Por Elpidio Granda
Que la historia haya llegado a su final no depende tanto del simple hecho de estar ahí en el mundo de las modernas sociedades capitalistas, sino de haber estado durante décadas cobijados bajo el sistema simbólico que levantaron las sociedades comunistas. Lo decisivo no fue el contacto con el capitalismo como forma histórica dominante, sino la experiencia prolongada de vivir dentro de una arquitectura simbólica que pretendía absorber la totalidad de la vida social. Ese cobijamiento —hecho de discursos, rituales y espacios institucionales— constituyó el verdadero horizonte existencial de varias generaciones.
El problema comienza cuando ese sistema intenta perpetuar la unidad totalitaria del relato nacional. El deseo de mantener intacta la narración ideológica del socialismo termina produciendo, con el paso del tiempo, una paradoja asimétrica en la escritura histórica de la nación. El relato que pretendía explicar la totalidad de la historia comienza a fracturarse desde dentro. En lugar de una narración continua aparece un mosaico disperso de voces menores. El final de los grandes discursos históricos, aquellos que aspiraban a representar la larga duración del socialismo postcapitalista, culmina así con la proliferación de microrrelatos y microescrituras postcomunistas.
Todo intento de inmunizar el discurso nacional frente a cualquier imperativo exterior termina volviéndose contra su propia esencia. El régimen que busca proteger su narrativa termina generando las condiciones de su desgaste simbólico.
La manera en que se organizaron los cobijamientos simbólicos del socialismo determina también la forma en que se despliegan los hechos que hoy dan testimonio de nuevos relatos emergentes. Estos relatos nacen al margen del espacio oficial y comienzan lentamente a disputar el monopolio narrativo del gran metarrelato histórico de la nación cubana.
Si hoy puede hablarse con propiedad de una fase postcomunista en Cuba, ello solo resulta posible en el plano simbólico. Durante décadas los ciudadanos fueron cobijados en espacios diseñados para representar la unidad colectiva: el Palacio de las Convenciones, las escuelas al campo, los combinados de viviendas, las plazas de la revolución donde se reunían multitudes para escuchar la voz del poder. Aquellos espacios no eran simples estructuras arquitectónicas; constituían dispositivos simbólicos destinados a organizar la experiencia social.
Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a producirse una aproximación distinta al mundo de la vida cotidiana. Esa cercanía con la experiencia existencial fue dando lugar a una forma de escritura y de discurso que podría llamarse una oralidad postdiscursiva del socialismo cubano. Allí donde el discurso oficial buscaba totalizar la experiencia nacional, comenzaron a surgir narraciones fragmentarias, relatos menores, testimonios individuales.
Alrededor —o al margen— de los espacios inmunizadores del discurso nacional se improvisaron imperceptiblemente nuevas formas de estar en el mundo. Estas formas adquirieron inicialmente un carácter contracultural. El régimen les asignó distintos nombres a lo largo del tiempo. Primero se habló de espacios para contrarrevolucionarios. Más tarde se les llamó lugares para gusanos. Después surgieron los mercados simbólicos de los disidentes. Finalmente apareció una nueva categoría ambigua y reveladora: los espacios para los tolerados.
Estas cuatro modalidades de existencia marginal se convirtieron, con el paso del tiempo, en refugios donde comenzaron a elaborarse nuevos relatos históricos. En esos espacios se fue formando el asidero simbólico del postcomunismo cubano.
Lo que desde la perspectiva de la politología puede interpretarse como una lucha entre ideologías, desde una perspectiva más profunda aparece como una lucha por ocupar y consolidar espacios simbólicos. Allí donde un espacio logra inmunizar su propio relato, el estar en el mundo adquiere una densidad existencial distinta.
La evolución de estas formas marginales parece haber desembocado en la figura del tolerado. Este nuevo espacio simbólico introduce una crisis profunda en el discurso nacional. Bajo su aparente neutralidad se diluyen las antiguas categorías de contrarrevolucionario, gusano y disidente. El término “tolerado” funciona como una estrategia de camuflaje destinada a ocultar la crisis estructural del relato ideológico y a negar que en la isla se esté gestando una fase postcomunista.
La decisión de trasladar la sede del parlamento cubano al antiguo Capitolio constituye un síntoma revelador de esta transformación. El Palacio de las Convenciones ya no funciona como espacio simbólico suficiente para representar la praxis política del régimen. Cuando la historia comenzó a decidirse bajo el encierro de un palacio, el sentido histórico de la revolución anterior empezó a desvanecerse.
La afirmación de que la revolución de 1959 constituye una continuidad de las revoluciones anteriores pertenece más al terreno de la retórica ideológica que al de la experiencia histórica. Si hoy la historia parece haber perdido su sentido en ciertos lugares de la isla, ello se debe al propio funcionamiento inmunológico de la revolución.
Los llamados espacios de tolerancia deben examinarse con cautela. Pueden ser interpretados como una estrategia del régimen para preservar su propia supervivencia simbólica.
La pregunta entonces surge inevitablemente. ¿Por qué permitir la existencia de un espacio aparentemente situado al margen de la revolución?
La respuesta podría encontrarse en el hecho de que ese gesto representa simbólicamente una vuelta a la historia natural de Cuba. Solo aquello que parece natural logra prolongar la vida de un régimen que nació tardíamente y que edificó estructuras muchas veces extemporáneas.
En este contexto, la fase postcomunista aparece para los herederos de los antiguos palacios como una etapa discursiva que podría devolver a la historia su lugar central dentro del corpus simbólico de la nación. Desde esta perspectiva, los microrrelatos que surgen en los márgenes podrían estar siendo utilizados —consciente o inconscientemente— para reconstruir el discurso nacional que la propia revolución había negado y destruido.
El postcomunismo simbólico cubano parece responder así a una necesidad histórica. Los debates sobre la cuestión racial, la libertad de prensa, el acceso a la información y la libertad de expresión indican la recuperación de espacios que durante décadas habían sido clausurados.
Recuperar esos espacios constituye hoy una tarea en curso.
Sin embargo, lo que suele denominarse postcomunismo, postrevolución o incluso postnacional en Cuba rara vez produce espacios verdaderamente creativos. Con frecuencia estos “post” se limitan a constatar la existencia física de un área social sin generar una auténtica transformación simbólica.
El verdadero desafío consiste en comprender que el estar ahí en el mundo implica la creación de un espacio nuevo. Un espacio donde la experiencia histórica pueda reorganizarse de forma original.
Aquí aparece la gran paradoja de todos los “post”, y especialmente del postcomunismo. En lugar de abrir territorios inéditos de sentido, muchas veces reducen el espacio a una simple constatación física de su existencia.
Un relato postcomunista que ignore la dimensión creadora del espacio pierde la posibilidad de inaugurar lo nuevo.
Esta desdicha del espacio atraviesa de manera evidente la obra de Guillermo Cabrera Infante. En su escritura el espacio no aparece como territorio para inventar mundos inéditos, sino como un escenario donde se intenta reconstruir la naturaleza perdida del discurso histórico cubano.
Allí donde el presente parece fragmentado, la literatura se convierte en un intento de recuperar la memoria profunda de la nación.
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