Cuba y el miedo a la libertad

Encontré este artículo por casualidad, publicado en la revista Blogger Cubano, Número 12, en 2013. Lo había olvidado, y al releerlo después de 11 años, me parece aborrecible y mediocre, pero con una marcada actitud contrarrevolucionaria y a favor de la libertad en Cuba.

Por Angel Callejas

Encontré este artículo por casualidad, publicado en la revista Blogger Cubano, Número 12, en 2013. Lo había olvidado, y al releerlo después de 11 años, me parece aborrecible y mediocre, pero con una marcada actitud a favor de la libertad en Cuba.

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A menudo se dice que el miedo es una fuerza sociológica crucial que contribuye a la permanencia del régimen cubano en el poder. ¡El miedo persiste en Cuba! Es verdad que el pueblo teme la represión policial, el ser atacado, o ser silenciado por la fuerza. Sin embargo, el miedo no se reduce únicamente a estas manifestaciones de poder, sino que abarca un espectro más amplio de influencias socioestructurales y psicológicas que van más allá de la represión ideológica.

Me interesa explorar el tema del miedo en Cuba desde otro ángulo: el miedo a la libertad. Erich Fromm, en su libro El miedo a la libertad, ofrece una perspectiva que puede ayudarnos a comprender mejor las complejas contradicciones que permiten que el miedo se arraigue como una categoría sociológica de gran alcance, con cada cubano proclamando un evasivo temor emancipatorio desde su posición individual. El miedo a la represión policial no es simplemente el temor a una represión física, sino el resultado de una represión psicológica impuesta por el propio pueblo. La esperanza que la «Revolución» pueda brindar al pueblo influye en el grado de miedo y sumisión que se experimenta. El miedo no tanto a perder lo que se tiene, sino a cómo mantenerlo. En este sentido, el miedo funciona como un mecanismo de evasión que da lugar a tres aspectos:

  • Autoritarismo
  • Destructividad
  • Conformidad automática

El autoritarismo se manifiesta en situaciones cotidianas, como la escena de la película Hello de Fernando Pérez, donde un personaje se cuestiona su presencia en una concentración pública. Este primer paso hacia la restricción de la libertad surge del miedo a destacar como individuo. La soledad se convierte en un doloroso desafío frente a un poder autoritario que no ofrece más opción que disolverse en la masa. La relación con el otro en las concentraciones revolucionarias proporciona una especie de olvido tranquilizador, donde el individuo se siente protegido.

En Cuba, el miedo a la soledad es palpable. La falta de una fórmula para separarse desde la individualidad o relacionarse poéticamente con la sociedad deja espacio para la hipócrita conformidad individual, alimentada por la «Revolución».

Encontré un pasaje revelador en la novela Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz. La moral revolucionaria se convierte en un pretexto para rechazar cualquier atisbo de apego al pasado. Aunque las críticas son irrelevantes, negar la tradición moral revolucionaria es impensable. Este apego moral genera un miedo estético y sutil que atrapa al cubano en una encrucijada ética.

El conformismo va más allá del miedo, pero sigue siendo una realidad ominosa. El cubano ha sido condicionado para evitar la duda, ya que esta conlleva el miedo impuesto por la mentalidad colectiva. La «Revolución» ha creado un sistema de significados que perpetúa esta mentalidad colectiva, generando miedo a perder las estructuras estatales de apoyo. La duda, en este contexto, otorga una majestuosidad a la moral revolucionaria, que se convierte en el centro de nuestra «condición de libertad».

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