Por Coloso de Rodas

Existe en la historia cubana una inclinación persistente, casi un hábito de la conciencia colectiva, que consiste en volver la mirada crítica no solo hacia el adversario externo sino hacia lo propio, hacia aquello que se ha levantado con esfuerzo y sacrificio y que, sin embargo, termina siendo puesto en duda por quienes participaron en su creación. Ese impulso no puede explicarse únicamente mediante los conflictos políticos del presente ni mediante las coyunturas que atraviesa el país en un momento determinado. Comprenderlo exige descender a una zona más profunda donde historia, afectividad colectiva y trauma cultural se entrelazan en una trama difícil de separar. Allí aparece una pregunta que atraviesa el debate cubano contemporáneo y que, sin embargo, rara vez se examina con la profundidad necesaria. Por qué un pueblo que ha expresado durante décadas su inconformidad con el régimen castrista no ha logrado consolidar una unidad sostenida capaz de desafiarlo de manera definitiva.
La pregunta no es banal ni retórica. Es el síntoma visible de una dolencia histórica que ha modelado la conducta política de los cubanos durante generaciones. La paradoja se vuelve evidente cuando se observa que la única etapa en que la sociedad cubana experimentó una apariencia de cohesión total fue precisamente el momento en que quedó absorbida por un Estado totalitario. La revolución logró canalizar la energía afectiva de las masas y convertirla en una forma de unidad emocional dirigida desde arriba. Esa cohesión inicial fue real en sus efectos aunque profundamente artificial en su origen. La épica revolucionaria produjo una comunidad imaginada donde la pasión política era organizada en torno a lealtades absolutas y a enemigos permanentes.
El régimen logró transformar la vibración emocional de la sociedad en un mecanismo disciplinario. La cohesión que parecía espontánea era en realidad el resultado de una estructura simbólica cuidadosamente diseñada donde la pertenencia se definía por la obediencia. El entusiasmo colectivo se convirtió en instrumento de control y el desacuerdo fue transformado en sospecha moral. La nación se presentó como un cuerpo orgánico donde solo podían existir los fieles.
Para comprender cómo una sociedad llega a ese punto es necesario examinar los procesos históricos que configuraron su sensibilidad política. Diversos historiadores han señalado que la cultura cubana se desarrolla dentro de ciclos recurrentes de cohesión y fractura. Antonio Benítez Rojo observó que el Caribe reproduce patrones de repetición donde el orden y el desorden se alternan como si la historia fuese un movimiento rítmico. Manuel Moreno Fraginals mostró en El ingenio que la sociedad de plantación estaba organizada alrededor de jerarquías extremas que generaban tensiones constantes entre los grupos sociales. Juan Pérez de la Riva documentó cómo los desplazamientos humanos, las migraciones forzadas y los desalojos crearon identidades inestables marcadas por rupturas sucesivas. Jorge Ibarra analizó la formación de la nación como una pugna entre proyectos incompatibles que nunca lograron armonizarse plenamente.
Sin embargo ninguna de estas aproximaciones penetra con tanta precisión en la dimensión afectiva del problema como la propuesta formulada por Joel James Figarola en su ensayo Cuba dividida contra sí misma. James introdujo la noción de una sociología del contra sí para describir la tendencia del cubano a sabotear sus propios esfuerzos de cohesión y a desconfiar incluso de quienes comparten sus aspiraciones fundamentales. El concepto no describe una simple disputa política. Designa un patrón emocional que se reproduce a lo largo del tiempo y que se instala en la conducta colectiva como una forma casi automática de relación social.
James observaba que la historia cubana parece organizarse alrededor de un movimiento simultáneo de construcción y demolición. Cada proyecto nacional nace acompañado por fuerzas internas que cuestionan su legitimidad. El antagonismo no aparece después de la fundación sino que se instala dentro de ella. La nación se levanta mientras discute su propio fundamento.
Un ejemplo temprano de esta dinámica aparece en las guerras de independencia del siglo XIX. La memoria patriótica suele presentar esas guerras como un momento de unidad absoluta donde los cubanos se alinearon bajo un mismo ideal de libertad. Sin embargo el análisis de las correspondencias, de los debates políticos y de las rivalidades entre líderes revela un escenario mucho más complejo. Las fricciones entre Carlos Manuel de Céspedes y Ignacio Agramonte reflejaban concepciones distintas sobre la autoridad y la organización del poder revolucionario. Céspedes defendía una dirección fuerte capaz de sostener el esfuerzo militar mientras Agramonte insistía en preservar un equilibrio republicano que limitara el poder personal. El conflicto no era una simple rivalidad individual sino la expresión de una tensión estructural dentro del proyecto independentista.
El mismo fenómeno reaparece durante la guerra organizada por José Martí. Martí comprendió con claridad el peligro de la división interna y dedicó gran parte de su energía a conciliar egos, disipar sospechas y evitar que los recelos destruyeran la causa. Su insistencia en la unidad no era un gesto moral abstracto sino una estrategia consciente frente a una tendencia histórica que amenazaba con reproducirse. Martí sabía que el cubano dividido era su propio enemigo.
