Por Spartacus
En un lugar del ensayo Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania, Heinrich Heine señaló, con una intuición que conserva toda su fuerza más de un siglo después, cómo el libro de los libros, la Biblia, llegó a convertirse para los judíos en una especie de patria portátil, en una superficie simbólica capaz de sustituir, sin reemplazarlo por completo, el territorio perdido, y gracias a la cual una comunidad dispersa podía seguir reconociéndose en medio de geografías extrañas. El libro asumía entonces una función que desbordaba la lectura religiosa y se transformaba en morada, memoria, orientación y reserva de pertenencia. Allí donde desaparecía la continuidad física del suelo, permanecía la continuidad narrativa de una lengua que permitía transportar consigo una patria reducida a palabras, nombres, genealogías, relatos y mandamientos. Se trataba de una forma singular de habitar hablando, de sostener el suelo diásporo entre las manos y en el aire, como si la palabra, repetida de generación en generación, pudiera producir alrededor de quienes la pronuncian una habitación invisible.
Aquella paradójica situación, prolongada durante milenios, reaparece bajo formas distintas en muchas comunidades exiliadas contemporáneas y, de manera particularmente visible, en la cubana, cuyos desplazamientos sucesivos obligaron a miles de personas a abandonar el territorio insular sin desprenderse por ello de una determinada manera de nombrarlo. Quien abandona la patria no transporta físicamente las calles, las casas, las plazas, los patios, las iglesias, los cafés, las escuelas o los paisajes que dejó atrás, pero puede llevar consigo algo acaso más resistente que esos objetos materiales, una lengua cargada de referencias, modulaciones, gestos, recuerdos y fórmulas de reconocimiento. La patria perdida reaparece entonces en una portátil lengua patriarcal, en un repertorio de voces que funciona como archivo afectivo del territorio desaparecido y que permite reconstruirlo, de forma fragmentaria, sobre otro suelo.
El exiliado no llega, por consiguiente, completamente desnudo al nuevo territorio. Llega acompañado por una topografía verbal. Trae ciudades pronunciadas, muertos recordados, comidas nombradas, canciones, refranes, plegarias, acentos, insultos, supersticiones, fechas históricas, apellidos, héroes y derrotas. Cada uno de esos elementos actúa como una pequeña parcela del territorio perdido. De ahí que el exilio no consista únicamente en abandonar un lugar, sino también en la tentativa continuada de rehacerlo mediante signos. La comunidad exiliada comienza a existir cuando esos signos dejan de pertenecer a individuos aislados y vuelven a circular entre ellos hasta producir una atmósfera reconocible. Antes de fundarse una institución, antes de comprarse un edificio, antes incluso de fijarse un barrio, ya existe una conversación mediante la cual los recién llegados comprueban que todavía pertenecen a un mundo común.
El ser que es convidado, expulsado o empujado hacia otras tierras aparece así como un fenómeno posterior al propio sentido del habitar y del relatar. No es primero el nuevo lugar de residencia el que vuelve practicable, adaptable y accesible la existencia de la comunidad exiliada, sino la comunidad misma en cuanto comunidad hablante, portadora de su liber sanctorum, de sus relatos fundacionales, de sus figuras tutelares y de las palabras mediante las cuales continúa representándose a sí misma. El espacio simbólico antecede de algún modo al espacio físico. Antes de tener una casa común, la comunidad posee ya una narración común. Antes de poseer calles, posee nombres. Antes de reconstruir instituciones, reconstruye recuerdos.
Esa comunidad hablante comienza entonces a transformarse ella misma en territorio. Produce un sitio allí donde, en términos estrictamente geográficos, todavía no existe ninguno. Una sala doméstica donde varios exiliados conversan sobre Cuba puede convertirse provisionalmente en una porción de Cuba; una cafetería donde se repiten los mismos vocablos y se reconocen los mismos códigos puede adquirir una densidad territorial superior a la del barrio administrativo al que pertenece; una asociación, una iglesia, una biblioteca o una pequeña editorial pueden producir alrededor suyo formas específicas de convivencia mediante las cuales el extranjero comienza a ser domesticado. El otro lugar deja de ser enteramente otro cuando es penetrado por la lengua transportada.
