Cuatro realidades históricas que los medios ocultan sobre la guerra entre Ucrania y Rusia

Por Pedro Díaz Méndez

Habiendo sido engañado en la guerra de Irak en 2003, se suponía que el público estadounidense no caería nuevamente víctima del engaño.  Por supuesto que no fue así.  Este mismo público desinformado de hoy apoyó la intervención estadounidense en Libia, precedida de una legión de mentiras. Asimismo, le dio el visto bueno a la intervención de nuestro gobierno en la guerra civil de Siria (o al menos no le importó), a pesar de que Estados Unidos se puso del lado de los extremistas sunníes contra los que había combatido unos años antes en Irak.  Ambos resultaron conflictos oscuros, sobre todo por la cobertura descaradamente sesgada de los eventos por parte de los medios corporativos al servicio de los intereses del poder globalista, que repetían mentiras obvias sobre masacres inminentes e inexistentes ataques con armas químicas.

Pero en Europa, donde Estados Unidos ostenta amplios compromisos de alianza militar en el marco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y donde la población estadounidense aparentemente debería haber estado mejor informada, ha sido decepcionante presenciar al rebaño, una vez más, caer presa fácil de la hosca narrativa mediática.  Es doloroso haber atestiguado como las masas apoyaron guerras que nunca tuvieron que haberse materializado en el pasado de no haber sido por las políticas promulgadas por administraciones estadounidenses al servicio de los intereses de la élite globalista, y no de los intereses del pueblo americano y de la paz mundial.

Y al igual que con la precipitación infundada a la guerra contra Irak, la cual la mayor parte de los medios de comunicación secundaron leal y casi unánimemente, aquellos que ahora se niegan a repetir los eslóganes de «democracia ucraniana» son denigrados de inmediato, ya sea como cobardes o apologistas de las acciones de Putin.  Acciones de las cuales no somos obviamente responsables.  Además de ser inexacta, esta última acusación es particularmente pérfida, porque intenta reducir y simplificar una compleja coyuntura en un relato único y simplista.  Y lo que es más importante, pretenden reprimir el pensamiento crítico y la libre expresión de todo aquel que se salga del libreto mediático. 

Al pretender que la historia comenzó con la invasión rusa de Ucrania, los principales medios de prensa simplifican la narrativa actual en el clásico paradigma del mal contra el bien.  Si bien es cierto que el presidente ruso, Vladimir Putin, ordenó la invasión de Ucrania y, por lo tanto, es responsable directo de la presente guerra, una narración tan simplista de la realidad hace poco para promover una discusión política profunda, seria, e informada de la presente situación. De hecho, ese es precisamente el propósito de las huestes globalistas: que las muchedumbres ignoren décadas de advertencias y de preocupación de parte del gobierno ruso sobre su seguridad y soberanía nacional debido a la constante amenaza expansionista de la OTAN hacia las cercanías de sus fronteras, así como ocultar una historia de intromisión de EE. UU. y de elementos globalistas (como George Soros) en los asuntos internos de Ucrania.

Entonces, a menos que se piense que el contexto histórico es irrelevante, que la historia reciente no es importante para comprender la crisis actual entre Ucrania y Rusia, aquí presento cuatro realidades históricas que se supone no deberíamos promulgar sobre Ucrania, pero que son absolutamente ciertas y cruciales para que el público cubanoamericano, los cubanos en el exilio, y el mundo entero se acerquen a una compresión más completa de las complejas raíces de la presente guerra entre Rusia y Ucrania.  

En primer lugar, la 'Revolución de la Dignidad' fue un golpe de estado perpetrado por Estados Unidos y las huestes del nuevo orden mundial.  El derrocamiento en 2014 del presidente ucraniano Viktor Yanukovych, de tendencia ligeramente rusa, quien obtuvo su apoyo principalmente de las partes orientales del país dominadas por la población rusa étnica, fue presentado por los nacionalistas ucranianos (los neonazis) y los medios occidentales como una "revolución de la dignidad."  En efecto, fue, en palabras del analista de seguridad occidental George Friedman, “el golpe de estado más flagrante de la historia.” En caso de que la naturaleza obvia de los eventos no fuera evidente para llamarlo golpe de estado, el hecho fue confirmado por la llamada telefónica filtrada entre la entonces subsecretaria de Estado Victoria Nuland y Geoffrey Pyatt, entonces embajador de EE. UU. en Ucrania, durante la cual eligieron sus políticos favoritos para el nuevo liderazgo ucraniano.   
 
