Compromiso historiográfico: el discurso antes del castrismo

Fragmento del Capítulo 13 del Totalitarismo en Cuba

La ascética muscular y su relación con el problema racial en Cuba es un tema que, de no ser por las circunstancias geográficas y económicas que reflejan diversas perspectivas sobre nuestro entorno, podría sumir al pensamiento intelectual cubano en una heterotopía de meditación lógico-imaginativa, donde los discursos elaborados carecerían de conexión con la singular y específica realidad de la existencia humana.

Un ejemplo claro de esto se encuentra en la praxis discursiva dentro del ensayo y la crítica literaria cubanos, que configuran un sistema holístico de lenguaje y cómo las palabras influyen en el conocimiento. Como en su momento instó José Martí a sus compañeros de lucha: «Actuemos, porque la acción es nuestra forma de pensar.» Esta perspectiva que enfatiza la acción en el pensamiento ha dado lugar a la proliferación de discursos de diversas índoles (científicos, históricos, sociológicos, antropológicos) que han, en su mayoría, impregnado la historia del pensamiento intelectual cubano hasta nuestros días.

Esto ha llevado a la creación de una nueva clase social estandarizada en Cuba: los poseedores del poder en términos de hipótesis y teorías del conocimiento en las universidades y academias. Llámelos como desee, pero esta historia de la intelectualidad cubana pone de manifiesto una ocultación: la teorización del legado de Carlos Marx en contraposición a la epojé (el pensamiento puro). En conferencias sobre sociologías positivistas y escépticas, figuras como Varona, que se oponían al naturalismo, desplegaban una abundancia de discursividad para rebatir la inacción. Por otro lado, Fernando Ortiz reconstruyó «El Contrapunteo» como una acción cultural y etnológica. Estos ejemplos ilustran la tendencia a construir discursos y utopías con una veta laudatoria, performática y acrobática.

Deberíamos avanzar desde la proyección lineal del pensamiento (el discurso) hacia una concepción fenomenológica de la existencia, entendida como espacios concretos. ¿En qué contexto espacial nos encontramos cuando pensamos? Usando una metáfora de Sloterdijk, el ser humano primero imagina el espacio en el que reside y luego reflexiona sobre él. Convierte el movimiento en algo tangible.

La creación de la hacienda ganadera, que era un círculo imaginario pero concreto que delimitaba la propiedad agraria para la cría de ganado en los siglos XVIII y XIX, fue resultado de una acción en el espacio existencial. Sin embargo, las investigaciones históricas la consideran más como una construcción lingüística que como un espacio de existencia. Por ejemplo, Ramiro Guerra, un destacado historiador cubano, estaba obsesionado con la actuación del discurso. En su obra Azúcar y abolición, defendió la viabilidad del colonato y la pequeña propiedad en contra del latifundio, como una acción política, patriótica y nacionalista. Descuidó hasta qué punto el colono se identificaba con la acción de vida espacial del latifundio.

La controversia en torno a la existencia o inexistencia del racismo se debe en parte a las especulaciones conceptuales de la antropología positivista y la visión empirista de las ciencias sociales. Ambos modelos de comprensión de lo humano han amalgamado, en un círculo cerrado, un hecho que no tiene nada que ver con la espiritualidad y la psicología. La raza es un comportamiento biológico y natural que existe de forma independiente. Lo que hemos utilizado hasta ahora para comprender este tema es un exclusivismo antropológico basado en la explotación de la fuerza muscular de etnias y pueblos de raza negra.

Cuando decimos que existe racismo, deberíamos entenderlo como un fenómeno relacionado con el rendimiento, con una ascética muscular que otras razas humanas no han alcanzado. Lo que se ha convertido en un discurso sobre el racismo encierra, en su formato político y sociocultural, una búsqueda de reconocimiento de esta ascética. La cultura moderna ha segregado espiritualmente el valor del cuerpo a través de una narrativa que se ha vuelto insostenible. La raza negra, utilizada en trabajos forzados, ha demostrado empíricamente la importancia de la ascética muscular en la era moderna.

En Cuba, existe un ejemplo histórico: Los Independientes de Color. La historiografía antes y después de 1959 ha presentado narrativas de vindicación sobre este acontecimiento. Este impulso se ve reflejado en la obra El engaño de las razas de Fernando Ortiz. Sin embargo, un libro reciente y bien documentado, La masacre de los independientes de color de Silvio Castro, sigue en gran medida el enfoque positivista de los hechos políticos y sociales. Esta tendencia de vindicación ha convertido el fenómeno de los Independientes de Color en un asunto racial. ¿Qué buscaban realmente en términos sociales y culturales los Independientes de Color? Gustavo Mustelier, un testigo visual de la época, se centró en evaluar el agotamiento de la fuerza corporal y la vitalidad. Su trabajo no se centraba tanto en la reconstrucción histórica de la historia negra, sino en representar una visión contemporánea de su lugar y su participación en la cultura. Esta perspectiva es lo que falta en el discurso de la socialdemocracia actual.

Los Independientes de Color buscaban que la sociedad y la cultura los reconocieran como individuos en los que el color no era el factor determinante. Su lucha era para imponer un mandato olvidado por la cultura cuando la época ya no se sostenía en los viejos mitos históricos. Para ellos, era claro que la participación simbólica de las personas de raza negra era esencial en la nueva cultura republicana, representando la potencia muscular y el rendimiento práctico en el espacio inmediato. Esta evolución en la percepción del cuerpo humano, pasando de ser explotado desde el exterior para el rendimiento, a un enfoque en el rendimiento desde el propio individuo, es simbolizada por la voz del negro. Esta transformación puede ser útil no solo para las razas, sino para la humanidad en su conjunto.