Después de la independencia formal en 1902 la república tampoco logró superar ese patrón. La vida política republicana estuvo marcada por rivalidades constantes entre facciones que concebían la derrota del adversario como una prioridad superior a la estabilidad institucional. Rebeliones armadas, crisis electorales y alianzas efímeras se sucedieron como síntomas de una cultura política donde la desconfianza dominaba las relaciones entre los actores. La cooperación era vista como provisional mientras la rivalidad aparecía como la norma implícita del sistema.
Las raíces de esta disposición pueden rastrearse aún más atrás en el tiempo. La sociedad de plantación funcionó como un laboratorio de fragmentación donde el poder colonial fomentaba la rivalidad entre los dominados. El esclavo era inducido a desconfiar del esclavo. El mulato del negro. El criollo del peninsular. El pobre del pobre. El control se ejercía no solo desde la autoridad del amo sino también mediante la vigilancia mutua entre los subordinados. Esa estructura emocional sobrevivió al colapso del orden colonial y dejó una huella duradera en la cultura política.
La revolución de 1959 no eliminó esa herencia. La explotó con extraordinaria eficacia. El castrismo institucionalizó las prácticas de sospecha y convirtió la vigilancia mutua en instrumento de control social. El vecino vigilaba al vecino y la delación se transformó en una forma de participación política. La fractura dejó de ser una tendencia cultural para convertirse en una política de Estado cuidadosamente administrada.
El resultado fue una transformación profunda de la psicología colectiva. El cubano aprendió que confiar en el otro podía ser peligroso. Que la cooperación espontánea podía interpretarse como conspiración. Que la autonomía individual despertaba sospechas. En ese clima la energía destructiva que Sigmund Freud denominó Tánatos comenzó a dirigirse no contra el poder que generaba la opresión sino contra la comunidad misma. Mientras el régimen monopolizaba el impulso de unión que Freud llamaba Eros para canalizarlo hacia la propaganda revolucionaria, los impulsos de agresión interna se multiplicaban dentro de la sociedad.
La literatura cubana del siglo XX captó con lucidez esa tensión. Virgilio Piñera retrató en La isla en peso una sociedad paralizada por el miedo y la violencia contenida. Guillermo Cabrera Infante convirtió el humor corrosivo en un mecanismo de defensa frente a la asfixia política. Reinaldo Arenas narró la devastación moral producida por el sistema revolucionario. Guillermo Rosales llevó esa fractura al límite al mostrar en Boarding Home la incapacidad del individuo cubano para establecer vínculos duraderos incluso fuera del país.
El fenómeno no desaparece en el exilio. La diáspora reproduce las mismas tensiones que marcaron la vida política en la isla. Las organizaciones se fragmentan con facilidad y los liderazgos compiten entre sí con una intensidad que a menudo debilita los esfuerzos colectivos. Cuba se ha exportado a sí misma junto con sus heridas históricas. El exilio no ha funcionado como terapia sino como prolongación del trauma.
Por esa razón la oposición al castrismo ha experimentado tantas fracturas. No se trata solamente de errores estratégicos o diferencias ideológicas. El problema es más profundo y está inscrito en la estructura emocional de la cultura política cubana. El opositor ha sido educado para sospechar, para competir, para desacreditar al otro incluso cuando comparte sus objetivos. A veces llega a preferir el fracaso propio antes que el triunfo ajeno.
Joel James describía este comportamiento como una oscilación permanente entre entusiasmo y demolición. El cubano se une con intensidad y se divide con igual rapidez. Eleva a un líder y luego lo convierte en enemigo. Abraza un proyecto con fervor y lo abandona cuando aparecen las primeras fricciones. Esa inestabilidad emocional constituye uno de los obstáculos más difíciles para la construcción de un movimiento político sólido.
De ahí que la pregunta sobre la unidad nacional no pueda resolverse únicamente mediante estrategias políticas. La cuestión es más profunda. La liberación de Cuba no dependerá solo de la caída del castrismo ni de la creación de nuevas instituciones. Requerirá también una transformación de la estructura emocional que sostiene la fragmentación.
La nación tendrá que aprender a convertir la energía destructiva que hoy se dirige contra sí misma en fuerza de ruptura contra el poder que la oprime. Tendrá que reconstruir un Eros colectivo capaz de generar vínculos de confianza y proyectos comunes. La libertad no será solamente una conquista jurídica o institucional. Será también una reconciliación afectiva entre los cubanos.
La intuición de Joel James conserva por ello una vigencia extraordinaria. Cuba no solo ha sido escenario de conflictos con adversarios externos. Ha sido también el teatro de una batalla interior donde la nación se enfrenta consigo misma. El destino cubano parece avanzar en una espiral donde cada proyecto de unidad contiene en su interior la semilla de su propia fractura.
La tarea histórica que queda por delante consiste en romper ese ciclo. No basta con derrotar al régimen. Es necesario vencer al impulso que empuja a los cubanos a sabotear sus propios esfuerzos de cohesión. Cuando esa herida sea finalmente elaborada y cuando la nación logre reconciliarse consigo misma, entonces aparecerá la posibilidad real de una transformación duradera.
La batalla decisiva no se libra únicamente en la política ni en la calle. Se libra en la conciencia de un pueblo que debe aprender a dejar de combatir contra sí mismo para poder, al fin, salvarse.