desafiada y redefinida. Las fronteras se desvanecen y los límites se difuminan, mientras la esencia de lo cubano se adapta y evoluciona bajo la mirada atenta de las masas. Las voces digitales se alzan, retumbando en cada rincón virtual, como un coro de nostalgias y esperanzas entrelazadas.

En cada publicación, en cada tuit, se despliegan fragmentos de historia y se invoca el espíritu de una nación. Los recuerdos se entremezclan con los sueños, las tradiciones dan paso a las nuevas perspectivas y el pasado se encuentra con el presente en un abrazo eterno. Es un juego de conexiones, de hilos invisibles que unen corazones dispersos, recordándoles su origen compartido.

Pero este juego, aunque fascinante, no está exento de desafíos y contradicciones. La postcubanidad, en su afán por romper barreras y expandirse más allá de los límites conocidos, también enfrenta las sombras de la polarización y la manipulación. Los medios y las redes sociales, con su poder de influencia, pueden convertirse en espacios de manipulación, donde la verdad se diluye y la identidad se ve amenazada.

No obstante, la cubanidad persiste, inquebrantable, como una llama que arde en el corazón de aquellos que la abrazan. A través de los altibajos, de los desafíos y las luchas, sigue siendo un faro de resistencia y un lazo inquebrantable entre generaciones. Es un juego en constante evolución, donde las reglas se reescriben y la cubanidad se reinventa una y otra vez.

Así, mientras los estímulos nerviosos de los medios y las redes sociales activan la postcubanidad, la cubanidad misma se mantiene arraigada en la historia y en la esencia de un pueblo. Es un baile complejo, un juego que desafía al tiempo y despierta los sentidos. La cubanidad y la postcubanidad se entrelazan en una danza eterna, en busca de una identidad que perdure y se renueve en cada latido del corazón colectivo.

En el vasto lienzo de la existencia, se yergue con ímpetu y resplandor la postcubanidad, una fuerza enraizada en las profundidades de un espacio habitado. Como un ineludible destino, impregna cada rincón y se manifiesta en las convenciones y reuniones entre cubanos, otorgándoles una dimensión trascendental. En estas ocasiones, la esencia misma de lo cubano se activa, desplegando sus alas para construir un ámbito temporalmente habitable.

Es en ese fluir de encuentros donde las almas confluyen y los espíritus se entrelazan, forjando lazos inquebrantables. En la conversación pausada y en el eco de risas compartidas, se teje una red invisible que une a aquellos que, en su corazón, llevan la impronta de la patria lejana. En cada gesto, en cada palabra pronunciada, se revela una historia inmemorial, un linaje ancestral que se proyecta hacia el futuro.

La postcubanidad, con su manto de nostalgia y esperanza, envuelve estos encuentros efímeros, elevándolos a un plano superior. Los protagonistas, conscientes de su papel en esta danza cósmica, se entregan a la tarea de construir un refugio donde los sentimientos y las vivencias cobren vida. Es un acto de resistencia, una manifestación de identidad que desafía las barreras del tiempo y del espacio.

En este espacio habitado momentáneamente, se rompen las cadenas impuestas por la distancia y el exilio. Los exiliados, portadores de un legado eterno, encuentran en cada palabra susurrada la fuerza necesaria para seguir adelante. Los aires de la isla perdida se entremezclan con el presente, delineando un horizonte cargado de promesas y utopías.

En cada convención, en cada reunión, se alza un altar invisible donde se rinde tributo a la cubanidad. Las palabras, convertidas en hilos de memoria, tejen un tapiz vibrante que nos remonta a las raíces, a los sabores y a los colores de una tierra amada. La postcubanidad se hace tangible en la emoción que se desborda, en las miradas cómplices y en los abrazos sinceros que trascienden las fronteras geográficas.

Así, en la efervescencia de la postcubanidad, se erige un espacio sagrado, un refugio donde los exiliados encuentran consuelo y los que aún residen en la isla se encuentran con aquellos que partieron. En este tejido de encuentros y despedidas, se entreteje el alma de una nación dispersa pero unida en su esencia. La postcubanidad impera, y en cada instante se construye una morada efímera donde todos los hijos de Cuba se sienten en casa.

Total Page Visits: 656 - Today Page Visits: 2