Por Armando de Armas

Respecto al pedestre positivismo, racionalista y cientificista, que pone e impone al presente sus hipótesis en las que el público habrá de creer a pie juntillas como si se tratase de dogmas religiosos, a los que paradójicamente suele detestar, Julius Evola ha dicho en la raza del espíritu que es “necesario pues proceder a una completa revolución en el orden de los criterios y de los preconceptos que en tal campo predominan, los cuales, según el truco habitual, pretenden actuar como medida para todo lo que debería considerarse como “serio” y “científico”.

Y como primera medida -repitámoslo- es necesario liquidar, en todas sus formas, el mito evolucionista, siendo evidente que, si se continúa creyendo que, más se retrocede en los tiempos, más nos sumergimos en el horror de una barbarie bestial, la presunción de obtener de la investigación de la prehistoria y de los períodos “míticos” de los orígenes puntos de referencia válidos en la actualidad sería ello una cosa de locos.

Allí donde rija cualquier premisa “evolucionista”, buscar los orígenes y dar relieve al principio de la herencia conduciría fatalmente a aquellas aberraciones, como la de ciertas exégesis psicoanalíticas, del tipo del Totem y tabú de F r e u d.

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