Podría decirse que la comunidad exiliada construye dentro de la sociedad receptora una suerte de invernadero simbólico. En él se conservan especies lingüísticas, hábitos, recuerdos y referencias que, fuera de ese ámbito protegido, correrían el riesgo de extinguirse o diluirse. Pero el invernadero no reproduce mecánicamente el ecosistema de origen. La planta trasplantada cambia. También la lengua del exilio adquiere nuevas inflexiones, incorpora palabras extranjeras, modifica costumbres y transforma incluso la imagen del país abandonado. La patria portátil nunca es idéntica a la patria perdida. Es una reconstrucción selectiva, a veces nostálgica, a veces crítica, en ocasiones mitificada, que conserva ciertos fragmentos mientras abandona otros.
Por eso el exilio, considerado en su dimensión más radical, es anterior a la tierra concreta en la cual alguien termina exiliándose. No nace en Miami, Madrid, París, Nueva York, México o Caracas. Nace en el momento mismo en que un hombre descubre que puede llevar consigo aquello que consideraba inseparable del suelo. En ese sentido, el exilio acompaña desde muy antiguo a la experiencia humana y se transporta a cualquier lugar por medios singulares. El pastor que abandona una región, el comerciante que cruza una frontera, el religioso perseguido, el desterrado político, el refugiado y el emigrante participan, aunque bajo circunstancias muy diferentes, de una misma necesidad antropológica, rehacer un mundo habitable mediante aquello que puede ser transportado.
Entre esos objetos transportables ninguno posee quizá tanta potencia como la lengua. El portable liber que somos, la historia hablada que conservamos y transmitimos, puede llegar a ser más primordial para la continuidad de una comunidad que el suelo mismo sobre el cual aquella termina instalándose. El territorio recibe cuerpos, pero la lengua reúne memorias. El territorio ofrece techo, trabajo, leyes y seguridad, mientras la lengua permite que quienes llegan continúen reconociéndose como integrantes de una genealogía. De ahí que el exiliado pueda adaptarse materialmente a un país y, sin embargo, continuar habitando otro mediante la palabra.
La lengua conserva además aquello que ningún equipaje podría contener. Guarda dimensiones completas de ciudades desaparecidas. Basta pronunciar ciertos nombres para que reaparezcan calles, barrios, generaciones, acontecimientos y afectos. Decir Marianao, Camagüey, Cárdenas, Santiago de Cuba, Guanabacoa o El Vedado no constituye para el exiliado una simple operación geográfica. Cada nombre puede convocar una red de experiencias y constituirse en una miniatura verbal de un mundo. El lugar persiste dentro del nombre incluso cuando se encuentra a cientos o miles de kilómetros de distancia.
De esa capacidad lingüística para fabricar continuidad surgieron muchas de las instituciones del exilio cubano. La Pequeña Habana no apareció primero como una división urbana delimitada y luego recibió una comunidad cubana. Ocurrió también el movimiento contrario. Una comunidad que hablaba, comerciaba, rezaba, recordaba y discutía en cubano fue produciendo alrededor suyo un espacio reconocible hasta convertir determinadas calles de Miami en una prolongación imaginaria de la isla. El barrio fue antes una conversación que una geografía. La cafetería, la ventanita, la bodega, el restaurante, la emisora de radio, la librería, la iglesia y el periódico actuaron como dispositivos mediante los cuales la palabra exiliada colonizó simbólicamente un territorio nuevo.
Algo semejante ocurrió con las Escuelas Lincoln-Martí. Antes de ser edificios, matrículas, pupitres y programas educativos, fueron una operación de memoria. El nombre mismo contenía ya una declaración acerca de la comunidad que se deseaba conservar. Lincoln y Martí reunidos en una misma institución expresaban la voluntad de habitar simultáneamente dos tradiciones, la norteamericana que acogía al exiliado y la cubana que este se negaba a abandonar. La escuela se convertía así en un libro abierto donde una comunidad pretendía escribir su continuidad y transmitirla a los hijos nacidos o criados fuera de la isla.