La excusa inmediata del golpe de estado fue que Yanukovych tomó lo que era esencialmente un gran soborno ruso para evitar un acuerdo de asociación económica entre la Unión Europea y Ucrania. En un país clasificado en el puesto 122 en corrupción en el mundo, literalmente el país más corrupto de Europa, el relato de una “revolución de la dignidad” del pueblo contra un gobernante corrupto era creíble por el público occidental (aunque nunca se pudo comprobar tal soborno).  Pero lo que causó sorpresa no fue el hipotético acto de corrupción interna, sino que los EE. UU. se inventara una narrativa a fin de sufragar un golpe de estado para derrocar un gobernante legítimamente elegido en las urnas y tomar Kiev por asalto, algo de lo que los conocedores de la política exterior estadounidense se jactaron públicamente después de ocurridos los hechos (reconocieron abiertamente y de forma descarada el golpe de estado contra Yanukovych, tal como los grupos de intereses pro-globalistas reconocieron el fraude de las elecciones presidenciales 2020 en contra de Trump en un reportaje de la revista Time tres semanas después de los sufragios). 
 
La parte que no cuentan los medios es que, en el 2012, estando Yanukovich en el poder, se habían descubierto una serie de ricos yacimientos de gas natural en el Mar Negro ucraniano.  De esta época data la presencia de Hunter Biden en Burisma y de otros hijos y parientes de importantes miembros del pantano político estadounidense en corporaciones de energía en Ucrania.  De allí el interés de EE.UU. y de Europa occidental en que Ucrania se hiciera miembro de la UE y de la OTAN.  El verdadero interés no era liberar a Ucrania de la corrupción de la administración de Yanukovich, ni protegerla de los tentáculos de la Rusia de Putin, sino tener acceso a sus riquezas y recursos naturales por medio de las transnacionales occidentales del ramo de la energía, así como amenazar ontológicamente a Rusia con la presencia de la OTAN en su patio trasero. 
 
En segundo lugar, existe un significativo problema neonazi en Ucrania.  Es algo que hasta hace unos años los principales medios de comunicación informaban seriamente; por supuesto, eso fue antes de que supieran que iban a tener que intentar mentirnos sobre la presente guerra. Ahora, cualquier mención de lo que se tomó como un problema obvio hace apenas un año se denuncia como “¡propaganda rusa!”
 
El empoderamiento del chovinismo ucraniano o nacionalismo extremo desde el golpe de Estado contra Yanukovich en 2014 ha sido una constante en el panorama político de esa joven nación. Un significativo porcentaje de los miembros del nacional socialismo ucraniano están afiliados a organizaciones neonazis, lo cual se refleja en el dramático aumento de los ataques contra las comunidades judía y rusa de ese país.  Empoderamiento que, además, ha llevado a la prohibición de libros que cuestionan la propaganda nacionalista de Kiev y blanquea la colaboración directa del nuevo nacional socialismo ucraniano con los remanentes del nazismo clásico.
 
Se supone que no debemos pensar, al menos críticamente, al igual que se supone que no debemos pensar críticamente acerca de nada más (como sucedió con la manipulación del virus de la pandemia china) y por eso los medios omiten informar sobre el contexto histórico de la presente guerra.
 
En tercer lugar, el gobierno ruso siempre se opuso a la expansión de la OTAN en Ucrania.  Es decir, nuestro gobierno siempre supo que el gobierno ruso se oponía enérgicamente a cualquier participación de la OTAN en Ucrania (el gobierno ruso llevaba ocho años advirtiendo sobre este particular).  Sin embargo, tanto la administración Obama como la actual, restaron importancia a las preocupaciones de Rusia o descartaron los pasos obvios que estaban tomando en dirección opuesta a los intereses del Kremlin.  Por supuesto, Alemania y Francia lo sabían mejor y se negaron a otorgar un plan de acción para la inclusión de Ucrania en la OTAN, a pesar de la intensa presión de Washington. Y aunque se le impidió la inclusión, la OTAN e EE.UU. estaban realizando ejercicios militares conjuntos en territorio ucraniano (cerca de la frontera rusa) al mismo tiempo que instalaban a la fuerza un gobierno que representa los intereses del poder globalista en Kiev.  Antes de la guerra, Estados Unidos ya había enviado gran cantidad de sofisticado armamento pesado a Ucrania, cuyo único y obvio uso estaba diseñado contra la seguridad de Rusia.  Desde al menos 2014, cuando Putin ordenó a las fuerzas rusas que tomaran Crimea para proteger el único puerto de aguas cálidas de la marina mercante rusa, después de las amenazas de Kiev de desalojarlos a pesar del contrato de arrendamiento legal con Moscú, Washington sabe que Putin se siente particularmente amenazado en Ucrania.  Incluso en los años transcurridos desde entonces, Washington ha rechazado los repetidos intentos de Moscú de establecer una Ucrania oficialmente neutral, incluso en las semanas previas a la presente invasión.
 
