Crónica dominguera (sección final vespertina): Feria del libro de Miami

Por Rogelio García

Ah, la última presentación de la tarde en la feria, el gran despliegue del «espíritu de las dos islas». ¿Cuáles islas, preguntas? ¿Qué espíritu mágico están invocando ahora? ¿Allan Kardec se asoma desde la penumbra en esta función? Inocentemente, pregunté, como si estuviera solicitando las coordenadas exactas de la Atlántida. Mi amigo me miró con esa expresión que solo los iluminados tienen cuando se topan con un ignorante como yo y, con un toque de suficiencia, soltó: «Ese Kardec pateó el cubo hace más de un siglo, estamos hablando de un erudito de la pluma, un virtuoso de los ensayos y la ficción, famoso por escribir una historia sobre una tal Emilia».

¡Ah, claro! Cómo pude olvidar a ese coloso literario que nos dejó tan valioso relato sobre una mujer. ¡Una mujer! Qué audacia, ¿verdad? Un hombre que se aventuró a narrar las hazañas de una mujer. ¡Qué novedad en este mundo! Quizás deberíamos erigirle una estatua por tan noble gesto, porque todos sabemos lo extraordinario que es que un hombre se tome la molestia de hablar sobre las experiencias de una mujer. Supongo que merece elogios por salir de su zona de confort de escribir sobre héroes masculinos con capas y espadas.

Pero, espera, eso no es todo. Resulta que este Kardec es un triunfador galardonado en tierra de nadie, premiado en tierra de los tigres donde definitivamente encontró su identidad. ¡Caramba! Debe haber sido una odisea descubrir quién era en medio de toda esa confusión territorial. Seguro que enfrentó tribulaciones comparables a las de Ulises, pero en lugar de enfrentarse a sirenas y cíclopes, lidió con los trámites burocráticos de aduanas y fronteras.

Y atención, porque este titán de la narrativa no es cualquier titán. Es el orgulloso poseedor del mayor galardón de la Florida. Sí, señores y señoras, nada menos que el título de Latin lover. Supongo que eso significa que es un amante apasionado de las letras y, quizás, también de los tacos. ¿O es que se refiere a otra cosa? No importa, seguramente es una categoría literaria muy prestigiosa que solo los verdaderos connaisseurs comprenden.

Así que aquí estamos, ante el coloso de las letras, el narrador intrépido que desafió las expectativas al escribir sobre una mujer y que, además, ha conquistado tierras y galardones como un moderno conquistador literario. ¡Bravo por Kardec y su espíritu de las dos islas! ¡Que siga desafiando los límites de la narrativa, un Latin Lover, no un Caribbean Lover ,en un mundo lleno de amores literarios menos prestigiosos!

Oh, el Caribbean Lover desenterró sus dotes de orador, sutilmente blandiendo un libro con la elegancia de un pavo real que exhibe su plumaje fluorescente. La joya de la literatura que sostenía en sus manos parecía un grito de ayuda desde el estante de las ediciones más chillonas y brillantes, como si un arcoíris hubiera vomitado sobre ellas. Un abanico literario, sí, porque nada dice sofisticación como hojear páginas mientras se pontifica sobre el Caribe literario del siglo pasado.

¡Ah, el Caribe literario de habla hispana en la primera mitad del siglo XX! Un verdadero culebrón que haría que las telenovelas parecieran lecturas ligeras de cuentos infantiles. Y, por supuesto, este drama literario desplegado en tres capítulos, porque dos serían demasiado predecibles. Las páginas de estos libros estaban impregnadas con la solemnidad de la Feria del Libro de Miami, como si los volúmenes fueran los protagonistas en un espectáculo donde los dramas literarios se mezclan con el glamour de las portadas chillonas.

Ah, «Periplo santiaguero de Max Henríquez Ureña», una obra maestra que marca el comienzo de una odisea tan emocionante como buscar una aguja en un pajar. Claro, porque todos sabemos que los viajes literarios a Santiago son tan emocionantes como una partida de bingo en un asilo.

Luego llegamos a «En el espíritu de las islas; los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña» de Santillana. Sí, porque la mística está en el aire, preguntándonos si Max realmente viajó en el tiempo o si simplemente estaba probando la nueva marca de tinta mágica de la papelería local. ¡Qué dilema!

Y, por supuesto, para darle el toque final a esta trilogía que nadie pidió, pero todos estaban esperando ansiosamente: «En el espíritu de las islas; los tiempos cubanos de Max Henríquez Ureña» de Ilíada Ediciones. ¡La edición definitiva! Porque todas las sagas literarias necesitan su «gran final», como si estuviéramos a punto de descubrir quién es el asesino en una telenovela de medianoche. ¿Quién necesita cierre emocional cuando puedes tener resolución de intrigas literarias caribeñas?

Y así, con una mirada de cuarenta años, estos libros emergen como los protagonistas de un serial literario que nos sumerge en los entresijos del Caribe y sus letras. ¡Casi podrían venderse los derechos para una adaptación televisiva! Porque, claro, todos estamos esperando ver cómo estas obras maestras se convierten en la próxima sensación dramática, ¿verdad? ¡Qué emocionante!

Oh, el Caribbean Lover nos deleitó con su perspicacia mientras lanzaba sus perlas literarias hacia nosotros. Con una profundidad que rivalizaría con el abismo de un charquito, nos iluminó sobre la necesidad imperiosa de evocar la presencia y obra de Lichi Diego. Porque, claro, el destino del mundo pende de un hilo y solo un Caribbean Lover puede apreciar la magnitud de gestos culturales cotidianos que, según él, se desvanecerían si no fuera por el agudo ojo del cronista.

Y cómo no dar gracias por la oportunidad de trazar el mapa de los Henríquez Ureña, esa familia dominicana que amó a Cuba con la intensidad que este particular cubano ama a la República Dominicana. ¡Qué bendición! Casi tanto como revivir un Caribe entrañable que, según sus lentes nostálgicas, apenas existe ya. ¿Quién necesita la realidad cuando se puede disfrutar de las maravillas creadas por el Caribbean Lover?

En verdad, fueron demasiadas bendiciones para una sesión de intercambios que merece un lugar en los anales de la sátira literaria. Mis agradecimientos van, por supuesto, a la Feria, por permitirnos este espectáculo; a los compañeros del panel, por soportar la avalancha de sabiduría del Caribbean Lover; y, por supuesto, al presentador, quien, con maestría, guio esta conversación que, sin duda, pasará a la historia… o al menos al archivo de las curiosidades literarias». Todos aplaudieron, yo aplaudí, pero al final no supe si el biografiado era un Caribbean Lover que pasó por dos islas ensimismadas por la literatura de salón.

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