Los proyectos culturales del exilio siguieron con frecuencia una lógica parecida. Periódicos, revistas, editoriales, programas de radio, bibliotecas, asociaciones cívicas, tertulias y centros culturales aparecieron primero como páginas dispersas de ese gran libro portátil. Cada institución intentaba preservar un capítulo de la experiencia perdida. Un periódico podía mantener vivo determinado lenguaje político; una editorial conservaba autores amenazados por el olvido; una tertulia reproducía formas de conversación desaparecidas; una radio restituía voces y acentos; una iglesia congregaba familias mediante ritos que enlazaban el presente americano con un pasado cubano.
De este modo, la comunidad del exilio comienza muchas veces dentro de un libro abierto, no necesariamente porque todos sus integrantes compartan una misma lectura, sino porque comparten la necesidad de narrarse. Toda comunidad desplazada necesita producir un relato capaz de explicar de dónde viene, por qué se encuentra fuera de su territorio y qué pretende conservar. Ese relato puede asumir formas contradictorias y enfrentadas. En el exilio cubano existen memorias incompatibles, interpretaciones políticas opuestas y versiones distintas de la historia nacional. Pero incluso el conflicto confirma la existencia del libro común, pues los adversarios discuten dentro de un repertorio compartido de nombres, acontecimientos y símbolos.
La patria portátil no significa, por tanto, una patria homogénea. Es también un campo de disputa. Quien controla las palabras con las cuales se recuerda el pasado puede influir en la forma que adopta la comunidad en el presente. De ahí que cada generación de exiliados vuelva a discutir los mismos episodios y reconstruya el canon de sus héroes, intelectuales, mártires, traidores y figuras olvidadas. El libro portátil nunca está terminado. Se corrige, se amplía, se contradice y se reescribe a medida que la distancia modifica la memoria.
Hay, además, una transformación decisiva cuando aparecen las generaciones nacidas fuera del país. Para ellas, Cuba puede dejar de ser un territorio vivido y convertirse fundamentalmente en un territorio narrado. La isla llega a través de las historias familiares, de las fotografías, de los platos, de determinadas expresiones idiomáticas y de una pedagogía sentimental transmitida en el hogar. El país perdido por los padres se convierte en país imaginado por los hijos. Pero esa imaginación no debe considerarse necesariamente falsa. Es otra modalidad de pertenencia. La patria deja de depender de la experiencia directa y pasa a existir mediante formas heredadas de relato.
El portable liber alcanza entonces su momento más revelador. El hijo del exiliado puede no conocer la casa donde nació su padre, pero conoce la historia de la casa. Puede no haber caminado por la calle de la infancia materna, pero ha escuchado tantas veces su nombre que termina incorporándola a su propia cartografía afectiva. El relato crea una experiencia vicaria y convierte la memoria ajena en una dimensión de la identidad propia.
La comunidad exiliada existe, en última instancia, gracias a esa extraordinaria capacidad humana para convertir la narración en espacio. Se puede perder la casa, la ciudad, incluso el país, pero mientras perdure una lengua capaz de decirlos, algo de aquellos lugares continúa produciendo efectos sobre quienes los recuerdan. El exilio comienza entonces a parecer menos una ausencia absoluta que una extraña forma de habitación. Se vive fuera del territorio y, sin embargo, se permanece dentro de él mediante una conversación que nunca termina.
Heine comprendió que un pueblo podía llevar la patria entre las páginas de un libro. La experiencia cubana del exilio permite extender aquella intuición y pensar que, en determinadas circunstancias, el libro deja incluso de ser un objeto. La propia comunidad se convierte en libro. Cada individuo carga una página, una versión, una anécdota, una pérdida y un nombre. Cuando esas páginas se reúnen, aparece otra vez, aunque de manera necesariamente incompleta, la patria desplazada.
Así pudo surgir la Pequeña Habana. Así pudieron aparecer las Escuelas Lincoln-Martí, los periódicos, las emisoras, las editoriales, las bibliotecas y las innumerables instituciones mediante las cuales el exilio cubano construyó una territorialidad propia dentro de otra nación. Todos esos proyectos aparecieron primero dentro de un libro abierto, el libro portátil de una lengua que se negaba a admitir que la pérdida del suelo equivaliera a la pérdida definitiva del mundo. La tierra había quedado atrás, pero continuaba pronunciándose. Y mientras pudiera ser pronunciada, todavía podía ser habitada.
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