Por Coloso de Rodas

Comprender las dinámicas profundas que han atravesado la psique colectiva cubana a lo largo de su historia exige una mirada que vaya más allá de la coyuntura política o de las tensiones visibles del presente. Exige una exploración en la zona oscura donde se fusionan historia, afectividad y trauma cultural. Allí nace la pregunta que tantos repiten y que tan pocos logran explicar de manera satisfactoria. Por qué el pueblo cubano, a pesar de su evidente descontento y de sus innumerables expresiones de oposición, no ha conseguido una unificación plena y sostenida en su lucha contra el castrismo. Esta pregunta no es retórica ni caprichosa. Es un síntoma de una enfermedad más profunda. Una dolencia espiritual que ha modelado la conducta política de los cubanos durante siglos.
La paradoja se presenta desde el inicio. La única etapa en que Cuba ha vivido una aparente unidad colectiva fue precisamente la etapa en que quedó absorbida por un Estado totalitario. La Revolución canalizó la energía afectiva del pueblo, produjo una ilusión de cohesión y convirtió la pasión política en un Eros dirigido desde arriba. Esa unidad inicial fue real en su efecto, aunque artificial en su origen. El pueblo se vio arrastrado por una épica que prometía transformación y justicia mientras instauraba un esquema de lealtades absolutas y de enemigos omnipresentes. El castrismo logró convertir la vibración emocional de las masas en una herramienta disciplinaria. Creó una comunidad imaginada en la que solo cabían los fieles y los obedientes.
La historiografía cubana permite comprender este proceso. Benítez Rojo observa en la cultura cubana una tendencia a la repetición de ciclos de orden y desorden, como si el país oscilara perpetuamente entre la cohesión y la fractura. Moreno Fraginals describe en El ingenio un sistema social construido sobre jerarquías extremas y violencias estructurales. Pérez de la Riva muestra cómo las migraciones, los desalojos y los desplazamientos forzados crearon identidades frágiles y heridas colectivas nunca cerradas. Y Jorge Ibarra analiza la fundación de la nación como una lucha entre proyectos incompatibles que nunca lograron armonizarse.
Pero ninguna de estas aproximaciones alcanza la profundidad psíquica que introduce Joel James con su concepto de la sociología del contra sí. Para James, el cubano vive bajo el efecto de una pulsión autodestructiva que lo lleva a sabotear sus propios esfuerzos de cohesión y a desconfiar del otro incluso cuando ese otro comparte sus necesidades y aspiraciones. El contra sí no es una conducta aislada, sino un patrón afectivo que se reproduce de generación en generación. Es un residuo emocional que la historia ha sedimentado en la conciencia colectiva.
Este fenómeno tiene raíces profundas. La plantación esclavista creó un laboratorio de fragmentación donde el amo estimulaba la rivalidad y la vigilancia mutua. El poder colonial se ejercía no solo desde arriba, sino desde adentro. El esclavo era adoctrinado para desconfiar del esclavo. El mulato del negro. El criollo del peninsular. El pobre del pobre. Esa estructura emocional no desapareció con la independencia. Persistió como una sombra que enturbiaba cualquier intento de unidad.
Durante las guerras de independencia el contra sí se manifestó en las rivalidades entre jefes, en las fricciones entre el exilio y los combatientes, en las tensiones entre proyectos ideológicos incompatibles. Martí tuvo que dedicar buena parte de su energía a conciliar egos, superar rencillas y disipar recelos que amenazaban la causa. Su insistencia en la unidad no provenía de una intuición moral, sino de la constatación de un peligro permanente. El cubano dividido es su propio enemigo. Martí no lo formuló así, pero lo vivió cada día.
La República tampoco logró romper ese patrón. Los partidos se fragmentaban con facilidad. Los líderes desconfiaban unos de otros. Los proyectos colectivos sufrían crisis internas que desembocaban en golpes militares, alianzas improvisadas o rupturas dramáticas. La cultura política que emergió de la República era una cultura de recelos. Una cultura donde nadie creía que el otro fuera capaz de mantener la palabra o sostener la coherencia. Se formó entonces la idea de que la cooperación era provisional y de que la rivalidad era la ley no escrita de la vida nacional.
En ese terreno fértil se sembró la Revolución, que no vino a resolver el problema del contra sí, sino a explotarlo con una precisión quirúrgica. El castrismo institucionalizó las prácticas de sospecha y delación. Transformó la vigilancia mutua en instrumento de control. Estimuló el recelo entre vecinos para desactivar la posibilidad de alianzas espontáneas. Convirtió la fractura en política de Estado. El resultado fue devastador. El cubano interiorizó que debía protegerse del otro. Que cualquier gesto de confianza podía convertirse en un riesgo. Que la cooperación verdadera era peligrosa. Que la autonomía era sospechosa. El contra sí quedó capturado por el aparato del poder.
