CLAUDIO NERÓN, EL DULCE ARPISTA

Por Félix Fojo.

Nerón Claudio César Augusto Germánico (37-68 DNE) era su nombre completo pero todo el mundo lo conocía por Nerón, y con eso bastaba para que le cogieran miedo, terror a veces, sobre todo después de que fue coronado emperador del Imperio Romano en el año 54 de NE y su petulancia y poder crecieron hasta los cielos.
Lo del temor que le tenían es un poco injusto porque si exceptuamos que mató a su madre, Agripina la menor, a su medio hermano Británico, a su mujer, Popea, a la que hizo abortar a patadas antes de que ella expirara por la profusa hemorragia, a varios políticos, incluso un par de senadores, algunos de sus generales, y ordenó además, la muerte de muchísimos partos, miles de britanos, muchos judíos durante una rebelión en Judea y varios centenares o quizás millares de cristianos en el circo, Nerón fue un buen gobernante y uno de los emperadores más diplomáticos que hubo en Roma, lo que se demuestra, entre otras cosas por su notable acercamiento a Grecia.


Según él mismo afirmaba fue un excelente músico, sobre todo un excelso arpista y compositor de inmortales melodías. También es cierto que apoyó durante varios años la arquitectura romana, en especial las calzadas militares, la música, las artes en general y a los artistas, particularmente a los griegos, por los que sentía una especial predilección. También ganó más de cuarenta concursos de tocadores de arpa en diferentes ciudades del imperio, pero no le damos demasiado valor al dato porque los músicos rivales se retiraban de buena gana al inscribirse él, o se les solicitaba, por miembros de la guardia pretoriana, amablemente el retiro.


Algunos historiadores modernos afirman que muchas de las leyendas macabras que se han tejido alrededor de Nerón fueron echadas a rodar por los escritores e historiadores romanos de su entorno, específicamente Tácito, Suetonio y Dion Casio, que eran sus enemigos declarados por razones básicamente políticas. ¿Fake news? Pero otros estudiosos afirman que es muy difícil encontrar una fuente de época, sin importar la tendencia de sus opiniones, que hable bien de Nerón. Lo que sí es cierto es que algunos historiadores contemporáneos del emperador, incluso los contestatarios, señalaron ciertos logros económicos y constructivos de su gobierno, sobre todo al principio.
Lo que sí se ha demostrado es que Nerón no estaba componiendo música con su lira mientras Roma ardía ni que prendió el devastador fuego con sus propias manos para rehacer la ciudad a su gusto como se ha dicho tantas veces. Y lo sabemos por la sencilla razón de que Nerón estaba de viaje fuera de la capital imperial al ocurrir el evento. Es más, casi todos los cronistas contemporáneos de él afirman que Nerón regresó a Roma en cuanto pudo y que ayudó, incluso con su propio dinero, a los más damnificados.


También se ha dicho que casi todos los generales de su ejército y la gran mayoría de los senadores se alegraron mucho de su muerte, un suicidio inducido a manos de un esclavo, pero que el populacho romano, al que él daba pan y circo en abundancia, lo lloró por varios días y con muchos aspavientos. Su epitafio, y lo decimos en sentido figurado, lo escribió él mismo: «! Que gran artista muere conmigo!» Aunque para hacer honor a la verdad, esas palabras se las dijo el emperador, lloroso, al esclavo griego que le dio muerte con un gladio para evitarle un final mucho más terrible a manos de la guardia pretoriana y los saqueadores de cadáveres. Lo cierto es que al final demostró cierto valor, vale.


Dejemos entonces descansar en paz al pobre Nerón y hablemos, que para eso estamos aquí, de la vieja y poderosa Roma y su música. El fuerte de los romanos no era crear música nueva o innovadora, eso es un hecho demostrado. Pero con inteligencia y mucho sentido común los romanos estuvieron abiertos siempre a recoger e incorporar a su cultura lo mejor de cada pueblo asimilado, derrotado, conquistado o por conquistar.


Revisemos en pocas palabras esas fuentes musicales:


Comencemos por la etruria (la Tirrenia o Dodecápolis), unos territorios ubicados al centro oeste de la penísula italiana, en la zona del valle del Po, tierras que hoy pertenecen, aproximadamente, a las provincias de la Toscana y Parma. Los etruscos, una civilización que se pierde en el tiempo, son la raíz y fuente fundamental de casi toda la música, y de muchas otras cosas, de la Roma de los primeros tiempos republicanos.