Espero que esta interpretación ayude a comprender mejor el fenómeno racial actual en Cuba. La fenomenología racial continúa siendo política y social. En un libro que abarca la época republicana, El negro en Cuba, 1902-1958 de Tomás Fernández, se reconstruye la historia de la negritud cubana en términos de historia y lucha de clases. Esto demuestra que los negros en Cuba formarán partidos y se unirán en sindicatos cuyas historias han atraído el interés político de la Revolución. El negro se integra y olvida el mandato de Estenoz: «Somos la fuerza de Dios, la palanca para mover la nueva historia». Sin embargo, en el fondo de la mente de los disidentes negros cubanos, ese mandato todavía persiste. Esto da lugar a la metáfora del cubano musculoso.

¿Puede el cubano trascender su propia historia? ¿Puede olvidar a sus héroes y mártires? Para lograrlo, tendría que cambiar su estilo de vida. En otras palabras, ¿puede el cubano convertirse en un atleta, en un fisicoculturista de la historia? ¿Puede considerar que gran parte de lo que ha hecho en términos de sociología y espiritualidad no es más que un juego atlético?

El hecho de que lo cubano sea una metáfora de la improbabilidad no le otorga necesariamente una definición olímpica. Sin embargo, por naturaleza, el cubano ha sido y sigue siendo un atleta que ha dedicado una gran parte de su vida a cultivar, refinar y gastar energías sociales y culturales. A menudo, estas energías se gastan en un juego incorrecto. Por lo tanto, la musculatura que ha desarrollado el cubano todavía no tiene autoridad. En la obra de Lezama, Paradiso, se encuentran diferentes atletas cubanos, pero ninguno alcanza la calidad de una escultura griega. Cemi, el personaje homosexual de Lezama, aspira a conquistar el reino del atletismo artístico moderno, pero su ascética queda sin continuación generacional.

Sin embargo, considero a José Martí un gran atleta, en el sentido moderno de la palabra. Es un poeta de la musculatura y el ejercicio físico artístico. En Martí, encontramos los primeros indicios del crepúsculo de la ascética moderna, según Sloterdijk. Aunque no puedo predecir si los cubanos en el futuro estarán conscientes de estas implicaciones atléticas y de la necesidad de un cambio de vida.

En Cuba, tenemos grandes atletas y gimnastas intelectuales, pero ninguno ha difundido la idea de una escatología comprometida en la que nos consideremos atletas de la musculatura cultural. Más allá de lo cubano, siempre encontraremos gimnasios en los que entrenadores como Mañach, Ortiz o Lezama sigan haciendo de las suyas. Cada uno de ellos ha creado la improbabilidad de que exista algo más allá de lo cubano.

De hecho, esto crea una discontinuidad en la estructura. El concepto de estructura, que abarca la tendencia de un proceso histórico y social, ha penetrado en casi todas las áreas del conocimiento humano, desde la antropología hasta la hermenéutica, el arte, la historia, la política y la economía. No creo que se haya dicho algo nuevo en el campo de las ciencias sociales y humanidades que supere el método del lenguaje estructural. La era postmoderna, que incluye nuevos sujetos pensantes, es en última instancia una variante sofisticada de la tradición estructural del pensamiento.

En un libro fundamental titulado Contra el postmodernismo, Alex Callinicos llama la atención sobre el proceso disociador que los posmodernistas ven entre los sujetos artísticos, particularmente en arquitectura, arte visual y narrativas literarias, y la práctica política e ideológica establecida. Callinicos examina de manera elocuente a cada uno de los pensadores postestructuralistas y modernos de las décadas de 1970 y 1980. Descubre que no existe una discontinuidad completa con respecto al proyecto moderno del humanismo en estos pensadores. Más bien, estos pensadores representan un nuevo enfoque en la crítica formulada por los nuevos hegelianos, especialmente Marx y Nietzsche, al proyecto religioso de la Ilustración.

En esta breve ocasión, me interesa destacar conceptos como «continuidad» y «discontinuidad». Según Callinicos, parece que nunca existirá un pensamiento completamente discontinuo. Los posmodernistas pueden restablecer las bases revolucionarias originales del proyecto de la Ilustración de Marx a través de lo que Gramsci llama praxis y acción revolucionaria del «intelectual orgánico». Sin embargo, este pensamiento nunca ha sido completamente discontinuo con respecto al antiguo proyecto ilustrado de creencia. Si Marx desafiara la antigua creencia teísta, no por eso se alejaría del proceso restablecido por la Ilustración. En la jerga marxista, existe una fuerte tendencia a restablecer la autoridad y el poder sobre las masas.

El concepto de discontinuidad al que me refiero debe ser creativo en términos de existencia. Se trata de una transformación compleja de la mente ilustrada, que puede ser trascendida por la conciencia. En esta dirección, Emerson habla de una nueva literatura para Norteamérica, mientras que Martí habla de una nueva literatura para toda América.

Es una impresión de discontinuidad que difiere de los postulados del postmodernismo y de la crítica de Marx a la religión, en particular al cristianismo. Esta discontinuidad no debe surgir de la realidad objetiva o de la historia resultante. En cambio, debe ser creada subjetivamente. La leyenda del «hombre magno» martiano como discontinuidad no debe surgir de la relación del hombre con la naturaleza, la historia y la sociedad, sino de la relación del hombre consigo mismo en un estado de existencia absoluta, explorando las profundidades de su propio ser. La idea de este mito se origina a través de la creación artística y, por lo tanto, de la discontinuidad con las antiguas estructuras sociales establecidas. Es un producto artístico soberano.

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