Aquí es donde el psicoanálisis se vuelve imprescindible. Freud sostiene que toda cultura está atravesada por la tensión entre Eros y Tánatos. Eros impulsa la unión. Tánatos impulsa la destrucción. En sociedades equilibradas ambas fuerzas se regulan mutuamente. En Cuba ocurrió algo distinto. El castrismo monopolizó Eros para convertirlo en propaganda política y liberó Tánatos en forma de agresión interna. Así se produjo una psicología colectiva donde los impulsos destructivos no se dirigían al régimen, sino a la comunidad misma. El opositor atacaba al opositor. El exiliado recelaba del exiliado. El disidente denunciaba al disidente. Se cumplía así la profecía de Joel James. El cubano lucha contra sí más que contra su adversario real.
La literatura y la historiografía refuerzan esta lectura. Virgilio Piñera retrata en La isla en peso un pueblo atrapado en la parálisis, en el miedo y en la agresión contenida. Cabrera Infante convierte la burla en un mecanismo de defensa que erosiona la gravedad moral. Reinaldo Arenas describe la violencia interior que el régimen inocula incluso en quienes logran escapar. Guillermo Rosales, con Boarding Home, lleva esa fragmentación al extremo al mostrar la incapacidad del cubano para establecer vínculos duraderos, incluso en libertad. Estas obras son testimonios del Tánatos cultural que ha marcado la experiencia cubana.
La amplitud conceptual del contra sí permite entender por qué la oposición al castrismo ha sufrido tantas fracturas. No basta con señalar errores estratégicos o diferencias ideológicas. El problema es más profundo. El opositor ha sido educado para desconfiar. Para sospechar. Para competir. Para anular al que piensa distinto. Para destruir aquello que él mismo ayudó a construir. Incluso para preferir el fracaso propio antes que el triunfo ajeno. Ese es el núcleo patológico del contra sí, una herida histórica que no ha sido tratada.
Joel James insiste en que el cubano actúa bajo una oscilación permanente. Construye con entusiasmo y destruye con igual intensidad. Se une para dividirse después. Se entusiasma con un proyecto y lo abandona súbitamente. Ama a un líder y luego lo convierte en enemigo. Esta inestabilidad emocional es un obstáculo decisivo para la creación de un movimiento opositor sólido. El régimen ha sobrevivido no únicamente por su capacidad de represión, sino por su habilidad para estimular este patrón de fractura y convertirlo en una correa de transmisión del poder.
El contra sí no desaparece en el exilio. Al contrario, se intensifica en el vacío emocional de la diáspora. Se fragmentan las organizaciones. Surgen líderes que no pueden colaborar entre sí. Se multiplican las agendas. Se repiten los viejos conflictos bajo nuevas formas. Cuba se ha exportado a sí misma y ha exportado también su herida. El exilio no ha sido un proceso terapéutico. Ha sido una prolongación del trauma.
Este panorama obliga a replantear la pregunta inicial. La unificación del pueblo cubano no es simplemente un reto político. Es un reto psíquico, histórico y cultural. No basta con diseñar estrategias. No basta con denunciar al régimen. No basta con cambiar instituciones. Es necesario transformar la estructura emocional que sostiene la fragmentación. Es necesario convertir Tánatos en energía de ruptura contra el poder y no contra los propios ciudadanos. Es necesario que Eros recupere un territorio legítimo para la creación de vínculos, solidaridades y proyectos comunes.
La superación del contra sí exige una revisión profunda de la identidad nacional. Requiere confrontar los traumas que nunca fueron elaborados. Requiere un proceso de autocrítica cultural que vaya más allá de la política inmediata. Exige reconocer que la libertad no es solo un derecho, sino también una disposición afectiva. Un país no se libera únicamente con valentía. Se libera también con madurez emocional. Cuba será libre cuando deje de ser su propio enemigo. Cuando logre vencer al impulso que la obliga a atacar lo que ama, a desconfiar de quien la acompaña, a destruir aquello que necesita.
La lucha contra el castrismo es necesaria, pero no suficiente. La verdadera lucha es contra el contra sí. Solo cuando el cubano logre reconciliarse consigo mismo y con los otros, solo cuando el deseo de unidad supere la compulsión a la fractura, solo cuando el Eros colectivo sea más fuerte que su Tánatos histórico, entonces surgirá el movimiento capaz de transformar la nación. La batalla decisiva no se libra únicamente en la calle ni en la política. Se libra en el alma de un pueblo que debe aprender a no dividirse para poder, al fin, salvarse.