El pueblo etrusco (tusci o etrusci de los romanos, tupanvois de los griegos), a pesar de las intensas y bien organizadas investigaciones arqueológicas y sociológicas de que ha sido objeto en el último siglo y medio, continúa siendo una civilización bastante enigmática, casi desconocida en realidad para nosotros. Un ejemplo: Conocemos su alfabeto, muy semejante al griego, pero no se han descifrado adecuadamente los significados de sus palabras y aún menos de sus frases escritas. Lo relativamente poco que sabemos de los etruscos lo conocemos, fundamentalmente, por sus extraordinarias tumbas (hipogeos, edículos y túmulos) de las que se han encontrado algunos centenares, casi todas soberbiamente decoradas con pinturas de una ejecución que asombran por su perfección y colorido.

Para los etruscos, igual que para los egipcios, la muerte, un hecho inevitable, formaba parte de un camino, una especie de segunda vida que debía ser vivida a plenitud y con el mayor confort posible. Una meta a alcanzar que justificaba, hasta cierto punto, los trabajos y carencias de la vida de acá. Y ese confort que ellos creían merecer después del tránsito mortal se basaba sobre todo en tres aspectos fundamentales: la comida, el sexo y la buena música.
Creían los etruscos fervientemente que si el difunto no se sentía lo suficientemente bien en la otra vida por la carencia de tributos en esta, podía regresar, como una especie de fantasma, a reclamar a los parientes vivos sus derechos conculcados. De ahí que las tumbas, en general bastante amplias y muy sólidas, semejaran por dentro a sus propias casas —la verdad es que quedan muy pocas muestras hoy de verdaderas casas etruscas— y contuvieran, en las fastuosas pinturas decorativas de sus paredes, suelos y techos, los atributos de la vida de comilonas, libaciones, placeres carnales, fiestas orgiásticas, sexo desenfrenado y buena música que abandonaban al morir.


Debe anotarse que para los etruscos, la música, a diferencia del sexo y la gastronomía, constituía un puente de carácter religioso entre una vida y la otra. Quede claro que aquí nos estamos refiriendo a gentes de la nobleza porque del pueblo llano etrusco casi no sabemos nada, salvo que trabajaban de sol a sol en los campos de cultivo, tal y como se refleja en algunas pinturas encontradas en esas mismas tumbas. Lo cierto es que a diferencia de sus contemporáneos egipcios, un pueblo bastante sombrío a despecho de la luz exterior que les regalaba el sol del desierto, el pueblo etrusco tenía un talante profundamente alegre y gozador al que los franceses, tan comprensivos con esa actitud, denominarían joie de vivre.


Los etruscos cedieron a Roma, además de ritmos, melodías, compases, formas de ejecución y el amor por todo lo griego, algunos sistemas de notación musical bastante primitivos, pero muy útiles para la época. Y también una gran cantidad de instrumentos musicales: los lituus, parecidos a las trompetas celtas llamadas camyx que luego utilizarían los romanos como medio de comunicación entre sus fuerzas de caballería, los cornis de marfil fenicio además de las khytaras, aulois, tympanas, liras, barbitones, tibiaes, crótalos, arpas de tres cuerdas, trompas, trompetas y muchos más propios de aquellos tiempos. Y bailes y danzas, sobre todo eso, danzas: danzas rituales, guerreras, orgiásticas, nupciales, funerarias, agonísticas y un sinfín más. El poeta romano Livio describió alguna vez una danza «al estilo toscano» (etrusca) que: «le había parecido muy graciosa porque no había sincronía entre los cantos y los gestos de los danzantes».


La segunda y muy importante fuente de la música romana, tanto directa como indirectamente fue Grecia, de la que ya hemos hablado en la crónica anterior. Una fuente excelsa y muy paciente, que como dijo el poeta lírico romano Horacio Flaco (siglo I NE): «Grecia cautiva dominó culturalmente a su feroz vencedor, Roma».


La tercera fueron los pueblos del oriente mediterráneo: Egipto, Siria, Cilicia, Capadocia, Galatia, Bitinia, Pontus, Laodicea, Tracia, Macedonia, Moesia, Dalmatia, Dacia, Galatia, Pomphilia y algunos otros que harían demasiado larga esta lista, todos conquistados por las armas romanas y más o menos asimilados, primero a la república y más tarde al imperio. Y es precisamente aquí, en las innumerables e incesantes conquistas, donde surgió una fuente musical inesperada, pero no menos importante, la militar, donde se hizo presente la música que guiaba a las temibles legiones a la victoria.

