Cuba entre Occidente y la identidad

Por Ariel Pérez Lazo

              Recientemente, ha aparecido la pregunta de si los habitantes de Quebec son latinoamericanos y generado en un artículo la idea de que los pueblos que comparten las lenguas romances tienen una identidad común. Se trata de resucitar la vieja idea del panlatinismo que puede rastrearse a los ideólogos cercanos a Napoleón III, pero que cuentan con una genealogía donde puede ubicarse a figuras como Rodó o Rubén Darío. La oposición entre germanos y latinos es un viejo tema del pensamiento europeo y América, con su clásica división entre Norte anglosajona y protestante y Sur, latina y católica, no escaparía de esta oposición.

              La pregunta tendría respuesta dentro de la perspectiva que se tenga de lo que es una cultura. De existir la cultura latinoamericana, es decir, de constituir una comunidad y entender la base de esta en tener una historia común, Quebec quedaría excluida, aunque tuviera idéntica base lingüística que América Latina. Solo para quien la unidad lingüística o étnica constituya la base de la nación o cultura tendría sentido dicha pregunta, no así para quien la pusiera en la historia. En efecto, poco o nada de historia común ha compartido esta región o nación en ciernes con las naciones del sur.

              Si esta es la idea de una cultura común, podríamos preguntarnos por el caso cubano. Lo que para España constituyó un problema, que era esta y cuál era su posición frente a Europa desde 1898, en Cuba por varias décadas fue vista España como parte de esta misma barbarie frente a la civilización que constituían los Estados Unidos. El drama de la guerra civil en el caso peninsular haría más trágica la pregunta al quedar España fuera del proceso europeo a la caída del Eje. Este fue el caso de María Zambrano, que se opondría a la vieja idea de la europeización promovida entre otros por su maestro Ortega y Gasset, buscando para Europa una síntesis entre Filosofía, Poesía y Religión que superara a la filosofía y la ciencia occidental. Había aquí una reivindicación de lo que había sido España en la época moderna, cuando vivió de espaldas a Europa, es decir, a su pensamiento.

          En Cuba, la tragedia que ha significado la revolución de 1959 no ha tenido una reflexión tan radical como aquella. Una de las más conocidas teorizaciones de esta, la del historiador Rafael Rojas, expone que la revolución fuera resultado del carácter totalizador y excluyente que la idea de nación había adquirido en décadas, si no en más de un siglo de concepción. El problema de Cuba estaría en haberse cerrado en sí misma, parafraseando la frase de Ortega para el caso español en el periodo de la decadencia, en su «tibetanización». Y más reciente, Jorge Riopedre, ve en el choteo la causa última de la situación que condujo al fenómeno revolucionario y su deriva totalitaria. Sin embargo, en este caso no se nombra un modelo a seguir como lo tenían los positivistas y partidarios del discurso de la civilización cubanos, caso de Varona, que veían en Estados Unidos un modelo.

No hay una razón extraída de la historia o el pensamiento cubano que oponer a la razón colectivista que encarnó en el marxismo. La oposición se da dentro de la propia historia occidental, no se ve al marxismo como algo ajeno al espíritu de Cuba, como sí lo hizo Zambrano, que se enfrentó a Europa desde la idea de España como realidad opuesta a una Razón que había desembocado en el totalitarismo. Quien más se acercará a esto fue Emilio Ichikawa, aunque sin sistematizar esta idea. Al recién fallecido ensayista le gustaba recordar como José de la Luz y Caballero, consideraba pernicioso el estudio de la filosofía clásica alemana. En este sentido, si la filosofía cubana era sensualista, estaba lejos entonces de aprobar un Espíritu objetivo o una dialéctica de la historia que condujera al comunismo. Asimismo, he mostrado[1] como Varela, pese a no haber comprendido la especificidad de la epistemología de Kant, si señaló los peligros de su idealismo, capaz de inspirar un fanatismo mayor que el religioso (¿premonición de los movimientos de masas del siglo XX?).

       El problema de Cuba estaría en que a diferencia de España no tiene una tradición literaria católica -independientemente de algunos representantes en siglo XX-como si aparece en la mística de la segunda, la literatura nacional empieza tardíamente con temas propios del Romanticismo, de ahí que, en una cultura americana sin pasado indígena perdurable, había poco que oponer al carácter arrollador de la modernidad. La única excepción a esto sería la tradición africana en la isla, pero si bien se ha estudiado mucho su aspecto ritual, no hay el mismo entusiasmo a encontrar aquí material para una filosofía que pudiera al menos compararse con la de los presocráticos. El paso del mito a la filosofía estaría todavía por hacer aquí.

                   De manera que la pregunta que habría que hacerse es si por nuestra condición de “pueblo nuevo” -como llamaba Ortega a los pueblos americanos–no podemos constituirnos como un «otro» de Occidente, podemos ser críticos de los modelos de occidentalización propuestos. La experiencia totalitaria, pese a derivar de Occidente, aísla de este, por lo que replantea la pregunta de a qué Occidente queremos regresar. Podemos escoger entre Europa y los Estados Unidos. En el primer caso, una razón discursiva-una vez que hemos abandonado una totalitaria-, filosófica, y en el segundo una utilitaria y tecnológica. Esto no hace pensar al caso cubano como el de una cultura radicalmente distinta a Europa, a la que habría que oponer una verdad-como pretendía Zambrano con España- pero sí abre la perspectiva de una elección entre dos caminos de Occidente. La tercera opción, la de una América Latina separada de la cultura europea, donde el México teorizado por Octavio Paz resulta un arquetipo del resto de sus naciones, no sería viable por ser culturas con un pasado de civilizaciones indígenas que Cuba no comparte.

Si Cuba ha estado más de medio siglo separada de la trayectoria latinoamericana por su rumbo comunista, habría que pensar cuan cerca estamos de esa unidad con pueblos de la región que no lo han experimentado y si con pueblos de Europa que si participaron de este. A esto se le suma su permanencia como colonia de España, excedió en más de medio siglo al resto de América Latina. No erremos, sin embargo, el destino de Quebec, que queda en un limbo entre su pertenencia a América Latina o Europa, tampoco parece ser un camino cultural para Cuba. Quizás el problema esté entonces en cómo se ha entendido América Latina y si el camino hasta ahora recorrido implicará el derrotero de su futuro o si este traerá un cambio.


[1] ¿Era Varela un pensador inculto? Originalmente publicado en Eka Magazine, disponible en: https://www.academia.edu/61683566/Era_Varela_un_pensador_inculto

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