Mi odisea

Por Coloso de Rodas, el ensayista

Viajar en tren por Cuba siempre ha tenido un aire de prueba iniciática. No una prueba heroica en el sentido clásico, sino un examen lento donde uno acepta la precariedad del camino y se deja arrastrar por los ruidos metálicos que avanzan sin prisa. En 1999 tomé el tren que iba de Santiago a Guantánamo, un tren con olor a metal viejo y madera fatigada, un tren que parecía avanzar sostenido por su propia memoria. Aquel viaje no pretendía contar una historia grandiosa y aun así me reveló que toda travesía guarda una épica secreta. Odiseo habría entendido esto de inmediato. Lo pensé mientras el vagón se sacudía con la terquedad de un caballo enfermo que se niega a caer.

A veces creo que Atenea viaja en esos trenes. No la Atenea de los templos, sino una versión cansada de sí misma que observa todo desde un asiento incómodo. Una diosa nacida de un golpe en la cabeza de Zeus, una inteligencia pura que fluye sin permiso ni advertencia. La imaginé allí, dentro del vagón, mirando el campo reseco que se extendía a ambos lados. Un viaje terrestre para la diosa del entendimiento debía resultar humillante y a la vez revelador. Una comprobación de que la sabiduría no necesita mármol ni tronos para manifestarse.

Pensé también en la sofística. En la Grecia antigua la gente hablaba para existir, y la existencia se decidía en la calidad de cada argumento. En las plazas de la polis los ciudadanos defendían su nombre mediante palabras. Me vino a la mente ese mundo mientras miraba a los pasajeros que dormitaban o fingen dormir. Pensé que en nuestro tiempo el habla había perdido su filo. La difamación avanzaba con una velocidad asombrosa. Los debates nacían muertos y la retórica era un arma roma que se empleaba para cerrar puertas antes de que alguien intentara abrirlas. Platón detestó a los sofistas, aunque hoy habría agradecido su presencia, al menos para recordarnos que una conversación aún puede conducir a algo distinto de la frustración.

El tren se detuvo en un punto remoto. Los niños jugaron en la vía y un vendedor improvisado ofreció maní en pequeños cucuruchos. El sol caía sobre los techos oxidados de las casetas ferroviarias. Recordé a Nietzsche y el modo en que reivindicó a la sofística. El filósofo de la embriaguez lúcida habría observado aquel vagón con una mezcla de fascinación y tristeza. Una humanidad sometida al destino y sin embargo terca en su insistencia por continuar. Un paisaje perfecto para reflexionar sobre la palabra que salva y la palabra que hiere.

Cuando el tren retomó la marcha y nos acercábamos a El Cristo, muy cerca de Songo-La Maya, apareció el recuerdo del Niño Avilés. Lo vi convertido en una sombra infantil que avanzaba por los campos y trepaba al vagón sin pedir permiso. Lo vi mezclado con los murmullos que alguna vez escuché en casas rurales, murmullos que parecían surgir del suelo mismo. El tren cruzaba cañaverales antiguos. En esos cañaverales se agolpaban los negros haitianos marcados por un poder invisible que nunca daba la cara. En aquellos cuerpos se adivinaba algo doble, una especie de contradicción que desarmaba a quien los mirara. Expresaban la violencia áspera del cañaveral y al mismo tiempo una alegría extraña que nacía de su propia angustia, un resplandor mínimo que sobrevivía a pesar de todo. La utopía se les caía del pecho.

Volví a pensar en Odiseo. En la Odisea hay un episodio que me persigue desde hace años. El héroe llega deshecho a la playa de los feacios tras una tormenta feroz. Se esconde bajo un seto y duerme con el agotamiento de alguien que ha engañado a la muerte. Al amanecer Nausícaa aparece con sus doncellas y descubre al náufrago cubierto de sal y miseria. Las jóvenes huyen salvo ella. Un hombre sin recursos queda a merced del juicio de una muchacha que lo observa con curiosidad. Odiseo comprende que cualquier movimiento brusco lo condenaría. Confía en su palabra. Confía en la única herramienta que no le ha arrebatado el mar.

Escucho aún ese discurso. “Señora, me postro ante ti y te pregunto, ¿eres una diosa o una mujer mortal”. La frase avanza con una mezcla de humildad y claridad que parece imposible en un hombre que ha tocado fondo. Odiseo habla del mar que lo arrastró, del viento que lo lanzó a aquel lugar, de los días interminables en que luchó contra la muerte. Pide un paño para cubrirse y un camino hacia la ciudad. Un náufrago que no tiene nada salvo la palabra. Y Nausícaa responde con una frase sencilla que funda una tradición entera. “Extranjero, no me pareces malvado ni necio”.

Mientras el tren recorría el tramo final hacia Guantánamo, entendí que ese instante marcó el inicio de la retórica. No en las escuelas ni en los libros. Nació en una playa donde la necesidad obligó a convertir la desesperación en un acto de hablar. La palabra dejó de ser un adorno del espíritu y se volvió un instrumento de supervivencia. Un puente improvisado entre la muerte y la continuidad.

Pensé en Gorgias. Lo imaginé en el teatro ateniense anunciando que podía hablar de cualquier asunto. Un acto de arrojo que rayaba en la demencia y al mismo tiempo revelaba una confianza absoluta en la fuerza del lenguaje. Gorgias convirtió los problemas en materia poética. Lanzó temas al público como desafíos que solo la palabra podía resolver. Ese impulso generó buena parte de lo que más tarde se llamaría cultura occidental.

El tren avanzó hacia Guantánamo con un temblor cada vez más persistente. La luz se volvió más espesa. Los pasajeros se acomodaron en un silencio que parecía tejido por hilos de resignación y esperanza. Recordé al ensayista austriaco que escribió que la cultura es riqueza de problemas. Pensé que una época se define por los enigmas que resuelve y por los que deja sin nombrar. La decadencia se instala cuando el origen de cada solución se borra de la memoria colectiva. Un olvido que siempre termina por cobrarse su cuenta.

Llegué a la estación de Guantánamo cuando ya la noche envolvía los techos y los muros bajos de la ciudad. Sentí que el viaje me había dado una certeza mínima y a la vez profunda. La astucia no es un don reservado a los héroes de los poemas antiguos. Es una manera de vivir. Una brújula secreta que se activa en los momentos difíciles. Odiseo lo sabía. Atenea lo sabía. Los sofistas lo enseñaron. Nietzsche lo recordó. Gorgias lo convirtió en espectáculo. Y nosotros, los que viajamos en trenes al borde del desmoronamiento, lo aprendemos en silencio. La palabra sigue siendo un refugio. Una lámpara frágil que acompaña al viajero incluso cuando el camino se vuelve imposible.

Total Page Visits: 994 - Today Page Visits: 2