¿Cómo se conocen los pájaros?

Por Héctor A Rodríguez PhD

Yo tenía un primo, mi primo Pepito Mastrapa, quien era un hombre muy activo. Vivía en Nicaro y trabajaba en la Planta de Níquel de la Nicaro Nickel Company, una empresa norteamericana que fue nacionalizada más tarde por el gobierno socialista y, sorprendentemente, también desaparecida por ellos.

Esta planta fue creada para extraer níquel de una de las reservas más grandes del mundo de este mineral durante la Segunda Guerra Mundial. La construcción de la planta indujo la creación de un pueblo entero de más de cinco mil habitantes, para quienes se construyeron cómodas viviendas con agua caliente y fría, equipadas con todos los electrodomésticos necesarios, electricidad gratuita generada por la planta y transporte público para los residentes, que lo utilizaban para ir al trabajo y acceder a todos los servicios necesarios para una vida placentera, tales como escuelas gratuitas, hospital gratuito para los trabajadores y sus familiares, centros comerciales, piscina, clubes nocturnos, bibliotecas, aeropuerto y tres lanchas para el transporte de pasajeros, con el fin de trasladar a otros empleados de poblaciones adyacentes a la Bahía de Nipe.

Para ello, los americanos construyeron un canal que unía dos bahías, Nipe y Cabonico, creando un hermoso paso entre todas esas costas y una isla artificial en Cayo Saetia al rodearla de agua por el canal construido. Este lugar era un paraíso natural, bordeado de playas y bosques naturales, que los comunistas no tardaron en declarar Patrimonio del Comandante en Jefe y establecerlo como retiro para los privilegiados oficiales del estado mayor del ejército cubano, convirtiéndolo en un coto de caza para su recreo y el de sus familias.

Pepito era un asiduo cazador y tenía un fusil de caza desde antes del triunfo del socialismo en Cuba, y pudo mantenerlo cumpliendo los trámites de rigor y el control de la policía cubana. Además, Pepito era ingenioso y comenzó la construcción de su propio barco para salir a cazar y pescar en las Bahías de Nipe y Cabonico, que bordeaban la Costa Norte de Holguín. Como dije, el barco lo hizo de caoba y cedro y, en dos años más o menos, lo terminó. Era de 20 pies de largo y cinco de eslora, con proa recta, y le instaló un motor de gasoil para riego, modelo 2KVD8, que se vendía para cooperativas agrícolas.

Aunque no era agricultor, sus relaciones con ellos le facilitaron una autorización y, con mi ayuda y mis contactos en la empresa abastecedora en Holguín, conseguimos el motor y lo lanzamos al agua. Se enorgullecía de su barco, una genuina obra maestra, solo alguien conocedor del tema podría valorarlo así. Conocía la zona a la perfección; salíamos a pescar y él sabía cada rincón de la costa. Construyó su propia red de pesca, que usábamos para capturar auyamitas y sardinas para la carnada. Pescábamos deliciosos pargos y, en aguas profundas, alguna que otra cherna, que con el tiempo fueron desapareciendo porque al gobierno destructor se le ocurrió verter residuos químicos de la fábrica de Torula en la Bahía, envenenando el agua con menos oxígeno. Pero el audaz Pepito era conocido por los guardacostas y podía navegar sin restricciones por la costa de Cayo Saetia y adentrarse en él, conocía el lugar como la palma de su mano.

Esto le permitía, de vez en cuando, cazar furtivamente algún venado del coto de caza militar y disfrutar de su deliciosa carne, corriendo serios riesgos si era detectado. Conocía los árboles, las piedras, los peces y todos los pájaros de esos bosques, desde las palomas rabiches hasta las torcazas, las ojinegras y las mensajeras; los conocía a todos. Caminando con él por esos lugares, le pregunté: «Primo, ¿cómo sabes e identificas a los pájaros?». «Muy fácil, primo», me contestó. «Por la cagá».

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