Y alguna que otra vez, no era frecuente, a la más ominosa derrota. Para poner un ejemplo de derrota, un ejemplo muy desagradable para los romanos, mencionemos la que ocurrió en el bosque germano de Teutoburgo, batalla conocida también como «emboscada del desastre de Varo» (año 9 de NE), donde se perdieron casi completamente las legiones xvii, xviii y xix más dos ejércitos auxiliares, incluyendo uno de caballería.


Fue de tal magnitud el desastre que les infligió el caudillo bárbaro (germano por más señas) Arminio, que por cierto, era ciudadano romano porque había sido antes legionario, que el general y gobernador de la provincia de Germania, Publio Quintilio Varo, se suicidó al ver destruidas sus mejores y más aguerridas legiones. Los romanos, gente muy guerrera, pero también muy práctica, decidieron calladamente no invadir la Germania más nunca, y lo cumplieron a rajatabla por los siguientes 400 años, e hicieron además, como se hace hoy en día con los buenos peloteros en el baseball norteamericano: retiraron para siempre los tres números de las legiones aniquiladas, o sea, de ahí en adelante se saltaba de la legión xvi a la lagión xx, y asunto concluido. Una decisión inteligente, muy salomónica en verdad, para resolver definitivamente un asunto muy feo.


Pero no denigremos más a los militares romanos, que cualquiera da un resbalón alguna vez en la vida, y continuemos, ya para finalizar esta crónica, con los instrumentos musicales que estos fieros guerreros dieron a Roma.


El ejército romano, las famosas y formidables máquinas de guerra que eran las legiones, añadieron a Roma, entre otros muchos subproductos, los pocos instrumentos musicales que se inventaron en el corazón de aquel imperio que parecía eterno: la trompeta romana, fundamental para llamadas militares y también entre acto y acto en el circo; el corno militar, una trompa de bronce enorme de tamaño con una salida de aire empenachada y provista de una barra transversal para poder apoyarla firmemente en el hombro del músico, y la bucina, un instrumento más pequeño pero muy sonoro que acompañaba los estandartes legionarios e imperiales durante la batalla. El lituus, como ya vimos, era etrusco.

Eso dieron al mundo musical los militares romanos. Y poco más.


Como ya es el momento de cerrar con broche de oro esta crónica que, me percato ahora, ha resultado tan poco amistosa y hasta algo sangrienta, no nos neguemos un pequeño y amable placer muy de nuestros tiempos. Recordemos juntos algunas hermosas canciones del siglo XX dedicadas con amor a la ciudad de Roma.
Hagamos memoria: ¿Se acuerda, estimado lector, de «Arrivederci, Roma» (1955), de la autoría de Renato Rascel cantada, entre muchos otros, por el italoamericano Dean Martin y el pianista y vocalista Nat King Cole? Y de la famosísima «Tres monedas en la fuente» («Three coins in the fountain», 1955, Styne and Cahan), tema de la cinta del mismo nombre tocada con gran acierto y belleza por la orquesta del maestro Mantovanni o vocalizada por Frank Sinatra: Tres monedas en la fuente, / cada una buscando la felicidad, / lanzadas por tres amantes esperanzados. / ¿Cuál bendecirá la fuente? ¿Y que me dice de la hermosa «Chitarra Romana» cantada, también entre otros muchos, por el italiano Claudio Villa, el tenor Luciano Pavarotti y el un poco olvidado hoy Lou Monte? U «Otoño en Roma», tocada al piano y cantada por la siempre exquisita Patti Page, o «Roma Capoccia» (1972) de Antonello Venditti: «…cuanto sei bella Roma quanno piove». Terminemos con Petula Clark cantando, como solo ella sabía hacerlo, «Romance en Roma».


Son solo seis bellas canciones, pero quiero que sepa que hay grabadas más de doscientas piezas dedicadas a la ciudad de los césares y las bellas mujeres y los elegantes jóvenes que por sus calles caminan, o sus plazas, cafés y bares. Busque esas canciones, escúchelas y va a disfrutar de lo lindo sin moverse de su sala.
¡Arrivederci!

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