En cuarto lugar, Biden podría haber evitado esta guerra.  Sí, incluso en esa fecha tardía de enero de 2022.   Todo lo que habría sido necesario para evitar la guerra era aceptar los términos mínimos de Putin: Ucrania nunca podría unirse a la OTAN y no se podrían desplegar nuevos misiles en los estados miembros de la OTAN de Europa del Este (ya tienen demasiados como quiera, muchísimos más que Rusia).  Según Joe Biden, la membresía de Ucrania en la OTAN no estaba sobre la mesa ni era una prioridad seria en un futuro cercano. Si Biden estaba siendo verdaderamente honesto, ¿por qué entonces no aceptó simplemente poner un acuerdo por escrito y de paso evitar lo que él mismo señaló repetidamente eran planes rusos para invadir y destruir Ucrania? No obstante, lo que nos dicen, y nos han dicho desde que comenzó la expansión de la OTAN, es que "mantener la puerta abierta" para ser miembro de la alianza es un "principio sagrado".
 
En resumen, la actual coyuntura parece una combinación trágica de la breve guerra ruso-georgiana de 2008 y la guerra afgana-soviética de una década.  Primero, el fomento de las acciones de Tbilisi por parte de EE. UU., directamente contrarias a los intereses rusos, condujeron a una intervención militar rusa en Georgia; en el último caso, el principal formulador de políticas anti americanas en ese momento, Zbigniew Brzezinski, admite que precipitó la guerra de Afganistán a propósito: a fin de provocar que la URSS se extralimitara  fatalmente en un intento de proteger a un gobierno aliado de ser socavado por Estados Unidos, que en ese caso financió a los muyahidines talibanes en Afganistán desde bases militares en el vecino Pakistán (de allí surge el  famoso líder talibán Osama Bin Laden, quien había sido entrenado y financiado por EE.UU., alguien que los medios occidentales convierten después, de manera turbia y extraña, en enemigo de EE.UU.  durante los atentados terroristas de septiembre 11 de 2001).
 
A medida que Polonia se dispone a jugar potencialmente un papel similar al que jugó Pakistán para Afganistán en la presente guerra, es decir, sirviendo como área de preparación y campo de entrenamiento para los mercenarios que se deslizan de un lado a otro a través de la frontera entre Polinia y Ucrania,  poniendo en riesgo aún más una posible guerra entre la OTAN y Rusia, debemos recordar que todo esto, en cierto sentido, sucedió porque los gobiernos locales de Donetsk y Luhansk (poblaciones rusas ucranianas) pudieron ver lo obvio: lo que había sucedido en Kiev en 2013-14 fue un golpe de estado sufragado por las huestes globalistas  y, por ende, se negaron a reconocer al nuevo e ilegítimo gobierno.  Además, debemos recordar que fue solo cuando el ejército ucraniano intentó recuperar estas regiones por la fuerza que Rusia intervino en aquel entonces, y que desde los últimos acuerdos de paz en Minsk esas poblaciones rusas siempre vivieron en un perenne estado de desasosiego, más del 80 por ciento muertos han sido de etnia rusa (15.000 en total) civiles que vivían en las regiones separatistas y fueron asesinados por el gobierno pro-globalista y neonazi de Kiev.
 

Con demócratas y republicanos peleando sobre quién apoya más la intervención de la OTAN en Ucrania, y con personas desinformadas y engañadas que piden cada vez medidas más severas, desastrosas, e irracionales, se le debe recordar al público que es muy posible crear una política exterior que nos mantenga perfectamente seguros, sin la necesidad de que un gran número de personas mueran en otros lugares del planeta.  Es preciso no soslayar el hecho de que la mayoría de las diversas crisis mundiales en las que se nos dice que Estados Unidos debería desempeñar un papel protagónico, son en sí mismas, el resultado directo de intervenciones previas de Estados Unidos y de la OTAN en esos mismos espacios.

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